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Full text of "Romancero español; colección de romances selectos desde el siglo XIV hasta nuestros dias"

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ROMANCERO ESPAÑOL 



ROM A N/C E R O 
E S P A Ñ O L 



COLECCIÓN DE ROMANCES SELECTOS DESDE 
EL SIGLO XIV HASTA NUESTROS DÍAS 



EDICIÓN Y NOTICIA PRELIMINAR 
DE 

JOSÉ BERGUA 




EDICIODES iUKÍlBERICfíS 






APARTADO 8 . 08 5 . — M A DR I D 



Es propiedad. 

Queda registrado y 
hecho el depósito que 
marca la ley. 



LS.c 






Impreso en España 



Imprenta Sáez - Buen Suceso, 14. - Madrid. 



NOTICIA PRELIMINAR 



¿Qué es el Romancero? ¿Cuándo ha nacido? ¿Cómo se 
ha verificado su difusión? Mucho han trabajado los eru- 
ditos y especialistas en estas cuestiones, sin llegar a 
una conclusión definitiva. El Romancero, como todos 
los temas literarios de interés excepcional, ha preocupa- 
do y sigue preocupando a muchas gentes. Cuando la 
intuición y la investigación vacilan y se fatigan en una 
búsqueda analítica y seca, bien puede darse, aunque 
sea con moderación, un poco de licencia a la fantasía. 
Dejémosla correr un poquito para que nos ayude. 

Es la hora de la siesta, pero no hdce calor. Los árboles 
corpulentos que crecen a la vera del regato, cobijan con 
sus extensas sombras unas piedras cubiertas de musgo 
verde, el agua clara que bulle sobre la arena fina y una 
niña medio despechugada que lava unas ropillas cantu- 
reando. El campo es amplio, llano, inundado de sol. Allá 
lejos, un alcor. En el alcor, en la cumbre, la casa de 
piedra grisácea, grande, con una robusta torre almenada 
en uno de sus ángulos. Un vaquerillo guarda tres her- 
mosas vacas que pacen en un prado. ¿Estamos en la 
Montaña? ¿Estamos en la Extremadura? ¿Estamos en 
Castilla? Este paisaje de un valle amplio y llano, inun- 
dado de sol, con un alcor en el que se yergue una casa 
solariega, de piedra, con una maciza torre almenada en 
un ángulo, un prado en el que pacen unas vacas bajo la> 
mirada tranquila de un vaquerillo y un arroyo de agua 
clara en ti que una niña lava unas basquinas, puede 
ser del norte, del oeste o del centro de España. 

Sí, es un paisaje de nuestra patria, un paisaje rural, 
muy rural, a pesar del torreón de la casa solariega. Allá, 
detrás de esta casa, al otro lado de la mota, se apiña un 



6 JOSÉ BEKGl A 

pueblecülo misérrimo, de casuchas de adobes sin enca- 
lar, con los tejadillos abombados por el peso de los años. 
Y más allá, al final de todo, el telón de fondo de unas 
montañas azules muy lejanas. 

Para que todo sea más dulce e idílico, el pastorzuelo 
hace sonar un caramillo mientras la niña lava. La hora 
de la siesta silencia dulcemente todas las cosas de la tie- 
rra, y el sol luce en el azul inmenso. El tiempo no 
Un vaquerillo echado en el prado, mientras las vacas 
pacen mansamente y una niñita que chapotea lavando 
en el regato, han existido siempre en España. En el si- 
glo XIV, en el XV, en el XVI. 

Ningún ser humano más que la niña y el vaquerillo 
animan esta paz campesina. Pero pronto otro personaje 
aparece en la escena. Primero es un bultito negro que 
surge en una altura de la vereda. Luego, conforme va 
aproximándose, se le distingue mejor. Es un hombre, 
quizá joven, porque su caminar es fácil. Viene a pie. Le 
vemos ya más cerca, al bordear el otero para salir al 
camino. Trae colgado de un hombro un zurrón cubierto 
de vedija negra y, atado a él, una vihuela. 

La niña ha sido la primera en columbrarle. Con esa vi- 
veza propia de las mujeres, adelantándose a la certidum- 
bre, ha formado ya un juicio que se acerca mucho a la 
realidad. La niña se ha puesto en pie y, para ver mejor, 
haciendo visera con su manecita, mira obstinadamente 
al que llega. Su cara se ha animado, se ha avivado el 
color de sus mejillas, sus ojos relucen con inusitado 
fulgor, todo su rostro, moreno y bonito, se llena de ale- 
gría, de luz. Pero el vaquerillo ha dejado entre la hierba 
su flauta de caña y mira también al hombre del zurrón. 

La niña, antecogiendo su ropilla húmeda, deja el re- 
gato y corre hacia la casa. El vaquerillo, sin pararse a 
cerrar la cerca del prado, abandona las vacas y, saltando 
matas y atajando peñas, trisca como un recental en di- 
rección al poblado de casillas de adobe. 

La niña ha llegado casi sin alientos a la casona sola- 
riega. Habla tartamudeando. Con las manos, con sus me- 
jillas, con sus ojos que fulgen como luceros, ha contado 
la nueva a las criadas en el zaguán, a las pastoras en el 



NOTICIA PRELIMINAR 7 

corral, a las dueñas que cosen en el corredor bajo la 
parra cargada de fruto en agraz. Ha sido la noticia como 
un chorro de humo en una colmena. Voces mujeriles, al- 
boroto, risas, alegría, apresuramiento. Ya conocen todas 
las mujeres en la casa la noticia que trajo la niña que 
lavaba en el regato , Una azafata, reprimiendo el alboro- 
zo, ha penetrado en las estancias oscuras para comuni- 
carla a la señora. 

Y entretanto, el vaquerillo, sudoroso, triscando, palmo- 
teando, ha llegado al pueblo. Vocea por las calles, aplau- 
de, se ríe, grita. Las mujerucas se asoman a las puertas, 
los mozos se avisan unos a otros por sobre las bardas, 
la chiquillería, en tropel, corre hacia el camino, mien- 
tras los ancianos, refunfuñando, porque es su oficio, pero 
ea el fondo complacidos, llegan casi a sonreír cuando 
nadie los mira. 

Por la vereda del otero desemboca en el camino el 
hombre del zurrón y la vihuela. Mil ojos le miran desde 
las almenas de la torre, desde las ventanas de la casa 
solariega, desde las puertas de las casuchas de adobes, por 
sobre las tapias de los corrales. Aquel hombre^ gris por 
el tamo de las .sendas polvorientas que ha recorrido, va 
acercándose. Su paso sostenido, enérgico, le hace incon- 
fundible. Es el que vino al lugar hará para dos años, por 
Carnestolendas. Bien le recuerdan todos; es el mismo, 
y los mismos son su zurrón y su vihuela. En aquel zu- 
rrón, el cartapacio de los papeles que él sabe leer t y en 
aquella vihuela... 

Los chiquillos rememoran los juegos y truhanerías que 
antaño vieron hacer a aquel hombre en la plaza. Una 
mozuela de la casa solariega ha dicho a las otras que 
la escuchan y que como ella miran ávidamente al que 
se acerca: es el que cantó aquello de 

Sin color anda la niña 
después que se fué su amante, 
enemiga de sus ojos, 
descuidada con su talle... 



8 JOSÉ BERGUA 

Y el mozo, que sobre las bardas ha reconocido al via- 
jero, musita, recordando la tonadilla que le oyó: 

Aquel alto emperador 
que tenía a su mandar 
la mayor parte del mundo 
poderoso por la mar... 

Un anciano que apoya sus sarmentosas manos en el 
lustroso cayado, mira con sus ojuelos húmedos al hom- 
bre de la vihuela, el que estuvo en el lugar ya va para 
dos años. Tiene el viejo los labios fruncidos y renegros 
que se le hunden en la boca por la falta de dientes, Pero 
aún silabea tembloroso al ver venir al trashumante, re- 
cordando lo que le oyó recitar junto a la fogata de la 
cocina, aquella tarde lluviosa y fría: 

¿Quién es aquel caballero 
que tan gran traición hacía? 
Ruy Velázquez es de Lara, 
que a sus sobrinos vendía... 

Ya llega el juglar al pueblo. Manos amigas le saludan 
desde lejos. Algunas ancianas se santiguan y cierran de 
golpe el ventanuco mientras la chiquillería, que precede 
bulliciosamente al recién llegado, anuncia a todos la bue- 
na nueva. Aquel hombre, con su zurrón repleto de grue- 
sos papeles en que van escritos los romances y su vi- 
huela que mosconea mientras los recita, es la esperanza 
de mozos y viejos, de chicuelas y casadas, de rústicos y 
señores. Aquel hombre sabe todas las historias, cuenta, 
en verso todos los acaecimientos, recita las noticias lle- 
gadas de los países más lejanos, las más estupendas nue- 
vas y los más antañones sucesos. 

No en balde la niña dejó el regato y el vaquerillo aban- 
donó el prado. La noticia ha llegado ya a las salas de la 
casa solariega. En el estrado, una dama con los ojos en- 
tornados y el pecho palpitante, recita en voz baja aquel 
romance que oyó en las Carnestolendas al juglar: 






NOTICIA PRELIMINAR 9 

Quien dijere que la ausencia 
causa olvido en quien bien ama 
mi firmeza lo desmiente 
en quien verá que se engaña... 

El campo permanece mudo, soleado, quieto. Las vacas 
pastan mansamente en el prado y el agua fresca del re- 
gato bulle entre las pedrezuelas blancas, a la sombra 
de los copudos árboles, ¿Estamos en la Montaña, en la 
Extremadura, en Castilla? ¿Corre el siglo XV, el XVI t 
Es igual. El juglar templa su vihuela y va a comenzar 
su melopea. Las gentes le rodean. Un poco de silencio... 



Bajo el punto de vista del "Arte Poética" es el ro- 
mance una composición que consta de un número inde- 
terminado de versos octosílabos (en realidad, versos de 
dieciséis sílabas divididos en dos hemistiquios de a ocho 
sílabas), de los cuales son los impares libres, y asonan- 
tes los pares. Hay romances cuyos versos tienen menos 
sílabas, y entonces se les llama "romancillos", y los hay 
también endecasílabos, que se denominaban romances ma- 
yores o heroicos. Todos ellos, sin embargo, siguen la 
misma asonancia. 

El romance, nacido del pueblo y escrito para el pue- 
blo, fué desde sus orígenes el más fiel intérprete de 
sus gustos, sus creencias y sus sentimientos. Su forma 
métrica con asonancia monorrima, es la verdaderamente 
indicada para cantar asuntos épicos, novelescos o amo- 
rosos, los cuales forman la parte principal del cuerpo 
de nuestro romancero. 

Cuestión sumamente debatida por los eruditos de to- 
dos los tiempos, ha sido la del origen del romance, en- 
tendido como canción popular, que el pueblo escuchaba 
a los juglares y que aprendía de memoria, repetía y per- 
petuaba a través de los años y aún de los siglos, conser- 
vando así, por tradición oral, uno de los más grandes 
tesoros de nuestra literatura nacional. 

Es opinión del señor Menéndez Pidal que los romances 



10 JOSÉ BEKGUA 

tradicionales proceden o representan fracciones de más 
extensos poemas épicos, haciendo notar que su forma mé- 
trica de dieciséis sílabas con asonancia monorrima, es 
en esencia la versificación de las. gestas medievales. Re- 
citados éstos por los cantores populares, en la memoria 
de los oyentes quedaban algunas escenas culminantes, 
las que producían en ellos mayor interés por su fuerza 
dramática o por otra circunstancia cualquiera. Es muy 
probable que esta parte del poema se hiciese repetir con 
insistencia al juglar o que llegase a cantarse independien- 
temente de aquél, dando lugar al verdadero romance, del 
que se apoderaba el pueblo para recitarlo o cantarlo 
también, acompañando a sus faenas diarias o distrayen- 
do sus ratos de ocio. 

Haya nacido el romance en el siglo XIV o XV, pues no 
es fácil determinar la cronología de los más viejos, sino 
en este amplio período de tiempo, debemos imaginamos 
lo que entonces suponían para el pueblo estos romances. 
Aisladas las agrupaciones humanas, dificultosas las co- 
municaciones, frecuentes las acciones guerreras, ya en- 
tre cristianos y moros, ya entre aquellos mismos, los ju- 
glares que se desplazaban de villa en villa y de pueblo 
en pueblo, constituían el mejor vehículo de información 
de toda clase de asuntos y hechos que interesaban, no 
sólo al vulgo, sino también a las clases más elevadas. El 
paso de estos cantores debía dejar tras de sí honda hue- 
lla emotiva que perduraba largo tiempo en la memoria 
de los oyentes, que, apoderándose de lo más interesante 
de sus canciones, lo cristalizaba en los romances que a 
su modo asimilaba y transformaba insconscientemente 
el elemento popular. 

Y si esto sucedía en las aldeas y en los campos, otro 
tanto se produciría en los campamentos de los ejércitos, 
en los que en las horas de paz, la soldadesca, por entre- 
tener su ocio, ponía en sencillos y descriptivos versos 
los hechos heroicos y las incidencias más dignas de nota 
de las campañas a que asistían. 

Pero a la actualidad palpitante, en la fantasía del pue- 
blo, se unían reminiscencias de otros hechos pasados, 
retazos de antiguas canciones, tradicionales sucesos y es- 



d 

I: 
2 



NOTICIA PRELIMINAR 11 

cenas heroicas o pintorescas que vivían perennemente 
en su memoria. Y de ahí, los anacronismos y absurdos 
que presentan muchas de estas narraciones, que el 
pueblo ignaro confundía, pero no olvidaba. 

En el romance se hallan vigorosamente retratadas to- 
das las épocas más características de nuestra historia, y 
a la vez aparecen sencillamente versificadas aquellas tra- 
diciones que, arrancando de la historia bíblica, pasan por 
las épocas legendarias para desembocar en los sucedidos 
contemporáneos. De ahí su variedad, su interés y su con- 
tenido altamente pintoresco. 

Se encuentra en esta clase de composiciones el primer 
aliento de nuestra poesía lírica, y en ellas se hallan ate- 
sorados los preciosos y abundantes materiales de la epo- 
peya española. Precisamente por esta variedad es tan 
dificultosa la clasificación de nuestro romancero. Hacer- 
lo cronológicamente es punto menos que imposible, pues 
las alteraciones que sufrieron los romances primitivos 
o viejos, no siempre fueron idénticas en todas estas com- 
posiciones, y así, podría creerse que algunas de ellas son 
muy posteriores a su verdadera época, por haber sido 
artísticamente retocadas, y otras aparecen como primiti- 
vas anteponiéndolas injustamente a los romances más 
viejos. 

Por ello se recurre, para ordenar las colecciones de 
romances, a separarlos por sus asuntos, incluyendo en 
cada sección los más similares. De este modo el lector 
puede encontrar fácilmente aquellas composiciones que 
desea, atendiendo a su contenido particular. 

Hemos dicho ya que no es posible fijar la época en que 
parecieron nuestros romances viejos tradicionales, pero 
puede asegurarse que acabaron hacia la primera mi- 
ad del siglo XVI. Entonces se empezaron a publicar 
algunos, imprimiéndolos en pliegos sueltos u hojas vo- 
lantes, que circulaban profusamente entre el vulgo, como 
después sucedió con las canciones de ciego. Así se formó 
un tesoro diseminado de composiciones, entre las cuales 
se hallaban multitud de romances tomados de la tradi- 
ción oral, pero impurificados, no sólo por la consiguiente 
manera con que fueron conservados por el pueblo, que 



12 JOSÉ BERGUA 

injertaba en ellos variantes, según la localidad y época 
en que se recitaban, sino por el gusto de los impresores, 
que con pretexto de modernizarlos y pulirlos, ponían 
cuanto les parecía y quitaban lo que se les antojaba. 
Puede, pues, presumirse, y casi asegurarse, que de la 
época tradicional no nos quedan romances completamen- 
te conformes a su primitiva redacción, aunque cada uno 
la haya conservado en infinitos fragmentos, que no han 
sufrido cambio alguno. Los romances que perviven o 
hasta hace poco subsistían en la memoria de los ancia- 
nos de las aldeas más apartadas, conservando su origi- 
nario asunto, contienen profundas divergencias y redac- 
ciones muy diversas según la región donde se encuen- 
tran. 

Considerado todo esto, se comprende que el roman- 
cero es de una riqueza y una espontaneidad sorpren- 
dentes. A partir del primer tercio del siglo XVI, ya em- 
piezan a componer romances eruditos algunos poetas de 
fama; pero ha de llegar nuestro siglo de oro para que 
el desarrollo del romance artístico alcance el mayor 
apogeo. Siguiendo la corriente iniciada en la centuria 
anterior por Juan de Timoneda, Alonso de Fuentes, Se- 
púlveda y otros, en el siglo XVII compusieron notabi- 
lísimos romances Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope de 
Vega, etc. Los romances moriscos pertenecen casi todos 
a esta clase de "artísticos" o producidos por poetas más 
o menos consagrados. 

Los trascendentales hechos históricos que acaecieron 
en nuestra patria a finales del siglo XV dieron al roman- 
ce ancho campo para mostrarse pujante y admirable. 
Así, la larga e intensa campaña de reconquista llevada a 
cabo por los Reyes Católicos y que culminó con la toma 
de Granada, produjo esa serie de romances llamados 
"fronterizos", en la que los cristianos exaltan, no sólo 
sus innumerables hechos de armas y actos heroicos de 
sus capitanes y caballeros, sino que recuerdan y enalte- 
cen la nobleza de sus enemigos, reconociéndoles no pocas 
veces sus dotes de valentía, generosidad y sacrificio. Es- 
tos romances fronterizos son, en general, muy bellos y 
poéticos. 



NOTICIA PRELIMINAR 13 

Pero es que en los mismos años de la conquista del 
reino granadino, último baluarte de los mahometanos en 
la Península, otros acontecimientos históricos de gran 
importancia llevaban fuera de nuestras fronteras el ro- 
mancero español. Los soldados que desde Aragón ma. ■ 
chaban continuamente a las campañas de Italia para de- 
fender y sostener los derechos del Rey Católico en aque- 
llas tierras; los judíos expulsados de nuestra patria, que 
se acogían a Portugal, Marruecos, Alemania, Italia, Tur- 
quía y Asia Menor; los descubridores y conquistadores 
del Mundo Nuevo, a la par que fundaban ciudades y do- 
minaban imperios, extendían por aquellas tierras desco- 
nocidas nuestra religión, nuestras costumbres y nues- 
tros romances, canto casi exclusivo que brotaba de sus 
labios en las largas marchas por las selvas o en las 
tranquilas noches tropicales. 

Así se extendió nuestro romancero, y de tal modo ha 
sido conservado, que aun hoy se encuentran judíos se- 
fardíes, establecidos muy lejos de España, que recitan 
los viejos romances castellanos con una pureza y una 
fidelidad sorprendentes. Y en América, no sólo se re- 
cuerdan nuestros romances desde Cuba hasta la Patago- 
nia, sino que en los nativos han brotado otros nuevos, 
bien sobre los viejos asuntos épicos o amorosos que lle- 
varon hasta allá nuestros soldados y artesanos, o bien 
elaborados por ellos mismos, retratando sus costumbres 
y exaltando sus glorias nacionales. 

A esta extensión y profundidad que alcanzaron los ro- 
mances en el siglo XVI, corresponde el favor que los 
poetas cultos le concedieron; en la siguiente centuria 
los romances» invadieron el teatro y la novela, si bien 
es cierto que también su decadencia y desprecio fué rá- 
pido, pues durante el siglo XVIII, salvo raras excepcio- 
nes, no se cultivó el romance por los poetas cultos y los 
"vulgares" que de aquella época se conservan no sobre- 
salen ni por su mérito ni por la delicadeza con que están 
tratados sus asuntos. 

Fué preciso que llegara el siglo XIX y que desde fue- 
ra de nuestra patria, los eruditos y los críticos señalaran 
de nuevo los méritos imperecederos de nuestra poesía 



14 'OSE BERGUA 

popular. El Romanticismo dio vigoroso impulso a estas 
composiciones, siendo el duque de Rivas y Zorrilla, entre 
otros, los que mejor aprovecharon este venero tradi- 
cional. 

Poetas muy notables del siglo XX han cultivado el 
romance con grande acierto y apluso, unos siguiendo la 
forma tradicional, es decir, componiendo nuevos roman- 
ces sobre asuntos épicos o históricos y otros inspirán- 
dose en temas líricos y amatorios. Pero como quiera que 
sea, el romance perdura y vive, aún en una forma pura- 
mente artística, pues el pueblo, en la actualidad olvida 
los romances y es muy difícil, aun buscándolos en su 
último refugio, es decir, en las aldeas menos accesibles, 
encontrar algún anciano que recuerde aquellos retazos 
épicos que un día fueron el patrimonio total de nuestros 
antepasados. 

Afortunadamente, casi la integridad de este tesoro li- 
terario ha sido captado por los coleccionistas y eruditos. 
Desde los primitivos "Cancioneros", que contenían algu- 
nos romances, sólo a título de curiosidad, pues aquellas 
recopilaciones estaban destinadas a otro objeto, hasta 
los verdaderos "Romanceros" que se produjeron en si- 
glos posteriores, no ha cesado la labor de búsqueda y 
acopio. Esteban García de Nájera, Lorenzo de Sepúlveda, 
Alonso de Fuentes, Juan de Timoneda, Raimundo de 
Ecluguiar, Pedro de Padilla, Ginés Pérez de Hita, Pedro 
de Moncayo, Miguel de Madrigal, Juan de Escobar, Pa- 
blo de Val, etc., etc., los recopilaron en los siglos XVI 
y XVII. Pero fué en el siglo pasado cuando apareció la 
colección más completa de las ordenadas hasta entonces 
y debida a don Agustín Duran, que tras de publicar va- 
rias series en tomos sueltos, dio a la luz en los años 
1849 y 1851 su "Romancero general" o colección de ro- 
mances castellanos anteriores al siglo XVIII, que com- 
prende los tomos X y XVI de la "Biblioteca de Autores 
Españoles", publicada por el editor Rivadeneyra. En este 
"Romancero" se compilan casi dos mil romances, perfec- 
tamente clasificados, ordenados y anotados, donde el cu- 
rioso puede hallar en cuidada versión lo más interesante 
y copioso del refranero español. 



NOTICIA PRELIMINAR 15 

Nosotros traemos a estas páginas una selección de ro- 
mances que comprende desde los mes antiguos o "vie- 
jos" hasta los de los poetas contemporáneos. Ciertamen- 
te que la mayor dificultad de este trabajo ha consistido 
en la forzada selección que nos ha privado de dar mu- 
chos romances notabilísimos, pero hemos atendido pre- 
ferentemente a traer las muestras más características de 
todas las épocas. Hemos comenzado por los romances de 
asunto caballeresco de la época carolingia, entremez- 
clando con ellos algunos posteriores, pero que guardan 
con aquéllos cierta similitud por su contenido o su for- 
ma. Después damos los romances históricos en los que 
incluímos los que tratan de Historia Sagrada, los Mito- 
lógicos y Heroicos de Grecia y Roma, y los referentes 
a nuestra historia patria en un gran ciclo que com- 
prende desde la dominación romana hasta la época de 
Felipe IV, En otras secciones incluimos los romances 
moriscos, los referentes a cautivos y forzados, los fron- 
terizos, alguna muestra de romances judíos y finalmente 
incluímos en la sección de romances varios los noveles- 
cos, amatorios, descriptivos, líricos, etc., comprendiendo 
en ella los romances de nuestros poetas más afamados 
de los siglos XVIII y XIX, para terminar con los ro- 
mances de nuestros contemporáneos, es decir, lo más 
selecto de la producción romancesca del siglo XX. 

De esta manera presentamos al lector una serie com- 
pleta de romances, desde su origen hasta la hora pre- 
sente, que en extensión abarca todo el ciclo romancero 
español; la falta de espacio no nos ha permitido nutrirla 
como fuera nuestro deseo, pero el lector se hará cargo 
de la imposibilidad de hacerlo, siendo aquél tan reducido 
y los materiales de nuestra poesía popular tan abundan- 
tes. Si hemos acertado a seleccionar las composiciones de 
modo que reflejen lo más característico de cada época y 
asunto, no habremos alcanzado poco. 



ROMANCERO ESPAÑOL 



ROMANCES CABALLERESCOS 



VERGILIOS 

Mandó el rey prender Ver- 
[gilios 
y a buen recaudo poner, 
•por una traición que hizo 
en los palacios del rey. 
Porque forzó una doncella 
llamada doña Isabel, 
siete años lo tuvo preso, 
sin que se acordase del; 
y un domingo, estando en 
vínole memoria del. [misa, 
— Mis caballeros, Vergilios, 
¿qué se había hecho del? — 
Allí habló un caballero 
que a Vergilios quiere bien: 
— Preso lo tiene tu Alteza, 
y en tus cárceles lo tien. 
— Via: a comer, mis caballe- 
^aballeros, via, a comer, [ros, 
después que hayamos comido 
a Vergilios vamos a ver. — 
Allí hablara la reina: 
— Yo no comeré sin él. — 
A las cárceles se van 
adonde Vergilios es. 
— ¿Qué hacéis vos aquí, Ver- 
[gilios? 
Vergilios, ¿aquí qué hacéis? 



— Señor, peino mis cabellos. 

y las mis barbas también: 

aquí me fueron nacidas, 

aquí me han de encanecer; 

que hoy se cumplen siete 
[años 

que me mandaste prender. 

— Calles, calles, tú, Vergilios, 

que tres faltan para diez. 

— Señor, si manda tu Alteza, 

toda mi vida estaré. 

— Vergilios, por tu paciencia 

conmigo irás a comer. 

— Rotos tengo mis vestidos, 
no estoy para parecer. 
— Yo te los daré, Vergilios, 
yo dártelos mandaré. — 
Ilúgole a los caballeros 
y a las doncellas también ; 
mucho más plugo a una due- 
llamada doña Isabel. [ña, 
Llaman luego un arzobispo, 
ya la desposan con él. 
Tomárala por la mano, 
y llévasela a un vergel. 

LA INFANTINA 

De Francia partió la niña, 
de Francia la bien guarnida : 



18 



KOMANCES CABALLERESCOS 



íbase para París, 
do padre y madre tenía: 
errado lleva el camino, 
errada lleva la vía: 
arrimárase a un roble 
por esperar compañía. 
Vio venir un caballero, 
que a París lleva la guía. 
La niña desque lo vido 
oesta suerte le decía: 
— Si te place, caballero, 
iévesme en tu compañía. 
— Pláceme, dijo, señora, 
pláceme, dijo, mi vida. — 
Apeóse del caballo 
por hacelle cortesía; 
puso la niña en las ancas 
y subiérase en la silla: 
En el medio del camino 
de amores la requería. 
La niña desque lo oyera 
díjole con osadía: 
— Tate, tate, caballero, 
no hagáis tal villanía: 
Hija soy yo de un malato 
y de una malatía; 
el hombre que a mí llegase 
malato se tornaría. — 
Con temor el caballero 
oalabra no respondía, 
y a la entrada de París 
la niña se sonreía. 
— ¿De qué os reís, mi señora? 
¿De qué os reís, vida mía? 
—Rióme del caballero, 
y de su gran cobardía. 
¡Tener la niña en el campo, 
y catarle cortesía! — 
Con vergüenza el caballero 
estas palabras decía: 



•-Vuelta, vuelta, mi señora, 
jue una cosa se me olvida. — 
•^a niña, como discreta, 
(Mjo: — Yo no volvería, 
ni persona, aunque volviese, 
e¿] mi cuerpo tocaría: 
hija soy del rey de Francia 
y la reina Constantina, 
el hombre que a mí llegase 
hiuy caro le costaría. 

EL CONDE ARNALDOS 

¡ Quién hubiese tal ventura 
sobre las aguas del mar, 
como hubo el conde Arnaldos 
la mañana de San Juaní 
Con un falcón en la mano 
la caza iba a cazar, 
y venir vio una galera 
que a tierra quiere llegar. 
Las velas traía de seda, 
la jarcia de un cendal, 
marinero que la manda 
diciendo viene un cantar 
que la mar ponía en calma, 
los vientos hace amainar, 
los peces que andan al hondo 
arriba los hace andar, 
las aves que andan volando 
las hace a el mástil posar: 
— Galera, la mi galera, 
Dios te me guarde de mal, 
de los peligros del mundo 
sobre aguas de la mar, 
de los llanos de Almería, 
del estrecho de Gibraltar, 
y del golfo de Venecia, 
y de los bancos de Flandes, 
y del golfo de León, 



EL INFANTE VENGADOR 



19 



donde suelen peligrar. — 
Allí habló el conde Arnaldos, 
bien oiréis lo que dirá : 
— Por Dios' te ruego, mari- 
[nero, 
digaisme ora ese cantar. — 
Respondióle el marinero, 
tal respuesta le fué a dar: 
— Yo no digo esta canción, 
sino a quien conmigo va. — 

EL CONDE DON MARTIN Y DOÑA 
BEATRIZ 

Bodas hacían en Francia 
allá dentro de París; 
¡ cuan bien que guía la danza 
esta doña Beatriz! 
¡ Cuan bien que se la miraba 
el buen conde don Martín! 
— ¿Qué miráis aquí, buen 
[conde? 
Conde, ¿qué miráis aquí? 
¿Decid si miráis la danza, 
o si me miráis a mí? 
— Que no miro yo la danza, 
porque muchas danzas vi; 
miro yo vuestra lindeza, 
que me hace penar a mí. 
— Si bien os parezco, conde, 
conde, saqueisme de aquí; 
que un marido me dan viejo 
y no puede ir tras mí. 

EL INFANTE VENGADOR 

Helo, helo por do viene 
el infante vengador, 
caballero a la gineta 
en caballo corredor, 



su manto revuelto al brazo, 
demudada la color, 
y en la su mano derecha 
un venablo cortador, 
con la punta del venablo 
sacaría un arador. 
Siete veces fué templado 
en la sangre de un dragón, 
y otras tantas fué afilado 
porque cortase mejor: 
el hierro fué hecho en Fran- 
y el asta en Aragón: [cia, 
Perfilándoselo iba 
en las alas de su halcón. 
Iba a buscar a don Cuadros, 
a don Cuadros el traidor, 
y allá le fuera a hallar 
junto del emperador. 
La vara tiene en la mano, 
que era justicia mayor. 
Siete veces lo pensaba, 
si le tiraría o no, 
y al cabo de las ocho 
el venablo le arrojó. 
Por dar al dicho don Cuadros 
dado ha al emperador: 
pasado le ha manto y sayo 
que era de un tornasol, 
por el suelo ladrillado 
más de un palmo le metió. 
Allí le habló el rey, 
bien oiréis lo que habló: 
— ¿Por qué me tiraste, in- 
[fante? 
¿Por qué me tiras, traidor? 
— Perdóneme tu Alteza, 
que no tiraba a ti. no: 
Tiraba al traidor de Cuadros; 
ese falso engañador, 



20 



ROMANCES CABALLERESCOS 



que de siete hermanos que 
[tenía, 
no ha dejado, si a mí no: 
Por eso delante tí, 
buen rey, lo desafío yo. — 
Todos fian a don Cuadros, 
y al infante no fían, no, 
si no fuera una doncella, 
hija es del emperador, 
que los tomó por la mano, 
y en el campo los metió. 
A los primeros encuentros 
Cuadros en tierra cayó. 
Apeárase el infante, 
la cabeza le cortó, 
y tomárala en su lanza, 
y al buen rey la presentó. 
De que aquesto vido el rey 
con su hija le casó. 

EL ADULTERO CASTIGADO 

Blanca sois, señora mía, 
más que no el rayo del sol: 
¿Si la dormiré esta noche 
desarmado y sin pavor? 
Que siete años había, siete 
¡que no me desarmo, no! 
Más negras tengo mis carnes 
que no un tiznado carbón. 
— Dormidla, señor, dormidla, 
desarmado sin temor, 
que el conde es ido a la caza 
a los montes de León. 
— Rabia le mate los perros, 
y águilas el su halcón, 
y del monte hasta casa 
a él arrastre el morón. — 
Ellos en aquesto estando 
su marido que llegó: 



— ¿Qué hacéis, la blanca ni- 
hija del padre traidor? [ña, 
— Señor, peino mis cabellos, 
peinólos con gran dolor, 
que me dejáis a mí sola 
y a los montes os vais vos. 
— Esas palabras, la niña, 
no eran sino traición: 
¿Cuyo es aquel caballo 
que allá abajo relinchó? 
— Señor, era de mi padre, 
y enviólo para vos. 
— ¿Cuyas son aquellas armas 
que están en el corredor? 
— Señor, eran de mi herma- 
y hoy vos las envió. [no, 
— ¿Cuya es aquella lanza 
que desde aquí la veo yo? 
— Tomadla, conde, tomadla, 
matadme con ella vos, 
que aquesta muerte, buen 
[conde, 
bien os la merezco yo. 

LA CONSTANCIA 

Mis arreos son las armas, 
mi descanso es pelear, 
mi cama, las duras peñas; 
mi dormir, siempre velar. 
Las manidas son escuras, 
los caminos por usar, 
el cielo con sus mudanzas 
ha por bien de me dañar 
andando de sierra en sierra 
por orillas de la mar, 
por probar si en mi ventura 
hay lugar donde avadar. 
Pero por vos, mi señora, 
todo se ha de comportar. 



ROMANCE DE GERINELDO 



21 



LA DAMA DEL CONDE ALEMÁN 

A tan alta va la luna 
como el sol a mediodía, 
cuando el buen conde alemán 
con esa dama dormía. 
No lo sabe hombre nascido 
de cuantos en corte había, 
si no sólo era la infanta, 
aquesa infanta su hija. 
Asi, su madre la hablaba, 
desta manera decía: 
— Cuanto viéredes infanta, 
cuanto vieres encobridlo: 
Daros ha el conde alemán 
un manto de oro fino. 

— ¡Mal fuego le queme, ma- 
ese manto de oro fino, [dre, 
cuando en vida de mi padre 
tuviese padrastro vivo! — 
De allí se fuera llorando: 

El rey su padre la ha visto 

— ¿Por qué lloráis, la infan- 
ta? 

Decid, ¿quién llorar os hizo? 

— Yo me estaba aquí comien- 
[do, 

comiendo sopas en vino; 

entró el conde alemán 

y echólas por el vestido. 

—Calléis, mi hija, calléis ; 

no toméis de eso pesar. 

Que el conde es niño y mo- 
[chacho; 

hacerlo ha por burlar. 

— ¡Mal fuego quemase, pa- 
tal reír y tal burlar! [dre, 
Cuando me tomó en sus bra- 
conmigo quiso holgar. [zos 
— Si él os tomó en sus brazos, 



y con vos quiso holgar, 
en antes que el sol saliese 
yo le mandaré matar. 

ROMANCE DE GERINELDO 

Levantóse Gerineldo 
que al rey dejara dormido : 
fuese para la infanta 
donde estaba en el castillo. 
— Abraisme, dijo, señora, 
abraisme, cuerpo garrido. 
— ¿Quién sois vos, el caballe. 
[ro. 
que llamáis a mi postigo? 
— Gerinaldo soy, señora, 
vuestro tan querido amigo. — 
Tomárala por la mano, 
en un lecho la ha metido, 
y besando y abrazando 
Gerineldo- se ha dormido. 
Recordado había el rey 
de un sueño despavorido; 
tres veces lo había llamado, 
ninguna le ha respondido; 
— Gerineldo, Gerineldo, 
mi camarero polido, 
si me andas en traición, 
trátasme como a enemigo, 
o dormías con la infanta, 
o me has vendido el castillo. 
Tomó la espada en la mano, 
en gran saña va encendido: 
Fuérase para la cama 
donde a Gerineldo vido. 
El quisiéralo matar; 
mas crióle de chiquito. 
Sacara luego la espada, 
entre entrambos la ha metido, 
porque desque recordase 



22 



ROMANCES CABALLERESCOS 



viese cómo era sentido. 
Recordado había la infanta, 
e la espada ha conocido. 
— Recordados, Gerineldo, 
que ya érades sentido, 
que la espada de mi padre 
yo me la he bien conocido. 

EL INFANTE TROCO 

En el tiempo que Mercurio 
en Occidente reinaba, 
hubo en Venus su mujer 
un hijo que tanto amaba. 
Púsole por nombre Troco, 
porque muy bien le cuadraba, 
criáronsele las diosas 
en la montaña Troyana. 
Era tal su hermosura, 
que una estrella semejaba : 
deseando ver el mundo, 
sus amas desamparaba. 
Andando de tierra en tierra 
hallóse do no pensaba, 
en una gran pradería 
de arrayanes bien poblada, 
en medio de una laguna 
toda de flores cercada. 
Es posada de una diosa 
que Salmancia se llamaba, 
diosa de la hermosura, 
sobre todas muy nombrada. 
El oficio d'esta diosa 
era holgarse en su posada, 
peinar sus lindos cabellos, 
componer su linda cara. 
No va con sus compañeras, 
no va con ellas a caza; 
no toma el arco en la mano, 
ni los tiros del aljaba, 



ni el sabueso de trailla, 
ni en lo tal se ejercitaba. 
Ella des que vido a Troco 
quedó de amores llagada, 
que ni pudo detenerse 
ni quiso verse librada. 
Mirando su hermosura 
d'esta manera le habla : 
— Eres, mancebo, tan lindo, 
de hermosura tan sobrada, 
que no sé determinarme 
si eres dios o cosa humana. 
Si eres dios, eres Cupido, 
el que de amores nos llaga; 
si eres hombre, ¡cuan dichosa 
fué aquella que te engendra- 
ba! 
Y si hermana alguna tienes, 
de hermosura es muy dotada. 
Mi señor, si eres casado, 
hurto quiero que se haga; 
y si casado no eres 
yo seré tuya de gana. — 
El Troco, como es mancebo, 
de vergüenza no hablaba; 
ella cautiva de amores 
de su cuello le abrazaba. 
El Troco le dice así, 
d'esta manera le hablaba: 
— Si no estáis, señora, queda, 
dejaré vuestra posada. 

EL CONDE SOL 

Grandes guerras se publi- 
can 
entre España y Portugale: 
pena de la vida tiene 
quien no se quiera embarca- 
re 



EL CONDE SOL 



23 



Al conde Sol le nombran 
por capitán genérale; 
del rey se fué a despedir 
de su esposa otro que tale. 
La condesa quera niña., 
todo se le va en llorare. 
— Dime. conde, ¿cuántos años 
tienes de echar por allae? 
— Si a los seis años no vuel- 
[vo, 
condesa, os podéis casare. — 
Pasan los seis, y los ocho, 
pasan diez y pasan más, 
y el conde Sol no tornaba 
ni nuevas suyas fué a daré 
Estando en su estancia sola. 
fuéla el padre a visitare: 
— ¿Qué tienes, hija querida, 
que no cesas de llorare? 
— Padre de toda mi alma, 
por la santa Trinidade, 
que me queráis dar licencia 
para al conde ir a encontrare 
— Mi licencia tenéis, hija, 
haced vuestra voluntade. — 
La condesa al otro día 
al conde se fué a buscare, 
triste por Italia y Francia, 
por la tierra y por la mare. 
Va estaba desesperada, 
ya se torna para acae, 
cuando gran vacada un día 
devisó allá en un pinare. 
— Vaquerito, vaquerito, 
por la santa Trinidade, 
que me niegues la mentira 
y me digas la verdade: 
¿De quién son estas vaquitas 
que en estos montes estare? 
— Del conde Sol son, señora, 



que manda en este lugare. 
— ¿Y de quién son esos trigos 
que cerca están de segare? 
— Señora, del mismo conde, 
porque los hizo sembrare. 
— ¿Y de quién tantas ovejas 
que a corderos dan mamare? 
— Señora, del conde Sol, 
porque los hizo criare. 
— ¿De quién, dime, esos jar- 
[diñes 
y ese palacio reale? 
— Son del mismo caballero, 
porque allí suele habitare. 
— ¿De quién, de quién los ca- 
ballos 
que se oyen relinchare? 
— Del conde Sol, que suele 
sobre ellos ir a cazare. 
— ¿Y quién es aquella dama 
que un hombre abrazando es 
— La desposada señora [tae? 
con que el conde va a casare. 
— Vaquerito, vaquerito, 
por la santa Soledade: 
toma mi ropa de seda, 
y vísteme tu sayale, 
que ya hallé lo que buscaba, 
no lo quiero, no, dejare; 
agárrame de la mano 
y a su puerta me pondraes, 
que a pedirle voy limosna, 
por Dios, si la quiere daré. 
Desque estuvo la condesa 
del palacio en el umbrale, 
una limosnica pide 
que se la den por piedade, 
y fué tanta su ventura, 
aún más que era de esperare 
que la limosna demanda 



24 



ROMANCES CABALLERESCOS 



y el conde se la fué a daré. 
— ¿De dónde eres, peregrina? 
— Soy de España naturale. 
— ¿Cómo llegastes aquí? 
— Vine mi esposo a buscare, 
por tierra pisando abrojos, 
pasando riesgos en mare, 
y cuando le hallé, señor, 
supe que se iba a casare, 
supe que olvidó a su esposa, 
su esposa que fué léale, 
su esposa que por buscalle 
cuerpo y alma fué a arries- 
[gare. 
— ¡Romerica, romerica, 
calledes, no digas tale, 
que eres el diablo, sin duda, 
que me vienes a tentare! 
— No soy el diablo, buen con- 
[de, 
ni yo te quiero enojare; 
soy tu mujer verdadera, 
y así te vine a buscare. — 
El conde, cuado esto oyera, 
sin un punto más tardare, 
un caballo muy ligero 
ha mandado aparejare 
con cascabeles de plata 
guarnido todo el pretale; 
con los estribos de oro, 
las espuelas otro tale, 
y cabalgando de un salto, 
a su esposa fué a tomare, 
que de alegría y contento 
no cesaba de llorare. 
Corriendo iba, corriendo, 
corriendo va sin parare, 
hasta que llegó al castillo 
donde es señor naturale. 
Quedádose ha la novia 



vestidica y sin casare, 
Que quien de lo ajeno viste 
desnudo suele quedare. 

CORDURA DE ALIARDA PARA JUS 

TIFICARSE DE LA CALUMNIA DI 

UN CABALLERO QUE SE JACTO DB 

HABERLA GOZADO 

— Esta noche, caballeros, 
dormí con una doncella, 
que en los días de mi vida 
yo no vi cosa más bella. — 
Todos dicen a una voz. 
— ¡Cierto, Aliarda es esa!— 
Oídolo había su hermano, 
un hermano carnal della, 
dijéronle allí: — Florencios, 
bien es casarte con ella. 
— No quiero hacer, caballe- 
para mí cosa tan fea, [ros,, 
en tomar yo por mujer 
la que tuve por manceba. — 
Aún no acabó Florencios 
de decir aquella nueva, 
cuando todos prontamente 
dicen luego: — ¡Muera, mué- 
[ra! 
¡Muera aquel que ha des- 
honrado 
a -Aliarda la más bella! — 
En saber esto Aliarda 
gran enojo recibiera: 
Envióles a decir 
en breve desta manera: 
— Pésame, mis caballeros, 
de hacer cosa tan mal hecha, 
que lo que el loco decía 
no era cosa creedera. 



CABALLERESCOS DE LAS CRÓNICAS GALESAS 



25 



Hasta saberlo de cierto 
no le habían de dar pena. 

EL TRAIDOR MARQUILLOS 
Y BLANCA-FLOR 

¡ Cuan traidor eres, Marqui- 
llos! 
¡Cuan traidor de corazón! 
Por dormir con tu señora 
degollaste a tu señor. 
Desque lo tuviste muerto 
quitástele el chapirón; 
fuéraste al castillo fuerte 
donde está la Blanca-Flor. 
— Abridme, linda señora, 
que aquí viene mi señor; 
si no lo queréis creer, 
veis aquí su chapirón. — 



Blanca-Flor desque lo viera 
las puertas luego le abrió: 
echóle brazos al cuello, 
allí luego la besó; 
abrazándola y besando 
en un secreto la entró. 
— Marquillos, por Dios te rue- 
[go 
que me concedas un don: 
Que no durmieses conmigo 
hasta que rayase el sol. — 
Marquillos, como es hidalgo, 
el don luego le otorgó, 
y como venía cansado 
en llegando se durmió. 
Levantóse muy ligera 
la hermosa Blanca-Flor; 
tomara un cuchillo en mano 
y a Marquillos degolló. 



ROMANCES CABALLERESCOS DE LAS CRÓNICAS 
GALESAS 



AMADIS DE GAULA 

En la selva está Amadís, 
el leal enamorado; 
tal vida estaba haciendo 
cual nunca hizo cristiano. 
Cilicio trae vestido 
a sus carnes apretado; 
con disciplinas destruye 
su cuerpo más delicado. 
Llagado de las heridas, 
y en su señora pensando, 
no se conoce en su gesto, 
según lo trae de delgado. 
De ayunos y de abstinencias 
andaba debilitado; 



la barba trae crecida, 
d'este mundo se ha apartado; 
las rodillas tiene en tierra, 
y en su corazón echado, 
con gran humildad os pide 
perdón si había errado. 
Al alto Dios poderoso 
por testigo ha publicado, 
y acordádosele había 
del amor suyo pasado, 
que así le derribó 
de su sentido y estado, 
con estas grandes pasiones 
amortecido ha quedado 
el más leal amador 
que en el mundo fué hallado. 



26 



ROMANCES CABALLERESCOS 



EL CABALLERO DEL FEBO 

(De Lucas Rodríguez.) 

El gran hijo de Trebacio 
que por sucesión venía 
a ser alto emperador 
de Grecia, donde asistía, 
llamado por nombre el Febo; 
floi de la caballería, 
ejemplo de la virtud, 
dechado de lozanía; 
el que nunca igual halló 
en esfuerzo y valentía, 
el que siempre sujetó 
a toda la paganía, 
el que con sólo su nombre 
los agravios deshacía, 
el que a todos excedió 
en mesura y cortesía: 
este príncipe potente 
que a los gigantes vencía, 
un niño le sujetó 
ciego, tierno en demasía, 
y fué porque le tiró 
una flecha que traía, 
a la cual no hay resistencia, 
porque invisible la envía ; 
y cuando verse pudiera 
poco le aprovecharía, 
pues se había de defender 
con quien tan poco podía, 
que era su corazón tierno ; 
¡mirad cuál le pararía, 
pues que de su natural 
fuerza alguna no tenía! 
Y ansina muy fácilmente 
cualquiera vista le hería. 
Tiróla tan fuertemente 
que forzado le rendía 



a ser el mayor esclavo 
que tiene en su compañía; 
al cual le mandó que amase 
a una princesa que había 
en la noble Trapisonda, 
adonde ella residía, 
cuya señora ha de ser: 
Claridiana se decía, 
la cual entre las mujeres 
como el sol resplandecía. 
Hacía a todos gran ventaja 
en su gracia y bizarría, 
en hermosura y valor 
y en virtud y en gallardía, 
y en ánimo varonil 
y esfuerzo sin cobardía, 
porque sólo su amador 
algún tanto la excedía, 
y con tan poca ventaja 
que apenas se conocía. 
El la quiso y fué querido, 
¡ved qué gloria les sería, 
pues a Amadís en amar 
él clara ventaja hacía, 
y ella a la reina Oriana, 
que de allí pasar no había! 
Pasando muchos trabajos 
y tormentos cada día, 
vino el caso a suceder 
que necesidad tenía 
de apartarse de su dama, 
porque a llamarle venía 
una doncella llorando, 
que su socorro pedía. 
¡Allí viérades los llantos 
que cada uno hacía! 
¡Allí las quejas, los celos 
que su amada le oponía! 
Y para que no se fuese 
muchas lágrimas vertía. 



CABALLESCOS DE LAS CRÓNICAS BRETONAS 



27 



Alas como él era esforzado, 
complacerla no podía, 
porque a ello le obligaba 
la ley de caballería, 
üespídense con abrazos, 
que se daban a porfía : 
de sólo aquello gozó, 
que más no le concedía. 
Xo lo querie ella dejar 
por no perder su alegría ; 
parécele que la ausencia 
olvidarla causaría, 
dándole mil ocasiones. 



como de contino hacía, 
y este triste pensamiento 
tanto a la dama ofendía, 
que no le quiere soltar 
porque mucho lo temía. 
Como el príncipe esto viese, 
gran pena y dolor sentía : 
Dale su fe y su palabra 
que muy presto volvería 
a tornarla a visitar, 
pues más que ella lo quería ; 
y así le dio la licencia, 
y el príncipe se partía. 



ROMANCES CABALLERESCOS DE LAS CRÓNICAS 
BRETONAS 



LANZAROTE DEL LAGO 



Tres hijuelos había el rey 
tres hijuelos, que no más; 
por enojo que hubo de ellos 
todos malditos los ha. 
El uno se tornó ciervo, 
el otro se tornó can, 
el otro, que se hizo moro, 
pasó las aguas del mar. 
Andábase Lanzarote 
entre las damas holgando, 
grandes voces dio la una : 
—Caballero, estad parado: 
Si fuese la mi ventura, 
cumplido fuese mi hado 
que yo casase con vos, 
v vos conmigo de grado, 
y me diésedes en arras 
aquel ciervo del pie blanco. 
—Dárosle he yo, mi señora, 



de corazón y de grado, 
si supiese yo las tierras 
donde el ciervo era criado. — 
Ya cabalga Lanzarote, 
ya cabalga y va su vía, 
delante de sí llevaba 
los sabuesos por la trailla. 
Llegado había a una ermita, 
donde un ermitaño había: 
— Dios te salve, el hombre 
[bueno 
— Buena sea tu venida: 
Cazador me parecéis 
en los sabuesos que traía. 
— Dígasme tú, el ermitaño, 
tú que haces santa vida, 
ese ciervo del pie blanco 
¿dónde hace su manida? 
— Quedaos aquí, mi hijo, 
hasta que sea de día, 
contaros he lo que vi, 
y todo lo que sabía. 



28 



ROMANCES CABALLERESCOS 



Por aquí pasó esta noche 
dos horas antes del día, 
siete leones con él 
y una leona parida. 
Siete condes deja muertos, 
y mucha caballería. 
Siempre Dios te guarde, hijo, 
por do quier que fuer tu ida, 
que quien acá te envió 
no te quería dar la vida. 
¡Ay dueña de Quintañones, 
del mal fuego seas ardida, 
que tanto buen caballero 
por ti ha perdido la vida! — 



ii 



Nunca fuera caballero 
de damas tan bien servido, 
como fuera Lanzarote 
cuando de Bretaña vino, 
que dueñas curaban del, 
doncellas del su rocino. 
Esa dueña Quitañona, 
esa le escanciaba el vino, 
la linda reina Ginebra 
se lo acostaba consigo; 
y estando al mejor sabor, 
que sueño no había dormido, 
la reina toda turbada 
un pleito ha conmovido. 
—Lanzarote, Lanzarote, 
si antes hubieras venido 
no hablara el orgulloso 
las palabras que había dicho, 
que a pesar de vos, señor, 



se acostaría conmigo. — 
Ya se arma Lanzarote 
de gran pesar conmovido, 
despídese de su amiga, 
pregunta por el camino, 
topó con el orgulloso 
debajo de un verde pino, 
combátense, de las lanzas, 
a las hachas han venido. 
Ya desmaya el orgulloso, 
ya cae en tierra tendido, 
cortárale la cabeza, 
sin hacer ningún partido; 
volvióse para su amiga 
donde fué bien recibido. 

TRISTAN DE LEONIS 

Ferido está don Tristán 
de una muy mala lanzada, 
diérasela el rey su tío 
que celoso del estaba. 
El fierro tiene en el cuerpo, 
de fuera le tembla el asta: 
Valo a ver la reina Iseo 
por la su desdicha mala. 
Júntanse boca con boca 
como palomillas mansas, 
llora el uno, llora el otro, 
la cama bañan en agua; 
allí nace un arboledo 
que azucena se llamaba, 
cualquier mujer que la come 
luego se siente preñada: 
Comióla la reina Iseo 
por la su desdicha mala. 



CARLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



29 



ROMANCES DE LAS CRÓNICAS CABALLERESCAS DE 
CARLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



EL CONDE DIRLOS 

Estábase el conde Dirlos, 
sobrino de don Beltrane, 
asentado en las sus tierras, 
deleitándose en cazare, 
cuando le vinieron cartas 
de Carlos el emperante. 
De las cartas placer hubo, 
de las palabras pesare, 
que lo que las cartas dicen 
a él le parece male. 

«Rogar os quiero, sobrino, 
el buen francés naturale, 
lleguéis vuestros caballeros, 
los que comen vuestro pane; 
darles heis doblado sueldo 
del que les soledes daré, 
dobles armas y caballos, 
que bien menester lo hane; 
darles heis el campo franco 
de todo lo que ganaren 
partiros heis a los reinos 
del rey moro Aliarde. 
Deseximiento me ha dado 
a mí y a los doce Pares: 
grande mengua me sería 
si todos se hobiesen de an- 
[dare. 
No veo caballero en Francia 
que mejor pueda enviare, 
sino a vos, el conde Dirlos, 
esforzado en peleare.» 
El conde que esto oyó, 
tomó tristeza y pesare, 
no por temor de los moros 



ni miedo de peleare, 
mas tiene mujer hermosa, 
mochacha de poca edade. 
Tres años anduvo en armas 
para con ella casare, 
y el año no era cumplido, 
della mándanlo apartare. 
De que esto él pensaba 
tomó dello gran pesare; 
triste estaba y pensativo, 
no cesa de sospirare: 
despide los falconeros, 
monteros manda pagare, 
despide todos aquellos 
con quien solía deleitarse; 
no burla con la condesa 
como solía burlare; 
mas muy triste y pensativo 
siempre le veían andaré. 
La condesa qu'esto vido, 
llorando empezó de hablare: 
— ¡Triste estades vos, el con- 

[de! 
¡Triste, lleno de pesare 
de esta tan triste partida 
para mí de tanto male! 
Partirvos queréis, el conde, 
a los reinos de Aliarde, 
dejáisme en tierras ajenas 
sola y sin quien me acompa- 

[ñe. 
¿Cuántos años, el buen con- 

[de, 
hacéis cuenta de tardare? 
Yo volverme he a las tierras, 



30 



ROMANCES CABALLERESCOS 



a las tierras de mi padre; 
vestirme he de un paño ne- 
[gro, 
ese será mi llevare; 
maldiré mi hermosura, 
maldiré mi mocedade, 
maldiré aquel triste día 
que con vos quise casare. 
Mas si vos queredes, conde, 
yo con vos querría andaré; 
mas quiero perder la vida, 
que sin vos della gozare. — 
El conde desque esto oyera 
empezóla de mirare; 
con una voz amorosa 
presto tal respuesta hace: 
— No lloredes vos, condesa, 
de mi partida no hayáis pe- 

[sare ; 
no quedáis en tierra ajena, 
sino en vuestra a vuestro 

[mandare, 
que antes que de aquí me 

[parta 
todo vos lo quiero daré. 
Podéis vender cualquier vi- 
[11a, 
y empeñar cualquier ciuda- 
[de, 
como principal heredera 
que nada os pueden quitare. 
Quedaréis encomendada 
a mi tío don Beltrane 
y a mi primo Gayferos, 
señor de París la grande: 
quedaréis encomendada 
a Oliveros y a Roldane, 
al emperador, y a los doce 
que a una mesa comen pa- 
[ne; 



porque los reinos son lejos 

del rey moro Aliarde; 

que son cerca de la Casa 

[Santa, 
allende del nuestro mare. 
Siete años la condesa, 
todos siete me esperade; 
si a los ocho no viniere, 
a los nueve vos casade; 
seréis de veinte y siete años 
que es la mejor edade: 
el que con vos casare, se- 
[ñora, 
mis tierras tome en ajuare; 
gozará mujer hermosa, 
rica y de gran linaje. 
Bien es verdad, la condesa, 
que conmigo os querría lle- 
[vare ; 
mas yo voy para batallas, 
y no cierto para holgare. 
Caballero que va en armas 
de mujer no debe curare, 
porque con el bien que os 

[quiere 
la honra habría de olvidare. 
Mas aparejad, condesa, 
mandad vos aparejare, 
iréis conmigo a las cortes, 
a París, esa ciudade . 
Toquen, toquen mis trompe- 
ras, 
manden luego cabalgare. — 
Ya se partía el buen conde; 
la condesa otro que tale: 
la vuelta van de París 
apriesa no de vagare. 
Cuando son a una jornada 
de París, esa ciudade, 
el emperador que lo supo 



CAKLÜMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



31 



a recebir se los sale. 
Con él sale Oliveros, 
con él sale don Roldane, . 
con él don Darderín D'Ar- 
[deña, 
y Urgel de la fuerza grande ; 
con él salía Guarinos. 
almirante de la mare; 
con él sale el esforzado 
Renaldos de Montalvane. 
Con él van todos los doce 
que a una mesa comen pane, 
sino el infante Gaiferos 
y el buen conde don Bel- 
[trane, 
que salieron tres jornadas 
más que todos adelante. 
No quiso el emperador 
que hubiesen de aposentare, 
sino en sus reales palacios 
posada les mandó daré. 
Luego empiezan su partirla 
apriesa y no de vagare. 
Dale diez mil caballeros 
de Francia más principales, 
y con otra mucha gente 
gran ejército reale. 
El sueldo les paga junto 
por siete años y mase. 
Ya, tomadas buenas armas, 
caballos otro que tale, 
enderezan su partida, 
empiezan de cabalgare; 
cuando el bueno conde Dir- 
[los 
ruega mucho al emperante 
que él y todos los doce 
se quisiesen ayuntare. 
Cuando todos fueron juntos 
en la gran sala reale. 



entra el conde y la condesa, 
mano por mano se vane: 
cuando son en medio dellos 
el conde empezó de hablare: 
— A vos lo digo, mi tío, 
el buen viejo don Beltrane. 
y a vos, infante Gayferos, 
y a mi buen primo carnale, 
y esto delante de todos 
lo quiero mucho rogare, 
y al muy alto emperador, 
que sepa es mi voluntade. 
cómo villas y castillos, 
y ciudades y lugares 
los dejo a la condesa, 
que nadie las pueda quitare. 
Como principal heredera 
en ellas pueda mandare, 
y vender cualquiera villa, 
y empeñar cualquier ciuda- 
[de: 
de aquello que ella hiciere 
todos se hayan de agradare. 
Si por tiempo yo no viniere 
vosotros la queráis casare: 
el marido quella tome 
mis tierras haya en ajuare. 

Y a vos la encomiendo, tío, 
en lugar de marido y padre; 
y a vos, mi primo Gayferos, 
por mí la queráis honrare. 

Y encomiéndola a Oliveros, 
y encomiéndola a Roldane, 
y encomiéndola a los doce, 
y a don Carlos el emperan- 

[te.— 
A todos les place mucho 
de aquello quel conde hace. 
Ya se parte el buen condo 
de París, esa ciudade: 



32 



ROMANCES CABALLERESCOS 



la condesa que ir lo vido 
jamás lo quiso dejare 
hasta orillas de la mar 
do se había de embarcare. 
Con ella va don Gayferos, 
con ella va don Beltrane, 
con ella va el esforzado 
Renaldos de Montalvane, 
sin otros muchos caballeros 
de Francia más principales. 
A tan triste despedida 
el uno del otro hacen, 
que si el conde iba triste, 
la condesa mucho mase. 
Palabras se están diciendo 
que era dolor d'escuchare: 
el conorte que se daban 
era continuo llorare. 
Con gran dolor manda el 
[conde 
hacer vela y navegare. 
Como sin la condesa se vido 
navegando por la mare, 
movido de muy gran saña, 
movido de gran pesare, 
diciendo que por ningún 
[tiempo 
de ella lo harán apartare. 
Sacramento tiene hecho 
sobre un libro misale 
de jamás volver en Francia, 
ni en ella comer pane, 
ni que nunca enviará carta, 
porque del no sepan parte. 
Siempre triste y pensativo, 
puesto en pensamiento gran- 
de, 
navegando en sus jornadas 
por la tempestuosa mare, 
llegado es a los reinos 



del rey moro Aliarde. 
Ese gran Soldán de Persia, 
cqn poderío muy grande 
ya les estaba aguardando 
a las orillas del mare. 
Cuando vino cerca tierra 
las naves mandó llegare; 
con un esfuerzo esforzado 
los empieza de esforzare. 
— ¡Oh esforzados caballeros! 
¡Oh mi compañía léale, 
acuérdeseos que dejamos 
nuestra tierra naturale! 
D'ellos dejamos mujeres, 
d'ellos hijos, d'ellos padres, 
sólo para ganar honra, 
y no para ser cobardes. 
Pues esforzaos, caballeros, 
esforzad en peleare. 
Yo llevaré la delantera, 
y no me queráis dejare. — 
La morisma era tanta, 
tierra no dejan tomare. 
El conde, que era esforzado 
y discreto en peleare, 
manda toda artillería 
en las sus barcas posare. 
Con el ingenio que traía 
empiézales de tirare; 
los tiros eran tan fuertes, 
que por fuerza hacen lugare 
Veréis sacar los caballos, 
muy apriesa cabalgare; 
tan fuerte dan en los moros, 
que tierra les hacen dejare. 
En tres años que el buen 
[conde 
entendió en peleare, 
ganados tiene los reinos 
del rey moro Aliarde. 



CARLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



33 



Con todos sus caballeros 
parte por iguales partes; 
tan grande parte da al chico 
tanto le da como al grande: 
sólo él se retraía 
sin querer algo tomare. 
Armado de armas blancas, 
y cuentas para rezare, 
¡tan triste vida hacía, 
que no se puede contare! 
El Soldán le hace tributo, 
y reyes de allende el mare: 
de los tributos que le daban 
a todos hacía parte. 
Hace a todos mandamiento, 
y a los mejores jurare, 
que ninguno sea osado 
hombre a Francia enviare, 
y que al que cartas enviase 
luego le hará matare. 
Quince años el conde estuvo 
siempre d'allende del mare, 
y no escribió a la condesa, 
ni a su tío don Beltrane, 
ni escribió a los doce, 
ni menos al emperante. 
Unos creían que era muerto, 
otros anegado en mare. 
Las barbas y los cabellos 
nunca los quiso afeitare; 
tiénelos fasta la cinta, 
fasta la cinta, y aun mase: 
la cara mucho quemada 
del mucho sol y del aire, 
con el gesto demudado 
muy feroz y espantable. 
Los quince años cumplidos, 
dieciséis querían entrare, 
acostárase en su cama 
con deseo de holgare. 



Pensando estaba, pensando 
la triste vida que hace, 
pensando en aquel tiempo 
que solía festejare, 
cuando justas y torneos 
por la condesa solía armare. 
Dormióse con pensamiento, 
y empezara de holgare, 
cuando hace un triste sueño 
para él de gran pesare. 
Vía estar la condesa 
en los brazos de un infante. 
Salto diera de la cama 
con un pensamiento grande, 
gritando con altas voces, 
no cesando de hablare: 

— ¡Toquen, toquen mis trom- 

petas, 
mi gente manden llegare! — 
Pensando que había moros 
todos llegados se hane. 
Desque todos son llegados, 
llorando empezó a hablare: 

— ¡Oh esforzados caballeros! 
¡Oh mi compañía léale! 
Yo conozco aquel ejemplo 
que dicen, y es gran verdade, 
que todo hombre nacido 
que es de hueso y de carne, 
el mayor deseo que tenía 
era en sus tierras holgare. 
Ya cumplidos son quince 

[años, 
y en dieciséis quiere entrare, 
que somos en estos reinos 
y estamos en soledade. 
Quien tenía mujer hermosa 
vieja la debe de hallare; 
el que dejó hijos pequeños 
2 






34 



ROMANCES CABALLERESCOS 



hallarlos ha hombres gran- 
[des; 
ni el padre conocerá al hijo, 
ni el hijo menos al padre. 
Hora es ya, mis caballeros, 
de ir a Francia a holgare, 
pues llevamos harta honra 
y dineros mucho mase. 
Lleguen, lleguen naves lue- 
[go, 
mandolas aparejare, 
capitanes ordenemos 
para las tierras guardare. — 
Ya todo es aparejado, 
ya empiezan a navegare. 
Cuando todos son llegados 
a las orillas del mare, 
llorando el conde de sus ojos 
les empieza de hablare: 
— ¡Oh esforzados caballeros! 
¡Oh mi compañía léale! 
Una cosa rogar vos quiero, 
no me la queráis negare: 
quien secreto me tuviere 
yo le he de galardonare. 
Que todos hagáis juramento 
sobre un libro misale, 
que en parte ninguna que sea 
no me hayáis de nombrare, 
porque con el gesto que 
[traigo 
ningunos me conocerane; 
mas viéndome con tanta 
[gente 
y un ejército reale, 
si vos demandan quién soy 
no les digáis la verdade: 
Decid que soy mensajero 
que vengo de allende el ma- 
rre. 



que voy con una embajada 
a don Carlos el emperante, 
porque es hecho un mal 
[suyo. 
y quiero ver si es verdade. — 
Con l'alegría que llevan 
de a Francia se tornare, 
todos hacen sacramento 
de tenerle puridade. 
Embárcanse muy alegres, 
empiezan de navegare; 
el tiempo tienen muy fresco 
que placer es de mirare. 
Allegados son en Francia, 
en sus tierras naturales. 
Cuando el conde se vio en 
[tierra 
empieza de caminare: 
no va vuelta de las cortes 
de Carlos el emperante, 
mas va vuelta de sus tierras 
las que solía mandare. 
Ya llegado que es a ellas, 
por ellas empieza a andaré. 
Andando por su camino 
una villa fué a hallare; 
llegado se había cerca 
por con alguno hablare. 
Alzó los ojos en alto 
a la puerta del lugare, 
llorando de los sus ojos 
comenzara de hablare: 
— ¡Oh esforzados caballeros, 
de mi duelo habed pesare, 
armas que mi padre puso 
mudadas las veo estare! 
O es casada la condesa, 
o mis tierras van a male. 
Allegóse a las puertas 
con gran enojo y pesare; 



CARLOMAGNO Y LOS DOCK PARES DE 1 RANCIA 



miró por entre las puertas, 
gentes d'armas vido estare. 
Llamando está uno dellos 
más viejo en antigüedade; 
de la mano él lo toma 
y empiézale de hablare: 
— Por Dios te ruego, el por- 
[tero, 
me digas una verdade. 
¿De quién son aquestas tie- 
[rras? 
¿Quién las solía mandare? 
— Pláceme, dijo el portero, 
de deciros la verdade; 
ellas eran del conde Dirlos, 
señor de aqueste lugare, 
agora son de Celinos, 
de Celinos el infante. — 
El conde desque esto oyera 
vuelto se le ha la sangre; 
con una voz demudada 
otra vez le fué a hablare: 
— Por Dios te ruego, her- 
[mano. 
no te quieras enojare, 
qu'esto que agora me dices 
tiempo habrá que te lo pa- 
[gue. 
¿Dime si las heredó Celinos, 
o si las fué a mercare? 
¿O si en el juego de dados 
él las fuera a ganare? 
¿O si las tiene por fuerza 
que no las quiere tornare? — 

I ortero, questo oyera, 
presto le fué a hablare : 
— No las heredó, señor, 
que no le vienen de linaje, 
que hermanos tiene el conde, 
aunque se querían male, 



y sobrinos tiene muchos 
que las podían heredare; 
ni menos las ha mercado, 
que no las basta a pagare, 
que Irlos es grande ciudade, 
y ha muchas villas y lugares. 
Cartas hizo contrahechas. 
de que el conde muerto le 

[hane, 
por casar con la condesa, 
que era rica y de linaje; 
y aun ella no se casara, 
cierto a su voluntade, 
sino por fuerza de Oliveros. 
y a porfía de Rolda ne. 
y a ruego de Cario Magno, 
de Francia rey emperante, 
por casar bien a Celinos, 
y ponerle en buen lugare. 
Mas el casamiento han hecho 
con una condición tale, 
que no allegase a la condesa, 
ni a ella haya de llegare; 
mas por él se desposara 
ese paladín Rolda ne. 
Ricas fiestas se hicieron 
en Irlos esa ciudade; 
gastos, galas y torneos 
muchos, de los dren Pai 
El conde desque esto oyera 
vuelto se le ha !;; sangre. 
Por mucho que disimula 
no cesa de sospirare, 
diciéndole esto : — Hermane, 
no te enojes de contare, 
¿quién fué en aquestas 

[das? 
¿y quién no quiso estare? 
— Señor, en ellas fué Olive- 
[ros 



36 



ROMANCES CABALLERESCOS 



y el emperador y Roldarte: 
fué Belardos y Montesinos, 
y el gran conde don Grimal- 
[de, 
y otros muchos caballeros 
de los de los doce Pares. 
Pesóle mucho a Gayferos, 
pesó mucho a don Beltrane, 
y más pesó a don Galbán 
y al fuerte Meriane. 
Ya que eran desposados, 
misa les querían daré; 
allegó un falconero 
a Carlos el emperante, 
que venía d'aquellas tierras 
de allá de allende el mare, 
y dijo que el conde era vivo, 
y que traía señale. 
Plugo mucho a la condesa, 
pesóle mucho al infante, 
porque en las grandes fiestas 
hubo grande desbarate. 
Allá traen grandes pleitos 
en cortes del emperante, 
por lo cual es vuelta Francia 
y todos los doce Pares. 
Ella dice, que un año de 
[tiempo 
pidió antes de despesare, 
por enviar mensajeros 
muchos allende la mare, 
y que si el conde era muerto, 
el casamiento fuese adelan- 
te; 
si era vivo, bien se sabía 
que ella no podía casare. 
Por ella responde Gayferos, 
Gayferos y don Beltrane; 
por Celinos era Oliveros, 
Oliveros y Roldane. 



Creemos que es dada senten- 
[cia, 
o se quería ahora ciare., 
porque ayer hubimos cartas 
de Carlos el emperante, 
que quitemos estas armas, 
pongamos las naturales, 
y que guardemos las tierras 
por el conde don Beltrane; 
que ninguno de Celinos 
en ellas no pueda entrare. — 
El conde desque esto oyera, 
movido de gran pesare, 
vuelve riendas al caballo, 
en el lugar no quiso entrare ; 
más allá en un verde prado 
su gente mandó llegare. 
Con una voz muy humilde 
les empieza de hablare: 

— i Oh esforzados caballeros! 
¡Oh mi compañía léale! 

El consejo que os pidiere 
bueno me lo queráis daré. 
¿Si me aconsejáis que vaya 
a las cortes del emperante? 
¿O que mate a Celinos, 
a Celinos el infante? 
¿Volveremos en allende 
do podremos bien estar?? — 
Caballeros que esto oyeron 
presto tal respuesta hacen: 

— ¡Calledes, conde, calléeles! 
¡Conde, no digáis vos tale! 
No miréis a vuestra gana, 
más mirad a don Beltrane, 
y esos buenos caballeros 
que tanta honra vos hacen 
Si vos matáis a Celinos 
dirán que fuisteis cobarde. 
Idos, idos a las cortes 



CAKLOMAGNO Y IOS !M>CE PARES DE FRANCIA 



3? 



de Carlos el emperante, 
conoceréis quien bien os 
[quiero 
y quien os quería male. 
Por bueno que es Celinos, 
vos sois de tan buen linaje, 
y tenéis dos tantas tierras 
y dineros que gastare. 
Nosotros vos prometernos 
con sacramento léale, 
somos diez mil caballeros 
y franceses naturales, 
de por vos perder la vida 
y cuanto tenemos gastare, 
quitando al emperador, 
contra cualquier otro gran- 
[de.— 
El conde desque esto oyera 
respuesta ninguna hace; 
da de espuelas al caballo, 
va por el camino adelante: 
la vuelta va de París 
como aquel que bien la sabe. 
Cuando fué a una jornada 
de las cortes del emperante, 
otra vez llega a los suyos 
y les empieza de hablare: 
— Esforzados caballeros, 
una cosa os quiero rogare: 
siempre tomé vuestro conse- 
rje, 
el mío queráis tomare, 
porque si entro en París 
con ejército reale 
saldrá por mí el emperador 
con todos los principales. 
Si no me conoce de vista, 
conocerme ha en el hablare 
y así no sabré de cierto 
todo mi bien v mi male. 



Al que no tiene dineros 
yo le daré que gastare: 
los unos vuelvan a caza, 
los otros pasen delante, 
los otros en derredor 
pasad en villas, y lugares: 
yo sólo con cient caballeros 
entraréme en la ciudade 
de noche y escurecido 
que nadie sepa mi parte. 
Vosotros en ocho días 
podéis poco a poco entrare: 
hallaréisme en los palacios 
de mi tío don Beltrane, 
aparejándoos posada 
y dineros que gastare. — 
Todos fueron muy contentos, 
pues el conde así le place. 
La noche era escurecida 
cerca diez horas o mase, 
cuando entró el conde Dirlos 
en París esa ciudade. 
Derecho va a los palacios 
de su tío don Beltrane; 
pero cuando atravesaban 
por medio de la ciudade 
vido asomar muchas hachas, 
gente d'armas mucho mase: 
por do el pasar había, 
por allí van a pasare. 
El conde cuando los vido 
los suyos manda apartare: 
desque todos son pasados 
el postrero fué a llamare. 
— Por Dios te ruego, escuder 
me digas una verdade; 
¿Quién son esa gente d'ar- 
[mas 
que agora van por ciudade? 
El escudero questo oyera 



38 



HOMAN'CKS CAMAÍ.LRHESCUÉi 



tal respuesta le fué a daré: 
— Señor, la condesa Dirlos 
viene del palacio reale, 
sobre un pleito que traía 
con Oliveros y Rolda 
Los que la llevan en medio 
son Roldan y don Beltrane: 
aquéllos que van post: 
donde tantas lumbres i 
son el infante Gavieros 
y el fuerte Meriane. — 
El conde de qu'esto oyera 
de la ciudad él se sale, 
debajo de una espesura 
para cabe los adarves, 
diciendo está a los suyos: 
— No es hora de entrare, 
que de que sean apeados 
tornarán a cabalgare. 
Yo quiero entrar en hora 
que de mí no sepan parte. — 
Allí están razonando 
d'armas y de hechos grandes 
hasta que era media noche, 
los gallos querían cantare. 
Vuelven rienda a los caba- 

[llos, 
y entran en la ciudade. 
Vuelta van de los palacios 
del buen conde don Beltra- 

[ne: 
antes de llegar a ellos 
de dos calles aun mase, 
tantas cadenas hay puestas 
qu'ellos no pueden pasare. 
Lanzas les ponen ai pecho 
no cesando de hablare: 
— ¡Vuelta, vuelta, caballeros, 
que por aquí no hay pasare! 
que aquí están las paladas 



del buen conde don Beltrane, 
enemigo de Oliveros, 
y enemigo de Roldane, 
enemigo de Bclardos, 
y de Celinos el infante. — 
El conde desque esto oyera 
presto tal respuesta hace: 
— Ruegote yo, caballero, 
que me quieras escuchare: 
anda, ve, y dile luego 
a tu señor don Beltrane, 
que anuí está un raens;: 
que viene de allende el ma- 
[re: 
cartas traigo del conde Dir- 

su buen sobrino carnale. — 
El caballero con placer 
empieza a aguijare: 
presto la.s nuevas le daba 
al buen conde don Beltrane, 
el cual ya se acostaba 
en su cámara reale. 
Desque tal nueva oyera 
tornóse a vestir y calzare: 
caballeros al derredor 
trescientos trae por guardar- 
De. 
Hachas muchas encendidas 
al patín hizo bajare; 
mandó que al mensajero 
sólo le dejen entrare. 
Cuando fué en el patín 
con la mucha claridade 
mirándole está, mirando, 
viéndole como salvaje. 
Como el que está espantado 
a él no se osa llegare: 
bajito el conde le habla 
dándolo mucl les. 



CARLÜMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



39 



Conocióle don Beltrán 
entonces en el hablare, 
y con los brazos abiertos 
corre para le abrazare; 
diciéndole está: — ¡Sobrino! 
Sin cesar de sospirare; 
el conde le está rogando 
que nadie de él sepa parte. 
Envían presto a las plazas, 
carnecerías otro que tale, 
para mercarles de cena 
la cual mándales aparejare. 
Manda que a sus caballeros 
todos los dejen entrare; 
que les tomen los caballos 
y los hagan bien pensare. 
Abren muy grandes estudios, 
mándanlos aposentare. 
Allí entra el conde y los su- 

[yo¿, 

ningún otro dejan entrare, 
porque no conozcan el conde 
ni de él supiesen parte. 
Ver heis todos los del pala- 

[cio 
unos con otros hablare, 
si es este el conde Dirlos, 
o quien otro puede estare, 
según el recibimiento 
que le ha hecho don Beltra- 

[ne. 
Oídolo ha la condesa 
a las voces que dan grandes 
mandó llamar sus doncellas 
y encomienza de hablare: 
— ¿Qu'es aquesto, mis doñee- 
tilas.. 
no me lo querráis negare, 
q'esta noche tanta gente 
por el palacio liento andaré? 



decidme, ¿do es el señor 
el mi tío don Beltrane? 
¿Si quizá dentro en mis tie- 
[rras 
Roldan ha hecho algún ma- 
[le?— 
Las doncellas que lo oyeran 
a tal respuesta le hacen: 
— Lo que vos sentís, señora 
no son nuevas de pesare, 
es venido un caballero 
así propio como salvaje 
muchos caballeros con él, 
¡Gran acatamiento le hacen! 
¡Muy rica cena le guisa 
el buen conde don Beltrane! 
Unos dicen qu'es mensajero 
que viene de allende el mare, 
otros qu'es el conde Dirlos, 
nuestro señor naturale. 
Allá se ha encerrado, 
que nadie no puede entrare; 
según ven el aparejo 
creen todos qu'es verdade. — 
La condesa qu'esto oyera 
de la cama fué a saltare: 
apriesa demanda el vestido, 
apriesa demanda el calzare. 
Muchas damas y doncellas 
empiezan de aguijare. 
A las puertas de los estudios 
grandes golpes manda daré, 
llamando a don Beltrane, 
que dentro la manda entrare. 
No quería el conde Dirlos 
que la dejasen entrare: 
don Beltrán salió a la puerta, 
no cesando de hablare: 
— ¿Q'es esto, señora prima? 
No tentfáif priew tan grande. 



40 



ROMANCES CABALLERESCOS 



que aún no sé bien las nue- 
¡ . as 
q'el mensajero me trae, 
porque es de tierras ajenas 
y no le entiendo el lenguaje. 
Mas la condesa por esto 
no quiere sino entrare; 
que mensajero de su marido 
ella lo quiere honrare. 
De la mano la entraba 
ese conde don Beltrane: 
desque ella estuvo dentro 
al mensajero empieza a mira- 
[rc; 
mas él mirarla no osaba, 
no cesando sospirare, 
y meneando la cabeza 
los cabellos ponía a la face. 
Desque la condesa viera 
todos callar y no hablare, 
con viva voz muy humilde 
empieza de razonare: 
— ¡Por Dios vos ruego, mi 
[tío, 
por Dios vos quiero rogare, 
pues que este mensajero 
viene de tan luengas partes, 
que si no terna dineros, 
ni tuviere que gastare, 
decid si nada le falta 
no cese de demandare! 
Pagarle hemos su gente,, 
darle hemos que gastare: 
pues viene por mi señor, 
yo no le puedo faltare 
a él y a todos los suyos, 
aunque fuesen muchos mase. 
Estas palabras hablando 
no cesaba de llorare. 
Mancilla hubo su marido 



con amor que tiene grande: 
pensando de consolarla 
acordó de la abrazare, 
y con los brazos abiertos 
iba para la tomare. 
La condesa espantada 
púsose tras don Beltrane: 
el conde a grandes sospiros 
comenzóle de hablare: 

— ¡No huyades, la condesa, 
ni os queráis espantare, 
que yo soy el conde Dirlos 
vuestro marido carnale! 
Estos son aquellos brazos 
en que solíais holgare. — 
Con las manos se aparta 
los cabellos de la face: 
conociólo la condesa 
entonces en el hablare; 
en sus brazos ella se echa 
no cesando de llorare. 

— ¿Q'es aquesto, mi señor? 
¿Quién os hizo ser salvaje? 
¡No, no es este aquel gesto 
que vos teníades antes! 
Quiten os aquestas armas, 
otras luego os quieran daré; 
traigan de aquellos vestidos 
que solíades llevare. — 
Ya les paraban las mesas, 
ya les daban a cenare, 
cuando empezó la condesa 
a decir esto y hablare: 

— ¡Cierto parece, señor 
que lo hacemos muy male, 
qu'el conde está ya en sus 

[tierras 
y ya está en la su heredade, 
que no avisemos a aquello» 



CAKLüMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



41 



que su honra quieren mira- 
[re! 
No lo digo aun por Gaiferos, 
ni por su hermano Meriane, 
sino por el esforzado 
Renaldo de Montalvane. 
¡Bien sabedes, señor tío, 
cuánto se quiso mostrare, 
siendo siempre con nosotros 
contra el paladín Roldane! — 
Llaman luego dos caballeros 
de aquellos más principales, 
el uno envían a Gaiferos, 
otro a Renaldos de Montalva- 
[ne. 
Apriesa viene Gayferos, 
apriesa y no de vagare: 
desque vido la condesa 
en brazos de aquel salvaje, 
a ellos él se allega, 
y empezóles de hablare. 
Desque el conde lo vido, 
levantóse a abrazarle; 
desque se han conocido 
grande acatamiento se ha- 
[cen. 
Ya puestas eran las mesas, 
ya les daban a cenare; 
la condesa lo servía 
y estaba siempre delante. 
En esto llegó Renaldos, 
Renaldos de Montalvane, 
y desque el conde le vido 
hubo un placer muy grande. 
Con una voz amorosa 
le empezara de hablare: 
— ¡Oh esforzado conde Dir- 
[los, 
vuestra venida me place, 



porque agora vuestros plei- 
tos 
mejor se podrán librare! 
mas si yo fuera creído, 
fueran fechos antes de vos 
[llegare, 
o no me halláredes vivo, 
o al paladín don Roldane. — 
El conde desque esto oyera 
grandes mercedes le hace 
diciendo: — Juramento he he- 
[cho 
sobre un libro misale 
de jamás quitar las armas, 
ni con la condesa holgare, 
hasta que haya cumplido 
toda la su voluntade. — 
El concierto que ellos tienen 
por mejor y naturale, 
era que en el otro día 
se presente al emperante 
el conde, vaya a palacio 
por la mano le besare. 
Toda la noche pasaron 
descansando, en hablare, 
y cuando vino el otro día, 
a la hora de yantare. 
Cabalgara el conde Dirlos: 
¡Muy lucidas armas trae! 
Y encima un collar de oro 
y una ropa rozagante, 
sólo con cient caballeros, 
que no quiere llevar tru 
a la izquierda va Gayferos, 
a l a derecha don Beltrane, 
y viénense a los palacios 
de Carlos el emperante. 
Cuantos grandes allí hallan 
acatamiento le hacen 
por honra de don Gayferos, 



42 



ROMANCES CABALLERESCOS 



que era suya la ciudade. 
Cuando son a la gran sala, 
hallan allí al emperante 
asentado a la su mesa, 
que le daban a yantare. 
Con él está Oliveros, 
con él está don Roldane, 
con él está Valdovinos 
y Celinos el infante. 
Con él los grandes están 
de Francia l a naturale. 
En entrando por la sala 
grande reverencia hacen, 
y al emperador saludan 
los tres juntos a la pare. 
Desque don Roldan los vido 
presto se fué a levantare: 
apriesa demanda Celinos 
no cesando de hablare. 
— Cabalgad presto, Celinos, 
no estéis más en la ciudade, 
que quiero perder la vida, 
si bien miráis las señales, 
si aquel no es el conde Dir- 
[los 
que viene como salvaje: 
yo quedaré por vos, primo, 
a lo que querrán demandare. 
Ya cabalgaba Celinos. 
y sale de la ciudade: 
con él va gran gente d'armas 
por haberlo de guardare. 
El conde y don Gayferos 
lléganse al emperante, 
la mano besar le quieren 
y él no se la quiere daré; 
mas está maravillado, 
diciendo: — ¿quién podrá es- 
vare?— 
El conde que así lo vido 



empezóle de hablare: 
— Xo se maraville vuestra al- 
[teza, 
que no es de maravillare, 
que quien dijo que era muer- 
[to, 
ixientira dijo y no verdade. 
Soy, señor, el conde Dirlos, 
vuestro servidor léale; 
mas los malos caballeros 
siempren presumen el male. 
Conocídole han todos 
entonces en el hablare. 
Levantóse el emperador 
y empezó a abrazarle, 
y mandó salir a todos 
y las puertas bien cerrare. 
Sólo queda Oliveros 
y el paladín don Roldane, 
el conde Dirlos y Gayferos, 
y el buen viejo don Beltrane. 
Asentóse el emperador, 
y a todos manda posare: 
entonces con voz humilde 
le empezó así de hablare: 
— Esforzado conde Dirlos, 
vuestra venida me place, 
aunque de vuestro enojo 
no es de tener pesare, 
porque no hay cargo ningu- 
[no, 
ni vergüenza otro que tale, 
que si casó la condesa, 
no cierto a su voluntade, 
sino a porfía mía 
y a ruego de don Roldane, 
y con tantas condiciones 
que sería largo de contare; 
por do siempre ha mostrado 
teneros amor muy grande. 



CAALOMAGNO Y LOS DOCE PAKES DE FRANCIA 



43 



Si ha errado Celinos, 
hízolo con mocedade, 
en escribir que érades muer- 
[tó, 
pues que no era verdade; 
mas por eso nunca quise 
a ella dejar tocare, 
ni aun a los desposorios 
a él no dejé estare; 
mas por él fué presentado 
ese paladín Roldane. 
mas la culpa, conde, es vues- 
[tra 
y a vos os la debéis daré; 
para ser vos tan discreto, 
y de esforzado linaje, 
dejaste mujer hermosa, 
moza y de poca edade: 
y de vista no la visitaste, 
de cartas la debíades visita- 
re. 
Si supiera que a la partida 
llevábades tan gran pesare, 
no os enviara yo, el conde, 
que otros pudiera enviare: 
mas por ser buen caballero 
sólo a vos quise enviare. — 
El conde de qu'esto oyera 
atal respuesta le hace: 
— ¡Calle, calle vuestra alte- 

¡Buen señor, no diga tale! 
Que no cabe quejar de Celi- 
[nos 
por ser de tan poca edade, 
que con tales caballeros 
yo no me costumbro honra- 
[re. 
Por él está aquí Oliveros, 
por él está don Roldane, 



que son buenos caballejos 
y los tengo yo por tales. 
¡consentir ellos tal carta! 
¡consentir tan gran malda- 

[de! 
i o me tenían en poco, 
o me tienen por cobarde, 
que sabiendo que era vivo 
no se lo osaría demandare! 
por eso suplico a vuestra al- 
[teza 
campo me quiera otorgare; 
pues por él. pleito tomaban, 
pueden el campo aceptare, 
si quieren uno por uno, 
o amos juntos a la pare; 
no perjudicando a los míos, 
aunque hay hartos de linaje, 
que a esto y mucho más 
[qu'esto 
recaudo bastan a daré. 
Porque conozcan que sin pa- 
cientes , 
amigos no me han de faltare 
tomaré al esforzado 
Renaldos de Montalvane. — 
Don Roldan que esto oyera 
con gran enojo y pesare, 
no por lo que el conde dijo, 
que con razón lo veía estare, 
mas en nombrarle Reynal- 

[dos, 
vueltos se le ha la sangre, 
porque los que mal le quie- 

[ren, 
cuando le quieren hacer pe- 

[sare 
luego le dan por los ojos 
Renaldos de Montalvane. 
Movido de muy gran saña 



44 



ROMANCES CABALLERESCOS 



luego habló así don Rolda- 
[ne: 
— Soy contento, el conde Dir- 
[los, 
y tomad este mi guante 
y agradeced que sois venido 
tan presto sin más tardare, 
que a pesar de quien pesara 
yo los hiciera casare, 
sacando a don Gayferos, 
sobrino del emperante. 
— Callades, dijo Gayferos. 
Roldan, no digáis vos tale; 
por ser sobrino y descortés 
mal vos quieren los doce Pa- 
ires, 
que otros tan buenos i 

[vos 
defienden la otra parte, 
y yo faltar no les puedo, 
ni dejar pasar lo tale. 
Aunque mi primo es Celincs, 
hijo de hermana de madre, 
bien sabéis que el conde Dir- 
[los 
es hijo de hermano de padre, 
y por ser de padre hermano 
no le tengo de faltare, 
ni porque no pase la vuestra, 
que a todos ventaja queréis 
[llevare. — 
Toma el guante el conde Dir- 
[los 
y de la sala se sale, 
tras él guía don Gayferos, 
y tras él va don Beltrane. 
Triste está el emperador, 
haciendo llantos muy gran- 
[des, 
\ r iendo a Francia revuelta 



y a todos los doce Pares. 
Desque Renaldos lo supo 
hubo dello placer grande: 
decía al conde palabras, 
mostrándole vountade. 
— Esforzado conde Dirlos, 
lo que habéis hecho me pla- 
[ce, 
y muy mucha más del campo 
contra Oliveros y Roldane. 
Una cosa rogar quiero, 
no me la queráis negare; 
pues no es principal Olive- 
tros, 
ni menos es don Roldane, 
sin perjudicar vuestra honra 
con cualquier podéis pelea- 
[re: 
tomad vos a Oliveros, 
y dejadme a don Roldane. 
— Pláceme, dijo el conde, 
Renaldos, pues a vos place. — 
Desque supieron las nuevas 
los grandes y principales 
qu'es venido el conde Dirlos, 
y que está ya en la ciudade, 
veréis parientes y amigos 
que grandes fiestas le hacen. 
Los que a Roldan mal quie- 
ren 
al conde Dirlos hacen parte, 
por lo cual toda la Francia 
en armas veréis estare: 
mas si los doce quisieran 
bien los podían paciguare; 
mas ninguno por paz se po- 
[ne, 
todos hacen parcialidade, 
sino el arzobispo Turpín, 
que es de Francia cardenale. 



CARJ.OMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



5* 



sobrino del emperador, 
en esfuerzo principale, 
que sólo aquel se ponía 
si les podía apaciguare; 
mas olios escuchar no quie- 
[ren, 
tanto se han mala voluntade. 
Veréis ir dueñas, doncellas 
a unos y a otros rogare: 
ni por ruegos ni por cosas 
no los pueden paciguare. 
Muestra más saña que todos 
el esforzado Meriane, 
hermano dei conde Dirlos 
y hermano de Durandarte, 
aunque por diferencias 
no se solían hablare, 
de que sabe lo que ha dicho 
en el palacio reale, 
que si el conde más tardara 
el casamiento hiciera pasare 
a pesar de todos ellos, 
y a pesar de don Beltrane. 
Por esto cartas envía 
con palabras de pesare, 
que aquello que él ha dicho 
no lo basta hacer verdade, 
que aunque el conde no vi- 
[niera 
había quien lo demandare. 
El emperador que lo supo 
muy grandes llantos hace: 
por perdida dan a Francia 
y a toda la cristiandade: 
dicen que alguna de las par- 
[tes 
con moros se irá a ayuntare. 
Triste iba y pensativo, 
no cesando el sospirare; 
mas los buenos consejeros 



aprovechan a la necesidade. 
Consejan al emperador 
para remedio tomare, 
mande tocar las trompetas 
y a todos mande juntare, 
y al que luego no viniere 
por traidor lo mande daré; 
que le quitará las tierras 
y mandará desterrare; 
mas todos son muy leales 
todos juntado se hane. 
el emperador en medio dellos 
llorando empezó de hablare: 
— ¡ Esforzados caballeros ! 
¡Oh primos míos carnales! 
Entre vosotros no hay dife- 
rencia 
si no la queréis buscare: 
todos sois muy esforzados, 
todos primos, de linaje, 
acuérdeseos de moriré 
y que a Dios hacéis pesare, 
no sólo en perder a vosotros, 
mas toda la cristiandade. 
Rogar os quiero una cosa, 
y no os queráis enojare; 
que sin mis leyes, de Fran- 
[cia 
campo no se puede daré. 
De tal campo no soy conten- 
go, 
ni a mí cierto me place, 
porque yo no veo causa 
porque lo haya de daré, 
ni hay vergüenza, ni injuria 
que a ninguno se pueda daré, 
ni al conde han enojado 
Oliveros ni Roldane, 
ni el conde a ellos menos 
porque se hayan de matare, 



ROMANCES CABALLERESCOS 



de ayudar a sus amigos 
ya es la usanza tale, 
elinos ha errado 
con amor y mocedaie, 
no ha tocado a la condesa 
ni ha hecho tanto male 
que dello merezca muerta, 
ni se la deben de daré. 
Ya sabemos que el conde Dir- 
[los 
es esforzado y de linaje, 
y de les grandes señores 
que en Francia comen p<"ne 
que quien enojare a él 
él le basta a enojare, 
aunque fuese el mejor caba- 
llero 
que en el mundo se hallare. 
Mas porque sea escarmiento 
a otros hombres de linaje, 
que ninguno sea osado, 
ni pueda hacer otro tale 
si estimara su honra 
en esto no osara entrare, 
que mengüemos a Celinos 
por villano, y no de linaje; 
que en el número de los doce 
no se haya de contare, 
ni cuando el conde fuere en 
[corte 
Celinos no pueda estaré, 
ni do fuere la condesa 
el no pueda habitare. 
Y esta honra, el conde Dirlos, 
para siempre os Ja darane. — 
Don Roldan cuando esto oye- 
[ra 
presto tal respuesta hace: 
— Más quiero perder la vida 
que tal haya de pasare. — 



El conde Dirlos que lo oyera 
presto se fué a levantare, 
y con una voz muy alta 
empezara de hablare: 
— Pues requiéroos, don Itol- 
[dán. 
por mí y el de Moma iva ne, 
que de hoy en los tres días 
en campo hayáis de estaré; 
si no, a vos y a Oliveros 
daros hemos por oobarrfes. 
— Pláceme, dijo Roldan, 
y aun si quisiéredes antes. — 
Veréis llantos en palacio, 
que al cielo quieren llegare, 
dueñas y grandes señoras 
casadas y por casare, 
a pies de maridos e hijos 
las veréis arrodillare. 
Gayferos fué el primero 
que ha mancilla de su madre, 
asimesmo don Beltrán 
de su hermana carnale 
don Roldan de la su esposa 
que tan tristes llantos hace. 
Tíranse entonces todos, 
y vanse a aposentare. 
Los valedores hablando 
a voz alta y sin parare: 
— Mejor es, buenos caballe- 
jos, 
a todos apaciguare; 
pues no hay cargo ninguno, 
todo se haya de dejare.— 
Entonces dijo Roldan 
qu'es contento y que le pla- 
tee. 
con aquesta condición, 
y esto se quiere otorgare: 
que Celinos es mochacho 



CAHLOMAGNO Y LOS DOCE PAKIÍS DK FRANCIA 



47 



de quince años y no mase, 
y no es para las armas, 
ni aun para peleare: 
que hasta veinte y cinco 
[años, 
y hasta en aquella edade, 
que en número de los doce 
no se haya de contare, 
ni en la mesa redonda 
menos pueda comer pane: 
do fuere el conde y condesa 
Celinos no pueda estare: 
cuando fuere de veinte años 
o puesto en mejor edade, 
si estimare la su honra 
que lo pueda demandare,, 
y que entonces por las armas 
todos defiendan su parte, 
porque no diga Celinos 
que era de menor edade. — 
Todos fueron muy contentos, 
y a ambas partes les place. 
Entonces el emperador 
todos los hace abrazare, 
todos quedan muy contentos, 
todos quedan muy iguales. 
Otro día el emperador 
muy real sala les hace: 
a damas y caballeros 
convídalos a yantare. 
El conde se afeita las bar- 
Chas, 
los cabellos otro tale, 
la condesa en las fiestas 
sale muy rica y triunfante. 
Los mestrasalas que servían 
de parte del emperante, 
es uno el don Roldan, 
y el. otro el de Montalvane, 
por dar más avinenteza 



que hubiesen de hablare. 
Cuando ya hubieron yantado, 
antes de bailar ni danzare, 
se levantó el conde Dirlos 
delante todos los grandes, 
y al emperador entregó 
de las villas y lugares 
las llaves, y lo ganado 
del rey moro Aliarde; 
por lo cual el emperador 
dello le da muy gran parte, 
y él a sus caballeros 
grandes mercedes les hace. 
Los doce tenían en mucho 
la gran victoria que trae. 
De allí quedó con gran honra 
y mayor prosperidade. 

VALDOVINOS 

Sobre el cuerpo desangrado 
de su- esposo Valdovinos, 
a quien mató alevemente 
de un rey justo un traidor 
la bella infanta Sevilla [hijo, 
con lágrimas y suspiros 
baña el rostro, azota al aire 
llora al muerto y mueve al 
[vivo 
Va le besa, ya le abraza, 
y entre el uno y otro oficio, 
pidiendo venganza al rey, 
dijo al rey, y al cielo dijo: 
t ¡ Castigo, castigo, 
dé la muerte a Carloto su 
[amor mismo! » 
Y pues es razón que paguen 
los cómplices del delito, 
si dicen que yo lo fui, 
estrénese en mí el cuchillo. 



43 



ROMANCES CABALLERESCOS 



Quiero ser actor y reo, 
orden nueva de juicio, 
pida el alma como esposa, 
al cuerpo como enemigo: 
No p : .ense Carloto, no, 
que por ser mujer me libro, 
que trocaré por su muerte 
la muerte del Paladino. 
« ¡Castigo, castigo, 
dé la muerte a Carloto su 
[amor mismo!» 

EL CONDE CLAROS 

A caza va el emperador 
a San Juan de la Montiña; 
con él iba el conde Claros 
por le tener compañía. 
Contándole iba contando 
el menester que tenía. 
— No me lo digáis, el conde, 
hasta después la venida. 
— Mis armas tengo empeña- 
[das 
por mil marcos de oro y más, 
y otros tantos debo en Fran- 
[cia 
sobre mi buena verdad. 
— Llámenme mi camarero 
de mi cámara real; 
dad mil marcos de oro al con- 
para sus armas quitar; [de 
dad mil marcos de oro al con- 
para mantener verdad; [de 
dadle otros tantos al conde 
para vestir y calzar; 
dadle otros tantos al conde 
para las tablas jugar; 
dadle otros tantos al conde 
para torneos armar; 



dadle otros tantos al conde 
para con damas holgar, 
— Muchas mercedes., señor, 
por esto y mucho más. 
A la infanta Claraniña 
vos por mujer me la dad. 
— Tarde acordastes, el conde, 
mandada la tengo ya. 
— Vos me la daréis, señor, 
acabo que no queráis, 
porque preñada la tengo 
de los seis meses o más. 
El emperador que esto oyera 
tomó de ello gran pe.-ar: 
vuelve riendas al caballo 
y tornóse a la ciudad; 
mandó llamar las parteras 
para la infanta mirar. 
Allí habló la partera, 
bien oiréis lo que dirá: 
— Preñada está la infanta 
de los seis meses o más. — 
Mandóla prender su padre 
y meter en oscuridad, 
el agua hasta la cintura 
porque pudriese la carne 
y perezca la criatura 
y no viva de tal padre. 
Los caballeros de su casa 
se la iban a mirar. 
— Pésanos de vos, señora, 
cuanto nos puede pesar, 
que de hoy en quince días 
el emperador os manda que- 

[mar. 
— No me pesa de mi muerte 
porque es cosa natural; 
pésame de la criatura, 
porque es hijo de buen pa- 

[dre; 



CARLOMAGNO V LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



49 



mas si hay aquí alguno 
que haya comido mi pan, 
que me llevase una carta 
a don Claros de Montalván. — 
Allí habló un paje suyo ; 
tal respuesta le fué a dar: 
— Escribidla vos, señora, 
que yo se la iré a llevar. — 
Ya las cartas son escritas, 
el paje las va a llevar; 
jornada de quince días 
en ocho la fuera a andar. 
Llegado había a los pillamos 
adonde el buen conde está. 
— Bien vengáis el pajecico 
de Francia la natural, 
¿pues qué nuevas me traéis 
de la infanta? ¿Cómo está? 
— Leed las cartas, señor, 
que en ellas os lo dirá. — 
De que las hubo leído 
tal respuesta le fué a dar: 
— Uno me da que la quemen, 
otro me da que la maten — 
Ya se partía el buen conde, 
ya se parte, ya se va; 
jornada de quince días 
en ocho la fuera a andar. 
Fuérase a un monasterio 
donde los frailes están ; 
quitóse paños de seda, 
vistió hábitos de fraile: 
fuérase a los palacios 
de Carlos el Emperante. 
— Mercedes, señor, mercedes, 
queráismelas otorgar, 
que a mi señora la infanta 
vos me dejéis confesar. — 



Ya lo llevaban al fraile 
a la infanta a confesar. 
El cuando se vio con ella 
de amores le fué a hablar. 
— Tate, tate — dijo — fraile, 
que a mí tú no has de llegar, 
que nunca llegó a mí hombre 
que fuese vivo en carne, 
sino sólo aquel don Claros, 
don Claros de Montalván, 
que por mis grandes pecados 
por él me quieren quemar. 
No doy nada por mi muerte 
pues que es cosa natural; 
pésame de la criatura 
porque es hijo de buen pa- 
[dre. — 
Ya se iba el confesor 
al emperador a hablar: 
— Mercedes, señor, mercedes, 
queráismelas otorgar, 
que mi señora la infanta 
sin ningún pecado está. — 
Allí habló un caballero 
que con ella quería casar: 
— Mentides, fraile, mentides 
que no decís la verdad. — 
Desafíanse los dos, 
al campo van a lidiar; 
al apretar de las cinchas 
conociólo el emperante: 
dijo que el fraile es don Cla- 
[ros, 
don Claros de Montalván. 
Mató el fraile al caballero, 
la infanta librado ha, 
en ancas de su caballo 
consigo la fué a llevar. 



50 



ROMANCES CABALLERESCOS 



ROLDAN Y EL TROVADOR 

Salió Roldan a cazar 
una mañanita oscura; 
de podencos y lebreles 
lleva cercada la muía. 
Se levantó viento largo 
con un agua muy menuda, 
y Roldan, con gran cuidado 
por no mojarse las plumas, 
se arrimó contra una torre 
y oyó, el de las fuerzas mu- 
[chas, 
un prisionero cantar, 
y Roldan, atento, escucha. 

tYo, pobrecito de mí. 
metido estoy en prisiones, 
sin saber cuándo es de día 
y menos cuándo es de no 
[che, 
sino por tres pajaricos 
que me cantan el albore. 
El uno es una calandria, 
es el otro un ruiseñore, 
la otra una tortolica 
que anda de torre en torre, 
anda de oliva en oliva 
y de terrone en terrone, 
cogiendo la semillica 
que derrama el sembradore 
Tres días ha no me canta, 
tres días ha que no come; 
si la mató un ballestero, 
la mató como traidore, 
y si Dios qué la crió, 
Dios también a mí perdone.» 

Acabado este cantar 
lleno de angustia y dolores, 
otro canta el prisionero ' 
que hizo llorar a los bosques 



«Mes de mayo, mes de ma 
[yo. 
cuando las recias calores, 
cuando los toros son bravos, 
los caballos corredores, 
y las cebadas se siegan, 
los trigos toman colores; 
cuando los enamorados 
regalan a sus amores; 
unos les regalan rosas, 
otros lirios, otros flores; 
los pobres que más no tienen 
endonan sus corazones; 
¡yo soy más pobre que to 
[dos, 
mezquino en estas prisio 
[nes!» 

Dolido Roldan de oílle, 
furioso las puertas rompe 
de la prisión en que estaba 
preso el infeliz cantore, 
y tomándole la mano 
sacádole ha de la torre, 
diciéndole: — Vete libre 
a gozar de tus amores. — 

EL MORO CALAYNOS 

Ya cabalga Calaynos 
a las sombras de una oliva, 
el pie tiene en el estribo, 
cabalga de gallardía. 
Mirando estaba a Sansueña. 
el arrabal con la villa, 
por ver si vería algún moro 
a quien preguntar podría. 
Venía por los palacios 
la linda infanta Sevilla; 
vido estar un moro viejo 
que a ella guardar solía. 



CAKI/)MAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



51 



Calaynos que le vido 
llegado a él se había; 
!as palabras que le dijo 
con amor y cortesía: 
— Por Alá te ruego, moro, 
así te alargue la vida, 
que me muestres los palacios 
donde mi vida vivía, 
de quien triste soy cativo 
V por quien pena tenía, 
que cierto por sus amores 
creo yo perder la vida; 
mas si por ella la pierdo 
no so llamará perdida, 
que quien muere por tal da- 
[ma 
aunque muerto tiene vida. 
Mas porque me entiendas. 
[moro, 
por quién preguntado había. 
ea la más hermosa dama 
de toda la Morería; 
sepas que a ella la llaman 
la grande infanta Sevilla.— 
Las razones que pasaban 
Sevilla bien las oía; 
púsose a una ventana, 
muy hermosa a maravilla, 
con muy ricos atavíos, 
los mejores que tenía. 
Ella era tan hermosa, 
otra su par no la había. 
Calaynos que la vido 
desta suerte le decía: 
— Cartas te traigo, señora, 
de un señor a quien servía; 
creo que es el rey tu padre 
porque Almanzor se decía: 
descendé de la ventana, 
sabrás la mensajería. — 



Sevilla cuando lo oyera 
presto de allí descendía; 
apeóse Calaynos, 
gran reverencia le hacía. 
La dama cuando esto vido 
tal pregunta le hacía: 
—¿Quién sois vos el caba- 
llero 
que mi padre acá os envía? 
— Calaynos soy, señora; 
Calaynos de Arabía, 
señor de los Montes Claros 
de Constantina la llana 
y de las tierras del turco 
yo gran tributo llevaba, 
y el preste Juan de las In 
[día? 
siempre parias me enviaba 
y el Soldán de Babilonia 
a mi mandar siempre estaba 
Reyes y príncipes moros 
siempre señor me llamaban 
sino es el rey vuestro padre 
que yo a su mandato estaba 
no porque le he menester, 
mas por nuevas que me daba 
que tenía una. hija 
a quien Sevilla llamaban, 
que era más linda mujer 
que cuantas moras se hallan 
Por vos le serví cinco años 
sin sueldo ni sin soldada; 
él a mí no me la dio. 
ni yo se la demandaba. 
Por tus amores, Sevilla 
pasé yo la mar salada, 
porque he de perder la vida 
o has de ser mi enamorada. — 
Cuando Sevilla esto oyera 
esta respuesta le daba : 



52 



ROMANCES CABALLERESCOS 



■ — Calaynos, Calaynos, 
de aqueso yo no sé nada, 
que siete amas me criaron, 
seis moras y una cristiana. 
Las moras me daban leche, 
la otra me aconsejaba; 
según eran los consejos 
bien mostraba ser cristiana. 
Diórame muy buen consejo, 
y aun bien se me acordaba 
que jamás yo prometiese 
ser de alguno enamorada, 
hasta que primero hubiese 
algún buen dote o arras. — 
Calaynos qu'esto oyera 
esta respuesta le daba: 
— Bien podéis pedir, señora, 
que no se os negará nada; 
si queréis castillos fuertes, 
ciudades en tierra llana, 
o si queréis plata ú oro 
o moneda amonedada. — 
Sevilla cuando lo oyó, 
como no los estimaba, 
respondióle: — Si quería 
tenella por namorada, 
que vaya dentro á París, 
que en medio de Francia es 
[taba, 
y le traiga tres cabezas 
cuales ella demandaba, 
y que si aquesto hiciese 
sería su enamorada. — 
Calaynos cuando oyó 
lo que ella le demandaba 
respondióle muy alegre, 
aunque él se maravillaba 
dejar villas y castillos 
y los dones que le daba 
por pedirle tres cabezas 



que no le costarán nada: 
Dijo que las señalase, 
o diga cómo se llaman. 
Luego la infanta Sevilla 
se las empezó a nombrar; 
La una es de Oliveros, 
la otra de Don Kold; 
la otra del esforzado 
Reinaldos de Montalvan. 
Ya señalados los hombres 
a quien había de buscar 
despídese Calaynos 
con su muy cortés hablar 
— Déme la mano tu alteza, 
que se la quiero besar, 
y la fe y prometimiento 
de conmigo te casar, 
cuando traiga las cabezas 
que qu ; siste demandar. 
—Pláceme, dijo, de grado 
v de buena voluntad. — 
Allí se toman las manos, 
la fe se hubieron de dar 
qu'el uno ni aun el otro 
no se pudiesen casar 
hasta qu'el buen Calaynos 
de allá hubiese de tornar. 
Y que si otra cosa fuese 
la enviaría á avisar. 
Ya se parte Calaynos, 
ya se parte, ya se va: 
hace broslar sus pendem 
y en todos una señal; 
cubiertos de ricas lunas, 
teñidas en sangre van. 
En camino es Calaynos 
a los franceses buscar; 
andando jornadas ciertas 
a París llegado ha. 
En la guardia de París, 



CARLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



53 



cabe San Juan de Letrán, 
allí levantó su seña 
y empezara de hablar: 
— Tañan luego esas trompe- 
ras 
como quien va a cabalgar. 
porque me sientan los doce 
que dentro en París están. — 
El emperador aquel día 
había salido a cazar; 
Con él iba Oliveros, 
con él iba Don Roldan, 
con él iba el esforzado 
Reinaldos de Montalvan; 
también el Dardín Dardeña. 
y el buen viejo Don Beltran. 
y ese Gastón y Don Carlos 
con el romano Fincan; 
también iba Valdovinos, 
y Urgel en fuerzas sin par, 
y también iba Guarinos, 
almirante de la mar. 
El emperador entre ellos 
empezara de hablar: 
— Escuchad, mis caballeros, 
que tañen á cabalgar. — 
Ellos estando escuchando 
vieron un moro pasar; 
armado va á la morisca, 
empiézanle de llamar, 
y ya que es llegado el moro 
do el emperador está, 
el emperador que lo vido 
empezóle á preguntar : 
— Di, ¿dónde vas tú, el mo- 
[ro? 
¿Cómo en Francia osaste en- 
[trar? 
-¡Giande osadía tuviste 
de hasta París te llegar! — 



El moro cuando esto oyó 
tal respuesta le fué á dar: 
— Vó á buscar al emperante 
de Francia la natural, 
que le traigo una embajada 
de un moro muy principal, 
a quien sirvo de trompeta, 
y tengo por capitán. — 
El emperador que esto oyó 
luego le fué a demandar 
dijese lo que quería 
y por qué a él iba a buscar; 
qu'el es el emperador Carlos 
de Francia la natural. 
El moro, cuando lo supo, 
empezóle de hablar: 
— Señor, sepa tu alteza, 
y tu corona imperial, 
que ese moro Calaynos, 
mi señor, me envía acá, 
desafiando a tu alteza 
y a todos los doce pares, 
que salgan lanza por lanza 
para con él pelear. 
Señor, veis allí su seña, 
donde los ha de aguardar; 
perdóneme vuesa alteza 
que respuesta le Vo a dar. — 
Cuando fué partido el moro 
el emperador fué a hablar: 
— ¡Cuando yo era mancebo, 
que armas solía llevar, 
nunca moro fué osado 
de en toda Francia asomar; 
mas agora que soy viejo 
a París los veo llegar! 
No es la mengua de mí solo 
pues no puedo pelear, 
mas en mengua de Oliveros 
y asimesmo de Roldan: 



54 



ROMANCES CABALLERESCOS 



mengua de todos los doce, 
y de cuantos aquí están. 
Por Dios a Roldan me lia 
[men 
porque vaya a pelear 
con el moro de la enguardia 
y lo haga de allí quitar; 
que lo traiga muerto o preso 
porque haya de acordar 
de cómo viene a París 
para me desafiar. — 
Don Roldan, cuando esto 

[oyera. 
empiézale de hablar: 
— Excusado es ya, señor, 
de c-nviarrne a pelear, 
porque tenéis caballeros 
a quien podéis enviar. 
Que cuando son entre damas 
bien se saben alabar, 
que aunque vengan dos mi] 

[moros 
uno los esperará, 
y al mirarse en la batalla 
véolos volver atrás. — 
Todos los doce callaron 
si no el de menor edad, 
al que llaman Valdovinos, 
en el esfuerzo muy grande: 
las palabras que dijera 
eran de riguridade. 
— Mucho estoy maravillado 
de vos. señor Don Roldan, 
que amengüéis todos los 
[doce 
vos que los debéis honrar; 
si no fuérades mi tío 
con vos me fuera a matar, 
porque entre todos los doce 
ninguno podéis nombrar, 



que lo que dice la boca 
no lo sepa hacer verdad. — 
Levantóse con enojo 
ese paladín Roldan; 
Valdovinos qu'esto viera 
también se fué a levantar, 
y el emperador entre ellos 
por el enojo quitar. 
Ellos en aquesto estando 
Valdovinos fué a llamar 
a los mozos que traía , 
por las armas fué a enviar. 
El emperador qu'esto vido 
empezóle de rogar 
que le hiciese un placer, 
que no fuese a pelear, 
porque el moro era esfor- 
zado 
podríale maltratar, 
pues aunque ánimo tenía 
la fuerza podría faltar, 
siendo el moro diestro en ar 
[mas 
y vezado a pelear. 
Valdovinos qu'esto oyó 
empezóse a desviar, 
diciendo al emperador 
licencia le fuese a dar, 
y que si él no se la diese 
que él se la quería tomar. 
Cuando el emperador vido 
que no lo podía excusar, 
cuando llegaron sus armas 
dióle licencia que fuese 
él mesmo le ayudó a armar; 
con el moro a pelear. 
Ya se parte Valdovinos, 
ya se parte, ya se va, 
ya es llegado a la guardia 
do Calaynos está. 



CAKLOMAGNO V LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



55 



Calaynos, que lo vido, 
empezóle así de hablar: 
— Bien vengáis el francesico, 
de Francia la natural, 
si queréis venir conmigo 
por paje os quiero tomar. — 
Valdovinos, qu'esto oyera, 
tal respuesta le fué a dar: 
— Calaynos, Calaynos, 
no debíades así hablar, 
que antes de que aquí me 
[vaya 
yo os lo tengo de mostrar 
que aquí moriréis primero 
que por paje me tomar. — 
Cuando el moro aquesto 

[oyera 
empezó así de hablar: 
— Tórnate, el francesico, 
a París, esa ciudad, 
que si esa porfía tienes 
caro te habrá de costar, 
porque quien entra en mia 
[manos 
nunca puede bien librar. — 
Cuando el mancebo esto 

[oyera 
tornóle a porfiar 
que se aparejase presto 
que con él se ha de matar 
Cuando el moro vio al man 
[cebo 
de tal suerte porfiar, 
di jóle: — Vente, cristiano, 
presto para me encontrar, 
que antes que de aquí te 

[vayas 
conocerás la verdad, 
que te fuera muy mejor 
conmigo no pelear. — 



Vanse el uno para el otro 
tan recio que es de espantar. 
A los primeros encuentros 
el mancebo en tierra está. 
El moro, cuando esto vido, 
luego se fué a apear; 
sacó un alfanje muy rico 
para habello de matar; 
mas antes que lo ficiese 
le empezó de preguntar 
quién o cómo se llamaba 
y si es de los doce pares. 
El mancebo, estando en esto, 
luego dijo la verdad: 
que le llaman Valdovinos, 
sobrino de Don Roldan. 
Cuando el moro tal oyó 
empezóle de hablar: 
— Por ser de tan pocos días 
y de esfuerzo singular 
yo te quiero dar la vida, 
y no te quiero matar; 
mas quiérote llevar preso 
porque te venga a buscar 
tu buen pariente Oliveros, 
y tu tío Don Roldan, 
y ese otro muy esforzado 
Reinaldos de Montalván, 
que por esos tres ha sido 
mi venida a pelear. — 
Don Roldan allá do estaba 
no hace sino sospirar, 
viendo que el moro ha ven- 
[cido 
a Valdovinos infante. 
Sin más hablar con ninguno 
Don Roldan luego se parte, 
y vase para la guardia 
para aquel moro matar. 
El moro cuando lo vido 



5>6 



ROMANCES CABALLERESCOS 



empezóle a preguntar 
quién es o cómo se llama, 
si era de los doce pares. 
Don Roldan, cuando esto oyó 
respondiérale muy mal. 
— Esa razón, perro moro, 
tú no me la has de tomar, 
porque a ese a quien tú tie 
[nes 
yo te lo haré soltar; 
presto aparéjate, moro, 
y empieza de pelear. — 
Vanse el uno para el otro 
con un esfuerzo muy grande, 
danse tan recios encuentros 
que el moro caído hae; 
Roldan, qu'el moro vio en 
[tierra, 
luego se fué a apear; 
tomó al moro por la barba, 
empezóle de hablar: 
— Dime tú, traidor de moro, 
no me lo quieras negar: 
¿Cómo tú fuiste osado 
de en toda Francia parar, 
ni al buen viejo emperador, 
ni a los doce a desafiar? 
¿Cuál diablo te engañó 
cerca de París llegar? — 
El moro, cuando esto oyera, 
tal respuesta le fué a dar: 
— Tengo una cativa mora, 
señora de gran linaje; 
requeríla yo de amores, 
V ella me fué a demandar 
que le diese tres cabezas 
de París, esa ciudad. 
Que si estas yo le llevo 
conmigo había de casar; 
la una es la de Oliveros, 



la otra de Don Roldan, 
la otra del esforzado 
Reinaldos de Montalván. — 
Don Roldan, cuando esto 
[oyera, 
así empezó de hablar: 
— ¡Mujer que tal te pedía 
cierto te quería mal, 
porque esas no son cabezas 
que tú las puedes cortar! — 
Mas porque fuese castigo 
y otro se haya de guardar 
de desafiar los doce, 
ni venir a los buscar, 
echó mano a un estoque 
para el moro matar. 
La cabeza de los hombros 
luego se la fué a cortar; 
llevóla al emperador 
y fuésela a presentar. 
Los doce, cuando esto vie- 
[ron, 
toman placer singular 
en ver así muerto al moro, 
y por tal mengua le dar. 
También trajo a Valdovinos 
qu'el mismo lo fué a soltar. 
Así murió Calaynos 
en Francia la natural, 
por manos del esforzado 
el buen paladín Roldan. 

GAYFEROS 

Estábase la condesa ; 
en el su estrado asentada, 
tisericas de oro en mano; 
su hijo afeitando estaba. 
Palabras le está diciendo, 
palabras de gran pesar: 



CAKLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 



57 



las palabras tales eran 
que al niño hacen llorar. 
— Dios te dé barbas en ros 
[tro 
y te haga barragane; 
déte Dios ventura en armas 
como el paladín Roldane, 
porque vengases, mi hijo, 
la muerte de vuestro padre: 
matáronlo a traición 
por casar con vuestra madre 
Ricas bodas me hicieron 
en las cuales Dios no ha 
[parte; 
ricos paños me cortaron, 
la reina no los ha tales. — 
Maguera pequeño el niño 
bien entendido lo hae. 
Allí respondió Don Gayferos : 
bien oiréis lo que dirae: 
— Ruégole así a Dios del 
[cielo 
y a Santa María su Madre- 
Oído lo había el conde 
en los palacios do estae: 
— ¡Calles, calles, la condesa, 
boca mala sin verdade! 
Que yo no matara el conde, 
ni lo hiciera matare; 
mas tus palabras, condesa, 
el niño las pagarae. — 
Mandó llamar escuderos, 
criados son de su padre, 
para que lleven al niño, 
que lo lleven a matare. 
La muerte que él les dijera 
mancilla es de la escuchare: 
— Córtenle el pie del estribo, 
la mano del gavilane, 
sáquenle ambas los ojos 



por más seguro andaré, 
y el dedo, y el corazón 
traédmelo por señale. — 
Ya lo llevan a Gayferos, 
ya lo llevan a matare; 
hablan los escuderos 
con mancilla que del hane 
— ¡Oh válasme Dios del cielo 
y Santa María su Madre! 
Si a este niño matamos 
¿qué galardón nos darane? 
Ellos en aquesto estando, 
no sabiendo qué harane, 
vieron venir una perrita 
de la condesa su madre. 
Así habló el uno de ellos, 
bien oiréis lo que diráe: 
— Matemos esta perrita 
por nuestra seguridade, 
saquémosle el corazón 
y llevémoslo a Galvane, 
cortemos el dedo al chico 
por llevar mejor señale. — 
Ya tomaban a Gayferos 
para el dedo le cortare. 
— Venid acá vos, Gayferos, 
y querednos escuchare; 
vos idos de aquesta tierra 
y en ella no parezcáis mase 
Ya le daban entre señas 
el camino que harae: 
— Iros heis de tierra en tic- 
[rra 
a do vuestro tío estáe. — 
Gayferos, desconsolado, 
por ese mundo se vae; 
los escuderos se volvieron 
para do estaba Galvane. 
Dan le el dedo, y corazón 



58 



ROMANCES CABALLERESCOS 



y dicen que muerto lo hane. 
La condesa qu'esto oyera 
empezara a gritos daré: 
lloraba de los sus ojos 
que quería reventare. 
Dejemos a la condesa, 
que muy grande llanto hace ; 
y digamos de Gayferos 
del camino por do vae, 
que de día ni de noche 
no hace sino caminare, 
hasta que llegó a la tierra 
adonde su tío estáe. 
Dícele d'esta manera, 
y empezóle de hablare: 
— Manténgaos Dios, el mi tío 
— Mi sobrino, bien vengaises. 
¿Qué buena venida es esta? 
Vos me la queréis contare. 
— La venida que yo vengo 
triste es y con pesare, 
que Galván con grande enojo 
mandado me había matare: 
mas lo que os ruego, mi tío, 
y lo que os vengo a rogare, 
vamos a vengar la muerte 
de vuestro hermano, mi pa 
[dre 
Matáronlo a traición 
por casar con la mi madre. 
— Sosegaos, el mi sobrino, 
vos os queráis sosegare, 
que la muerte de mi her 
[mano 
bien la iremos a vengare. — 
Ellos así se estuvieron 
dos años y aun mase, 
hasta que dijo Gayferos 
y empezara de hablare. 



MONTESINOS Y ROSAFLORIDA 

En Castilla está un castillo, 
que se llama Rocafrida; 
al castillo llaman Roca. 
y a la fuente llaman Frida 
El pie tenía de oro, 
y almenas de plata fina; 
entre almena y almena 
está una piedra zafira; 
tanto relumbra de noche 
como el sol a mediodía. 
Dentro estaba una doncella 
que llaman Rosaflorida: 
siete condes la demandan 
tres duques de Lombardía; 
a todos los desdeñaba, 
tanta es su lozanía. 
Enamoróse de Montesinos 
de oídas, que no de vista 
Una noche estando así, 
gritos da Rosaflorida 
oyérala un camarero, 
que en su cámara dormía, 
— ¿Qué es aquesto, mi seño- 
[ra? 
¿Qué es esto, Rosaflorida? 
O tenedes mal de amores, 
o estáis loca sandía. 
— Ni yo tengo mal de amores, 
ni estoy loca sandía, 
mas llevásesme estas cartas 
a Francia la bien guarnida; 
diéseslas a Montesinos, 
la cosa que más quería; 
dile que me venga a ver 
para la Pascua Florida; 
daréle yo este mi cuerpo, 
el más lindo de Castilla, 
si no es el de mi hermana 



CAKJjOMAGNO V LOS IH)CE PARES DE FRANCIA 



59 



que de fuego sea ardida; 
y si de mí más quisiere 
yo mucho más le daría: 
darle he siete castillos 
los mejores de Castilla. 



DURANDARTE MORIBUNDO RECO 
MÍENDA A MONTESINOS QUE LLE- 
VE SU CORAZÓN A BELERMA 

¡Oh Belerma! ohBelerma! 
Por mí mal fuiste engendra- 
[da 
que siete años te serví 
sin de tí alcanzar nada; 
agora que me querías 
muero yo en esta batalla. 
No me pesa de mi muerte 
aunque temprano me llama ; 
más pésame que de verte 
y de servirte dejaba. 
¡Oh mi primo Montesinos! 
Lo que agora yo os rogaba ; 
que cuando yo fuere muerto 
y mi ánima arrancada, 
vos llevéis mi corazón 
adonde Belerma estaba, 
y servidla de mi parte, 
como de vos yo esperaba, 
y traedle mi memoria 
dos veces cada semana; 
y diréisle que se acuerde 
cuan cara que me costaba; 
y dadle todas mis tierras 
las que yo señoreaba; 
pues que yo a ella pierdo, 
todo el bien con ella vaya. 
¡Montesinos, Montesinos! 



¡Mal me aqueja esta lanza- 
[da! 
El brazo traigo cansado, 
y la mano del espada: 
traigo grandes las heridas, 
mucha sangre derramada, 
los extremos tengo fríos, 
y el corazón me desmaya; 
que ojos que nos vieron ir 
nunca nos verán en Francia 
Abracéisme, Montesinos, 
que ya se me sale el alma 
De mis ojos ya no veo, 
la lengua tengo turbada; 
a vos doy todos mis cargos 
en vos yo los traspasaba. 
— El Señor en quien creei9 
El oiga vuestra palabra- 
Muerto yace Durandarte 
al pie de una alta montaña: 
llorábalo Montesinos, 
que a su muerte se hallara: 
quitándole está el almete, 
desciñéndole el espada; 
hácele la sepultura 
con una pequeña daga; 
sacábale el corazón, 
como él se lo jurara, 
para llevarlo a Belerma, 
como allí se lo mandara. 
Las palabras que le dice 
de allá le salen del alma: 
— ¡Oh mi primo Durandarte! 
¡Primo mío de mi alma! 
¡Espada nunca vencida! 
¡Esfuerzo do esfuerzo esta- 
[ba ! 
¡Quien a vos mató, mi pri 
[mo, 
no sé por qué me dejara! 



60 



HOMANCKS CABALLERESCOS 



DONA ALDA LLORA LA MUERTE 
DE ROLDAN 

En París está doña Alda, 
la esposa de don Roldan, 
trescientas damas con ella 
para la acompañar: 
todas visten un vestido, 
todas calzan un calzar, 
todas comen a una mesa, 
todas comían de un pan, 
si no era sola doña Alda, 
que era la mayoral. 
Las ciento hilaban oro, 
las ciento tejen cendal, 
las ciento instrumentos ta- 
[ñen 
para doña Alda holgar. 
Al son de los instrumentos 
doña Alda adormido se ha: 
ensoñado había un sueño, 
un sueño de gran pesar. 
Recordó despavorida 
y con un pavor muy grande 
los gritos daba tan grandes 
que se oían en la ciudad. 
Allí hablaron sus doncellas 
bien oiréis lo que dirán: 
— ¿Qué es aquesto, mi seño- 
ra ? 
¿Quién es el que os hizo 
[mal? 
— Un sueño soñé, doncellas, 
que me ha dado gran pesar: 
que me veía en un monte 
en un desierto lugar: 
bajo los montes muy altos 
un azor vide volar, 
tras del viene una aguililla 
que lo afincaba muy mal. 



El azor con grande cuita 
metióse so mi brial; 
el aguililla con grande ira 
de allí lo iba a sacar; 
con las uñas lo despluma 
con el pico lo deshace. — 
Allí habló su camarera, 
bien oiréis lo que dirá: 
— Aquese sueño, señora, 
bien os lo entiendo soltar: 
el azor es vuestro esposo, 
que viene de allende el mar; 
el águila sedes vos, 
con la cual ha de casar, 
y aquel monte es la iglesia 
donde os han de velar. 
— Sí así es, mi camarera, 
bien te lo entiendo pagar. — . 
Otro día de mañana 
cartas de fuera le traen; 
tintas venían de dentro, 
de fuera escritas con sangre, 
que su Roldan era muerto 
en la caza de Roncesvalles. 

EL ALMIRANTE GUARINOS 

¡Mala la visteis, franceses 
la caza de Roncesvalles! 
Don Carlos perdió la honra, 
murieron los doce Pares, 
cativaron a Guarinos 
almirante de las mares: 
los siete reyes de moros 
fueron en su cativare 
siete veces echan suertes 
cual d'ellos lo ha de llevare; 
todas siete le cupieron 
a Marlotes el infante. 
Más lo preciara Marlotes 



CARLOMAGNO Y LOS DOCE fARE3 DE FRANCIA 



01 



que Arabia con su ciudade. 
Dícele d'esta manera, 
y empezóle de hablare: 
—Por Alá te ruego, Guarí- 
[nos 
moro te quieras tornar; 
de los bienes d'este mundo 
yo te quiero dar asaz. 
De dos hijas que yo tengo 
yo te las quería daré, 
la una para el vestir, 
para vestir y calzare 
la otra para tu mujer, 
tu mujer la naturale. 
Darte he en arras y dote 
Arabia con su ciudade; 
ei más quisieres, Guarinos 
mucho más te quiero daré.— 
Allí fablara Guarinos, 
bien oiréis lo que dirá: 
— ¡No lo mande Dios del cie- 
[lo 
ni Santa María su Madre, 
que deje la fe de Cristo 
por la de Mahoma tomar, 
que espostea tengo en Fran- 

[cia. 
con ella entiendo casar! — 
Marlotes con gran enojo 
en cárceles lo manda echar 
con esposas a las manos 
porque pierda el pelear; 
el agua hasta la cinta 
porque pierda el cabalgar; 
siete quintales de fierro 
desde el hombro al calcañar. 
En tres fiestas que hay en el 

[año 
le mandaba justiciar; 
la una Pascua de Mayo, 



la otra por Navidad, 
la otra Pascua de Flores, 
esta fiesta general. 
Vanse días, vienen días, 
venido era el de Sant Juan, 
donde cristianos y moros 
hacen gran solemnidad. 
Los cristianos echan juncia 
y los moros arrayan; 
los judíos echan neas 
por la fiesta más honrar. 
Marlotes con alegría 
un tablado mandó armar, 
ni más chico ni más grande, 
que al cielo quiere llegar. 
Los moros con alegría 
empiezan de le tirar: 
tira el uno, tira el otro, 
no llegan a la metad. 
Marlotes con enconía 
un pregón mandara dar, 
que los chicos no mamasen, 
ni los grandes coman pan, 
hasta que aquel tablado 
en tierra haya de estar. 
Oyó el estruendo Guarinos 
en las cárceles do está: 
— ¡Oh válasme Dios del cielo 
y Santa María su Madre! 
O casan hija del rey, 
o la quieren desposar, 
c era venido el día 
que me quieren justiciar.— 
Oídolo ha el carcelero 
que cerca se fué a hallar - 
— No casan hija de rey, 
ni la quieren desposar, 
ni es venida la Pascua 
que te suelen azotar; 
mas era venido un día, 



62 



KOMANCEg CABALLERESCOS 



el cual llaman de Sant Juan. 
cuando los que está conten 
[tos 
con placer comen su pan 
Marlotes de gran placer 
un tablado mandó armar; 
el altura que tenía 
al cielo quiere llegar. 
Hanle tirado los moros, 
no le pueden derribar; 
Marlotes de enojado 
un pregón mandara dar, 
que ninguno no comiese 
hasta habello derribar. — 
Allí respondió Guarinos, 
bien oiréis qué fué a hablar. 
—Si vos me dais mi caballo, 
en que solía cabalgar, 
v me diésedes mis armas, 
las que yo solía armar, 
v me diésedes mi lanza, 
la que solía llevar, 
aquellos tablados altos 
yo los entiendo derribar 
y si no los derribase 
que me mandasen matar. — 
El carcelero qu'esto oyera 
comenzóle de hablar: 
— ¡Siete años había, siete 
que estás en este lugar, 
que no siento hombre del 
[mundo 
que un año pudiese estar 
y aún dices que tienes fuer- 
izas 
para el tablado derribar! 
Mas espera tú, Guarinos, 
que yo lo iré a contar 
a Marlotes el infante 
por ver lo que me dirá.— 



Ya se parte el carcelero, 
ya se parte, ya se va; 
siendo cerca del tablado 
a Marlotes hablado ha: 
— Una nueva vos traía, 
queráismela escuchar: 
sabed que aquel prisionero 
aquesto dicho me ha: 
que si le diesen su caballo 
el que solía cabalgar, 
y le diesen las sus armas, 
que él se solía armar, 
que aquestos tablados altos 
él los entiende derribar. — 
Marlotes qu'esto oyera 
de allí lo mandó sacar; 
por mirar si en caballo 
el podría cabalgar, 
mandó buscar su caballo, 
y mandáraselo dar, 
que siete años son pasados 
que andaba llevando cal. 
Armáronlo de sus armas, 
que bien mohosas están. 
Marlotes desque lo vido 
con reir y con burlar 
dice que vaya al tablado 
y lo quiera derribar. 
Guarinos con grande furia 
un encuentro le fué a dar, 
que más de la mitad del 
en el suelo lo fué a echar 
Los moros de qu'esto vieron 
todos le quieren matar; 
Guarinos como esforzado 
comenzó de pelear 
con los moros, que eran tan 
[tos. 
que el sol querían quitar. 



HISTORIA SAGRADA 



63 



peleara de tal suerte 
que él se hubo de soltai 
y se fuera a la su tierra 



a Francia la natural: 
grandes honras le hicieron 
cuando le vieron llegar. 



ROMANCES HISTÓRICOS REFERENTES A LA HISTORIA 
SAGRADA 



JOSUÉ DETIENE EL CURSO DE1 
SOL 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Oran, que era rey de He- 
[bron, 
y otros reyes comarcanos, 
juntádose han en uno 
con muchos hombres arma- 
[dos 
para contra los judíos, 
que en Gabaon son llegados. 
Ponen en campo sus gentes 
y varones esforzados: 
a Gabaon combatían 
ios varones afamados. 
Los judíos que están dentro 
su mensaje han enviado, 
a Josué su capitán, 
con quien son confederados, 
porque venga a socorrerlos 
y para hacerlos librados. 
Josué que oyó el mensaje, 
en oración se habíe echado 
Dios dijo que habría victoria, 
contra estos sus contrarios. 
Todas sus gentes tomó; 
a Gabaon son llegados: 
guerrea los Amorreos ; 
¡Gran batalla les ha dado! 
Muchos mata, muchos pren- 
Tde, 



muy mal quedan lastimados ; 
los vencidos van huyendo; 
en ellos iban matando. 
Sobre los que de ellos huyen 
Dios mostró los sus mila- 
[gros : 
sobre ellos cayó granizo, 
los muertos cubren los cam- 
[pos. 
Ya hora era de sexta, 
Josué siempre iba matando 
en todos los enemigos; 
el día se iba acabando. 
Con la muy gran fe que tie 
[ne 
al sol y la luna ha mandado 
que estén en su esplendor 
y no anden lo acostumbrado 
al sol hacia Gabaon, 
ni luna a Ayalon collado. 
Paráronse el sol y luna, 
no se movieron de un cabo: 
siempre están resplandecien- 
tes 
hasta muertos los contrarios 
Por la muy gran fe que tuvo 
la victoria había alcanzado 

AMON Y TAMAR 

Grandes males finge Amon 
por amores de Tarrnr: 



64 



ROMANCES HISTÓRICOS 



¡Harto mal tiene quien ama, 
no ha menester fingir más! 
Por los ojos de la hermana, 
flechado el hermano está, 
tanto que a ser más honestos 
fuera santa la hermandad. 
A la causa del engaño 
pide la venga a sanar. 
Que Tamar tiene el remedio 
de su misma enfermedad. 
Diólo Tamar de comer, 
y Amon que vio su beldad, 
el gusto puso en los ojos, 
y así comió con mirar. 



Por no aguardarla más tiem- 
[po 
la gozó el hebreo galán, 
y con ser que era judío 
dejó entonces de esperar. 
Gozóla, y aborrecióla, 
que al gusto sigue el pesar 
y aunque ella sintió la fuerza 
el desprecio sintió más. 
Gozada y aborrecida 
a buscar venganza va: 
¡Huye, Amon! ¡mira por tí! 
Que es mujer y la ha de ha 
[llar 



ROMANCES HISTÓRICOS REFERENTES A LOS TIEMPOS 
MITOLÓGICOS Y HEROICOS DE GRECIA 



JASON Y EL VELLOCINO 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

De Grecia parte Jason, 
a Coicos lleva su vía 
a ganar el Vellocino 
de que gran honra adquiría. 
Navegando con su armada 
a Lemos llegado había, 
do era reina Hisifile, 
de muy grande lozanía. 
Viendo a Jason tan hermoso, 
con gran amor le acogía; 
enamorábase del, 
hácele mucha caricia. 
Gran tiempo gozaron juntos 
del amor que se tenían. 
Jason se partía a Coicos, 
Hisifile triste finca: 
consolábala Janson. 



con lágrimas le decía: 
— No ves asustéis, señora, 
de mis ojos alegría, 
que el corazón me revienta: 
la vuestra congoja es mía. 
Muy aina será mi vuelta; 
los dioses por bien lo ha 
[brían. — 
Hisifile respondió: 
— ¡Oh Jason! como la vida 
perderá este triste cuerpo 
cuando vea tu partida; 
temo de perder tu amor; 
que en olvido me pornias, 
o por alguna extranjera 
tú a mí me olvidarías. — 
Las lágrimas como perlas 
corrían por su mejilla, 
una con otra sus manos 
apretado las había; 




TIEMPOS MITOLÓGICOS Y HEllOlCOS DE GRECIA 



05 



—¿Por mis dioses, dice él, 
que no te olvidaría; 
contrarios a mí sean ellos, 
fortuna, amor me persiga, 
la mar con sus recias ondas 
en mis naves todas firan 
hasta echarme en el profun 
[do 
si mi alma a tí te olvida! — 
Con aquestos juramentos 
por segura se temía; 
más después que d'ella parte 
v Medea lo prendía, 
jamás d'ella se acordó; 
en olvido la ponía. 
Hisifile lamentaba 
y con lágrimas plañía; 
quejábase de Medea, 
de su Jason maldecía. 
que olvidara las mercedes 
que d'ella recebía, 
diciendo: — Una extranjera 
me robó mi alegría; 
llevóme lo que yo amaba, 
sin pensar a mí me hería 
mi enemigo Jason: 
en lo contemplar moría. — 

¡AMO Y TISBE 

Tisbe y Píramo que fueron 
leales enamorados, 
allá en la gran Babilonia 
nacidos, también criados, 
de su desastre y fortuna 
quieroos contar y sus hados 
Píramo, gentil mancebo 
de nobles padres honrados, 
requirió a Tisbe de amores 
con motes muy requebrados 



Apiadándose Tisbe 
de sus penas y cuidados 
concertáronse una noche. 
en ser sus padres echados 
salir fuera la ciudad, 
secretos, disumulados, 
a un lugar constituido 
junto de unos verdes prados 
fuera de conversación 
por estar más ocultados. 
Tisbe, Ja hermosa doncella, 
fué con pasos abreviados, 
primera venida al puesto, 
do con gritos denodados 
vio venir una leona, 
los pies en sangre bañados 
de una vaca que había muei- 

[to 
por aquellos despoblados. 
De gran miedo dio a huir: 
con sentidos alterados 
dejó el manto, y la leona 
con sus pies ensangrentados 
hízole pedazos todo, 
dándole fieros bocados. 
Ya Píramo se venía 
a do habían de ser hallados, 
y por la luz de la luna, 
que daba por los sembrados, 
conoció el manto de quien 
fué por sus dedos trenzado. 
En ver rasguños tan fieros, 
y de sangre señalados 
dijo: — Leona ha de presto 
mis placeres conturbado. 
y pues sus carnes y huesos 
on su vientre ha sepultado 
de mi tan querida Tisbe, 
sean mis días abreviados.— 
Hirióse con el puñal, 

3 



66 



ROMANCES H ISTOH ICOS 



fueron de presto acabados. 
Volviendo allí Tisbe, vido 
a sus amores finado: 
con el mesmo puñal, d 
en sus pechos delicados. 
Murieron ambos a dos 
como amantes desdichadas, 
y de alabastro en sepulcro 
juntos fueros sepultados. 

LEANDRO Y HERO 

Por el brazo del'Esponto 
Leandro va navegando: 
sale del puerto de Abidjo 
hacia Sesto caminando: 
su lindo cuerpo es navio, 
el amor le va animando, 
sus brazos sirven de remos, 
qu'el agua van apartando, 
y los pies por gobernalle 
a su trabajo ayudando: 
por aguja su cabeza 
del norte no va curando: 
la lumbre es la que le llama, 
por ella se va guiando. 
Derribara el viento aquélla 
triste curso señalando; 
soltó los vientos Neptuno: 
el mar anda rodeando, 
Júpiter rompió sus sellos 
muy grande furor mostran- 
do, 
y el esforzado amador 
va con ánimo nadando. 
La fortuna lo maltrata, 
con las ondas va luchando: 
tanto esforzaron los vientos 
qu'el triste se va cansando, 
do pmrtCT'ó ron gran dolor 



d'este modo lamentando. 
— ¡Oh la mi tierra de Abido! 
¿Qué pensarás yo faltando? 
¡Oh mis parientes y amigos! 
Xo me esperéis paseando: 
¡Oh la mi señora Hero! 
¿Qué harás, dime tú. cuando 
verás este triste cuerpo 
que t'estaba contemplando?» 
Leandro estando en aquesto 
su vida se iba apocando: 
zabullóle Tagua al hondo, 
murió el triste suspirando. 
Y con decir: — ¡Hero! ¡He- 
[re! — 
Su vivir se fué acabando. 

ENEAS Y DIDO 

Por la mar navega Eneas 
después de Troya perdida; 
va buscando nuevas tierras 
adonde habitar podría. 
Quiso Dios y su ventura 
que al mar africano iba. 
dond'está la gran ciudad 
que Cartago se decía, 
que fundó la reina D ; do, 
hija del rey de Fenicia, 
la cual ella gobernaba, 
y en gran justicia regía 
la gente toda sin armas, 
por la gran paz que tenía. 
Parecióle bien a Eneas 
la costumbre en que vivía; 
subióse al templo de Juno, 
qu'entonces allí se hacía, 
mirando por todas partes 
por ver lo que en él vería. 
Vido estar pintada Troya 



HUi'i'UKÍA ük HOÍáA 



67 



postrera vez destruida; 
vio pintado al rey Priamo 
y a Héctor cuando moría; 
vido a Aquiles en el templo 
y a Paris cuando l'hería; 
vio la gran Pantalisea, 
y a Pirro que la seguía; 
vido al hijo de la Aurora 
que rey Menon se decía ; 
desque se viera a sí mismo 
d'esta manera decía: 



— ¡Troya, mi desventurada! 
¡Troya, la desdicha mía, 
tu memoria y mi destierro 
me atormentan noche y día! 
¡ Oh, quién nunca más te vie- 
[ra 
después que te vi perdida! 
¿Qu'es de tí, reina troyana? 
¿Has perdido ya la vida? 
Según el fin de tus males 
¡Gran descanso te sería! — 



ROMANCES HISTÓRICOS CONCERNIENTES 
A LA HISTORIA DE ROMA 



EL KAFTO DE LAS SABINAS 

Aquel heroico romano, 
fuerte, fraticida y fiero, 
de quien toma nombre Roma 
y su edificio soberbio, 
después de habella fundado, 
la máquina insigne viendo, 
como mujeres faltaban, 
dio traza a su pensamiento. 
Con los romanos concierta 
que tengan públicos juegos 
y a los sabinos conviden 
para que vengan a vellos. 
A la fama de las fiestas 
júntanse los extranjeros; 
que siempre la novedad 
nace livianos los pechas, 
cual deja la casa propia, 
cual a su padre siguiendo, 
tras sus pisadas camina 
hasta que en Roma se ha 
[puesto. 
Los codiciosos romanos, 



su fortuna lograr viendo, 
mas divulgaban su fama 
desde el turco hasta el fla- 
menco. 
Muchos en Roma se juntan, 
unos por el vencimiento, 
otros por ver de la fiesta 
el no pensado suceso. 
En sus casas los reciben, 
y en sus propios aposentos; 
que traen huéspedes consigo 
que se han de quedar de 
asiento. 
Salen al anfiteatro 
los gladiadores primero, 
vestidos del cuerpo abajo 
blancos calzones de lienzo. 
Trábanse los fuertes brazos, 
y con los carnudos miembros 
cada cual forceja apriesa 
para no venir al suelo, 
ya con el fiero león 
o el elefante soberbio: 
del que queda vencedor 



6á 



ROMANCES HISTÓRICOS 



quedaba el contrario muerto. 
Aún no lograron su vista, 
que del murmurio en el me- 
los prevenidos romanos [dio 
desnudan el blanco acero. 
Crece la confusa grita, 
el alarido y estruendo, 
ya de la doncella casta, 
y ya del anciano viejo. 
Este la casada coje, 
aquél, la soltera viendo, 
tras la presa se abalanza 
para matrimonio honesto. 
Cual a la temprana viuda 
hace mil prometimientos, 
y cual, para que conceda, 
le pone un puñal al pecho. 
Ya con voz delgada y ronca 
una dice: esposo tierno, 
otra hermano y padre llama 
para que vuelva a su ruego. 
No aprovechan los gemidos; 
que el nieto deja al abuelo, 
desampara el hijo al padre 
en sangre y en polvo envuel- 
[tos. 
Allí el celoso marido 
abre la puerta a sus celos 
viendo a la casta mujer 
ser de otro tálamo dueño 
Crece más el alboroto, 
suben las quejas al cielo, 
y los romanos alegres 
su fortuna van siguiendo. 
Queda Rómulo señor, 
con mujeres queda el pueblo, 
dando principio al principio 
de tantos triunfos soberbios. 



EL CADÁVER DE SERVIO TULIO, 
HOLLADO POR SU HIJA 

Tulia, hija de Tarquino 
qu'en Roma rey residía, 
viendo aquesta mala hembra 
qu'el padre mucho vivía, 
por codicia de reinar, 
que otro sucesor no había, 
a su padre hiza matar 
a puñaladas un día. 
?»Iatáronle en una calle, 
y en medio el suelo yacía. 
Tulia, yendo con su carro, 
como siempre ir solía, 
uno le trujo las nuevas, 
d'ellas recibió alegría: 
quiso pasar por do estaba, 
porque aún no lo creía. 
Los caballos que tiraban 
cada cual se retraía; 
también de vello, espantado 
l'auriga que los regía 
conmovido de piedad 
por otra parte los guía, 
porqu'el rey no fuese holla 
[do 
y que acato merecía. 
Tulia con voces supremas 
al auriga persuadía 
que pasase encima d'el 
y no torciese la vía. 
En fin, encima del padre 
pasó el carro cual venía. 
¿Quién vido tanta crueldad, 
ni cual Dios lo consentía? 
¡Una hija que a su padre 
desmembralle le quería! 



ÉPOCA DK LA DOMINACIÓN ROMANA 



69 



ROMANCES HISTÓRICOS RELATIVOS A LA HISTORIA 
Y TRADICIONES DE ESPAÑA 

ÉPOCA DE LA DOMINACIÓN ROMANA 



ANÍBAL SOBRE SAGUNTO 

(De Juan de la Cueva.) 

Cercados tenía Aníbal 
a los fieros saguntinos, 
dándoles duros combates, 
y batiéndolos contino, 
sin desistir de su intento, 
que era sólo el destruillos. 
Los de Sagunto resisten 
el africano desinio, 
dando y recibiendo muertes, 
con ánimo no vencido. 
Sucedió qu'en un asalto, 
Aníbal fué mal herido, 
por lo cual, los africanos 
a nuevo furor movidos, 
tornan al fiero combate, 
renuevan y mudan sitios; 
hacen ingenios de fuego, 
para que sea destruido 
el gran pueblo de Sagunto, 

fué tan ennoblecido. 

■jndo el combate fiero 
fué un prodigio horrible vis- 
ito, 
que pariendo una mujer 
un hijo, y siendo nacido, 

ito, se volvió al vientre 
do donde había salido. 
Acuden les agoreros 
al gran Júpiter Olimpo, 
a consultar la extrañeza 
del caso jamás oído. 
El aürís] !o. 



siendo por Mucio elegido 
para consultar a Jove r 
por ser en esto el más digno, 
le sacrifica animales, 
de los cuales ha entendido 
la horrible saña, que mues- 
tra 
centra el pueblo saguntino, 
y puesto en un lugar alto, 
de donde era bien oído, 
dijo: — Los celestes dioses 
se muestran encruelecidos 
contra el pueblo de Sagunto, 
que otro tiempo fué temido: 
no aceptan su humilde rué- 
[go, 
ni admiten su sacrificio, 
porque yo he visto señales 
que confirman lo que digo ; 
que a la res sacrificada, 
como fué de todos visto, 
acudieron dos serpientes 
y le comieron el hígado. 
Segunda y tercera vez, 
esto mismo ha sucedido: 
el vino en las sacras taza.s 

mgre fué convertido; 
vistes llover gruesas piedras, 
y dos escudos bruñidos 
de claro y luciente acero 
de sangre fueron teñidos; 
en las fértiles campañas, 
en los panes ya cogidos, 
se volvieron las espigas 
en sangre, y sangre los ríos ; 



7U 



ROMANCES HiSlOKICUS 



los silvestres animales, 
Sin razón y sin sentido 
imitaban nuestras voces, 
de lo cual he colegido, 
que es sin duda el fin de to 
[dos 
y que habernos defendido 
es muy ciega pertinacia 
habiendo de ser vencidos, 
por las señales tan claras, 
y prodigios que os he dicho : 
y entended sólo una cosa, 
y d'ella estad advertidos: 
que son sin fruto las armas, 
siendo contrario el destino, 
y que servirán de poco 
cuantos hoy somos nacidos, 
y las tiernas criaturas 
no verán días cumplidos, 
qu'es lo que declara el caso 
del niño, que se ha escondi- 
do, 
tornando al materno vientre 
de donde había ya salido. — 
Cesó Mételo, quedando 
todos supensos de oillo, 
conociendo la ruina 
del gran pueblo saguntino, 
que de los bárbaros era 
con toda porfía batido, 
sin serle sólo un momento 
de descanso concedido; 
y al fin, entrada su fuerza, 
d'eilos no quedó hombre vi- 
[vo, 
unos muertos del contrario, 
y otros qu'ellos a sí mismos 
se dieron la cruda muerte, 
por no darse a su enemigo, 



cumpliéndose en iodos eüa« 
lo que dijo el adivino. 

SITIO E INCENDIO DE NUMANC1A 

Ya de Escipión las bande- 
jas 
llegan a ver las murallas 
de aquella cabeza antigua 
de la invencible Numancia, 
cuando a todas sus legiones, 
bien compuestas y ordena- 
idas, 
aquel valeroso Alcídes 
de aquesta suerte les habla: 
— Hoy las águilas de Roma 
hasta los cielos levantan 
sus plumas, porque vosotros 
habéis de servirles de alas; 
hoy, para inmortal memo- 
Cria 
habéis de triunfar, dejando 
que publicar a la fama: 
mostrad, milites famosos, 
lo que hoy pueden vi; 

[armas ; 
que si a Numancia vencéis 
podrán alzaros estatuas. — 
No pudo pasar de aquí, 
porque de una y otra banda 
comenzaron a dar voces 
apellidando su patria. 
«Alarma, alarma; 
los unos viva Roma, otros, 
[Numancia ; 
y viendo a Escipión tan bra- 
[vo y fuerte 
todos por no entregarse se 
[dan muerte.» 
Los numantinos. que miran 






KHOCA DE ATAJIAGILDÜ 



71 



del contrario la pujanza, 
acuerdan antes morir 
que no de entregar su pa- 
[tria. 
Y como para ei sustento 
mantenimientos les faltan, 
de conformidad de todos 
niños y mujeres matan. 
Cual en brazos de su esposa 
ofrece a la muerte parias, 
y cual a sus propios hijos 
con violenta mano trata. 
Un horrible fuego encienden 
en medio de la gran plaza, 
do queman todos sus bienes, 
cada cual con mano franca. 



Unánimes todos dicen 
que no se entregue la patria ; 
que mueran, pues que mu- 
friendo 
hacen inmortal su fama. 
Y así solamente se oye, 
entre las voces turbadas 
de la una parte y la otra, 
iuzones mal concertadas: 
«Alarma, alarma. 
Los unos viva Roma; otros, 
[Numancia ; 
y viendo a Escipión tan bra- 
[vo y fuerte, 
todos por no entregarse se 
[dan muerte.» 



ÉPOCA DE ATANAGILDO 



MILAGRO DE UN CRUCIFIJO A 
QUIEN ULTRAJO UN JUDIO 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Atanagildo, rey godo, 
de España el reinado había ; 
hace bien por Jesucristo; 
gran creencia en El tenía. 
Contárase aquí un milagro 
que en su tiempo acontecía. 
Un judío entró en un tem- 
[plo 
llamado Santa María; 
en él está un crucifijo 
muy pequeño en demasía; 
el judío lo firió 
con un dardo que traía, 
y a excusa de los cristianos, 
so el vestido lo metía 
para quemarlo en su casa : 



mas cuando lo descubría, 
traía todos sus paños 
sangrientos de la ferida 
que le dio al crucifijo: 
¡muy gran pavor le ponía 
No lo osara quemar, 
mas escondido lo había. 
Los cristianos no lo hallan 
allí donde estar solía; 
hallaron rastro de sangre, 
y por el rastro seguían 
hasta dar en la posada 
donde el judío vivía; 
halláronlo por la sangre, 
que mucha estaba vertida. 
Volviéronlo a la iglesia, 
y al judío lo prendían; 
vivo lo apedrearon 
por el delito que hacía. 



72 



ROMANCES HISTÓRICOS 



ÉPOCA DE WAMBA 



ENTRADA DE VAMBA EN TOLEDO 
PARA CORONARSE REY 

Por la puerta d e 1 Cam- 
[brón. 
una de las más nombradas 
que adornan la gran Toledo 
imperial ciudad de España, 
con grande acompañamiento 
entra el valeroso Vamba 
a recibir la corona 
con su mujer, doña Sancha. 
Por humildad quiso el rey 
que el alcaide de su alcáza- 1 
en vez de la espada lleve, 
delante de él su hijada. 
Hombres, niños y mujeres,, 
por balcones y ventanas, 
mirando los santos reyes, 
les dicen en voces altas: 
«Toledo, España por Vamba, 
y por la reina Sancha; 
y el Tajo les responde manso 
[y ledo, 



unas veces España, otras To- 
[ledo.» 
La melena rubia el rey 
lleva compuesta, atusada, 
porque no estorbe a los ojos ; 
peinada y ancha la barba. 
Sobre un vestido morado 
con alcachofa de plata, 
a manera de tusón, 
lleva una cruz colorada. 
La reina, de tela verde 
lleva una saya bordada; 
el cabello suelto al viento. 
la mitad a las espaldas. 
Donde llega el palafrén 
cubren el patio las damas 
de flores y bendiciones, 
y dicen en voces altas: 
«Toledo. España por Vamba, 
y por la reina Sancha; 
y el Tajo les responde manso 
[y ledo, 
unas veces España, otras To- 
[ledo.» 



ÉPOCA DEL REY DON RODRIGO 



RODRIGO VIOLA A LA CAVA 

De una torre de palacio 
se salió por un postigo 
la Cava con sus doncellas 
con gran gusto y regocijo. 
Metiéronse en un jardín 
cerca de un famoso hombrío 
de jazmines y arrayanes, 
de pámpanos y racimos. 
Sentadas a la redonda, 
la Cava a todas las dijo 



que se midiesen las piernas 
con un listón amarillo. 
Midiéronse las doncellas, 
la Cava lo mismo hizo, 
y en blancura y lo demás 
grandes ventajas les hizo. 
Pensó la Cava estar sola, 
pero la ventura quiso 
que por una celosía 
mirase el rey don Rodrigo. 
Puso la ocasión al fuego, 
y sacóla cuando quiso. 



ÉPOCA DEL REY DON RODRIGO 



73 



y amor batiendo las alas 
abrasóle de improviso. 
Fueron del jardín las damas 
con la que había rendido 
al rey con su hermosura, 
con su donaire y su brío. 
Luego la llamó al retrete, 
y estas palabras le dijo: 
— Sabrás, mi florida Cava, 
que de ayer acá no vivo; 
si me quieres dar remedio 
a pagártelo me obligo 
con mi cetro y mi corona, 
que a tus aras sacrifico. — 
Dicen que no respondió 
y que se enojó al principio, 
pero al fin de aquesta plá- 
tica 
lo que mandaba se hizo. 
Florinda perdió su flor, 
el rey quedó arrepentido, 
y obligada toda España 
oor el gusto de Rodrigo. 
Si dicen quién de los dos 
la mayor culpa ha tenido, 
digan los hombres «la Ca- 
[va». 
y las mujeres, «Rodrigo». 

EL CONDE JULIÁN JURA VENGAR 
DE RODRIGO LA VIOLENCIA HE- 
CHA A SU HIJA 

— ¡Oh canas ignominiosas, 
dice el señor de Tarifa, 
provocadas a venganza, 
y de su rey ofendidas! — 
Cantidad esparce al viento 
cual hebras de plata lisa, 
pie con rigurosa mano 




de barba y cabeza quita; 
hiere el venerable rostro, 
donde dos fuentes se vían 
que con abundante vena 
hacen mayor su desdicha. 
Ya mira ofendido al suelo, 
ya con altas manos mira 
al estrellado dosel 
testigo de su fatiga. 
— ¡Oh mísera suerte!, dice; 
¡ afrentosa, ejecutiva ! , 
¡villana sin exempción. 
que a la nobleza aniquila! 
¡Oh rey inconsiderado, 
.tan obediente a tu vista, 
cuan presto a mi deshonor 
y al de mi cuitada hija! 
Déme la justa venganza 
quien de mi diestra limita 
el poder, que justo pide 
quien pide al cielo justicia. 
No se espanten los que oye- 

[ren 
alguna cosa indebida; 
que rey tirano y aleve 
vasallos traidores cría. 
¡Vive el cielo que ha de ser 
de España total ruina 
la torpeza de mi rey 
en mi sangre cometida! 
Pagarán los inocentes 
de su señor la malicia; 
que no aguarda menos, reino 
do rey tirano administra, 
que éstos suelen ser verdu- 

[gos, 
por disposición divina, 
muchas veces de sus gentes 
como fueron Mario y Sila. 
Yo tomara. Dios lo sabe, 



7 I 



-(.ES HISTÓRICOS 



si me fuera concedida, 
de otra suerte esta venganza, 
no tan atroz ni sanguina; 
mas no me será posible: 
entre el libio por Tarifa, 
tale, robe, asuele y mate 
en mi estado y tierras mis- 
[mas. 
Ya la suerte va rodando 
para siniestra o propicia; 
el dado va por la tabla, 
no hay quien el correr le im- 
[pida. 
¡Vive Dios, (ju? el torpe rey 
por bien que ie acuda y diga, 
que iia de « tejar d'esta vez 
la honra, el cetro y la vida! 
¿No hay más de hacer sinra- 
zones 
y ejecutar sus delicias, 
fiados con que en el suelo 
su maldad no re castiga? 
¡Cielo, que enmiendas agra- 
rios 
con balanza justa y lisa, 
los d'este agraviado viejo 
con piadosos ojos mira! — 
Esto el conde don Julián 
leyendo un papel decía 
que recibió de la Cava 
contándole sus desdichas. 

DE COMO EL REY RODRIGO PEH- 

DIO LA BATALLA DE GUADALETE 

Y LOS MOROS GANARON LA 

ESPAÑA 

De lo más alto de un 
[monte, 
a quien Guadalete baña, 



mirando estaba Lisberlu 
la temerosa batalla. 
Mira que los españoles 
y bravos godos desmayan, 
no pudiendo resistir 
la mahomética saña. 
Dice con cansada voz 
el infante estas palabras, 
contemplando la ruina 
de toda la gente hispana: 
«¡Ay, España, España, 
que culpa no mereces y te 
[abrasas ! » 
¡ Oh cruda causa, 
y más traidor Rodrigo, 
que por tu torpe amor fué tal 
[castigo! 
¡Ay dulce patria querida, 
de tantos grados honrada 
a costa de noble sangre 
en su amparo derramada! 
¡ Ay madre honrada de! 
[mundo, 
y de un hijo deshonrada, 
que sin ser nada, le hiciste 
rey, para hacerte nada! 
El ser le diste de rey, 
y desconocido paga 
tan subido beneficio 
con deshonrar a la Cava. 
«¡Ay España, etc.» 
¡Oh traidor conde Julián! 
¿En qué te ofendió tu pa- 
tria? 
Di ¿por qué el pecado ajeno 
lo haces su propia causa? 
Si Rodrigo te ofendió, 
matárasle, y abrasaras 
su linaje, sus parientes, 
su vida, su honor, su casa; 



ÉPOCA DEL KEY DON PELA YO 



75 



mas en efecto un traidor 
ningunos respetos guarda 
a patria, padre, ni rey, 
si la traición es pensada. 
«¡Ay España, España, 
que culpa no mereces y te 
[abrasas ! » 

RODRIGO FUGITIVO Y DERROTADO 

De las batallas cansado 
se sale el rey Don Rodrigo, 
la cabeza sin almete 
y el arnés todo rompido, 
la una rienda en una mano, 
.y el un estribo perdido. 
Por do el caballo lo lleva 
por allí va sin sentido. 
Por un arroyo zarzoso 
el caballo lo ha metido. 
Echó la corona en tierra 
y aquesto habie referido: 
— ¡Desdichado caballero! 
¡Desdichado rey Rodrigo! 
¡ Ayer eras rey de España, 
y hoy no tienes un castillo! 
Por un pequeño placer 
metiste a España a cuchillo. 



LAMENTO SOBRE LA PERDIDA 
DE ESPAÑA 

Volved los ojos, Rodrigo, 
volvedlos a vuestra España ; 
mirad cómo os la destruyen 
vuestros amores y Cava; 
mirad la sangre que vierten 
vuestras gentes en batalla, 
castigo de la inocente 
que fué por vos derramada. 
« ¡ Ay, España, 

perdida por un gusto y por 
[la Cava!» 
La honra de los antiguos 
por tantos siglos ganada, 
vos solo por un momento 
perdéis reino, cuerpo y alma. 
Acabóse vuestro bien 
y vuestros males no acaban, 
que el mal suele acabar hon- 
[ras 
que acaban la vida y fama. 
« ¡ Ay, España, 

perdida por un gusto y por 
[la Cava!» 



ÉPOCA DEL REY DON PELA YO 



DE COMO DON PELA YO V! 

A LOS MOROS EN COVADONGA 

(De Gabriel Lobo Laso de 
la Vega.) 

Por nunca usados caminos 
el godo infante Pelayo 
con diilgentes talones 
el caballo aflige en vano, 



cuyos abiertos ijares 
iban sangre destilando; 
mas no el temer de la es- 
[puela 
apresura el paso tardo. 
Iba huyendo del rigor 
del sanguinoso contrario, 
que en su seguimiento iba 
con í?ran gann de alcanzarlo. 



76 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Mas como Dios le guardaba 
para negocios más arduos, 
quiso de un aprieto tal 
por bien de España librarlo. 
Llegó al río de Pionía, 
el cual muy crecido hallando, 
puso la espada en la boca, 
y atravesándole a nado 
con increíble presteza 
se puso del otro cabo. 
Los moros, que le seguían, 
visto un caso tan extraño, 
no se atreviendo ninguno 
a lo que el godo esforzado, 
se quedaron a la orilla, 
no sin razón admirados. 
Caminó al valle de Cangas 
el infante Don Pelayo, 
adonde de España y godos 
fué luego por rey jurado, 
y recogiendo las gentes, 
de que hizo grueso campo, 
los exhortó de manera 
que al más tímido hizo 
[osado, 
el valor al valeroso 
con esfuerzo acrecentando. 
Tanto pueden las palabras 
dichas con fervor honrado, 
que la victoria consiguen, 
más que el vigor de los bra- 
[zos. 
Pues como estuviese ya 
de moros cubierto el campo, 
cuyo caudillo Abrahen 
era, y Don Oppas el malo, 
arzobispo de Sevilla 
y del rey Vetiza hermano, 
que de los julianistas 
era capitán nombrado. 



tornándose de pastor 
lobo contra sus rebaños, 
con sangriento proceder, 
de Dios y de sí olvidado; 
viendo el notorio peligro 
en que estaba el rey Pelayo. 
mil soldados escogió 
de los más disciplinados 
en el bélico ejercicio, 
y en un cóncavo peñasco 
que una honda cueva hacía, 
se metió, y por lo más alto 
de los intratables riscos 
dejó los demás soldados. 
Baten la cueva los moros 
con piedras, flechas y dardos 
mas como al intento bueno 
nunca Dios niega la mano, 
quiso mostrar su grandeza 
con un notorio milagro, 
y fué: que todos los tiros. 
que los moros indignados 
a los cristianos tiraban, 
resultaban en su daño. 
Y volviéndose a los moros, 
más de treinta mil mataron. 
Conociendo esta merced. 
y el favor del cielo grato, 
sale apriesa de la cueva 
con su gente el rey Pelayo, 
no dejando moro vivo 
de todos, en poco espacio. 
Mató al caudillo Abrahen, 
Don Pelayo peleando, 
y al arzobispo traidor 
prendió por su propia mano. 
Fué parte aquesta victoria 
de otras que aquí no señalo, 
con que, de la ya perdida, 
alguna tierra ganaron, 



ÉPOCA DE LOS REYES DON FAVILA Y RAMIRO I DE LEÓN 



77 



venciendo muchas batallas 
de moros en campo raso. 
Pues como el rey Alcoral 
de España supo el estrago, 
primero rey que fué d'ella, 
hizo que al conde malvado 
le cortasen la cabeza, 
que fuese causa, pensando, 



con los dos Sisberto y Evas 
hijos de Vetiza el malo; 
y a su mujer la condesa 
los moros apedrearon, 
y un hijo, que el conde tuvo 
pequeño, le despeñaron. 
En esto pararon todos, 
¡de su traición justo pago! 



ÉPOCA DE LOS REYES DON FAVILA Y RAMIRO I DE LEÓN 



MUERTE DE FAVILA 

(De Lorenzo de Sepúlveda ) 

Muerto era ese buen rey, 
Don Pelayo era llamado, 
que ganó de lo perdido 
por Rodrigo desdichado. 
Enterráronlo dentro en Can- 
teas, 
su hijo heredó el reinado; 
Don Favila se llamaba, 
nieto del otro preciado. 
Dos años lo tiene no más, 
porque era muy liviano; 
amaba mucho la caza, 
más que conviene a su es- 
[tado ; 
corriendo la montería 
un gran oso habie hallado; 
matarle quieren los suyos; 
Favila les ha mandado 
que ninguno mate al oso, 
que él sólo quiere matarlo. 
Luego arremetió con él, 
a los brazos han llegado; 
mas por la su desventura 
el oso lo habie matado. 



RAMIRO I QUITA EL FEUDO DE 
LAS CIEN DONCELLAS 

En consulta estaba un día 
con sus grandes y consejo 
el noble rey Don Ramiro 
varias cosas discurriendo, 
cuando sin pedir licencia 
se entró por la sala adentro 
una gallarda doncella 
de amable y hermoso gesto. 
Vestida toda de blanco, 
a quien el rubio cabello 
bordaba de oro los hombros. 
a causa de venir suelto. 
Ponen los ojos en ella, 
y poniéndolos en ellos 
ella comenzó a hablar, 
y ellos a darle silencio. 
— Perdóname, dice, rey, 
si tu Consejo atropello, 
aunque si te le dan malo, 
antes soy digna de premio. 
No sé si de rey cristiano 
te dé nombre, porque en- 
[tiendo 
que con fingida apariencia 
debes ser moro encubierto; 



78 



ROMANCES HISTÓRICOS 



de quien da a los que lo son 

las doncellas ciento a ciento, 
si ya no es moro, a ellas 
las soborna para serlo. 
Si por darle muerte oculta 
vas desangrando tu reino, 
por harto mejor tuviera 
de una vez pegarle fuego; 
o si no en tributo y parias 
s hombres a lo menos, 
que era dalles enemigos, 
de quien vivieran con miedo. 
Pero si les das doncellas, 
allá, en dejando de serio, 
nacerán de cada una 
cinco o seis contrarios nues- 
tros. 
Más bien acordado está 
que tus hombres se estén 
[quedos, 
porque puedan engendrar 
hijas que paguen en feudo: 
que sólo para engendrallas 
deben de tener sUgeto 
de hombres, que en lo de- 
[más 



yo por mujeres los tengo. 
Si te acobardan las guerras, 
las mismas doncellas creo 
que han de venírtela a dar 
por el mal que las has hecho, 
y sin duda vencerán, 
si lo ponen en efecto, 
que ellas son mujeres hom- 
[bres. 
y hombres mujeres aques- 
tos. — 
Alborotáronse algunos, 
y el rey, corrido y suspenso, 
determinó de morir 
o libertar a su reino. 
Juntó su gente de guerra, 
y prestándoles su esfuerzo 
el glorioso Santiago, 
dio la batalla y vencieron. 
Quedó medroso Almanzor, 
y el rey con aqueste hecho 
dio libertad a Castilla, 
y así mesmo honroso pre 
[mío. 



ROMANCES SOBRE RERNARDO DEL CARPIÓ 



NACIMIENTO DE BERNARDO 
DEL CARPIÓ 

En los reinos de León 
el Casto Alfonso reinaba: 
hermosa hermana tenía, 
Doña Jimena se llama. 
Enamorárase de ella 
ese conde de Saldaña, 
mas no vivía engañado. 



porque la infanta lo amaba. 
Muchas veces fueron juntos, 
que nadie lo sospechaba; 
de las veces que se vieron 
la infanta quedó preñada. 
La infanta parió a Bernardo, 
y luego monja se entraba; 
mandó el rey prender al 
[conde 
y ponerle muy gran guarda. 



ROMANCES SOBRE BERNARDO DEL CAKl'lU 



19 



CUENTAN A BERNARDO 
EL SECRETO DE SU NACIMIENTO 

Contándole estaba un día, 
al valeroso Bernardo, 
Elvira Sánchez, su aya, 
que de niño le ha criado: 
— Sabrédes, fijo, sabrédes 
por lo que habéis pregun- 
tado, 
que non sois bastardo, non, 
como dijo Alfonso el Cas- 
[to.— 
Bernardo replica: — Pues 
algún padre me ha engen- 
drado. 
— Padre fidalgo habéis, fijo, 
f'.dalgo, que non villano. 
El conde Don Sancho Díaz, 
que en Saldaña es su con- 
[dado, 
os hovo en Doña Jimena, 
en casa del rey estando; 
y como su hermana era, 
por vengares del agravio, 
en el castillo de Luna 
puso al conde aprisionado, 
y a vuestra madre también 
reclusa y a buen recaudo, 

iue aunque público, non 
fué el matrimonio aclarado. 
Casáronse los dos solos, 
por lo que non sois bastardo, 
y para más se vengar 
y faceros mayor daño, 
da sus reinos al francés, 
faciéndós desheredado; 
por lo cual parece mal, 



fijo, al mundo que tu brazo 
consienta que esté el buen 
[conde 
afligido, preso y cano. 
— La culpa tenéis vos, ma- 
[dre, 
en habérmelo callado, 
pues si lo hobiera sabido 
ya le hobiera libertado. 
— Si todo este largo tiempo 
que conmigo habéis estado, 
hemos callado el secreto, 
fué por temor del tirano. 
Fincad en esto, vos digo, 
y notad que abaldonado 
estáis del vulgo parlero, 
que ha entendido y sabe el 
[caso. — 
Bernardo le dice: — Basta, 
mi madre, ya lo fablado, 
para servir de acicate 
al fijo del padre honrado. — 
Al cielo vuelve los ojos, 
y en mil lágrimas bañando 
su hermosa afrentada faz. 
dice, mordiendo los labios: 
— No se honren mis amigos 
de me llevar a su lado, 
y quede entre fieros moros 
preso, muerto o mal llagado, 
y arrástreme mi trotón 
fasta me facer pedazos, 
y cuando esté en más aprieto 
se me canse el diestro brazo, 
que si por bien no me da 
Alfonso a mi padre amado, 
que le tengo de seguir 
como a cruel y tirano. 



80 



ROMANCES HISTÓRICOS 



BERNARDO, VENCEDOR EN RON- 

CESVALLES, CON LA MUERTE DE 

ROLDAN Y DE LOS DOCE PARES 

DE FRANCIA 

Con crespa y florada crin, 
de las undosas campañas 
tascando rojos bocados, 
presurosos so levantan 
ya los caballos del sol 
haciendo las nubes grana, 
cuando el galo altivo asoma 
con sus copiosas escuadras 
por las pedregosas sendas 
de Roncesvalles más agrias; 
que a tomar va posesión 
de la corona de España. 
Mas como a los confiados 
es cosa tan ordinaria 
mostrar la varia fortuna 
su vaivén y vueltas varias, 
no quiso que le quedase 
el francés a deber nada, 
cuyas cosas hasta allí 
favoreció con faz grata, 
y que de Bernardo quede 
en el mundo eterna fama ; 
que ya con haces copiosas 
el paso al francés ataja, 
ayudado de Marsilio 
y de la goda pujanza. 
Muévense los gruesos cam- 
[pos 
con marciales consonancias, 
y con tal furia se mezclan, 
que las vecinas montañas 
temblaron por todas partes 
batidas con tantas plantas, 
y en sus tortuosos senos 
hace eco el son de las armas. 



La confusa vocería 
del aire las nubes baja, 
y del polvo espesas nubes 
la vista ofuscan y atajan, 
y del sol el paso impiden 
montones de gruesas astas. 
El clamor de ios heridos 
mueve a compasión las plan- 
etas, 
y el grito de los caído.- 
hiere al cielo en quejas altas. 
Búscanse los corazones 
en las ocultas entrañas, 
con las aceradas puntas 
a dar muerte encaminadas: 
no hay golpe que no pro- 

[meta 
victoriosas esperanzas, 
ni soldado que no entienda 
que aquella difícil causa 
tiene el cielo prometida 
para entregarle a la fama 
el efecto de su diestra 
con el de otras muy más ar- 

[duas. 
Todos con valor pelean, 
no se conoce ventaja; 
si el uno al otro retira; 
su daño en breve restaura 
bien como cuando en el 
[campo 
dos contrarios vientos andan, 
a quien las inhiestas mieses 
siguen con cabezas varias, 
que en aflojando algún tanto 
el uno al otro, se bajan; 
así el valeroso iberio 
y el valiente galo andaban, 
mas tanto Bernardo hizo, 
y Bravonel por las lanzas, 



ROMANCES SOBRE BERNARDO DEL CARPIÓ 



81 



que con victoriosa trompa 
el ibero el aire rasga. 
Oyese del sarraceno 
una orgullosa algazara. 
y entre varios instrumentes 
suenan acordes dulzainas, 
con que las varias reliquias 
de la francesa arrogancia, 
las flores de lis marchitas 
con que el campo desampa- 
ran. 

LOGRA BERNARDO QUE LE ENTRE- 
GUEN SU PADRE, MAS CUANDO 
YA ERA CADÁVER 

— Antes que barbas tuvie- 
[se, 
rey Alfonso, me juraste 
de darme a mi padre vivo, 
y nunca me das mi padre. 
Cuando nací de tu hermana, 
que nunca fuera mi madre, 
le metiste en la prisión, 
y aun dicen que meses antes. 
Acuérdate, Alfonso rey, 
ya que no del, por mi parte, 
iue es tu hermana sangre 
[tuya, 

y que es mi padre mi sangre. 
Si yerros fueron los suyos, 
bien de hierros le cargaste; 
que los que son por amor 
alcazan perdón de balde. 
Prometido me lo tienes, 
no de tu palabra faltes, 
que no es oficio de reyes, 
que de lo dicho se extrañen. 
A tu cargo es la justicia, 
y a mi cargo el libertarle; 



pero si yo soy mal hijo 
no debo, rey, de culparte. 
Todos mis amigos dicen 
que soy guerrero cobarde, 
sabiendo que padre tengo, 
y que no conozco padre. 
Después que espada me ciño 
la he puesto por tí en mü 
lances, 
y cuanto más la ejercito, 
menos mercedes me haces. 
Si de mi padre te extrañas, 
no es justo d'ella te extra- 
ñes; 
que algún galardón merece 
quien buenos servicios hace. 
Si en premio d'ello merezco 
el premio que el mundo sabe, 
tiempo es ya que me lo des, 
buen rey, o me desengañes. 
— Calledes vos, don Bernar- 
do, 
no temáis que yo vos falte. 
que la merced de los reyes, 
si se cumple, nunca es tarde ; 
que antes que mañana oiga 
misa en San Juan de Letra- 
[ne. 
veréis vuestro padre libre 
de su persona y mi cárcel — 
Cumplióle el rey la palabra, 
mas fué con engaño grande, 
porque sin ojos y muerto 
mandó que se lo entregasen. 

BERNARDO INCREPA AL REY POR 
SU INGRATITUD 

— ¡Inhumano rey Alfonso! 
De tus tierras me despido, 



82 



UOMANCKH H1KTOK1CÜS 



porque n» es rey natural 
rey ingrato a los servicios. 
A Francia quiero pasarme, 
donde tienen cierto aviso, 
que quien honró tu león 
honrará también sus lirios. 
Ya parece veo a Carlos 
piadoso, aunque mi enemigo, 
porque lo que te amparé 
no puedas gozar conmigo. 
Menospreciaste mi espada; 
mas cuando en ella o en pino 
tremolen lunas de plata 
echarás de ver sus filos. 
Saldrá de mí tu león 
menos soberbio y altivo, 
las cuatro garras sin uñas, 
y la boca sin colmillos: 
no tan altiva la frente, 
menos bravo el cuerpo erizo, 
y la cabeza doliente 
con la fiebre de mi olvido. 
Y si, lo que Dios no quiera, 
lidiando entre sarracinos, 



te mataren el caballo, 
acuérdate d'este mío, 
que un día en el Rom 
te libró de gran peligro, 
y en dar la muerte a mi pa- 
|d re- 
pagaste este beneficio. 
De peón te hice rey. 
y tú, desagradecido, 
como si fueras peón 
cumpliste lo prometido. 
Mi noble padre mataste, 
sin pensar que su delito 
te dio el cetro y la corona 
con hacerme tu sobrino. 
Más te valió en Roncesvalle s 
contra tantos paladinos 
el retrato de mi padre, 
que te valieras tú mismo. — 
Esto le dijo Bernardo 
al rey de León, su tío; 
valiente siempre de manos 
y esta vez sólo de pico. 



ROMANCES SOBRE LOS INFANTES DE LARA Y EL "BASTARDO MUDARRA 



BODAS DE RUY VELAZQUEZ CON 

DOÑA LAMBRA Y ODIOS CONTRA 

LOS LARAS 

¡Ay Dios, que buen caba- 
llero 
fué don Rodrigo de Lara, 
que mató cinco mil moros 
con trescientos que llevaba! 
Si aqueste muriera entonces, 
¡Que gran fama que dejara! 
No matara sus sobrinos 
los siete infantes de Lara, 



ni vendiera sus cabezas 
al moro que las llevara. 
Ya se trataban las bodas 
con la linda doña Lambra: 
las bodas se hacen en Bur- 

[gos. 
las tornabodas en Salas: 
las bodas y tornabodas 
duraron siete semanas; 
las bodas fueron muy bue- 

[nas. 
las tornabodas muy malas. 
Ya convidan por Castilla, 



f OS INFANTES DE LARA Y EL BASTARDO MUDARRA 



83 



por Castilla y por Navarra : 
tanta viene de i a gente 
que no hallaban posadas, 
y aún faltaban por venir 
los siete infantes de Lara. 
— Helos, helos por do vienen 
por aquella vega llana. 
Sálelos a recibir 
la su madre doña Sancha. 
— Bien vengades, los mis fí* 
[jos 
buena sea vuesa llegada. 
— Norabuena estéis, señora, 
nuesa madre doña Sancha. — 
Ellos le besan las manos, 
y ella a ellos en la cara. 
— Huelgo de veros a todos, 
que ninguno no faltara, 
porque a vos, mi Gonzaivico, 
y a todos mucho os amaba; 
tornad a cabalgar, hijos, 
y tomad las vuestras armas, 
y allá os iréis a posar 
al barrio de Cantarranas. 
Por Dios os ruego, mis hijos, 
no salgáis de las posadas, 
porque en semejantes fiestas 
se urden buenas lanzadas. — 
Ya cabalgan los infantes 
y se van a sus posadas; 
hallaron las mesas puestas, 
viandas aparejadas. 
Después que hubieron comi- 
edo 
pidieron juegos de tablas, 
si no fuera Gonzaivico 
que su caballo demanda, 
y muy bien puesto en la silla 
se sale para la plaza. 



en donde halló a don Rodri- 

[go 

que a una torre tira varas, 
y con fuerza muy crecida 
a la otra parte pasaban. 
Gonzaivico que esto viera, 
las suyas también tiraba: 
las suyas que pesan mucho 
a lo alto no llegaban. 
Doña Lambra qu'esto vido, 
d'esta manera le hablaba : 
— Amad, o dueñas, amad 
cada cual en su lugar; 
más vale mi caballero 
que cuatro de los de Salas. — 
Cuando Sancha aquesto oyó 
respondió muy enojada: 
— Calledes, Lambra, calledes, 
non digáis la tal palabra, 
que si mis fijos lo saben 
ante tí te lo mataran. 
— Calledes vos, doña Sancha, 
que tenéis por que callar, 
pues paristes siete fijos, 
como puerca en muladar.-— 
Gonzaivico qu'esto oyera 
esta respuesta le da: 
— Yo te cortaré las faldas 
por vergonzoso lugar, 
por cima de las rodillas 
un palmo y mucho más. — 
Al llanto de doña Lambra 
don Rodrigo fué a llegar: 
— ¿Qu'es aquesto, doña Lam- 
[bra? 
¿Quién os pretendió enojar? 
Si me lo dices, yo entiendo 
que te lo he de bien vengar, 
porque a dueña tal que vos 
todos la deben honrar. 



84 



ROMANCES HISTÓRICOS 



DONA LAMBRA INJURIA A LOS 
LARAS 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Acabadas son las bodas 
que allá en Burgos se hacían 
de Ruy Velázquez de Lara 
con la que Lambra decían. 
Doña Lambra y su cuñada 
de Burgos ambas partían: 
con ellas van los infantes, 
que de Lara se apellidan, 
hijos de Gonzalo Gustios, 
caballeros de valía: 
también va Ñuño Salido 
que los infantes regía. 
Llegaron a Barbadillo, 
que Ruy Velázquez tenía. 
Los siete infantes hermanos 
por her placer a su tía 
por aquese río Arlanza 
cazando con aves iban. 
Después que hobieron caza- 
do, 
a Barbadillo volvían; 
entraron en una huerta 
que. de placer ende había. 
A sombra del arboleda 
los infantes se ponían: 
el menor de los hermanos, 
que don Gonzalo decían, 
un azor tomó en su mano, 
en el agua lo ponía; 
con sabor de lo alegrar 
mucho regalo le hacía. 
Doña Lambra que lo vido, 
como muy mal lo quería, 
llamado había un criado, 
d'esta suerte le decía; 



— Toma agora tú un cohom- 
bro, 
fínchelo de sangre viva, 
y arrójaselo a Gonzalo, 
aquel que el azor tenía: 
vente luego para mí, 
que yo te mampararía. — 
El hombre tomó un cohom- 
bro 
y de sangre lo teñía, 
dio con él a don Gonzalo; 
en sangre untado lo había. 
Sus hermanos que lo vieron 
muy gran pesar recebían, 
duéleles el corazón, 
vengarlo mucho querían, 
y con crecido pesar 
d'esta manera decían: 
— Ciñamos nuestras espadas, 
que nadie nos las vería 
debajo de nuestros mantos, 
y vayamos por la vía 
contra de aquel peón 
que hizo tal villanía, 
y si viéremos que atiende 
y no muestra cobardía, 
tendremos que con locura 
lo hizo y albardonía; 
mas si fuere a doña Lambra, 
y ella en sí lo recebía, 
por su consejo lo hizo, 
no se nos escape a vida. — 
Fuéronse para el palacio; 
el hombre cuando los vía 
acogióse a doña Lambra, 
so su brial re metía: 
los infantes que lo vieron 
a doña Lambra decían: 
— Cuñada quitaos afuera, 
po amparéis quien mal hacía, 



LOS INFANTES DE LARA Y EL BASTARDO MUDARRA 



85 



— Mi vasallo es este hombre, 
doña Lambra respondía, 
si algo contra vos hizo 
yo vos lo castigaría: 
mientras yazca en mi poder 
ninguno lo feriría. — 
Los infantes con braveza, 
sin hacer lo que decía, 
mataron al hombre allí 
ante ella que lo veía, 
y con la sangre del hombre 
sus tocas se las teñían. 
Los infantes cabalgaron; 
para Salas se volvían: 
llevaron a doña Sancha 
su madre en su compañía. 

MUERTE DE LOS LARA 

Saliendo de Canicosa 
por el val de Arabiana 
donde don Rodrigo espera 
a los hijos de su hermana, 
por campo de Palomares 
vio venir con gran compaña 
muchos yelmos reluciendo, 
mucha adarga bien labrada, 
mucho caballo ligero, 
muchas lanzas aceradas. 
La seña que viene en ellas 
es media luna cortada; 
Alá traen por apellido, 
a Mahoma a voces llaman. 
Tan altos daban los gritos 
que los campos atronaban, 
lo que las voces decían 
grande mal significaban : 
— ¡Mueran, mueran, van di- 
ciendo, 
los siete infantes de Lara! 



¡Venguemos a don Rodrigo 
pues tiene con ellos saña! — 
Allí está Ñuño Salido, 
el ayo que los criara; 
como ve la gran morisma 
d'esta manera los habla: 

— ¡Oh los mis amados hijos! 
¡Quién vivo no se hallara 
por no ver tan gran dolor 
como agora se esperaba! 

Si no os hubiera criado 
no sintiera tanta rabia; 
mas quieroos tanto, mis hi- 
[jos, 
que ya se me arranca el al- 
[ma. 
¡Ciertamente nuestra muer- 
[te 
está bien aparejada! 
No podemos escapar 
de tanta gente pagana; 
venguemos bien nuestros 
[cuerpos, 
y miremos por las almas; 
peleemos como buenos, 
las muertes queden venga- 
idas; 
ya que lleven nuestras vidas, 
que las dejen bien pagadas. 
No nos pese de la muerte 
pues va también empleada. 
y morimos todos juntos 
como buenos, en batalla. — 
Como los moros se acercan, 
a cada uno por sí abraza ; 
cuando llega a Gonzalvico 
en la cara lo besara: 

— ¡Hijo de Gonzalo Gonzá- 

lez; 
de lo que más me pesara 



86 



ROMANCES HISTÓRICOS 



es de lo que lo sentiría 
vuestra madre doña Sancha! 
erades su claro espejo; 
más que a todos os amaba, 
y agora perderos tiene 
sin tener más esperanza. — 
En esto los meros llegan, 
traban con ellos batalla, 
los infantes los reciben 
con sus adargas y lanzas : 
«Santiago, Santiago, cierra», 
a grandes voces clamaban: 
muy muchos moros mataron, 
mas ellos allí quedaran. 

PRESENTA ALMANZOR A GUSTIOS 
LAS CABEZAS DE SUS HIJOS 

Yantando con Almanzor 
está don Bustos de Lara, 
que bien puede con los reyes 
comer el señor de Salas. 
En Córdoba tiene el cuerpo 
preso, y en Burgos el alma, 
do fincan sus siete hijos 
y su mujer doña Sancha: 
y después de haber servido 
mil manjares a su usanza, 
dice el rey: — Gonzalo amigo, 
un costoso plato falta. — 
Respóndele el noble hidalgo, 
descubriendo honradas ca- 
[nas: 
— En la tu mesa, señor, 
non puede haber mengua en 
[nada. — 
En esto vino una fuente, 
que cubría una tohalla, 
v en ella siete cabezas. 



de aquel tronco muertas ri\- 

[mas. 
Mira la fuecte Gonzalo, 
y dice: — ¡Ay fruta tempra- 
[nn! 
¿Quién vos trasportó de Bur- 
[gos 
a los campos de Arabiana? 
Mas ¡ay mis hijos! que son 
mis preguntas excusadas, 
que con sangre viene escrito 
que es Rodrigo y doña Lam- 

[bra. 
¡Quién d f este plato pudiera 
dar la mitad a mi Sancha; 
que los mis ojos no pueden 
cumplir con desdichas tan- 

[tas! 
Si Narciso en una fuente 
se arrojó viendo su cara, 
yo que en tí veo s;'ete. y ta- 
lles, 
¿Cómo no me arrojo? aguar- 
[da. 
Ya, fuente, perdiste el nom- 
[bre 
en el mar de mis desgracias : 
huye, Almanzor, no te ane- 

[gue, 
que sale de padre el agua 
A todos lloro igualmente 
con sangre, aunque sale blan- 
[ca. 
que lágrimas de mis ojos 
es sangre que vierte el alma. 
León seré, yo os prometo, 
mis fijos, en la venganz,a. 
Mas ¡ay! que aunque soy 

[león 
mi cautiverio es cuartana. 



LOS INFANTES DV I. ARA Y EL BASTANDO ML'DAKK \ 



87 



¡A.> ovejas sin pastor! 
Que también murió la guar- 
ida; 
y porque los perros se har- 
ten 
en Córdoba el perro guardan. 
Guárdate, Almanzor, que 
[suele 
a veces morder con rabia 
en la carne del señor, 
cuanto y más si es quien le 
[agravia. 

OUSTIOS PARTE DE CÓRDOBA PA- 
RA SALAS, DEJANDO PREÑADA A 
AXA, HERMANA DE ALMANZOR 

Ese buen Gonzalo GiLstios 
de Córdoba se partía 
para Salas su heredad; 
¡Pasión es de ver cuál iba! 
Las cabezas de sus hijos 
a gran recaudo ponía, 
y la de Ñuño Salido 
su ayo que los regía. 
Despidióse de Almanzor; 
su hermana ansí le decía: 
— Don Gonzalo, soy preñada 
de la vuestra compañía; 
decidme lo que haré 
que yo bien lo cumpliría. 
— Que si fuere hijo, digo, 
don Rodrigo respondía, 
que lo hagades bien criar 
como manda la hidalguía, 
y después que sea criado 
para Salas me lo envía. — 
Del dedo se había sacado 
un anillo que tenía; 
por medio lo había partido; 



la mitad dado le había. 
Díjole : — Tomad señal, 
qu'el moro ansí llevaría, 
para que yo lo conozca 
si para mí se venía. — 
El se partió para Salas 
que en gran favor lo había. 

MUDARRA, HIJO BASTARDO DE 
GUSTIOS Y DE AXA, CONOCE EL 
SECRETO DE SU NACIMIENTO Y 
PARTE A VENGAR A SU PADRE 
Y SUS HERMANOS 

Gonzalo Gustos sacado 
de captiverio y prisión, 
para volver a su tierra, 
con toda moderación 
licencia le pidió al moro: 
dióla sin contradicción. 
La hermana de Almanzor 
sintió d'ello turbación: 
llamáralo, en puridad 
descubrió su corazón, 
diciendo: — ¡Gonzalo Gustos, 
habed de mí compasión! 
¡ Mirad que quedo preñada 
por seguir vuestra opinión! 
Respondióle: — Mi señora, 
d'ello no tengáis pasión; 
pariréis secretamente, 
y mirad que si es varón 
le daréis buenas costumbres . 
y en llegar a discreción 
enviármelo heis a Salas, 
donde está mi habitación; 
y para que le conozca 
por más certificación, 
veis este anillo partido, 
el medio os do en posesión, 



ROMANCES HISTÓRICOS 



para que vos se lo deis 
a su tiempo y con sazón. — 
Pártese Gonzalo Gustos 
con tal deliberación. 
Al cabo de pocos días 
parió un niño en perfección ; 
Almanzor se holgara d'ello; 
mostró gran contentación 
por haber nacido hijo, 
y de tal generación: 
Mudarra mandó llamarle, 
y por más satisfacción 
Gonzalo de sobrenombre, 
cual el padre, y con razón. 
Mudarra ya de diez años, 
por su esfuerzo y condición 
armóle el rey caballero; 
dióle para defensión, 
de su persona, cien moros. 
que todos hidalgos son. 
Siendo ya de más edad, 
de linda disposición, 
la madre le contó el caso 
de la perversa traición, 
que Ruy Velázquez hicie:a 
y de su padre y prisión. 
Entrególe el medio anillo, 
tomóle con intención 
de ir a verse con su padre, 
y vengar tan gran baldón. 
Pidió licencia a su tío 
diciendo qu'era razón 
de buscar tierras extrañas: 
dióle el rey su bendición. 

MATA MUDARRA A RUY VELÁZ- 
QUEZ 

A cazar va don Rodrigo, 
y aún don Rodrigo de Lara 



con la gran siesta que hace 
arrimádose ha a una haya, 
maldiciendo a Mudarrillo, 
hijo de la renegada, 
que si a las manos le hubie- 
se, 
jura de sacarle el alma. 
El señor estando en esto 
-Mudarrillo que asomaba: 
— Dios te salve, caballero; 
debajo la verde haya. 
— Así haga a tí, escudero; 
buena sea tu llegada. 
— Dígasme tú, el caballero, 
¿Cómo era la tu gracia? 
— A mí dicen don Rodrigo, 
y aún don Rodrigo de Lara, 
cuñado de Gonzalo Bustos. 
hermano de doña Sancha; 
por sobrinos me los hube 
los siete infantes de Lara. 
Espero aquí a Mudarrillo 
hijo de la renegada; 
si delante lo tuviese 
yo le sacaría el alma. 
— Si a ti dicen don Rodrigo, 
y aún don Rodrigo de Lara. 
a mí Mudarra González, 
hijo de la renegada, 
de Gonzalo Bustos hijo, 
y alnado de doña Sancha: 
por hermanos me los hube 
los siete infantes de Lara: 
tú los vendistes. traidor, 
en el val de Arabiana; 
mas si Dios a mí me ayuda 
aquí dejarás el alma. 
— Espérame, don Gonzalo, 
iré a tomar las mis armas. 



ÍAN GONZÁLEZ Y LOS CONDES DE CASTILLA 



89 



— El espera que tú diste 
a los infantes de Lara: 



«Aquí morirás, traidor, 
»enemigo de doña Sancha.» 



ROMANCES SOBRE FERNÁN GONZÁLEZ Y LOS CONDES DE CASTILLA 



PROFETIZA UN MONJE A FERNÁN 
GONZÁLEZ SU SUERTE Y SUS 
VICTORIAS. Y EL CONDE HACE 
VOTO DE FUNDAR EL MONASTERIO 
DE SAN PEDRO DE ARLANZA 

De Salas salió el buen con- 
de 
Fernán González nombrado : 
señor era de Castilla 
y d'clla conde llamado. 
Sólo iba a montear, 
ninguno lo ha acompañado, 
en tanto que llega el día 
de la lid, que ha aplazado 
para lidiar con el moro 
Almanzor, el rey pagano. 
El conde va por un monte 
muy espeso y enramado; 
un puerco saliera del, 
él lo sigue apresurado. 
El puerco huyó corriendo, 
en una ermita se ha entra- 
do: 
ele yedra estaba cubierta, 
cosa d'ella es devisado. 
Eli la ermita había tres mon- 
jes, 
que la pobreza han buscado: 
por ser la montaña espesa, 
el conde se había apeado; 
bailo ató a una rama, 
[a ermita se ha entrado, 
do vido yacer el puerco. 



y al altar está llegado. 
No lo quiso el conde herir, 
por ser un lugar sagrado. 
Llorando está de sus ojos, 
de aquesta manera hablando 
— ¡Oh Señor, Dios poderoso! 
A quien teme lo criado, 
si contra vos yo erré, 
sea de vos perdonado: 
hícelo por no saber 
fuésedes aquí honrado, 
que si yo lo tal supiera, 
aquí no fuera llegado; 
ni entrara en la ermita, 
ni en este lugar sagrado, 
a matar aqueste puerco 
que en ella se había entrado. 
Viniera yo en romería 
y ofrendas hubiera dado. 
Esfuerzo me dad. Señor, 
contra aqueste renegado, 
que viene por destruir 
a Castilla, mi condado, 
si de vos no es amparada, 
Almanzor la habrá ganado: 
non querades que se pierda 
tal tierra y tanto cristiano. — 
Estando en la su oración, 
a él un monje ha llegado: 
Fray Pelayo se llamaba, 
el que al conde ha pregunta- 
do 
quien era o a quien buscaba 
on lugar tan apartado. 



90 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Tado se lo dijo el conde. 
— Hoy seréis mi convidado; 
hacedlo por Dios del cielo' 
pues que sois tan mesurado, 
comeréis del pan de hordío, 
que otro no es hallado. — 
El conde tuvo por bien 
lo que el monje le ha rogado. 
Allí estuvo aquella noche; 
otro día es levantado. 
Dijo el monje: — Fernán 
González, 
verdad será lo que os hablo ; 
guiará Dios vuestra hacien- 
da, 
porque sois bueno y honrado. 
A Almanzor lo vencerás, 
y a los moros de su estado: 
gran batalla habrás con él, 
d'ellos serás bien vengado. 
Tantos d'ellos matarás 
que no podrán ser contados: 
de la tierra qu'es perdida 
grande parte habrás cobra- 
do; 
verterás sangre de reyes, 
y de hombres de alto estado : 
muy buena será tu andanza ; 
serás del mundo loado, 
por ser tu caballería 
encumbrada en alto grado: 
tú serás preso dos veces, 
y presto puesto en cuidado, 
por el signo que verás, 
que a tu gente habrá espan- 
tado. 
D'ellos no habrá ninguno 
que no quede desmayado: 
conhortarlos has tú, conde, 
con palabras de esforzado. 



declararles has el signo 
que los tiene amedrentados; 
el miedo perderán luego 
que del signo habrán cobra- 
do. 
Vete a tu buena ventura, 
que tu gente está en cuida- 
do; 
tú los hallarás muy tristes, 
por tí haciendo gran llanto: 
todos temen qu'eres muerto, 
o de moros captivado, 
o que fincan sin señor, 
de guarda desamparados. 
Yo te ruego que te acuerdes 
d'esta ermita do has entra- 
do: 
después que venzas los mo- 
ros 
algún bien nos habrás dado 
para mí y estos dos monjes, 
que estamos todos lacerando. 
■ — Pelayo, respondió el conde, 
creedme lo que vos hablo, 
que el servicio que a mí he- 
cistes 
vos será muy bien pagado. 
Si Dios me deja vencer 
la lid que tengo aplazado, 
todo cuanto yo ganare 
aquí, será ello dado; 
y cuando yo me muriere 
seré en ella sepultado, 
y aqueste santo lugar 
por mí será mejorado. 
En él haré gran iglesia, 
do habrá convento honrado; 
darles he yo con que vivan : 
de bienes será dotado. 



FERNÁN OOiNZAl.KZ Y LOS CONDES Uk, CASTILLA 



91 



liaii tarémosle San Pedro 
de Afianza, el muy nombra- 
do. 

EL CABALLO Y EL AZOR, Y LI- 
BERTAD DEL FEUDO DE CASTILLA 
POR FERNÁN GONZÁLEZ 

En los reinados de León 
don Sancho el Gordo reina- 
ba: 
al conde Fernán González 
mensajeros le enviaba 
que luego venga a sus cortes, 
que en León las celebraba; 
el conde cumpliera luego 
lo que el rey ansí mandaba, 
diciendo: — Gran rey del cie- 
lo, 
gran Señor, a tí rogaba 
que me quieras ayudar, 
y el favor que te demandaba 
de que saques a Castilla 
de la gran premia en que es- 
taba, 
y que en ella otro no mande, 
sino yo, que la amparaba. — 
El rey que supo que el conde 
a sus cortes ya llegaba, 
saliéralo a recebir 
como a persona estimada. 
Un azor el conde lleva 
que de muda lo sacaba, 
y un caballo muy hermoso, 
que al moro Almanzor gana- 
ra. 
D'ello se pagaba el rey, 
al conde lo demandaba; 
el conde lo da de balde, 
no el rey lo quiere sin paga. 



Gran haber por ello ofrece 
si el conde se lo fiaba: 
pusieron entre sí el plazo 
en que el rey haría la paga. 
v si al plazo no pagase 
la moneda se doblaba. 
Acabadas ya las cortes, 
"1 buen conde se tornaba. 
Siete años son pasados 
que el rey don Sancho reina- 
ba; 
cartas enviara al conde 
en que en ellas le mandaba 
que ¿por qué venir a cortes 
tanto tiempo dilataba? 
Que si venir no quería 
y a obedecer se negaba. 
que dejase su condado, 
y que luego del se salga. 
El conde que oyó el mensaje 
cumplió luego la embajada. 
Llegado era ya a León, 
adonde don Sancho estaba; 
ante el rey se hincó de hino- 
[jos, 
las manos le demandaba ; 
el rey no las quiso dar, 
lejos de sí lo arredraba, 
diciendo : — Quitadvos. conde, 
que no quiero vuestra fabla, 
porque estáis vos muy lozn- 
[no 
por vencer tantas batallas. 
Dos años ha que a mis cortes 
no vais, aunque os llamaba: 
con mi condado os alzasteis, 
que yo a vos lo diera en 
[guarda, 
otros tuertos me í'ecisteis 



92 



ROMANCES HISTÓRICOS 



de que yo agora habré pa- 
[ga.— 
El conde dijo: — Señor, 
con la tierra no me alzaba, 
ni vengo de tal lugar, 
ni linaje que lo obrara, 
que en lealtad y mañas bue- 
[nas 
por muy bueno me contaba, 
y por tan buen caballero 
como el mejor que se halla. 
Otra vez vine a León 
do la vuestra corte estaba, 
y de vuestros leoneses 
gran deshonra yo cobraba, 
y esta fué la causa, el rey, 
que a ellas no continuaba; 
y si me alzo con la tierra 
yo tengo razón y causa, 
ca me tenedes robado 
gran haber y gran ganancia. 
Tres años ha lo debéis, 
y a mí no se me pagaba: 
dadme, rey, vos, fiadores 
que a mí me será pagada ; 
yo dárvoslos he también 
de pagar si en algo erraba. — 
El rey recibiera enojo 
d'esto qu'el conde hablaba, 
echóle en fuertes prisiones, 
mas su mujer lo sacaba. 
El conde sacó sus gentes, 
la tierra del rey estraga, 
prendiérale muchos hombres 
muchos ganados llevaba: 
hasta que le de su haber 
mal al rey amenazaba, 
el rey dio de sus haberes, 
v a un hombre le mandaba 



que luego le pague al conde 
lo que a pagar se obligara: 
el hombre fué para el conde, 
y el haber luego le daba; 
pero no basta a pagallo 
porque muy mucho sumaba. 
El rey de muy congojado 
con los suyos acordaba 
que libre le de el condado 
si el haber le perdonaba. 
El conde lo hubo por bien 
porque mucho le pesaba 
de besar mano a ninguno, 
y a Dios muchas gracias da- 
[ba 
por sacar de subjeción 
de León, a Castilla honrada. 

MUERTE DE LOS TRAIDORES 
VELAS 

Los hijos del conde Vela 
de traiciones han usado: 
mataron con gran aleve 
al primer rey castellano, 
don García había por nom- 
[bre, 
postrer conde muy lozano: 
matáronlo allí en León 
donde estuvo desposado 
con la infanta doña Sancha. 
Don Ramiro, qu'es su herma- 
Tno, 
de León había salido 
muy armado y a recado, 
y puso cerco a Monzón, 
que de Castilla es reinado. 
El alcaide que lo tiene, 
Fernán Gutiérrez llamado, 
dentro los ha recibido. 



ÉPOCA DE ALFONSO V DE LEÓN 



93 



h »u pesar, mal su agrado. 
Cuando supo la traición, 
mucho se les humillando, 
convidólos a comer; 
muy bien los había engaña- 

[do. 
Escribió luego secreto 
a ese buen rey don Sancho 
que viniese a socorrerlo 
que lo tenían cercado 
los hijos del conde Vela, 
esos traidores malvados. 
Luego el buen rey de Nava- 

[rra, 
con sus dos hijos hermanos, 
y mucha gente consigo, 
en Monzón los han cercado. 
Prendieron a todos tres, 
vivos los habían quemado. 
Hernán Flayno, ese traidor, 
se les había escapado: 
mudárase los vestidos, 
cabalgó sobre un caballo 
sin llevar silla ni freno, 
un capote cobijado, 
la capilla en la cabeza, 
en piernas iba el malvado. 
Entróse dentro en los mon- 



no se halla aunque es busca- 
[do. 
El rey bueno de Navarra, 
su hijo, había casado 
con la infanta doña Sancha, 
con la cual fué desposado 
el otro infante García, 
que a traición habían mata- 
[do, 
y la infanta doña Sancha 
a su suegro así ha hablado: 
— Buen rey, si no me ven- 
[gáis 
del traidor Fernán Flayno, 
que fué en matar al infante, 
que mucho a mí ha lastima- 
do. 
Don García vuestro hijo 
jamás me verá a su lado. — 
El rey don Sancho mandó 
que el monte sea cercado: 
prendido lo había en él 
al alevoso malvado. 
Trujáronlo do es la infanta, 
a ella lo han entregado, 
y fizo en él tal justicia 
que lo mató por su mano. 



ÉPOCA DE ALFONSO V DE LEÓN 



ALFONSO V CASA A SU HERMANA 
TEREA CON AUDALLA, REY MORO 
DE TOLEDO, QUIEN CASTIGADO DE 
UN ÁNGEL POR HABERLA GOZADO, 
LA DEVUELVE A SU HERMANO' 

En los reinos de León 
il quinto Alfonso reinaba: 



una hermana tiene el rey; 
doña Terea se llama. 
Audalla, rey de Toledo, 
por mujer se la demanda, 
y el rey con muy mal conse- 
[jo 
lo que le pide otorgaba. 
Movióse el rey a hacerlo 



94 



ROMANCE* Mi»lÜKJCÜ* 



porque el inoro le ayudaba 
contra otros reyes moros 
de quien él se recelaba. 
Mucho a la infanta le pesa 
en se ver tan denostada, 
de la casar con un moro, 
siendo la infanta cristiana. 
No aprovechan con el rey 
las lágrimas que lloraba, 
ni los ruegos que le ruegan 
para revocar la manda. 
El rey la envió a Toledo 
adonde Audalla estaba: 
recibióla bien el moro; 
en la ver mucho se holgaba. 
Procuró de haber su amor; 
quiere gozar de la infanta: 
ella con crecido enojo 
aquesta razón hablaba: 
— Yo te digo que no llegues 
a mí, porque soy cristiana, 
y tú, moro, de otra ley 
de la mía muy lejana. 
No quiero tu compañía, 
tu vista no me agradaba; 
si pones manos en mí, 
y de tí soy deshonrada, 
el ángel de Jesucristo, 



a quien él me ha dado en 
[guarda 
herirá ese tu cuerpo, 
con su muy tajante espada. — 
No se le dio nada al moro 
de lo que la infanta habla- 
[ba: 
cumplió en ella su querer, 
dueña el moro la tornaba. 
Dende a muy poco rato 
el ángel de Dios lo llaga: 
dióle grande enfermedad, 
sobre el moro cae gran pla- 
tea. 
Cuidó el rey ser d'ella muer- 

rto, 

y que de tal mal no escapa: 
llamó a sus ricos-hombres, 
con la infanta los enviaba 
a León, donde está Alfonso: 
gran presente le llevaban 
de oro y piedras preciosas, 
que en gran va^r estimaban. 
Llegados son a León, 
la infanta monja se entraba, 
do vivió sirviendo a Dios 
honesta vida, muy santa, 
en aquese monasterio, 
el que de las Huelgas llaman. 



ROMANCES DEL CID 



PRUEBA DIEGO LAINEZ A SUS HI- 
JOS PARA SABER A CUAL FIARA 
LA VENGANZA DE LA AFRENTA 
QUE LE HIZO EL CONDE LOZANO 

Cuidando Diego Lainez 
en la mengua de su casa, 
fidalga, rica y antigua 



antes que Iñigo Abarca; 
y viendo que le fallescen 
fuerzas para la venganza, 
porque por sus luengos días 
por sí no puede tomalla. 
no puede dormir de noche, 
nin gustar de las viandas, 
ni alzar del suelo los ojos, 



ROMANCES DEL CID 



9Í 



ni osar salir de su casa, 
nin fablar con sus amigos, 
antes les niega la fabla. 
temiendo que les ofenda 
el aliento de su infamia. 
Estando, pues, combatiendo 
con estas honrosas bascas, 
para usar d'esta experiencia, 
que no le salió contraria, 
mandó llamar a sus hijos, 
y sin dediles palabra 
les fué apretando uno a uno 
las fidalga.s tiernas palmas, 
no para mirar en ellas 
las quirománticas rayas. 
que este fechicero abuso 
no era nacido en España. 
Mas prestando el honor fuer-, 
[zas, 
a pesar del tiempo y canas, 
a la fría sangre y venas, 
nervios y arterias heladas, 
les apretó de manera 
que dijeron: — Señor, basta, 
¿qué intentas o qué preten- 
des? 
Suéltanos ya, que nos ma- 
[tas.— 
Mas cuando llegó a Rodrigo, 
casi muerta la esperanza 
del fruto que pretendía, 
que a do no piensan se halla, 
encarnizados los ojos, 
cual furiosa tigre hircana, 
con mucha furia y denuedo 
le dice aquestas palabras: 
— Soltedes, padre, en mal 
[hora ; 
soltedes. «n hora mili. 



que a no ser padre, no hi- 
[ciera 
satisfacción de palabras, 
antes con la mano mesma 
vos sacara las entrañas, 
faciendo lugar el dedo 
en vez de puñal o daga. — 
Llorando de gozo el viejo 
dijo: — Fijo de mi alma, 
tu enojo me desenoja, 
y tu indignación me agrada. 
Esos bríos ; mi Rodrigo, 
muéstralos en la demanda 
de mi honor, que está per- 
[di^lo, 
si en ti no se cobra y gana. — 
Contóle su agravio y dióío 
su bendición y la espada 
con que dio al conde ia 
[muerte 
y principio a sus fazañas. 

RETO DEL CID AL CONDE LOZANO 
Y MUERTE DE ESTE 

—Non es de sesudos ho- 
[mes 

ni de infanzones de pro 
facer denuesto a un fidalgo, 
que es tenudo más que vos; 
non los fuertes barraganes 
del vuestro ardid tan feroz 
prueban en homes ancianos 
el su juvenil furor; 
no son buenas fechorías 
que los homes de León 
fieran en el rostro a un viejo 
y no el pecho a un infan- 
zón. 
Cuidarais que era mi padr^ 



9ó 



ROMANCES HISTÓRICOS 



de Laín Calvo sucesor, 

y que no sufren los tuertos 

los que han de buenos bla- 

[són, 
mas ¿cómo vos atrevisteis 
a un home que sólo Dios, 
siendo yo su fijo, puede 
facer aquesto, otro non? 
La su noble faz nublasteis 
con nube de deshonor, 
mas yo desfaré la niebla, 
que es mi fuerza la del sol ; 
que la sangre dispercude 
mancha que finca en la ho- 

[hor, 
y ha de ser, si bien me lem- 

[bro, 
con sangre del malhechor; 
la vuesa, conde tirano. 
lo será, pues su fervor 
os movió a desaguisado 
privándovos de razón. 
Mano en mi padre pusisteis 
delante el rey con furor, 
cuida que lo denostasteis, 
y que soy su fijo yo. 
Mal fecho fecisteis, conde, 
yo vos reto de traidor, 
y catad si vos atiendo 
si me causaréis pavor. 
Diego Laínez me fizo 
bien cendrado en su crisol ; 
probaré en vos mi fiereza 
y en vuesa falsa intención. 
Non vos valdrá el ardimiento 
de mañero lidiador, 
pues para vos combatir 
traigo mi espada y trotón. — 
Aquesto al conde Lozano 
dijo el buen Cid Campeador. 



que después por sus fazañas 
este nombre mereció. 
Dióle la muerte, y vengóse, 
la cabeza le cortó, 
y con ella ante su padre 
contento se afinojó. 



CASAMIENTO DEL CIO 
JIMENA 

A Jimena y a Rodrigo 
prendió el rey palabra y 
[mano 
de juntarlos para en uno 
en presencia de Laín Calvo. 
Las enemistades viejas 
con amor las olvidaron, 
que donde preside amor 
se olvidan muchos agravios. 
El rey dio al Cid a Val- 
[ duerna, 
a Saldaña y Belforado, 
y a San Pedro de Cárdena, 
que en su hacienda vincula- 
[ron. 
Entróse a vestir de boda 
Rodrigo con sus hermanes; 
quitóse gala y arnés 
resplandeciente y grabado; 
púsose un medio botarga 
con unos vivos morados, 
calzas, balona tudesca 
de aquellos siglos dorados, 
eran de grana de polvo, 
y de vaca los zapatos, 
con dos hebillas por cintas 
que le apretaban los lado?; 
camisón redondo y justo, 
sin filetes ni recames, 
que entonces el almidón 



ROMANCES DEL CIÜ 



97 



era pan para muchachos; 
con jubón de raso negro, 
ancho de manga, estofado, 
que en tres o cuatro batallas 
su padre lo había sudado. 
Una acuchillada cuera 
se puso encima del raso, 
en remembranza y memoria 
de las muchas que había 
[dado. 
Una gorra de Contray, 
con una pluma de gallo; 
llevaba puesto un tudesco 
en felpa todo forrado; 
la tizona rabitiesa, 
del mundo terror y espanto, 
en tiros nuevos traía, 
que costaron cuatro cuartos. 
Más galán que Gerineldos 
baja el Cid famoso al patio, 
donde rey, obispo y grandes 
en pie estaban aguardando. 
Tras esto bajó Jimena 
tocada en toca de papos, 
y no con estas quimeras 
que agora llaman hurracos. 
De paño de Londres fino 
era el vestido bordado, 
unas garnachas muy justas 
con un chapín colorado, 
un collar de ocho patenas 
con un San Miguel colgado, 
que apreciaron una villa, 
solamente de las manos. 
Llegaron juntos los novios, 
y al dar la mano y abrazo, 
el Cid mirando la novia 
le dijo todo turbado: 
— Maté a tu padre, Jimena, 
pero no a desaguisado; 



mátele de hombre a hom- 
[bre 
para vengar cierto agravio. 
Maté hombre, y hombre doy. 
aquí estoy a tu mandado, 
y en lugar del muerto padre 
cobraste marido honrado. — 
A todos pareció bien, 
su discreción alabaron, 
y así se hicieron las bodas 
de Rodrigo el castellano. 

JIMENA SALE A MISA DE PARIDA. 
DESCRÍBESE SU CORTEJO 

Salió a misa de parida 
a San Isidro en León 
la noble Jimena Gómez, 
mujer del Cid Campeador. 
Para salir, de contray 
sus escuderos vistió; 
que el vestido del criado 
dice quién es el señor 
Un jubón de grana fina 
la bella dama sacó, 
con fajas de terciopelo 
picadas de dos en dos; 
de lo mismo una basquina 
con la mesma guarnición, 
donas que la diera el rey 
el día que se casó, 
y con los cabos de plata 
un muy rico ceñidor, 
que a la condesa su madre 
el conde en donas le dio. 
Lleva una cofia de papos 
de riquísimo valor, 
que le dio la infanta Urraca 
el día que se veló; 
dos patenas lleva al cuello 
4 



98 



ROMANCES HISTÓRICOS 



puestas con mucho primor, 
con San Lázaro y San Pe- 

[dro, 
santos de su devoción, 
y los cabellos que al oro 
disminuyen su color, 
a las espaldas echados, 
de todos hecho un cordón. 
Lleva un manto de contray, 
porque las dueñas de honor, 
mientras más cubren su ros- 

[tro, 
más descubren su opinión. 
Tan hermosa iba Jimena, 
que suspenso quedó el sol 
en medio de su carrera 
por podella ver mejor, 
y a la entrada de la iglesia 
al rey Fernando encontró, 
que para metella dentro 
de la mano la tomó. 
Dijo el rey: — Noble Jimena, 
pues el buen Cid Campea- 

[dor, 
vueso dichoso marido 
y mi vasallo el mejor, 
que por estar en las lides 
hoy de la iglesia faltó, 
a falta del brazo suyo, 
yo vuestro bracero soy; 
y a aquesa fermosa infanta 
que el cielo divino os dio, 
mando mil maravedís 
y mi plumaje el mejor. — 
Non le agradece Jimena 
al rey tanto su favor, 
que le ocupa la vergüenza, 
y a sus palabras la voz. 
Las manos quiso Jimena 
besarle, y él las huyó: 



acompáñala en la iglesia 
y a su casa la volvió. 



MUERE DON SANCHO SOBRE ZA- 
MORA A MANOS DEL TRAIDOR 
BELLIDO DOLFOS 

Guarte, guarte, rey don 
[Sancho, 
no digas que no te aviso 
que de dentro de Zamora 
un alevoso ha salido: 
llámase Bellido D'Olfos, 
hijo de Dolfos Bellido; 
cuatro traiciones ha fecho, 
y con ésta serán cinco. 
Si gran traidor fué el padre, 
mayor traidor es el fijo. 
Gritos dan en el real, 
que a don Sancho han mal 
[herido : 
muerto le ha Bellido D'Olfos, 
gran traición ha cometido. 
Desque le tuviera muerto, 
metióse por un postigo, 
por las calles de Zamora 
va dando voces y gritos: 
— Tiempo era, doña Urraca, 
de cumplir lo prometido. 



TOMA EL CID LA JURA AL REY 
ALFONSO Y ESTE, ENOJADO. DES- 
TIERRA AL CABALLERO 

En Santa Gadea de Burgos 
do juran los fijosdalgo, 
allí le toma la jura 
el Cid al rey castellano. 



ROMANCES DEL CID 



9^ 






Las juras eran tan fuertes, 
que a todos ponen espanto; 
sobre un cerrojo de hierro 
y una ballesta de palo: 
— Villanos mátente, Alfonso, 
villanos, que non fidalgos, 
de las Asturias de Oviedo, 
que no sean castellanos. 
Mátente con aguijadas, 
no con lanzas ni con dardos ; 
con cuchillos cachicuernos, 
no con puñales dorados; 
abarcas traigan calzadas, 
que non zapatos con lazos; 
capas traigan aguaderas, 
non de contray, ni frisado; 
con camisones de estopa, 
non de holanda, ni labrados ; 
vayan cabalgando en burras, 
non en muías ni caballos; 
frenos traigan de cordel, 
non de cueros fogueados; 
mátente por las aradas, 
non por villas ni poblados, 
y sáquente el corazón 
por el siniestro costado, 
si non dijeres verdad 
de lo que te es preguntado, 
si fuiste, ni consentiste 
en la muerte de tu herma- 

[no. — 
Jurado tiene el buen rey, 
que en tal caso no es ha- 
[llado ; 
pero con voz alterada 
dijo muy mal enojado: 
— Cid, hoy me tomas la jura, 
después besarme has la ma- 

[no. — 



Respondiérale Rodrigo : 
d'esta manera ha fablado: 
— Por besar mano de rey 
no me tengo por honrado; 
porque la besó mi padre 
me tengo por afrentado. 
— Vete de mis tierras, Cid, 
mal caballero probado, 
y no me estés más en ellas 
desde este día en un año. — 
— Pláceme, dijo el buen Cid, 
pláceme, dijo, de grado, 
por ser la primera cosa 
que mandas en tu reinado: 
tú me destierras por uno, 
yo me destierro por cua- 
dro— 
Ya se despide el buen Cid, 
sin al rey besar la mano, 
con trescientos caballeros, 
esforzados fijosdalgo ; 
todos son hombres mance- 
bos, 
ninguno hay viejo ni cano; 
todos llevan lanza en puño 
con el hierro acicalado, 
y llevan sendas adargas 
con borlas de colorado. 



COSAS TENEDES, EL CID... 

Hablando estaba en el 
[claustro 
de San Pedro de Cárdena 
el buen rey Alfonso al Cid, 
después de misa una fiesta. 
Trataban de las conquistas, 
de -las mal perdidas tierras 
por pecados de Rodrigo, 



100 



ROMANCES HISTÓRICOS 



que amor disculpa y conde- 
[na. 
Propuso el buen rey al Cid 
el ir a ganar a Cuenca; 
y Rodrigo mesurado 
le dice de esta manera: 
— Nuevo sois, el rey Alfonso, 
nuevo rey sois en la tierra: 
antes que a guerras vayades 
sosegad las vuestras tierras. 
Muchos daños han venido 
por los reyes que se ausen- 
tan, 
que apenas han calentado 
la corona en la cabeza, 
y vos no estáis muy seguro 
de la calumnia propuesta 
de la muerte de don Sancho 
sobre Zamora la Vieja: 
que aún hay sangre de Be- 
llido, 
maguer que en hidalgas ve- 
[nas, 
y el que hizo aquel venablo 
si le pagan hará treinta. — 
Bermudo, en lugar del rey. 
dice al Cid: — Si os aquejan 
el cansancio de las lides 
o el deseo de Jimena, 
idos a Vivar, Rodrigo, 
y dejadle al rey la empresa, 
que hombres tiene tan hidal- 
gos 
que no volverán sin ella. — 
— ¿Quién os mete — dijo el 
[Cid— 
en el consejo de guerra, 
fraile honrado, a vos ahora 
la vuestra cogulla puesta? 



Subid vos a la tribuna, 
y rogad a Dios que venzan, 
que no venciera Josué 
si Moisés no lo hiciera. 
Llevad vos la capa al coro, 
yo el pendón a las fronteras, 
y el rey sosiegue su casa 
antes que busque la ajena, 
que no me harán cobarde 
el amor, ni la mi queja, 
que más traigo siempre al 
[ladc 
a Tizona que a Jimena. — 
— Hombre soy — dijo Bermu- 
[do— 
que antes que entrara en la 
[regla 
si no vencí reyes moros, 
engendré quien los venciera. 
y ahora en vez de cogulla, 
cuando la ocasión se ofrezca, 
me calaré la celada 
v pondré al caballo espue- 
las.— 
— Para huir — dijo el Cid — , 
podrá ser, padre, que sea, 
que más de aceite que san- 
[gre 
manchado el hábito muestra. 
— Calledes — le dijo el rey — , 
en mala hora, que no en 
[buena, 
acordárevos debía 
de la jura y la ballesta: 
cosas tenedes, el Cid, 
que farán fablar las piedras, 
pues por cualquier niñería 
facéis campaña la Iglesia. 
Pasaba el conde de Oñate. 



ROMANCES DEL CID 



101 



que llevaba la su dueña, 
y el rey, por hacer mesura, 
acompañóla a la puerta. 



DESTIERRO DEL CID 

Grande saña cobró Al- 
[fonso 
contra el buen Cid caste- 
llano, 
porque le tomó la jura 
de la muerte de su her- 
[mano ; 
encubrió la su enemiga, 
aguardó a hacerse vengado. 
El rey moro de Toledo, 
que Alimaimón es llamado, 
del Cid se quejara al rey 
que en su reino se había en- 
erado, 
y hasta dentro de Toledo 
sus moros ha cautivado; 
siete mil son los cautivos, 
sin otro mucho ganado. 
Mucho al rey Alfonso pesa, 
contra el Cid estaba airado; 
mucho más que antes estaba, 
con el rey lo habían mez- 
clado 
por envidia que le tienen 
los grandes de su reinado. 
Escribióle el rey al Cid 
que salga de su reinado 
dentro de los nueve días, 
que más no le da de plazo. 
El buen Cid a sus parientes 
las cartas les ha mostrado: 
todos se quejan del rey 
de haberlo tal mal mirado 



desterrando un caballero, 
tan valiente y esforzado, 
que muy bien había servido 
a él, a su padre y su her- 

[mano. 
Ofrécense de ir con él 
a lo servir muy de grado, 
y que todos morirían 
con él juntos en el campo. 
El Cid les agradecía 
la palabra que le han dado, 
y otro día salió el Cid 
de Vivar, que era su estado, 
con toda su compañía 
con ánimos esforzados: 
volvióse a sus caballeros 
y esto les está f ablando: 
— Amigos, si a Dios plu- 

[guiese 
que a Castilla nos volvamos, 
dígovos que tornaremos 
todos muy ricos y honrados. 



EL CID, PARA PAGAR SU GENTE, 

SACA CON ASTUCIA DINERO 

A UNOS JUDÍOS 

Don Rodrigo de Vivar 
está con Doña Jimena 
de su destierro tratando, 
que sin culpa le destierran. 
El rey Alfonso lo manda, 
sus envidiosos se huelgan, 
llórale toda Castilla, 
porque huérfana la deja. 
Gran parte de sus haberes 
ha gastado el Cid en guerra, 
no halla para el camino 
dinero sobre su hacienda. 



102 



ROMANCES HISTÓRICOS 



A dos judíos convida, 
y sentados a su mesa 
con amigables caricias 
mil florines les pidiera. 
Díceles que por seguro 
dos cofres de plata tengan.. 
y que si dentro de un año 
no les paga, que la vendan, 
y cobren la logrería 
como concertado queda. 
Dióles dos cofres cerrados, 
entrambos llenos de arena, 
y confiados del Cid 
dos mil florines le prestan. 
— ¡Oh necesidad infame 
a cuántos honrados fuerzas 
a que por salir de ti 
hagan mil cosas mal hechas! 
¡Rey Alfonso, señor mío, 
a traidores das orejas, 
y a los fidalgos leales 
palacios y orejas cierras! 
Mañana saldré de Burgos 
a ganar en las fronteras 
algún pequeño castillo 
adonde mis gentes quepan; 
mas según son de orgullosos 
los que llevo en mi defensa, 
las cuatro partes del mundo 
tendrán por morada estre- 
cha. 
Estarán mis estandartes 
tremolando en las almenas; 
caballeros agraviados 
hallarán guarida en ellas ; 
y por conservar el nombre 
de tus reinos, que es mi tie- 
[rra, 
los lugares que ganare 
serán Castilla la Nueva. 



EL CID CONQUISTA DE LOS MORO* 

A ALCOCER, POR MEDIO DE UNA 

ESTRATAGEMA 

(De Gabriel Lobo Laso de 
la Vega.) 

Estando cumpliendo el Cid 
el destierro en que yacía, 
aquel a quien don Alfonso 
mandó salir de Castilla, 
por siniestras relaciones 
que envidiosos hecho habían 
contra el Cid, cosa ordinaria, 
su propicia suerte vista, 
porque siempre al semejante 
cuyas hazañas se estiman 
le hacen fieros contrarios 
del efecto d'ellas mismas, 
viendo que en él y no en 
[ellos 
con razón ponen la vista, 
y que escurece sus nombres 
el que ayer no le tenía, 
como si de sus principios 
no se tuviese noticia 
de que fueron adquiridos 
d'estas tres por una vía: 
o por privanza con reyes, 
o por letras, o milicia, 
y que al que hoy da su valor 
[nombre 
verle ensalzado se admiran, 
sin por qué, pues no es ven- 
taja 
la antigüedad de algún día, 
y deben de presumir 
que es de sangre ilustre y 
[limpia, 
porque la que no lo es 
nobles acciones no cría. 



ROMANCES DEL CID 



103 



El sugeto valeroso 
es paraje de la invidia, 
do hacen presa las lenguas 
por mil diferentes vías; 
que como ven que a la fama 
con sus hazañas obligan. 
y las inútiles suyas 
hacen el fin con sus vidas. 
procuran que las ajenas 
no se celebren y digan, 
que las ignoren los reyes, 
pretendiendo con malicia, 
queriendo tragarlo todo 
estas inmundas harpías: 
Digo, pues, que como el Cid 
con la paz no se entendía, 
y en los peligros mayores 
puesta llevase la mira, 
cercó a Alcocer, que de mo- 
[ros 
era una fuerza escogida, 
y la de más importancia 
en las partes fronterizas; 
pero no pudiendo entrarla 
con ásperas baterías, 
echó mano de la industria, 
que no es de menos estima 
que el vaolr y fortaleza 
ni de menor gloria digna, 
cosa loable en la guerra, 
codiciada y permitida. 
Hizo, pues, para cebarlos, 
que con su gente huía, 
y que levantaba el cerco 
por hambre, sed y fatigas, 
dejándose muchas tiendas 
con preseas varias, ricas, 
porque el codicioso moro 
salga, y el alcance siga, 
trayendo par a robarlas 



menos orden con más prisa, 
dejando la fuerza sola 
sin quien la entrada resista. 
Y fué así, que como viesen 
la repentina huida, 
desamparando el castillo 
en su seguimiento tiran; 
pero a pequeña distancia 
vuelve con suerte propicia 
el famoso de Vivar, 
que una gruesa lanza cim- 
[bra, 
y en el bravo sarraceno 
haciendo sangrienta riza, 
sin aventurar soldado 
entró la fuerza y la villa. 

CONSEJOS Y ENCARGOS DEL CID 

A SU ESPOSA, AL PARTIR PARA 

LA GUERRA 

Fablando estaba en celada 
el Cid con la su Jimena 
poco antes que se fuese 
a las lides de Valencia: 
— Bien sabéis, dice, señora, 
cómo las nuesas querencias 
en fe de su voluntad 
muy mal admiten ausencia; 
pero piérdese el derecho 
adonde interviene fuerza, 
que el servir al rey lo es 
quien noble sangre semeja. 
Faced en la mi mudanza 
como tan sesuda fembra, 
y en vos no sea vea ninguna 
pues venís de honrada cepa. 
Ocupad las cortas horas 
en catar vuesas faciendas; 
un punto no estéis ociosa, 



104 



ROMANCES HISTÓRICOS 



pues es lo mismo que muer- 
[ta. 
Guardad vuestros ricos pa- 
[ños 
para cuando yo dé vuelta, 
que la fembra sin marido 
debe andar con gran llaneza. 
Mirad por las vuesas fijas, 
celadlas; pero no entiendan 
que algún vicio presumís, 
porque faréis que lo entien- 
dan: 
no las apartéis un punto 
de junto a vuesa cabeza, 
que las fijas sin su madre 
muy cerca están de perderla. 
Sed grave con los criados, 
agradable con las dueñas, 
con los extraños sagaz, 
y con los propios severa. 
Non enseñéis las mis cartas 
a la más cercana dueña, 
porque no sepa el más sabio 
cómo paso yo las vuesas: 
mostraldas a vuesas fijas, 
si non tuvierdes prudencia 
para encubrir vuestro gozo, 
que suele ser propio en fem- 
[bras. 
Si vos consejaren bien 
faced lo que von consejan, 
y si mal vos consejaren 
faced lo que más convenga. 
Veinte y dos maravedís 
para cada día os quedan, 
tratadvos como quien sois, 
non enduréis la despensa. 
Si dineros vos faltaren 
faced como no se entienda, 
envíamelos a pedir, 



non empeñéis vuestras pren- 
[das: 
buscad sobre mi palabra, 
que bien fallaréis sobre ella 
quien a vuestra cuita corra, 
pues yo acudo a las ajenas: 
Con tanto, señora, adiós, 
que el ruido de armas re- 
[suena. — 
Y tras un estrecho abrazo, 
lijero subió en «Babieca». 

PREDICE UN MORO A LOS SUYOS 
LA PERDICIÓN DE VALENCIA 

Apretada está Valencia, 
puédese mal defensar, 
porque los almorávides 
no la quieren ayudar. 
Viendo aquesto un moro vie- 
[jo, 
que solía adivinar, 
subiérase a un alta torre 
para bien la contemplar. 
Cuanto más la mira hermosa, 
más le crece su pesar; 
sospirando con gran pena, 
aquesto fué a razonar: 
— ¡Oh Valencia! Oh Valen- 
cia, 
digna de siempre reinar. 
Si Dios de ti no se duele 
tu honra se va apocar, 
y con ella las holganzas 
que nos suelen deleitar: 
Las cuatro piedras caudales 
do fuiste el muro a sentar, 
para llorar, si pudiesen, 
se querrían ayuntar. 
Tus muros tan preminentes. 



ROMANCES DEL CID 



105 



que fuertes sobre ella están, 
de mucho ser combatidos 
todos los veo temblar: 
las torres que las tus gentes 
de lejos suelen mirar, 
que su alteza ilustre y clara 
los solía consolar, 
poco a poco se derriban 
sin podellas reparar; 
y las tus blancas almenas, 
que lucen como el cristal, 
su lealtad han perdido 
y todo su bel mirar: 
tu río tan caudaloso, 
tu río Guadalaviar, 
con las otras aguas tuyas 
de madre salido ha: 
tus arroyos cristalinos 
turbios ya siempre vendrán, 
tus fuentes y manantiales 
todos secados se han: 
tus verdes huertas viciosas 
a ninguno gozo dan, 
que la raíz de sus yerbas 
bestias roído las han: 
tus prados de cien mil flores 
olores de sí no dan, 
mustios andan y marchitos, 
sin color ni olor están: 
aquel honrado provecho 
de tu playa y de tu mar, 
en deshonra y daño torna, 
¡mal te puede aprovechar! 
Los montes, campos y tie- 
[rras 
que tú solías mandar, 
el humo de los sus fuegos 
tus ojos cegado han: 
Es tan grave tu dolencia 
y tanta tu enfermedad, 



que los hombres desesperan 
de salud poderte dar. 
¡Oh Valencia! Oh Valencia, 
Dios te quiera remediar, 
que muchas veces predije 
lo que agora veo llorar. 

GANADA VALENCIA, EL CID VA 

A DAR GRACIAS A DIOS EN SAN 

PEDRO DE CÁRDENA 

Victorioso vuelve el Cid 
a San Pedro de Cárdena 
de las guerras que ha tenido 
con los moros de Valencia. 
Las trompetas van sonando 
por dar aviso que llega, 
y entre todos se señalan 
los relinchos de «Babieca». 
El abad y monjes salen 
a recibirlo a la puerta, 
dando alabanzas a Dios 
y al Cid mil enhorabuenas. 
Apeóse del caballo, 
y antes de entrar en la igle- 
[sia 
tomó el pendón en sus ma- 
[nos, 
y dice de esta manera: 
— Salí de ti, templo santo, 
desterrado de mi tierra; 
mas ya vuelvo a visitarte 
acogido en las ajenas. 
Desterróme el rey Alfonso 
porque allá en Santa Gadea 
le tomé el su juramento 
con más rigor que él qui- 
siera. 
Las leyes eran del pueblo. 



106 



ROMANCES HISTÓRICOS 



que no excedí un punto 
[d'ellas. 
Pues como leal vasallo 
saqué a mi rey de sospecha. 
¡Oh envidiosos castellanos, 
cuan mal pagáis la defensa 
que tuvistes en mi espada 
ensanchando vuestra cerca! 
Veis aquí os traigo ganado 
otro reino y mil fronteras, 
que os quiero dar tierras 
[mías, 
aunque me echáis de las 
[vuestras. 
Pudiera dárselo a extraños; 
mas para cosas tan feas 
soy Rodrigo de Vivar, 
castellano a las derechas. 

GALANTEA BUCAR A URRACA, HI- 
JA DEL CID, QUE DESDE UNA AL- 
MENA LE ENTRETIENE MIENTRAS 
SU PADRE SE ARMA. BARRUNTA 
EL MORO SU VENIDA, HUYE Y SE 
EMBARCA 

Helo, helo por do viene, 
el moro por la calzada, 
caballero a la gineta 
encima una yegua baya; 
borceguíes marroquíes 
y espuela de oro calzada; 
una adarga ante los pechos, 
y en su mano una azagaya; 
mira y dice a esa Valencia: 
— ¡De mal fuego seas que- 
[mada! 
Primero fuiste de moros 
que de cristianos ganada. 
Si la lanza no me miente 



a moros serás tornada, 
y a aquel perro de aquel Cid 
prenderélo por la barba: 
su mujer Doña Jimena 
será de mí captivada, 
y su hija Urraca Hernández 
será la mi enamorada; 
después de yo harto d'ella 
la entregaré a mis compa- 

[ñas. — 
El buen Cid no está tan lejos 
que todo no lo escuchara. 
— Venid vos acá, mi fija, 
mi fija Doña Urraca; 
dejad las ropas continas, 
y vestid ropas de pascua, 
a aquel moro hi-de-perro 
detiénemelo en palabras, 
mientras yo ensillo a «Ba- 

[bieca», 
y me ciño la mi espada. — 
La doncella muy fermosa 
se paró a una ventana; 
el moro desque la vido 
d'esta suerte le fablara: 

— ¡Alá te guarde, señora, 
mi señora Doña Urraca! 

— ¡Así faga a vos, señor, 
buena sea vuestra llegada! 
Siete años ha, rey, siete, 
que soy vuestra enamorada. 
— Otros tantos ha, señora, 
que os tengo dentro de mi 

[alma. — 
Ellos estando en aquesto, 
el buen Cid ya se asomaba. 
— Adiós, adiós, mi señora, 
la mi linda enamorada, 
que del caballo «Babieca» 
yo bien oigo la patada.— 



I 



ROMANCES DEL CID 



107 



Do la yegua pone el pie 
«Babieca» pone la pata. 
El Cid fablara al caballo, 
bien oiréis lo que fablaba: 
— ¡Reventar debía la madre 
que a su hijo no esperaba! — 
Siete vueltas la rodea 
al derredor de una jara; 
la yegua, que era ligera, 
muy adelante pasaba 
fasta llegar cabe un río 
adonde una barca estaba. 
El moro desque la vido 
con ella bien se folgaba; 
grandes gritos da al barque- 
ro 
que le allegase la barca; 
el barquero es diligente 
túvosela aparejada ; 
embarcóse presto en ella, 
que no se detuvo nada. 
Estando el moro embarcado 
el buen Cid se llegó al agua, 
y por ver al moro en salvo 
de tristeza reventaba ; 
mas con la furia que tiene 
una lanza le arrojaba, 
y dijo: — ¡Coged, mi yerno, 
arrecogedme esa lanza, 
que quizá tiempo verná 
que os será bien demandada! 

HISTORIA DE LOS CONDES DE 

CARRION CON EL CID Y SUS 

HIJAS 

Rodrigo Díaz de Vivar, 
nombrado el Cid castellano, 
después que ganó Valencia 
como bueno guerreando, 



vivía a placer en ella 
siendo temido y honrado, 
teniendo en su ocmpañía 
su mujer, que tanto ha 
[amado, 
llamada Jimena Gómez, 
hija del conde Lozano, 
que don Gómez de Gormaz 
por todos era llamado, 
con sus dos hijas doncellas, 
hermosas en igual grado. 
Daba a Dios crecidas gracias, 
y al apóstol Santiago, 
porque lo ha favorecido, 
y tenido de su mano, 
en vencer tantas batallas, 
y en salir d'ellas tan salvo, 
ganando tanto a los moros 
cuanto ninguno ha ganado. 
Estas nuevas en Castilla 
mucho se han publicado. 
Los condes de Carrión 
ambos tienen acordado 
de pedirle al rey Alfonso, 
hijo del rey Don Fernando, 
qu'el rey hubiese por bien 
al Cid enviar mandado 
pidiéndole sus dos hijas 
para estos dos hermanos, 
que se casarán con ellas 
porque son de alto estado, 
de los buenos de la tierra, 
y aun de los más mejorados. 
Por bien ha tenido el rey 
de hacer lo suplicado: 
mensajeros hizo al Cid 
con quien envió su recado; 
rogábale que en Requena 
ambos se hayan juntado. 
El Cid, que vido las cartas, 



108 



ROMANCES HISTÓRICOS 



hase bien aparejado, 
y el día que mandó el rey 
a Requena había llegado. 
El rey, que vido al buen Cid, 
luego lo había abrazado; 
preguntó el rey a Rodrigo 
de las guerras en que ha an- 
idado; 
dióles d'ellas larga cuenta 
como su vasallo honrado. 
El rey le dijo: — Buen Cid, 
mucho por cierto he holgado 
de vuestras grandes victo- 
Crias 
y haberes que habéis ganado, 
y de veros que estáis viejo 
me hago maravillado. 
— Buen rey, respondiera el 
[Cid, 
los trabajos lo han causado 
que me han dado tantas gue- 
[rras, 
y las lides en que he andado, 
que un día no he yo tenido 
que pueda llamar descanso. 
Gané, buen rey, a Valencia, 
donde hobe muy gran algo; 
todo es vuestro, buen señor, 
todo está a vuestro man- 
[dado. 
— Dios os lo guarde, buen 
[Cid, 
pues tan bien fuera ganado. 
Muy bien me puedo alabar 
que los reyes que han pa- 
[sado 
no han tenido en los sus 
[tiempos 
tal vasallo y tan honrado, 
valiente por su persona. 



ni tan bien afortunado. 
Lo que agora os quiero, Cid. 
por mí vos será contado. 
Los condes de Carrión, 
ambos me han suplicado, 
que a Doña Sol y a Elvira 
se las entreguéis de grado 
para que casen con ellas, 
por ser hijas de hombre hon- 
[rado. 
No rehuséis. Cid, mi ruego, 
pues que veis que yo las caso ; 
que si mal casadas fueren, 
yo me terne por culpado. — 
El Cid respondió: — Señor, 
ellas son so el vuestro man- 
[do: 
d'ellas y de mí podréis 
hacer muy bien vuestro gra- 
[do. 
Vos. buen señor, las caséis 
como lo habéis razonado; 
yo d'ello soy muy contento, 
alegre soy y pagado. — 
Mucho el rey se lo agradece, 
y los condes han llegado; 
besan las manos al Cid 
por esto que ha otorgado. 
El rey se vuelve a Castilla, 
el Cid se tornó a su Estado 
a la muy noble Valencia, 
que a moros hobo ganado. 
Los condes llevó consigo, 
y al que los había criado, 
para celebrar las bodas 
qu'el buen rey ha concer- 
tado. 
Andando por sus jornadas 
a Valencia habían llegado, 
y Doña Jimena Gómez 




ROMANCES DEL CID 



109 



muy gran placer ha cobrado, 
y gran placer ambas hijas, 
con el buen Cid han tomado. 
Aquese buen Alvar Fáñez 
las doncellas ha entregado 
a los dos hermanos condes, 
como el rey se lo ha man- 
[dado. 
Dos Hierónimo, arzobispo, 
luego los ha desposado. 
Fechos ya los casamientos, 
fiestas se habían ordenado 
de justas y de torneos: 
los moros con los cristianos 
todos están con placer 
en muy sublimado grado. 
La fortuna, que es aviesa, 
no deja cosa en su estado: 
El Cid tiene un gran león,, 
muy grande es, y denodado, 
y estando el buen Cid dur- 
[miendo 
el león se había soltado 
por descuido de su guarda 
y no por serle mandado. 
El león con muy gran furia 
donde está el Cid había en- 
[trado, 
y donde estaban los condes 
ambos las tablas jugando: 
como vieron al león, 
a huir habían echado. 
Al ruido de las voces 
el buen Cid ha recordado; 
antes estaba durmiendo 
echado sobre su escaño. 
Visto por él el león 
una gran voz le había dado; 
el león lo conoció, 
donde estaba se ha tornado; 



los condes quedan corridos, 
y ambos muy afrentados 
creyendo qu'el Cid hubiese 
hecho lo que es ya contado, 
y con muy mal pensamiento 
del buen Cid han murmu- 
[rado. 
Hablan los dos en secreto; 
con su tío habían hablado, 
que se despidan del Cid 
para Castilla su estado, 
y que lleven sus mujeres 
con quien se habían despo- 
jado : 
y pues no pueden del padre 
de la afrenta ser vengados, 
se venguen en sus dos hijas, 
y quedarán bien pagados. 
Con aqueste mal acuerdo 
al buen Cid así han hablado : 
— Licencia nos dad, señor, 
que tenemos acordado 
de nos volver a Castilla 
a estar en nuestro condado, 
con ambas nuestras mujeres, 
nuestro padre lo ha man- 
[dado. — 
El Cid les dio la licencia, 
aunque se hubo recelado 
de que estos dos yernos su- 
[yos 
no hubiesen concertado 
de matarle sus dos hijas, 
u otro desaguisado, 
porque los tiene por hom- 
[bres 
no bien acondicionados; 
mas por cumplir lo que debe 
en ello no puso embargo, 
y con sus gentes guarnidos 



110 



ROMANCES HISTÓRICOS 



su camino han comenzado. 
Como el Cid tiene recelo 
aquesto había acordado: 
llamó a su sobrino Ordoño, 
y luego le había mandado 
que vaya, tras de sus hijas, 
cubierto, disimulado, 
y que vea muy bien visto 
lo que hubiese pasado, 
porque el corazón le dice 
el mal que le está guardado. 
Los condes con sus mujeres 
por su camino han andado; 
por los lugares do van 
eran muy bien hospedados, 
porque los señores d'ellos 
del buen Cid eran vasallos. 
Andando por sus jornadas 
a Tormes habían llegado 
y entre los robledos del 
las damas han apeado; 
de las muías en que van 
al suelo las han bajado. 
Mandan primero a su gente 
se hubiese adelantado. 
Por los cabellos las toman, 
habiéndolas desnudado 
arrastrándolas por el suelo, 
tráenlas de uno a otro lado, 
danles muchas espoladas, 
en sangre las han bañado; 
con palabras injuriosas 
mucho las han denostado. 
Los cobardes caballeros 
por muertas las han dejado, 
diciendo: — Hijas del Cid, 
en vos seremos vengados, 
que vosotras no sois tales 
para con ñusco casaros: 
pagaréisnos las deshonras 



que el Cid a nos hubo dado, 
cuando soltara el león 
y procuraba matarnos. — 
En medio de aquel robledo 
atadas habían quedado. 
Siguen ambos su camino, 
a sus gentes han llegado; 
las gentes a sus señores 
por ellas han preguntado: 
ambos condes respondieron 
que quedan a buen recaudo. 
Las señoras muy cuitadas 
muy gran llanto han comen- 

[zado, 
alaridos dan al cielo 
su desdicha lamentando, 
diciendo: — ¡Condes traido- 
res, 
cuan mal que lo habéis usado 
siendo nos hijas del Cid 
a quien habéis deshonrado! 
¡Tal es él que vengará 
la traición que habéis obra- 

[do! — 
El llanto que están haciendo 
don Ordoño lo ha escuchado, 
y a las voces que ambas dan 
donde están había llegado, 
y cuando vido a sus primas 
la cara se está arañando. 
Mesaba los sus cabellos, 
grandes voces está dando, 
a los condes alevosos 
a grandes gritos llamando, 
porque a las tales señoras 
se hace tal desaguisado, 
mayormente siendo hijas 
de un padre tan estimado: 
¡De tan grande alevosía 



ROMANCES DEL CID 



111 



él se hará muy bien venga- 
[do! 
Er. las ramas de los robles 
a las damas había echado, 
cubriólas con su vestido, 
allí las había dejado; 
a buscar va do las ponga 
para que estén a recado. 
Ventura le deparó 
casa de un labrador honrado, 
y muy servidor del Cid, 
que veces lo hubo hospedado- 
Ordoño y el labrador 
al robledo habían tornado, 
y donde dejó sus primas 
allí las había hallado, 
llévanlas a aquel lugar, 
que es secreto y apartado: 
allí son bien acogidas 
d'este labrador honrado, 
y de su mujer e hijos; 
todos hacían su mandado. 
Don Ordoño habló con ellas, 
d'esta suerte ha razonado: 
— Señoras, yo quiero ir 
a Valencia nuestro Estado 
a decir al vuestro padre 
esto que os ha pasado, 
y que vengue vuestra inju- 
[ria, 
pues que tanto le ha tocado. 
Ellas lo hubieron por bien; 
su viaje ha comenzado. 
Andando por sus jornadas 
a Valencia había llegado, 
y en presencia del buen Cid 
grande llanto ha comenzado : 
contóle lo acaecido 
sin palabra haber faltado. 
El buen Cid como discreto 



muy bien lo ha disimulado, 
que lo que espera venganza 
no conviene ser llorado. 
Su mujer Jimena Gómez 
es quien más pena ha mos- 
trado ; 
lloraba de los sus ojos, 
fuentes se le habían tornado. 
Mucho la consuela el Cid 
como discreto y honrado; 
con las cosas que le ha dicho 
mucho la ha consolado. 
Despachó sus mensajeros 
para ese rey castellano, 
al cual le hace saber 
aqueste hecho malvado. 
Pidióle que haya por bien 
que d'ello se haya vengado 
y para que haya efecto 
licencia le ha demandado 
para venir a Toledo, 
do el rey está aposentado. 
El rey que supo el negocio 
gran enojo había cobrado 
de los condes, y su tío, 
que los hubo aconsejado: 
la licencia que el Cid pide 
el rey se la había otorgado, 
y el Cid con sus caballeros 
a Toledo había llegado: 
fué del rey bien recibido 
cual merece tal criado. 
Propuso el Cid su razón 
como hombre sabio y honra- 
[do: 
— Bien sabéis, rey mi señor, 
que soy yo vuestro vasallo; 
crióme el rey vuestro padre, 
y don Sancho vuestro herma- 
[no. 



112 



ROMANCES HISTÓRICOS 



a ambos yo los serví 
como muy leal criado: 
muchos servicios les hice, 
y fui por vos desterrado. 
Por vuestro mando, señor, 
mis hijas hube casado 
con los condes de Carrión, 
do se cumplió vueso grado. 
Diles yo de mis haberes 
con que fueron muy honra- 
dos, 
diles Tizona y Colada, 
las espadas de mi lado: 
ellos sin causa ninguna 
muy mal me habían deshon- 
[rado: 
dejaron las mis dos hijas 
de fuera de lo poblado, 
y como a malas mujeres, 
no hijas de padre honrado. 
A vos, buen rey y señor, 
conviene me hagáis vengado. 
Vos fuiste quien las casastes, 
yo hice vuestro mandado, 
que no a mi sólo los condes, 
más a vos, han injuriado. 
Hacedme, buen rey, justicia, 
que a vos sólo es esto dado, 
que si por las armas fuera 
ya ellos fueran castigados. — 
El rey respondió : — Buen Cid 
vos lo habéis bien razonado, 
en lo pedir por justicia, 
sin haber muertes ni ban- 
[dos, 
qu'esta tanto se os hará 
como quedéis bien vengado. 
El Cid las manos al rey 
por la merced le ha besado, 
y para que se cumpla esto 



a Cortes había llamado, 
mandaron que en treinta 
[días 
todos se hubieran juntado. 
Dentro del tiempo que es di- 
[cho 
a Toledo son llegados 
los condes con sus parientes, 
que son muy emparentados. 
Estando allí todos juntos 
el buen Cid ha razonado: 
— Ante vos, buen rey Alfon- 
[so 
pido a los conde mi algo, 
pido a Tizona y Colada 
que yo les hube prestado, 
pues que no hay causa nin- 
[guna 
las tenga contra mi grado. — 
Los condes dicen tenerlo, 
y el rey ha determinado 
que todo se vuelva al Cid, 
pues es suyo, y bien ganado. 
Esto fué luego cumplido 
como el Cid lo ha demanda- 
do. 
y luego se puso en pie 
y ansí está razonando 
echando mano a su barba, 
con semblante denodado: 
— Condes, ante el rey pre- 
sente, 
y grandes de su reinado, 
vos repto por alevosos, 
pues que d'ello habéis usado 
en deshonrarme mis hijas, 
señoras de alto estado, 
sin tener causa ninguna 
de ansí las haber tratado 
como, condes, las tratastes 



ROMANCES DEL CID 



113 



en Tormes, ese collado: 
pero pagármelo heis, 
y el que os hubo consejado. — 
Los dos condes y su tío 
andan excusas buscando; 
pero no las hallan tales 
que se hagan disculpados. 
El rey oídas las partes 
aquesto ha determinado : 
«Que los condes y su tío 
con otros tres en el campo 
lidien como caballeros, 
que allí se verá el culpado.» 
Aquestos fueron Bermúdez. 
con sus dos primos herma- 
[nos. 
El Cid se volvió a Valencia 
siendo aquesto ya acordado, 
en el plazo que el rey puso 
aquellos han batallado: 
los condes quedan vencidos 
con su tío ya nombrado; 
confiesan ser alevosos, 
y por tales fueron dados. 
Quedaron tan abatidos, 
que hasta agora son repta- 
dos, 
y por esta alevosía 
el rey les quitó el Estado. 
Los caballeros del Cid 
a Valencia se han tornado; 
son del Cid bien recibidos 
como quien los ha criado: 
cuéntanle de la justicia 
que el rey Alfonso ha usado 
con los condes y su tío, 
y todo lo que es pasado. 
El Cid da infinitas gracias 
a Dios que lo habíe vengado ; 
agradeció mucho al rey 



lo que con él se ha usado. 
Estando el Cid muy temido, 
sus hijas le han demandado 
un infante de Navarra, 
y otro de Aragón, reinado, 
y del su ayuntamiento 
un hijo se ha procreado. 
D'este proceden linajes 
que hoy vienen más sublima- 
[dos; 
donde podemos notar 
el mal ser bien castigado, 
y a aquel que usa del bien 
por Dios es galardonado: 
lo mismo conteció al Cid 
en el caso que es contado. 



TESTAMENTO DEL CID 

— La que a nadie no per- 
[dona, 
a reyes ni a ricos-homes, 
a mí, fincado en Valencia, 
llegó a mi puerta y llamóme ; 
y fallándome dispuesto 
a su voluntad conforme, 
fago así mi testamento, 
y mi voluntad al postre. 
«Yo Rodrigo de Vivar, 
llamado por otro nombre 
el bravo Cid Campeador 
de las morismas naciones, 
el alma encomiendo a Dios 
que en su reino la coloque; 
y el cuerpo fecho de tierra 
mando que a su centro tor- 
[ne; 
y después que sea finado, 
con los untos de los botes 



11 



ROMANCES HISTÓRICOS 



que me endonó el rey de Per- 
[sia 
le unten, compongan y ado- 
[ben, 
y puesto sobre Babieca 
tras mi seña y mis pendones, 
lo enseñedes al rey Búcar 
y a todos sus valedores. 

Y mando que a mi Babieca 
lo sotierren y lo afoden. 
non coman canes caballo 
que carnes de canes rompe. 

Y para facerme obsequias 
se junten mis infanzones, 
los de mi pan y mi mesa 
los buenos conqueridores: 
y a la santa cofradía 

del rico Lázaro pobre, 
mando el prado de Vivar, 
ende aquende y su quiñones; 
item, mando que no alquilen 
plañideras que me lloren, 
bastan las de mi Jimena 
sin que otras lágrimas com- 
[pre. 

Y en San Pedro de Cárdena 
junto al santo Pescadore 
me fabriquen un fosal 

con su túmulo de bronce, 
ítem, mando que al judío, 
que engañé estando tan po- 
[bre, 
lo que pesare el de arena 
le den de plata otro cofre. 

Y a Gil Díaz tornadizo, 
que de moro a Dios volvióse, 
le mando mis femolarias, 
mis corazas y quijotes. 

El noble rey don Alfonso, 



y el buen obispo don Lope, 
y mi sobrino Alvar Fáñez 
sean mis cabezadores: 
y los demás de mi haber 
se reparta entre los pobres, 
que son entre el hombre y 
[Dios 
padrinos y valedores. 



MUERTE DEL CID 

(De Lorenzo de Sepúlveda ) 

La era de mil y ciento 
y treinta y dos que corría, 
a quince días de mayo 
doliente el buen Cid yacía 
en Valencia la nombrada, 
que de moros conquería. 
Su mujer está presente 
y privados que tenía; 
haciendo está testamento: 
lo primero que ansí decía: 
«En San Pedro de Cárdena 
mi cuerpo se enterraría: 
mando a cada hijodalgo 
que a mi servicio había 
quinientos maravedís; 
a otros, mil les daría; 
a doña Jimena Gómez 
cuantos bienes yo tenía; 
muy honradamente en ello 
es mi voluntad que viva; 
estará en el monesterio, 
de Cárdena se decía. 
Gil Díaz, que es mi privado, 
mando que la honre y sirva, 
cabezaleros que nombro, 
doña Jimena sería, 
y don Jerónimo, obispo, 



ROMANCES DEL CU) 



115 



Alvar Fáñez en compañía ; 
mi primo Pero Bermúdez 
gran cargo d'ello tenía.» 
Demandaba el Sacramento, 
ya se le acaba la vida; 
con crecida devoción 
el buen Cid lo recibía; 
llorando de los sus ojos 
muchas lágrimas vertía; 
acostárase en su cama, 
a Cristo llama por guía; 
dijo: — Tuyo es el poder, 
hijo de Virgen María, 
todos los reinos son tuyos, 
el mundo te obedecía, 
todo es a tu mandado, 
tu voluntad se cumplía, 
pídote yo por merced 
mi alma no sea perdida, 
y la pongas en la fin, 
que ninguna fin había. — 
Y diciendo estas palabras 
el noble varón moría; 
Dios la había recibido, 
que va limpia de mancilla. 

I.OS DEL CID, LLEVANDO SU 

CUERPO SOBRE BABIECA, VENCEN 

A KUCAR, QUE SITIABA A 

VALENCIA 

Mientra se apresta Jimena 
con alguno de los suyos 
para partir de Valencia 
con el silencio nocturno, 
y los nobles castellanos, 
más valerosos que muchos, 
con finjidas alegrías 
velan los soberbios muros; 
Alvar Fáñez de Minaya. 



don Ordoño, y don Bermu- 
do, 
para la batalla aprestan 
del Cid el cuerpo difunto. 
No le visten la loriga 
que él en las lides trujo, 
por cumplir lo que mandó 
en su postrimero punto. 
De pergamino pintado 
le ponen yelmo y escudo, 
y en medio de los tablones 
el embalsamado bulto, 
y de un cendal claro verde 
vestido un tabardo justo, 
al pecho su roja insignia, 
honor y asombro del mundo. 
Unas calzas de colores, 
guarnecidas de dibujo, 
en lienzo crudo pintadas, 
y ellas son de lienzo crudo. 
El derecho brazo alzado, 
al menos cuanto se pudo, 
en la mano su Tizona 
el limpio fierro desnudo. 
D'esta guisa le aprestaron, 
y cuando aprestado estuvo 
pavor les dio de miralle, 
¡Tal se muestra de sañudo! 
Trujeron pues a Babieca, 
y en mirándole se puso 
tan triste como si fuera 
más razonable que bruto. 
Atáronle a los arzones 
fuertemente por los muslos, 
y los pies a los estribos 
porque fuesen más seguros, 
y a la lumbre del lucero, 
que por verle se detuvo, 
con su capitán sin alma 
salieron al campo juntos, 



116 



ROMANCES HISTÓRICOS 



donde vencieron a Búcar 
sólo porque a Dios le plugo, 



y acabando la batalla, 
el sol acabó su curso 



ÉPOCA DE DONA URRACA, HIJA DE ALFONSO VI 



LEALTAD DE PEDRO ANZURES 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Muerto es el rey Alfonso, 
el que a Toledo ganara, 
y por ser el rey tan bueno 
su muerte fué muy llorada. 
Por ser querida de toda 
esa gente castellana, 
esa doña Urraca Alfonso 
los sus reinos heredaba. 
No ha el rey otro heredero; 
segunda vez la casara 
con ese rey de Aragón; 
mas juntos poco duraban, 
por ser parientes cercanos, 
y la Iglesia lo vedaba. 
El rey se vuelve a Aragón, 
en Castilla ella quedara. 
La reina pidió sus tierras, 
que del su padre heredara, 
a aquellos que las tenían 
y les fuera dado en guarda; 
y ellos luego se las dieran, 
y el homenaje quebraran 
que al rey de Aragón hicie- 
[ron 
cuando a ella se juntara. 
El conde don Pedro Anzu- 
[res 
quebrantara su palabra. 
Vistióse de paños buenos, 
paños nobles de escarlata, 
encima un caballo blanco, 



una soga a su garganta : 
con él muchos caballeros 
que iban en la su guarda. 
Se partió para Aragón, 
adonde el buen rey estaba, 
a quien hiciera homenaje 
por tierra que del tomara. 
Ante el rey había llegado 
y grandes de su mesnada, 
y díjole: — Rey Alfonso, 
aquí fué la mi llegada 
a ponerme en vuestra mano, 
como aquel que mal obraba. 
Póngome a vuestra mesura, 
pues yo quebré mi palabra: 
la tierra que vos me distes 
dila yo a doña Urraca, 
mi señora natural, 
a quien no podía negalla. 
Ahora entrego a vos mis ma- 
[nos. 
y mi boca os entregaba, 
y mi cuerpo, que os hicieron 
el homenaje y palabra. 
Vos bien me podéis matar, 
y en mí vengar vuestra sa- 
[ña. — 
Grande enojo tomó el rey 
de aquesto que le contaba: 
luego lo quiso matar; 
mas los suyos lo estorbaban. 
Dijeron al rey, que el condo 
no dañó su buena fama 
en haber dado a la reina 
las tierras que demandaba' 




ÉPOCA DE SANCHO III EL DESEADO 



117 



a su natural señora 
hiciera muy bien en darla, 
y con darle su persona 
el conde muy bien obraba. 



El rey loa mucho al conde, 
a Castilla lo enviaba; 
diérale de sus haberes 
con que contento quedara. 



ÉPOCA DE SANCHO III EL DESEADO 



DON PEDRO VELEZ, SORPRENDIDO 
EN LANCE DE AMORES CON LA 
PRIMA DE SANCHO III, ES CON- 
DENADO A PRISIÓN PERPETUA Y 
A SER LENTAMENTE MUERTO 

Alterada está Castilla 
por un caso desastrado, 
que el conde don Pero Vélez 
en palacio fué hallado 
con una prima carnal 
del rey Sancho el Deseado, 
las calzas a la rodilla 
y el jubón desabrochado: 
la infanta estaba en camisa 
echada sobre un estrado, 
casi medio destocada, 
con el rostro desmayado, 
de modo que estaba el rey 
suspenso y muy alterado. 
En fin, por darle castigo 
a muerte le ha condenado 
los grandes dice que cese 
el juicio acelerado; 



el caso pide castigo, 
no lo permite el Estado, 
porque era el conde en Cas- 
tilla 
gran señor y emparentado; 
de suerte que por el rey 
fué el juicio conmutado 
de darle perpetua cárcel, 
para lo cual fué llevado 
en el castillo de Ureña, 
adonde fuera entregado 
a Peranzules Osorio, 
Merino mayor llamado, 
y con gran solemnidad 
juramento le han tomado 
que no le muestre a persona 
sino al rey o a su mandado; 
no le den cosa ninguna 
donde pueda estar echado, 
y de cuatro en cuatro meses 
le sea un miembro quitado, 
hasta que con el dolor 
su vivir fuese acabado. 



118 



ROMANCES HISTÓRICOS 



ÉPOCA DF ALFONSO VIII EL NOBLE 



BATALLA DE ALARCOS PERDIDA 

POR ALFONSO VIII CONTRA EL 

MORO ABENYUZA, Y MUERTE DEL 

ADELANTADO DON ÑUÑO 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

De allende la mar, el rey 
Abenyuza se partía: 
para contra los cristianos, 
con gran pujanza venía. 
Muchos moros trae consigo 
de a caballo y peonía. 
Don Ñuño, el Adelantado 
en toda la Andalucía, 
por ese buen rey Alfonso 
que en Córdoba residía, 
salido le había al encuentro 
junto a Ecija, esa villa, 
y los moros de Abenyuza 
muchos son en demasía. 
Don Ñuño trae sus vasallos, 
los que con él residían, 
que por no perder la tierra 
trae poca caballería; 
no quiso aguardar las gentes 
d'esa buen rey de Castilla. 
Don Ñuño, como es discreto, 
excusar la lid quería, 
viendo su poder ser poco 
contra tanta morería; 
mas algunos caballeros 
que están en su compañía, 
dijeron que pues las haces 
están juntas, que se vían 
los pendones desplegados, 
les será gran cobardía 
no pelear con los moros; 



que era bien perder la vida. 
y que si no peleaban 
los moros ciertos serían 
que van huyendo y los de- 
[jan 
gran corazón cobrarían. 
A esta causa Don Ñuño, 
con él toda su valía, 
firieron recio en los moros; 
mas todos pierden la vida. 
Don Ñuño y sus caballeros 
muertos en el campo fincan, 
después de haber peleado 
con crecida valentía. 
Abenyuza llegó al campo 
do la lid hecho se había; 
halló a Don Ñuño muerto. 
y al rededor de él yacían 
muertos muchos caballeros, 
los que su guarda tenían. 
Mucho le pesó al rey moro: 
de Don Ñuño se dolía; 
quisiera tomarle vivo 
según su gran valentía. 
Cortárale la cabeza, 
a Granada al rey la envía: 
dijo que era la su parte 
de esta lid, que se vencía. 
Al rey le pesaba mucho, 
que a Don Ñuño bien quería. 

BATALLA DE LAS NAVAS 

El Octavo rey Alfonso 
con muy gran caballería 
batalla tiene aplazada 
que fué de gran nombradla, 




ÉPOCA DE FERNANDO III EL SANTO 



119 



con el Miramamolín 
que muy gran gente tenía. 
En las Navas de Tolosa 
comenzaron la porfía. 
Los cristianos se levantan 
un lunes antes del día. 
misa habían oído todos. 
Sacramento recibían. 
Armados están en campo 
cada cual en su cuadrilla. 
Una cruz muy colorada 
en el cielo parecía, 
hermosa, resplandeciente, 
¡Gran consuelo les ponía! 
Tiénenlo a buena señal, 
adorado la habían. 
Don Diego López de Haro 
a su padre le decía : 
— Dióos el rey la delantera, 
yo por merced os pedía 
como ansí padre y señor, 
peléis con valentía, 
y no me digan las gentes 
que de traidor decendía. 
Miémbreseos la prez y hon- 
ra, 
que en Alarcos se perdía; 
cobradlo os ruego por Dios, 
y por su Madre María : 



haréis a Dios gran emienda 
y él vos lo perdonaría 
el gran yerro en que caistes 
cuando tal lid se vencía. — 
Don Diego volvió sañudo 
de lo qu'el hijo decía. 
— Hijo te dirán de puta, 
que yo traidor no sería, 
que con la merced de Dios 
pelearé de tal guisa, 
que no haya causa ninguna 
de decir lo que decías; 
mas yo veré como tú 
hoy a mí me aguardarías 
en este lugar do estamos, 
pues engendrado te había. — 
Don Diego besó sus manos, 
muy gran perdón le pedía. 
Díjole: — Padre y señor, 
en esta lid que hoy se hacía 
seredes de mí aguardado 
cuanto padre no sería 
de ningún hijo que hubiese, 
como veréis este día. 
Entremos en la batalla, 
ya en ella verme quería, 
t ¡ Dios ayuda y Santiago, 
seguidme, que a ello iba! — » 



ÉPOCA DE FERNANDO III EL SANTO 



CONQUISTA DE CÓRDOBA POR EL 
REY DON FERNANDO III 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Mal contentos son los mo- 
[ros 
que en Córdoba residían, 
de Abenfué que era su rey, 



al cual muy mal lo querían. 
Caballeros hijosdalgo, 
fronteros de Andalucía, 
adalides y almograves, 
y cristianos que ende había, 
en Andújar se juntaban, 
contra Córdoba venían. 
Hicieron gran cabalgada, 



120 



ROMANCES HISTÓRICOS 



a muchos moros captivan; 
de los captivos supieron 
cómo está de mala guisa. 
No se vela ni se guarda, 
que deferencia tenían 
los moros con sus mayores, 
y a cristianos no temían: 
Los moros les prometieron 
que un muro les darían, 
y romper el arrabal 
que se nombra el Axarquía; 
y habidas estas dos cosas, 
cierta a Córdoba tenían. 
Ordenaron sus escalas 
y sus señales ponían 
para escalarles el muro, 
por cualquier manera o vía. 
Una noche muy oscura, 
que a todos quita la vista, 
muy asosegadamente, 
que nadie no los sentía, 
don Alvar Pérez de Castro, 
Pero Ruiz en compañía 
y con Martín Ruiz de Argote, 
con otra caballería, 
quedos llegaron al muro, 
mirando si los espían: 
unos a otros dijeron 
que cuidaban, o qué harían. 
Diego Martín Adalid, 
respondido les había: 
— Pues aquí somos llegados 
caballeros de valía, 
hagamos todos la cruz, 
nos la tomemos por guía, 
encomendémonos a Dios, 
cierto él nos ayudaría, 
y pugnemos de acabar 
esto que hacerse quería. 
Gran servicio era de Dios, 



el rey nos lo pagaría, 
echemos nuestras escalas, 
las que más nos armarían, 
y los más algarabiados 
suban por ellas arriba; 
lleven vestidos de moros 
que no los conocerían, 
tomen la primera torre, 
luego ayudados serían. — 
Buen consejo pareció 
aqueste que dado había: 
echado habían tres escalas, 
luego por ellas subían; 
uno es Alvaro Colodro, 
Benito Baños seguía, 
tras ellos otros cristianos, 
que saben algarabía; 
ganaron luego una torre: 
cuatro moros que ende ha- 
[bía, 
a todos los habían muerto 
que ninguno finca a vida. 
Llegaron luego a otra torre, 
los que la guardan derriban 
por cima de las almenas, 
muerte luego recibían; 
hasta la puerta de Martos, 
todo el muro conquerían. 
Los cristianos han ganado, 
antes que viniese el día, 
todo el muro con las torres, 
y también el Axarquía. 
Abrieron luego una puerta 
por la cual entrado había 
don Pedro Ruiz Tafur, 
con otra caballería. 
Los moros dejan sus casas, 
huyendo van a la villa; 
los cristianos van tras ellos, 
a muchos quitan la vida. 



ÉPOCA DE FERNANDO 111 EL SANTO 



121 



Gran pelea había con ellos, 
ningún reposo tenían; 
cuitados son los crisianos, 
ayuda les fallecía, 
despachan sus mensajeros, 
a ese buen rey de Castilla 
don Fernando, su señor, 
que en Benavente yacía, 
también a don Alvar Pérez 
que de Castro se decía, 
que estaba dentro de Martos, 
de allí tenía el alcaidía. 
Apellidara Alvar Pérez, 
los cristianos que podía; 
a Córdoba parten todos, 
a socorrer su cuadrilla, 
el rey recibió el mensaje, 
cuando ya comer quería; 
recibió mucho placer, 
muy gran placer y alegría ; 
no se quiso detener, 
para Córdoba partía ; 
tras del van los sus vasallos, 
que mandado se lo había. 
Seis caballeros llevaba, 
al cerco llegado habían; 
gran placer han los cristia- 
[nos, 
que lacerados vivían; 
que a no venir el buen rey, 
los que ganaron perdían. 
Tuvo a Córdoba cercada, 
hasta que la conquería 
el rey con sus ricos hombres, 
caballeros de valía, 
obispos y arzobispos, 
y los que al buen rey se- 
[guían, 
todos juntos de consuno, 
entraron en la Mezquita. 



y don Juan, obispo de Osma, 
templo de Dios la volvía; 
consagróla el buen obispo, 
llamóla Santa María; 
cantaron en ella oficios 
en gran placer bendecían 
a Dios, que fuera servido, 
que se ganase tal villa, 
tan noble como la más, 
que en las Españas había: 
Dióle el rey muy grandes 
[rentas, 
obispo en ella ponía. 

CERCO DE JEREZ, DONDE DIEGO 
PÉREZ DE VARGAS GANA EL APE- 
LLIDO DE MACHUCA 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Jerez, aquesa nombrada, 
cercada era de cristianos : 
cercóla el infante Alfonso, 
hijo de Fernando el Santo. 
Allí está don Alvar Pérez 
que de Vargas es llamado, 
y Diego Pérez de Vargas, 
y otros nobles hijosdalgo. 
La tierra toda la corren, 
a Palma habían ya ganado, 
captivaron muchos moros, 
de muertos cubren el campo. 
Abenyud, ese rey moro, 
muy gran dolor ha tomado: 
apercibiera su gente 
los de pie y los de caballo: 
tantos eran de los moros, 
que hay veinte para un cris- 
tiano. 
Trabaron sangrienta lid, 
muy recio se van matando. 



122 



KOMANCES HISTÓRICOS 



muy ferida es la batalla, 
los moros huyen del campo. 
Santiago, el buen apóstol, 
es el que los va matando: 
gran compaña trae consigo, 
las armas todas de blanco. 
Tras dellos va Diego Pérez, 
por fuerte se ha señalado; 
andando por la batalla 
la lanza se le ha quebrado; 
también se quebró su espada, 
no tiene armas en su mano. 
Llegado se había a un olivo, 
un grueso ramo ha quebrado 
hecho a manera de porra; 
a la lid había tornado. 
Matando iba en los moros 
mal los iba lastimando, 
al moro que una vez hiere, 



no es menester ser curado 
discurre por la batalla, 
hiriendo iba y matando: 
cuando lo vido Alvar Pérez, 
gran placer había tomado; 
agradábanle los golpes, 
que Diego Pérez va dando, 
díjole: — Diego, machuca, 
machuca como esforzado, 
no nos quede moro a vida, 
todos mueran a tu mano. 
Vencidos quedan los moros, 
vencidos y amedrantados, 
jamás alzaron cabeza, 
ni esfuerzo contra cristianos. 
Llamáronle a Diego Pérez, 
de Machuca el afamado; 
de aquel día en adelante, 
este renombre le han dado. 



ÉPOCA DE ALFONSO X EL SABIO 



ALFONSO X DICE A SU MERINO 
COMO HAN DE MANDAR LOS REYES 
PARA SER OBEDECIDOS Y AMADOS 

Al sabio rey don Alfonso 
por vello tan humildoso 
y afable con sus compañas 
su Merino así fablólo: 
— ¿Por qué, nobre señor nue- 
[so, 
siendo rey tan poderoso, 
a guisa de hombre llano 
vos endonáis todo a todos? — 
Conocida su caloña 
el sabio rey replicólo: 
— Atended, el mi Merino, 
non caloñéis de ese modo: 
porque todos se me endonen. 



amigo, a todos me endono; 
que la aspereza en el rey 
mezcla hornecinos e odios. 
Non lo quiera el Señor Dios 
que el que a muchos manda, 
[sólo 
con pocos se comunique 
dejando a muchos quejosos. 
Amor del buen infanzón 
al señor tiene en reposo, 
pues gravedad non conserva 
lo que faz trato gracioso. 
Tenudo es dar sojeción 
al rey su gentío acucioso, 
y el rey hará igual justicia 
con trato manso, honoroso. 
En las leyendas de Roma 
departía un Marco Porclo. 




ÉPOCA DE ALFONSO X EL SAtílO 



123 



*er aquel pueblo perpetuo, 
sin perder jamás su trono, 
do falla el rey obediencia 
por su talante amoroso; 
que del amor del caudillo 
nace el siervo fiel cuidoso. 

ALFONSO X Y LA DUQUESA DE 
LORENA 

Ante el noble rey Alfonso 
igual justicia demanda 
la gran duquesa llorando 
de su desdichas la causa, 
de su estado la fortuna 
temerosa y envidiada, 
y temiendo el daño inmenso 
aquestas razones habla. 
«¡Ay mujer desdichada, 
que temerosos hados te acom- 
[pañan ! » 
Víme en el excelso trono 
donde la nobleza para, 
ajena de propios daños, 
que ajenos daños lloraba; 
pero ya lloro los míos, 
y si entonces los lloraba, 
agora lloro de veras, 
que lloro burlas del alma. 
« ¡Ay mujer desdichada!» etc 
No es ausencia el mayor mal, 
que si estriba mi esperanza, 
suele durar tanto el bien 
cuanto el desengaño tarda: 
es que siendo yo quien soy, 
quiera el cielo y mi desgra- 
cia 
qu'en ajenas manos viva 
mi fortuna y mi desgracia. 
« ¡ Ay mujer desdichada!» etc 



Libre fui, cautiva vivo, 
tan señora, como esclava; 
vendióme mi propia sangre 
y compróme mi propia alma, 
esclava del alma soy, 
y en sujeción tan honrada, 
los hierros que me pusieron 
son yerros de una mudanza. 
«¡Ay mujer desdichada!» 
[etc. 
Sólo un bien hallo en mis 
[males, 
que me consuela y me mata, 
verme sujeta a mi gusto 
y antes viuda que casada. 
Al fin son lances forzosos 
los que del cielo se aguardan. 
y la prudencia es gran bien 
en las mayores desgracias. 
« ¡ Ay mujer desdichada ! » 
[etc. 
Yo sola soy la que lloro 
de tantos males la carga: 
duélete de mi, buen rey, 
que como mujer soy flaca. 
Si en dura prisión me afli- 
[ges 
hoy con lo que ayer me hon- 
rabas. 
¡Ayer casada y hoy viuda! 
¡Puede haber mayor desgra- 
cia! 
« ¡ Ay mujer desdichada ! » 
[etc. 
Dame, católico rey, 
mi marido, luz del alma, 
flor de la misma nobleza, 
firme columna de España; 
y si como juzgas cuerpos 
las bellas almas juzgaras, 



124 



ROMANCES HISTÓRICOS 



sabiendo de alma y de bien 
vieras que es bien mi alma. 
« ¡ Ay mujer desdichada, 
que inexorables daños te 
[acompañan!» 

HUYE ENRIQUE DE SU HERMANO 

ALFONSO X, Y EL REY DE TÚNEZ 

LE ACOGE, MAS DESPUÉS INTENTA 

MATARLE 

(De Lorenzo de Sepúlveda.j 

Gran querella tiene el rey 
ese rey Alfonso el Sabio, 
del infante don Enrique, 
que del buen rey era her- 
[mano. 
Hanlo mezclado con él, 
sin ser en nada culpado. 
Dijéronle que ha hecho liga 
con grandes de su reinado, 
que no era en su servicio. 
El rey luego había mandado 
que lo prendiese don Ñuño, 
que del rey es muy privado. 
Don Enrique está en Lebrija, 
que ha sabido lo pasado: 
al camino había salido, 
a don Ñuño su contrario. 
Cada uno trae sus gentes 
bien armadas a recado: 
viéronse unos a otros, 
lid ferida han comenzado. 
Don Ñuño con don Enrique, 
ambos se han encontrado: 
ferido estuvo en el rostro 
don Ñuño, y muy quebranta- 
do 
estuvo por se vencer 
con todos los sus llegados, 



si no llegara el socorro, 
que el buen rey le ha envia- 
[do; 
don Enrique con los suyos, 
dejado habían el campo. 
Tornados son a Lebrija, 
por ser muchos los contra- 
Crios: 
a Santa María del Puerto, 
esa noche son llegados; 
no osan allí aguardar 
que el lugar no era poblado. 
Entrado se ha en un navio, 
para Cádiz se ha embarcado : 
no osa aguardar al rey, 
que gran pavor le ha cobra- 

[do. 
De Cádiz partió a Valencia, 
luego a Aragón ha llegado; 
fuese para el rey don Jaime, 
que era suegro de su herma- 

[no. 
No lo quiso recebir. 
ni tener en su reinado, 
por no enojar a su yerno 
Alfonso, rey castellano. 
Proveyólo de navios, 
a Túnez había pasado. 
Acogiólo bien el rey 
sabiendo qu'es de alto esta- 
[do: 
diérale muchos haberes, 
con él viviera cuatro años. 
Muy bien sirve don Enrique 
al rey moro ya nombrado, 
en las guerras que ha tenido 
con los moros comarcanos, 
ganó mucha honra y prez, 
de todos es muy loado; 
en toda tierra de moros, 



ÉPOCA DE ALFONSO X EL SABIO 



es temido y muy preciado. 
Los moros con gran envidia, 
gran traición le han levanta- 
do; 
Dicen al rey que el infante 
es de todos muy amado, 
y que consigo trae gentes 
esforzadas, de cristianos, 
y que si el infante quiere 
su reino le había quitado; 
que lo despida le ruegan, 
por excusar tanto daño. 
Mucho le pesaba al rey, 
por esto que le han contado; 
no osa decirlo a Enrique, 
porque tiene averiguado 
que le alborote su reino, 
o se vaya a sus contrarios, 
de arte que el reino pierda. 
Acordado ha de matarlo, 
mas no lo osaba hacer, 
por temor de sus criados, 
que son fuertes caballeros, 
y en armas bien aprobados. 
El rey tiene dos leones, 
feroces, crecidos, bravos, 
metidos dentro en su casa 
en un lugar apartado. 
Consejáronle sus moros, 
que el rey muy disimulado 
llamase al buen don Enri- 
[que, 
y ambos se vayan hablando 
junto a do están los leones, 
y que allí lo haya dejado, 
diciendo que lo aguardarse, 
que luego habría tornado, 
y quedando Enrique sólo 



d'esto no se recelando, 
soltarían los leones, 
y fuera despedazado. 
Muy bien pareció al rey mo- 
[ro 
el consejo que le es dado: 
envió por el infante, 
luego vino a su llamado. 
Juntos entraban los dos 
al corral que es ya contado; 
fuera quedaban los suyos, 
no lleva ningún cristiano, 
que ansí lo mandaba el rey 
como fementido ingrato. 
Dejara al infante solo 
con la traición encelado ; 
los leones fueron suetlos, 
y el buen infante esforzado, 
arrancara de su espada, 
que siempre trae a su lado. 
Corrió contra los leones, 
mas ellos no han osado 
aguardar al buen infante, 
do salieron se han tornado, 
don Enrique salió fuera; 
los moros quieren matarlo, 
mas su rey no consintió, 
y de muerte lo ha librado. 
Para Roma se partió, 
a la guerra que han armado 
los romanos con los reyes, 
de Apulla, ese reinado, 
y también el de Calabria, 
y de Provenza el condado, 
do fincó en aquestas guerras, 
las armas ejercitando; 
hizo allí grandes hazañas 
y mucho se ha señalado. 



126 



ROMANCES HISTÓRICOS 



LIGASE ALFONSO X CON EL REY 
MORO ABENYUZA, PARA RECUPE- 
RAR EL REINO QUE SU HIJO RE- 
BELDE LE USURPABA 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

Aquese infante don San- 
[cho 
hizo lo que no debía, 
alzóse contra su padre 
que Alfonso el Sabio decían. 
Tomóle todas sus rentas, 
sus ciudades y sus villas, 
diciendo es pródigo el rey 
y que d'ello usado había 
por haber hecho moneda 
que buen valor no tenía, 
y quitado el vasallaje 
que a Castilla le debía 
ese rey de Portugal 
casado con la su hija, 
y que diera mucha plata 
que una reina le pedía 
para sacar de prisión 
a un marido que tenía. 
Muy triste está el rey Alfon- 
[so, 
muy gran pobreza tenía, 
y con desesperación 
su corona allende envía 
a Abenyuza ese rey moro, 
y emprestado le pedía. 
Dióle sesenta mil doblas, 
y el buen rey las recibía 
Estando un día Abenyuza 
con la su caballería 
mostrándoles la corona, 
dijérales d'esta guisa: 
— Voluntad grande me viene 
de ir, y hacerlo quería, 



a ayudar a ese buen rey 
que su mal hijo afligía; 
todo el reino le ha quitado 
sola le queda Sevilla. — 
Los suyos le respondieron 
que era bien lo que decía, 
por que haría mal a cristia- 
[nos 
y a su amigo ayudaría. 
Envió sus mensajeros 
a ese buen rey de Castilla 
ofreciendo de ayudarle 
con persona y morería. 
El rey se lo agradeció 
la promesa que le hacía 
pasó Abenyuza la mar 
con gran flota que traía, 
pasaba la mar con bien, 
descendiera en Algecira. 
Recibiólo el rey Alfonso 
con muy crecida alegría 
ambos sobre los asientos 
estaban en gran porfía. 
Abenyuza, ese rey moro, 
por hacer más cortesía, 
a los pies del rey Alfonso 
sentarse el moro quería, 
el buen rey no lo consiente, 
so que estén en igualía 
sentados en un estrado ; 
más el moro respondía; 
— No es razón, buen rey Al- 
[fonso, 
ni en la crianza cabía 
ser igual en los asientos 
yo con la tu señoría, 
porque a tí de luengo tiem- 
[po 
el reinado te venía: 



KPOCA DE SANCHO IV EL BRAVO 



127 



yo lo era desde hoy 
que Dios dado me lo había, 
don Alfonso dijo al moro, 
d'esta suerte respondía: 
— No da Dios honra ni reinos 
sino a quien lo merecía, 
y ansí te los dio a tí, rey, 
porque en ti muy" bien ca- 
[bía.— 
Ambos firman su amistad. 



y Abenyuza se partía. 
Combatió muchos lugares 
que al buen rey no obedecían 
ganara muchas batallas 
que ninguna se perdía. 
Alfonso cobró los reinos 
que don Sancho le impedía 
por el socorro que el moro 
con gran voluntad le hacía. 



ÉPOCA DE SANCHO IV EL BRAVO 



ALONSO PÉREZ DE GUZMAN EL 
BUENO 

(De Lucas Rodríguez.) 

Por los muros de Tarifa 
vi a don Alonso asomado 
que miraba en las barreras 
a don Pedro el hijo atado, 
que lo tenían los moros 
para querer degollarlo 
si no entregaba la villa 
do lo tenían cercado. 
Habíales d'esta manera 
como hombre apasionado: 
— Si queréis joyas de oro, 
yo os las daré de buen gra- 
[do; 
o si hay algún caballero 
que haga conmigo campo, 
uno a uno, o dos a dos 
tres a tres, o cuatro a cuatro, 
Entraréis luego en Tarifa 
en habiéndola ganado: 
que el buen alcaide no suele 
la villa qu'el rey le ha dado 
entregársela a los moros 
sin quedar despedazado: 



y aunque me matéis mi hijo 
no viviré deshonrado, 
antes con crecida honra 
la defenderé doblado. 
Si la gloria de mi hijo 
fué mayor que mi pecado, 
toma con qué le matéis, 
mi puñal, ensangrentadlo 
con esa sangre inocente 
que no cometió pecado. — 
Estas palabras diciendo 
del muro se había quitado. 
Dan voces en el real 
viendo al niño degollado. 
Vuelve, diciendo: — ¿Qué es 
[esto? 
Con el semblante alterado, 
creí que entraban los moros 
sobre caso no pensado. — ■ 
Asomóse a la muralla 
vido su hijo degollado, 
y vuelve alegre diciendo, 
el corazón sosegado: 
Envidia te tengo, hijo, 
de ver cuan presto has lle- 
gado 



128 



ROMANCES HISTÓRICOS 



a merecer tanta honra 
como tú hoy has ganado, 
por tu patria y por tu rey 
dejándome tan honrado. 



Todos te alebemos, hijo, 
no mereces ser llorado, 
pues que tan tierna niñez 
tan bien la has empleado. 



ÉPOCA DE FERNANDO IV EL EMPLAZADO 



MUERTE DE LOS CARVAJALES 

Válasme, nuestra Señora, 
cual dicen, de la Ribera, 
donde el buen rey don Fer- 
nando 
tuvo la su cuarentena. 
Desde el miércoles corvillo 
hasta el jueves de la Cena, 
que el rey no se hizo la barba 
ni peinó la su cabeza. 
Una silla era su cama, 
un canto por cabecera, 
los cuarenta pobres comen 
cada día a la su mesa. 
De lo que a los pobres sobra 
el rey hace la su cena, 
con vara de oro en su mano 
bien hace servir la mesa. 
Dícenle sus caballeros 
donde irá a tener la fiesta 
— A Jaén, dice, señores, 
con mi señora la reina. — 
Después que estuvo en Jaén 
y la fiesta hubo pasado, 
pártese para Alcaudete 
ese castillo nombrado: 
el pie tiene en el estribo, 
que aún no se había apeado, 
cuando le daban querella 
de dos hombres hijosdalgo, 
y la querella le daban 
dos hombres como villanos. 



Abarcas traen calzadas 
y aguijadas en las manos. 
— Justicia, justicia, rey. 
pues que somos tus vasallos 
de don Pedro Carvajal 
y don Alfonso su hermano, 
que nos corren nuestras tk 1 - 
[rras ; 
y nos rababan el campo, 
y nos fuerzan las mujeres 
a tuerto y desaguisada 
Comíannos la cebada 
sin después querer pagallo, 
hacen otras desvergüenzas 
que vergüenza era contallo. 
— Yo haré d'ello justicia, 
tornaos a vuestro ganado. — 
Manda pregonar el rey 
y por todo su reinado, 
que cualquier que los hallase 
le daría buen hallazgo. 
Hallólos el Almirante 
allá en Medina del Campo 
comprando muy ricas armas, 
jaeces para caballos. 
— Presos, presos, caballeros 
presos, presos, hijosdalgo. 
— No por vos, el Almirante, 
si de otro no traes mandado. 
— Estad presos, caballeros, 
que del rey traigo recaudo. 
— Plácenos, el Almirante. 



ÉPOCA DE PEDRO I DE CASTILLA 



129 



por cumplir el su mandato.— 
Por las sus jornadas ciertas 
en Jaén habían entrado. 
— Manténgate Dios, el rey, 
— Mal vengades, hijosdalgo. 
Mándales cortar los pies. 
Mándales cortar las manos, 
y mándalos despeñar 
de aquella peña de Martos. 
Allí hablara el uno d'ellos: 
el menor y más osado. 
— ¿Por qué lo haces, el rey? 
¿Por qué haces tal mandado? 
Querellámonos, el rey. 
para ante Dios soberano, 
que dentro de treinta días 



vais con nosotros a plazo; 
y ponemos por testigos 
a San Pedro y a San Pablo: 
por escribano ponemos 
al apóstol Santiago. — 
El rey no mirando en ello 
hizo cumplir su mandado 
por la falsa información 
que los villanos le han dado, 
y muertos los Carvajales, 
que le habían emplazado, 
antes de los treinta días 
él se hallara muy malo: 
y desque fueron cumplidos, 
en el postrer día del plazo 
fué muerto dentro en León 
do la sentencia hubo dado. 



ÉPOCA DE DON PEDRO I DE CASTILLA LLAMADO EL CRUEL 



MATA DON PEDRO A SU HERMANO 
DON FADRIQUE, Y PRENDE A DO- 
ÑA MARÍA, SU TÍA, PORQUE LLO- 
RABA LA MUERTE DEL MAESTRE 

— Yo me estaba allá en 
[Coimbra 
que yo me la hube ganado, 
cuando me vinieron cartas 
del rey don Pedro mi her- 
[mano 
que fuese a ver los torneos 
que en Sevilla se han arma- 
[do. 
Yo Maestre sin ventura, 
yo Maestre desdichado, 
tomara trece de muía, 
veinticinco de caballo, 
todos con cadena de oro 
y jubones de brocado: 
jornada de quince días 



en ocho la había andado. 
A la pasada de un río. 
pasándole por el vado, 
cayó mi muía conmigo, 
perdí mi puñal dorado, 
ahogáraseme un paje 
de los míos más privado, 
criado era en mi sala 
y de mí muy regalado. 
Con todas estas desdichas 
a Sevilla hube llegado; 
a la puerta Macarena 
encontréme un ordenado, 
ordenado de Evangelio, 
que misa no había cantado: 
— Manténgate Dios, Maestre, 
Maestre, bien seáis llegado, 
hoy te ha nacido un hijo, 
hoy cumples veinte y un 
[años 



130 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Si te pluguiese, Maestre, 
volvamos a baptizallo, 
que yo sería el padrino, 
tú, Maestre, el ahijado. — 
Allí hablará el Maestre, 
bien oiréis lo que hablado: 
— No rae lo mandéis, señor, 
Padre, no queráis mandallo, 
que voy a ver qué me quiere 
el rey don Pedro mi herma- 
[no. — 
Di de espuelas a mi muía 
en Sevilla me hube entrado; 
de que no vi tela puesta 
ni vi caballero armado, 
partíme para el alcázar 
del rey don Pedro mi her- 
[mano. 
En entrando por las puertas 
las puertas me habían cerra- 
Celo, 

quitáronme la mí espada, 
la que yo traía al lado, 
quitáronme mi compaña 
la que me había acompaña- 
[do. 
Los míos desque esto vieron 
de traición me han avisado, 
que me saliese por fuera 
que ellos me pondrían en 
[salvo. 
Yo como estaba sin culpa 
de nada hube curado, 
fuíme para el aposento 
del rey don Pedro mi her- 
[mano : 
— Manténgaos Dios, el buen 
[rey, 
v a todos de cabo a cabo. 



— En mal hora vengáis, Ma- 
estre, 
Maestre mal seáis llegado: 
nunca nos venís a ver 
sino una vez en el año, 
y esa que venís, Maestre, 
es por fuerza o por manda- 
do. 
Vuestra cabeza, Maestre, 
mandada está en aguinaldo. 
— ¿Por qué es aqueso, buen 
[rey? 
Nunca hice desaguisado, 
ni os dejé yo en la lid, 
ni con moros peleando. 
— Venid acá, mis porteros, 
hágase lo que he mandado, — 
Aun no lo hubo bien dicho, 
la cabeza le han cortado; 
a doña María de Padilla 
en un plato la han enviado, 
qu'asi hablaba con ella 
cual si viva hubiera estado. 
Las palabras que le dice 
d'esta suerte está hablando; 
— Así pagaréis, traidor, 
lo de antaño y lo de hogaño, 
y el mal consejo que diste 
al rey don Pedro tu herma- 
no.— 
Asióla por los cabellos, 
echósela a un alano; 
el alano es del Maestre, 
púsola sobre un estrado, 
y a los aullidos que daba 
atronó todo el palacio. 
Allí demandara el rey: 
— ¿Quién hace mal a ese ala- 
[no?— 
Allí respondieron todog 






ÉPOCA DE PEDRO 1 DE CASTILLA 



131 



a los cuales ha pesado: 

— Con la cabeza lo ha 

del Maestre vuestro herma- 

[no. — 
Allí hablara una su tía 
que tía era de entrambos: 
— ¡Cuan mal lo mirastes, rey! 
rey ¡qué mal lo habéis mira- 
[do! 
Por una mala mujer 
habéis muerto un tal herma- 

[no. — 
Aún no lo había bien dicho, 
cuando ya le había pesado. 
Fuese para doña María, 
d'esta suerte le ha hablado: 
— Prendedla, mis caballeros, 
ponédmela a buen recaudo. 
Yo la daré tal castigo 
que a todos sea sonado. — 
En cárceles muy oscuras 
allí la había aprisionado; 
él mismo le da a comer, 
él mismo con la su mano: 
no se la fía a ninguno 
sino a un paje que ha criado. 

LLORA DOÑA BLANCA EL RIGOR 
CON QUE LA TRATA SU ESPOSO 
EL REY DON PEDRO, ATRIBUYÉN- 
DOLO A HECHIZOS QUE LE DIO 
LA PADILLA 

Doña Blanca está en Sido- 

[nia 

contando su historia amar- 

[ga: 

a una dueña se la cuenta 

que en la prisión la acompa- 

[ña. 



— De Borbón, dice, soy hija; 
de Carlos, Delfín, cuñada, 
y el rey de la flor de lis 
pone en su escudo mis ar- 
[mas. 
De Francia vine a Castilla, 
¡Nunca dejara yo a Francia! 
Y al tiempo que la dejé 
el alma al cuerpo dejara. 
Pero si pueden desdichas 
venir a ser heredadas, 
según desgraciada soy, 
hija soy de la desgracia. 
Cáseme en Valladolid 
Con don Pedro, rey de Espa- 
[ña. 
el semblante tiene hermoso, 
los hechos de tigre hircana. 
Dióme el sí, no el corazón, 
¡Alevosa es su palabra! 
Rey que la palabra miente 
¿Qué mal habrá que no lo 
[haga? 
Posesión tomé en la mano, 
mas no la tomé en el alma, 
porque se la dio primero 
a otra más dichosa dama; 
a una tal doña María 
que de Padilla se llama, 
y deja su mesma esposa 
por una manceba falsa. 
Por consejo de los grandes 
le vi una vez en mi casa; 
ocho días estuvo en ella, 
cien mil ha que d'ella falta. 
Cáseme en un día aciago, 
martes fué por la mañana, 
y el miércoles enviudaron 
el tálamo y la esperanza. 
Dile una cinta a don Pedro 



132 



ROMANCES HISTÓRICOS 



de mil diamantes sembrada, 
pensando enlazar con ella 
lo que amor bastardo enlaza : 
húbola doña María, 
que cuanto pretende alcan- 

[za; 
entrególa a un hechicero 
de la hebrea sangre ingrata; 
hizo parecer culebras 
las que eran prendas del al- 

[ma. 
Y en este punto acabaron 
la fortuna y mi esperanza. 



A RUEGO DE LA PADILLA HACE 

EL REY DON PEDRO MATAR \ 

SU ESPOSA DOÑA BLANCA 

— Doña María Padilla, 
n'os mostréis tan triste vos, 
que si me casé dos veces 
hícelo por vuestra pro, 
y por hacer menosprecio 
a esa Blanca de Borbón, 
que a Medinasidonia envió 
a que me labre un pendón. 
Será el color de su sangre, 
de lágrimas la labor. 
Tal pendón, doña María. 
yo lo haré hacer para vos. — 
Llamó luego a Iñigo Ortiz, 
un excelente varón: 
díjole fuese a Medina 
a dar fin a tal labor 
Respondiera Iñigo Ortiz: 
— Aqueso no lo haré yo ; 
que quien mata a su señora 
face aleve a su señor. — 
El rey d'aquesto enojado 



a su cámara se entró, 
y a un ballestero de maza 
el rey su ordenanza dio. 
Aqueste Vino a la reina 
y hallóla en oración. 
Cuando vido al ballestero 
la su triste muerte vio. 
Aquel le dijo: — Señora, 
el rey acá me envió 
a que ordenéis vuestra alma 
con aquel que la crió, 
que vuestra hora es llegada, 
no puedo alargalla yo. 
— Amigo dijo la . reina, 
mi muerte os perdono yo: 
si el rey mi señor lo manda, 
hágase lo que ordenó. 
Confesión no se me niegue 
porque pida a Dios perdón. — 
Con lágrimas y gemidos 
al macero eterneció, 
y con voz flaca, temblando, 
esto a decir comenzó: 
— ¡Oh Francia, mi noble tie- 
rra! 
¡Oh mi sangre de Borbón! 
Hoy cumplo dezisiete años 
y en los deziocho voy: 
el rey no me ha conocido, 
con las vírgenes me voy. 
Castilla, di, ¿qué te hice? 
Yo no te hice traición. 
Las coronas que me diste 
de sangre y sospiros son; 
mas otra terne en el cielo, 
que será de más valor. — 
Y dichas estas palabras 
el macero la hirió: 
los sesos de su cabeza 
por la sala los sembró. 




ÉPOCA DE PEDRO 1 DE CASTILLA 



133 



LAMENTAN LOS LEALES CASTE- 
LLANOS LA MUERTE DE SU REY 
DON PEDRO, Y LOS TRAIDORES 
PARTIDARIOS DEL BASTARDO DON 
ENRIQUE LA CELEBRAN 

(Atribuido a D. Luis de 
Góngora.) 

A los pies de don Enrique 
yace muerto el rey don Pe- 
[dro, 
más que por su valentía, 
por voluntad de los cielos. 
Al envainar el puñal 
el pie le puso en el cuello, 
que aun allí no estaba segu- 
[ro 
de aquel invencible cuerpo. 
Riñeron los dos hermanos, 
y de tal suerte riñeron, 
que fuera Caín el vivo 
a no haberlo sido el muerto. 
Los ejércitos movidos 
a compasión y contento, 
mezclados unos con otros 
corren a ver el suceso: 
«Y los de Enrique 
cantan, repican y gritan: 
Viva Enrique; y los de Pe- 
[dro 
clamorean, doblan, lloran 
su rey muerto.» 
Unos dicen que fué justo, 
otros dicen que mal hecho, 
que el rey no es cruel h" 
[nace 
en tiempo que importa serlo. 
y que no es razón que el 
[vulgo 
con el rey entre a consejo. 



a ver si casos tan graves 
han sido bien o mal hechos; 
y que los yerros de amor 
son tan dorados y bellos, 
cuanto la hermosa Padilla 
ha quedado por ejemplo. 
Que nadie verá sus ojos 
que no tenga al rey por 
[cuerdo, 
mientras que como otro Ro- 
[drigo 
no puso fuego a su reino; 
«Y los de Enrique», etc. 
Los que con ánimos viles, 
o por lisonja o por miedo, 
siendo del bando vencido 
al vencedor siguen luego, 
valiente llaman a Enrique, 
ya Pedro tirano y ciego, 
porque amistad y justicia 
siempre mueren con el muer" 
[to. 
La tragedia del Maestre, 
la muerte del hijo tierno, 
la prisión de Doña Blanca, 
sirven de infame proceso. 
Algunos pocos leales 
dan voces, pidiendo al cielo 
justicia, pidiendo al rey, 
y mientras que dicen esto, 
«Los de Enrique», etc. 
Llora la hermosa Padilla 
el desdichado suceso 
como esclava del rey vivo, 
y como viuda del muerto. 
¡Ay, Pedro, que muerte in- 
[fame 
te han dado malos consejos, 
confianzas engañosas, 
y atrevidos pensamientos! 



134 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Salió corriendo a la tienda, 
y vio con triste silencio 
llevar cubierto a su esposo 
de sangre y de paños ne- 
[gros ; 
y que en otra parte a Enrique 
le dan con aplauso el cetro. 
Campanas tocan los unos, 
y los otros, instrumentos; 
«Y los de Enrique», etc. 
Cómo acrecienta el dolor 
la envidia del bien ajeno, 
y al ver a los enemigos 
con favorable succeso; 
así la triste señora 
llora y se deshace, viendo 
cubierto a Pedro de sangre, 
y Enrique de oro cubierto. 
Echó al cabello la mano, 
sin tener culpa el cabello, 
y mezclando perlas y oro, 
de oro y perlas cubrió el 
[cuello: 
Quiso decir, Pedro, a voces, 
villanos, vive en mi pecho, 
mas poco le aprovechó; 
y mientras lo está diciendo. 
«Los de Enrique», ei¿ 
Rasgó las tocas mostrando 
el blanco pecho encubierto, 
como si fuera cristal 
por donde se viera Pedro. 
No la vieron los contrarios, 
y viola invidioso el cielo, 
de ver en tan poca nieve 
un elemento de fuego: 
Desmayóse, ya vencida 
del poderoso tormento, 
cubriendo los bellos ojos 



muerte, amor, silencio y sue- 
[ño. 
Entre tanto el campo todo 
aquí y allí van corriendo, 
vencedores y vencidos, 
soldados y caballeros; 
«Y los de Enrique 
cantan, repiten, y gritan: 
«Viva Enrique»; y los de 
[Pedro 
clamorean, doblan, lloran 
su rey muerto.» 

RESUMEN DE LA HISTORIA DEL 
REY DON PEDRO EL CRUEL 

(De Lorenzo de Sepúlveda.J 

Fallecido es el buen rey, 
Don Alfonso era llamado, 
el onceno d'este nombre 
que antes del había reinado. 
Murió sobre Gibraltar 
que el rey tenía cercado: 
falleció de pestilencia, 
mucho a Castilla ha pesado, 
que era rey muy querido 
de sus reinos muy amado. 
Hobo los reinos su hijo, 
el Cruel Pedro llamado. 
Casóse con Doña Blanca 
y luego la había dejado. 
Fuese para Montalván, 
que allí es barraganado, 
con María de Padilla 
que lo tiene enhechizado. 
Fué enhechizado d'esta suer- 
te: 
La reina al rey había dado 
una cinta mucho rica 
de oro muy bien labrado, 






ÉPOCA DE PEDRO 1 DE CASTILLA 



135 



con perlas, piedras precio- 
Isas 
de valor muy estimado. 
Ceñíala el rey Don Pedro 
con placer, de muy buen 
[grado, 
porque se la dio la reina, 
que del era muy amado. 
Doña María de Padilla 
la cinta hobiera en su mano. 
Dióla en poder de un judío 
que era mágico y sabio; 
puso en ella tales cosas 
que al rey mucho han es- 
pantado, 
que en ciñéndola en su cuer- 
[po 
culebra le ha semejado. 
Cobró de ella gran pavor; 
qu'era aquello ha pregunta- 
do; 
los parientes de su amiga 
al rey habían engañado: 
dijéronle que la reina 
con ella quería matarlo; 
mucho la desama el rey, 
luego d'ella se ha apartado. 
Contra ella hizo proceso; 
a sus grandes ha pesado, 
mayormente a don Enrique 
y también a sus hermanos. 
Determinan todos juntos 
de poner la reina en salvo, 
porque estaba inocente 
de lo que le es levantado. 
El rey tiene enojo d'ello, 
luego los ha desterrado; 
mató muchos caballeros 
los más nobles y estimados. 
l'nn fuera el buen maestre 



de Calatrava llamado 
Garci Laso de la Vega 
caballero muy honrado; 
y en Córdoba, esa ciudad 
mató a veinte jurados, 
otros muchos caballeros, 
y a Don Fadrique, su her- 

[mano, 
a don Diego y a don Juan, 
niños, sus propios herma- 
nos, 
también los fizo matar 
sin ser en nada culpados; 
y al buen don Juan de Le- 

[desma 
y a don Pedro ha degollado, 
y a doña Leonor, su tía, 
que de Aragón ha el reinado. 

Y allá en Medina Sidonia 
a su mujer ha matado, 
esa reina doña Blanca, 
sin haber en nada errado. 
Quemara a doña Urraca, 
y también fuera asolado 
todo el linaje de Lara, 
tan antiguo y sublimado. 
Don Gutierre de Toledo 
fuera muerto, y desterrado 
don Basco, el arzobispo 

de Toledo, ese obispado. 
Degolló a don Alfonso, 
que coronel fué nombrado, 
que fuera ayo del rey, 
¡muy mal pago le había da- 
[do! 

Y a Perálbarez de Osorio 
también le quitó su estado; 
degollólo en Villa-nueva; 
también degolló a don San- 

[cho, 



136 



ROMANCES HISTÓRICOS 



y a don Tello y don Fadri- 
[que, 
sus hermanos son llamados. 
Doña Leonor de Guzmán 
también murió por su mano, 
y en presencia de su madre 
cuatro había descabezado, 
caballeros de valía 
de España muy estimados 
Pero Estevan el maestre 
de Calatrava maestrazgo; 
Ruy González Castañeda; 
Alonso Téllez honrado, 
y Martín Alonso Tello. 
Su madre, que lo ha mirado, 
turbada de tal crueldad 
como muerta había quedado. 



Espantada está muy triste, 
desconsolada pasando; 
murió desde poco tiempo, 
vivió siempre lamentando 
la crueldad que su hijo 
hizo como mal cristiano. 
Mas estando en Montiel 
lo ha muerto ese su her- 
[mano : 
Don Enrique se llamaba, 
y por rey se ha coronado. 
Fué España muy alegre, 
a Dics está alabando: 
los que él viviendo eran tris- 
[tes, 
con su muerte se han gozado. 



ÉPOCA DEL REY DON JUAN II, CON LOS ROMANCES DEL DUQUE 
DE ARJONA Y DE DON ALVARO DE LUNA 



PRISIÓN DEL DUQUE DE ARJONA 

.En Arjona estaba el du 
[que, 
y el bue rey en Gibraltar; 
envióle un mensajero 
que le viniese a hablar. 
Malaventurado el duque 
vino luego sin tardar; 
jornada de quince días 
en ocho la fuera a andar. 
Hallaba las mesas puestas 
y aparejado el yantar, 
y desque hubieron comido 
vanse a un jardín a holgar. 
Andándose paseando 
el rey comenzó de hablar: 
— De vos, el duque de Ar- 
[jona. 



grandes querellas me dan, 
que forzades las mujeres 
casadas y por casar; 
que les bebíades el vino, 
y les comíades el pan; 
que les tomáis la cebada.. 
sin se la querer pagar. 
— Quien os lo dijo, buen rey, 
no os dijera la verdad. 
— Llamaisme a mi camarero 
de mi cámara real, 
que me trajese unas cartas, 
que en mi barjoleta están. 
Védeslas aquí el duque, 
no me lo podéis negar. 
Preso, preso, caballeros, 
preso de aquí lo llevad: 
entregadlo al de Mendoza 
esc? mi alcalde real. 



ROMANCES SOBRE DON ALVARO DE LUNA 



137 



PRESENTIMIENTOS QUE ANUN- 

. CÍAN A DON ALVARO DE LUNA 

SU CAÍDA DE LA PRIVANZA 

DEL REY 

A don Alvaro de Luna, 
condestable de Castilla, 
el rey don Juan el segundo 
con mal semblante le mira. 
Dio vuelta la rueda varia, 
trocó en saña sus caricias, 
el favor en amenazas: 
privaba, mas ya no priva. 
Ejemplo dejó en la tierra 
porque el hombre mire arri- 
[ba: 
no hay seguridad humana 
sin contradicción divina. 
Una siesta, el condestable, 
que dormilla no podía, 
con su secretario a solas 
d'esta manera platica: 
— Hoy el rey no me ha ha- 
[blado, 
miróme de mala guisa, 
dejáronme venir solo 
las gentes que me seguían: 
Traidores me quieren mal 
y con el rey me malsinan; 
él es fácil, falsos ellos, 
vencéranlo si porfían. 
— Condestable, mi señor, 
el mar brama, el aire arrima 
tu nave a enemigas rocas, 
amaina porque no embista. 
Sigue, cual la sombra al 
[cuerpo, 
a la privanza la envidia; 
aprisa subiste al trono, 
¡guarda no bajes aprisa! 
La pompa humana tú sabes 



que engendra ambición mal- 
quista, 
pesadumbre, que en el aire 
está de un cabello asida. 
a los pies del rey te arroja, 
dile : — Señor, resucita 
este muerto a la tu gracia, 
pues fué tu gracia su vida. — 
Grande amor nunca se acaba 
sin dejar grandes reliquias, 
que disculpen del amado 
agravios y demasías. 
Tendrán tus amigos gloria, 
tus enemigos desdicha, 
tu verdad Vitorias claras, 
claras penas sus mentiras. 
La humildad todo lo vence 
con los reyes, las porfías 
son vaivenes peligrosos, 
dan miserable caída. — 
Esto dijo el secretario; 
triste el maestre suspira, 
diciendo que a Dios ensaña 
el hombre que en hombre 
[fía. 

UN PAJE DE DON ALVARO LE 

ACONSEJA QUE HUYA LAS IRAS 

DE SUS ENEMIGOS Y DEL REY, 

MAS EL DESDEÑA EL AVISO 

— Subid, señor Condesta- 
ble, 
en ese trotón aprisa, 
fugiréis del rey la saña 
que a daros la muerte incita. 
Ñon vos fiéis de fortuna, 
que cuido que horrible os mi- 
[ra, 
y es sin prudencia su rueda 



138 



KOMANCES HISTÓRICOS 



y os puede abatir de arriba. 
Inconstantes son los hom- 
[bres, 
sus palabras son fingidas, 
cautelosas sus mercedes 
y sus falagos mentiras. 
Volved los ojos, señor, 
a las pasadas ruinas, 
y furtad el cuerpo agora 
a la que vos viene encima. 
Tenedes espejos claros 
de mil pasadas desdichas; 
el tiempo vos da lugar, 
las señales vos avisan. 
De los privados lisonjas 
son afeitadas mentiras, 
y cuido que han de ser som- 

[bra, 
pues el rey su gracia os qui- 
[ta. 
A las pasadas mercedes 
non miréis, que ya declinan, 
y enredan un hombre bueno ; 
non vos fiéis más: fugildas, 
que a la corriente furiosa 
la saña del rey imita, 
con cuyo raudal veloz 
lo más alto se derriba. 
Pensad que habedes subido 
a extremo de la desdicha: 
la levantada privanza 
vos amenaza caída. 
La muerte viene con alas 
puestas las faldas en cinta: 
non hay plazo que non lle- 

[gue, 
ni deuda que non se pida. 
De envidia una escura nube 
vuestros reflejos eclipsa. 



y d'esos divinos rayos 
la luz de privanza quitan. 
Muchos grandes conocéis 
que vos tienen grande invi- 

[dia: 
el rey es fácil, vos solo, 
guardad non vos fagan mi- 

[nas; 
que en la casa de los reyes 
como la ambición domina, 
anda solapado el odio 
y causa grandes ruinas. 
La reina os quiere dar muer- 
[te 
el rey el segur afila; 
dalde lugar en que quiebre 
el tiempo sus graves iras. 
Non vos sujetéis a fierros 
de las cárceles esquivas, 
que enemigo aherrojado 
más a su contrario aviva. 
Non seáis en vuestras cosas 
la flor de la maravilla, 
que crece al salir el sol, 
y el mismo sol la marchita. 
Activad la aguda espuela, 
mirad non vos falten cin- 

[chas, 
que más que ruego de bue- 
[nos 
os importa la fúgida. 
Dad oído a mis razones, 
que el amor la lengua incita: 
dejad la corte y fugid, 
que esperar non acredita. — 
Esto dijo al gran Maestre 
un paje que le servía; 
non curó de él, y durmióse 
recostado en una silla. 



ROMANCES SOBRE DON ALVARO DE LUNA 



139 



PRISIÓN DE DON ALVARO. PIDE 

VER AL REY, SIN CONSEGUIRLO 

El rey se sale de mis a 
de Santa María la Blanca; 
don Alvaro el condestable 
con otros lo acompañaba. 
Díjole el rey en llegando, 
con enojo estas palabras: 
— Partios de aquí, Condesta- 
ble, 
que por vos me desacatan: 
por creer vuestros consejos 
mal me quieren en España; 
si por ende hacedes otro 
haríades en ello saña. — 
Ya se parte el Condestable, 
ya se vuelve a su posada, 
amenazando a los grandes 
que al rey tan mal informa- 
[ran. 
En la noche a la su cena 
Diego Goter recio entrara ; 
díjole : — Catad, señor, 
que por todo Burgos anda 
como habedes de ser preso 
el miércoles, que es mañana : 
cabalga en la mi muía 
que yo vos sacaré en ancas 
a la puerta de San Juan 
cubierto con la mi capa. — 
El Maestre se turbó, 
díjole que bien hablara; 
pidió una copa de vino 
con unas peras asadas : 
como las hubo comido 
adormido se quedara. 
Díjole Diego Goter 
saliese, que se tardaba: 
dijérale. anda, vete, 



que voto a tal que no es na- 
[da. 
A la mañana otro día 
Cartagena se levanta : 
vio venir don Alvar Zúñiga 
con doscientos hombres d'ar- 
[mas 
fué a despertar al Maestre; 
el Maestre luego s'arma. 
Díjole: — Tu padre avisa 
que por él cercan la casa: 
Castilla, viene diciendo, 
libertad el rey demanda. — 
El Maestre al gran ruido 
asomóse a una ventana. 
Dijo: —¡Hermosa gente es 
[esta! 
Mas luego dentro s'entrara. 
que le tiró un ballestero, 
y por muy poco le errara. 
El combate fué tan recio 
que no hay cosa que le val- 
[ga. 
Acordó darse a prisión, 
así como el rey lo manda. 
El rey pasaba a comer, 
iba allí el obispo de Avila; 
viole asomar el Maestre, 
y como le vio así l'habla; 
el dedo puesto en la frente 
dijera con voz muy alta: 
— Para esta, don Obispillo, 
que la paguéis bien dobhv 
El obispo respondiera [da. — 
con miedo al velle con saña : 
— Por las órdenes que tengo, 
señor, yo no os culpo en na- 
[da, 
ni os tengo más cargo d'esto 



140 



ROMANCES HISTÓRICOS 



que os tiene el rey de Gra- 
[nada. — 
Envió el Maestre al rey 
le escuchase una palabra: 
el rey envió a decir 
se acuerde le aconsejara 
que a hombre que prendiese 
nunca le muestre la cara. 

SENTENCIA A SU PESAR EL. REY 
A MUERTE A DON ALVARO DE LU- 
NA, Y ESTE OYE SU SENTENCIA 

En el tribunal supremo, 
un lunes triste y amargo, 
está don Juan el Segundo 
justicia representando. 
Doce jueces de su reino, 
de su consejo de Estado, 
hacen relación del hecho 
con un proceso de agravios; 
y después de haber leído 
lo de pro y lo de contrario, 
a don Alvaro sentencian 
a un funesto cadahalso; 
y pidiendo el rey la pluma 
dice : — ¡ Ay tiempo contra- 
Crio, 
cuántas veces te tomé 
para darte honrosos cargos, 
y ahora por sólo uno, 
que sabe el cielo si es falso, 
buen Condestable, te quito 
honra, vida, ser y estado! — 
Fué a firmar, cayó la pluma ; 
y en el YO paró la mano, 
y no pudo EL REY poner, 
porque estaba el rey lloran- 
do; 
y limpiándose los ojos 



le dijo a su secretario: 
—Extiéndase mi poder, 
mas que a ser un rey, huma- 

[no. 
¿Mas cómo, si humano soy, 
hoy el cielo he sentenciado 
a que le quiten la luna? 
¡Cruel sentencia y duro fa- 
[11o! 
¡Mas ay, que entre ella y el 

[sol 
se ha puesto un negro nu- 
[blado, 
que los vapores de envidia 
no pueden romper sus. ra- 
[yos! — 
Firmó la sentencia el rey, 
y dejando sus estrados 
en su real retrete llora 
a su amigo y fiel vasallo. 
Después de esto el fiel-Maes- 

[tre 
de aquel gran pastor Santia- 

[go, 
en lugar de la venera 
y del precioso lagarto, 
se echó luego las cadenas, 
para andar sólo dos pasos 
que hay de la cama a la cruz, 
consuelo de sus naufragios. 
Sintió que abrían las puertas 
que cierran cuatro candados, 
y dice: — Hoy, Luna, feneces, 
pues entra el sol en tu cuar- 

[to. 
En esta obscura prisión 
tus rayos me han alumbrado, 
y pues ya sobre el sol miras 
sin duda es el postrer cuar- 

[to. 



ROMANCES SOBRE DON ALVARO DE LUNA 



141 



Hoy, Luna, importa que des 
al mundo mayores rayos, 
pues siempre la luz más lu- 
[ce 
cuando alumbra por mila- 

[gros. 
Cuando era nuevo en favores 
creció mi curso tan alto, 
que dijeron: «Nunca llena» 
los envidiosos: «abajo.» — 
Los que en la privanza sois 
estrellas del cielo cuarto, 
¡Mirad, que en mi tiempo 

[tuve 
señal del mal fin amargo! — 
Con esto aplicó la oreja 
a la voz del secretario, 
y oyó la injusta sentencia, 
sin apelación ni embargo. 

EL REY FIRMA VACILANTE LA 

SENTENCIA DE MUERTE CONTRA 

DON ALVARO 

El segundo rey don Juan 
turbado toma la pluma 
para firmar la sentencia 
de don Alvaro de Luna, 
y viendo que siete letras 
son en deshacer su hechura 
que con mercedes tan altas 
tan igual hizo las suyas, 
la real mano le tiembla, 
la veloz lengua le turba; 
que el amor que está en iá 
[pecho 
mal los hombres disimulan. 
— ¡Ay!, dice, ¿cómo es posi- 
[ble 
el cielo permita y sufra 



que quien tantas firmas hizo 
sólo las deshaga en una? 
¡ Ay don Alvaro mezquino ! 
¡Grande fué tu desventura, 
pues aunque te amó un rey 
todo su reino te culpa! 
Bien te librara del reino 
que en perseguirte se auna ; 
mas sois, don Alvaro, solo, 
y sus envidias son muchas. 
Sobre la mar de mi gracia 
te alzaste cual blanca espu- 
[ma, 
que lo que tarda en hacerse, 
eso solamente dura. 
Confiastes en el tiempo 
que a los confiados burla, 
que es, con los males, de 
[plomo, 
y con los bienes de pluma. 
Esta sentencia que firmo, 
hoy contra mí se ejecuta; 
que si eres hechura mía, 
hoy se deshace mi hechu- 
[ra. — 
Firmó poniendo la D, 
viola, y dijo: — Letra dura, 
borrarte quiero...; mas no, 
que el horror tristeza anun- 
[cia. — 
Puso la O y la N. 
y como vio parte junta, 
dijo: — No es don, y sí lo es, 
es desdicha y no ventura. — 
Acabó poniendo el JUAN, 
y luego arroja la pluma, 
diciendo: — Quiebro esta fle- 
[cha 
que me ha muerto con Ja 
[punta. — 



142 



ROMANCES HISTÓRICOS 



No pudo hablar más palabra, 
que la garganta le añudan 
las lágrimas que pretenden 
salir de su pecho juntas. 
Echó el proceso en el suelo, 
y en su retrete se oculta, 
y el secretario con eso 
parte a la prisión oscura. 

descríbese el aparato y con- 
curso QUE HUBO EN EL SUPLI- 
CIO DE DON ALVARO DE LUNA 

(De D. Francisco de Que- 
vedo.) 

«Hagan bien para hacer 

[bien 
por el alma d'este hombre.» 
Al son de las campanillas 
van diciendo en altas Voces: 
— Den para enterrar el cuer- 
[po 
del rico ayer, y hoy tan po- 

[bre, 
que si no le dan mortaja, 
no la tiene, ni hay de dónde. 
Mueva a compasión su muér- 
ete; 
socorrelde, pretensores, 
pues que tanto dio y dar 

pudo 
a tantos de los que le oyen. 
El que daba dignidades, 
haciendo duques y condes, 
grandes, marqueses, prela- 

[dos, 
maestres, comendadores; 
el que con la voluntad 
pudo hacer y hizo hombros. 



como delincuente muere: 
«Dalde limosna, señores.» 
Ayer el mundo mandó; 
hoy de un bochín sucio y 
[torpe 
se sujeta al proceder, 
y humilde a sus pies se pone. 
Por estas calles que hoy pasa 
entre confusos pregones, 
le vimos acompañado 
del mismo rey y su corte, 
y ¡dichoso el que alcanzaba 
su lado, o ponerse adonde 
con su vista le alcanzase, 
ya que no con sus razones! 
Hoy a este mismo acompa- 
san 
mil populares montones 
de gente ociosa, perdida, 
vagamundos, malhechores. 
El que pudo lo que quiso 
con los dados por tutores, 
como delincuente hoy muere. 
«Dalde limosna, señores.» 
¡Oh mundo vano, caduco, 
cómo pagas a quien pone 
sus esperanzas en ti! 
¡Y cuan pocos te conocen! — 
Esto un cofrade decía 
de la caridad a voces, 
cuando por la Costanilla 
un tropel de gente rompe. 
La guardia del rey don Juan 
se divide en escuadrones, 
para que de su justicia 
la ejecución no se estorbe: 
Gran cantidad de alguaciles, 
dos alcaldes de su corte, 
tres capitanes con gente 



ROMANCES SOBRE DON ALVARO DE LUNA 



143 



por las calles y cantones: 
«Plaza, aparte, aparte», cla- 

[man 
diciendo los muñidores: 
«Hagan bien para hacer bien 
por el alma d'este hombre.» 
En medio viene el de Luna 
rompiendo los corazones, 
en una muía enlutada, 
capuz hasta los talones, 
una caperuza negra, 
agravado con prisiones, 
a los lados uno y otro 
un par de predicadores. 
Todos se conmueven de él, 
ni hay quien de vello no 

[llore, 
y al preguntar por qué muc- 
[re 
todos los hombros encogen: 
Los pregoneros lo dicen, 
unos a otros lo responden. 
Llegaron a un cadahalso, 
encima del cual le ponen, 
teatro de su tragedia, 
donde lo que dicen oye: 
«Hagan bien para hacer bien 
por el alma d'este pobre.» 

MUERTE DE DON ALVARO DE LUNA 

Con triste y grave semblan - 
oyendo está la sentencia [te 
el condestable de Luna, 
sin género de flaqueza. 
No le ha turbado el temor 
de la muerte, ni el afrenta 
del acusado delito; 
antes dice con paciencia : 



— Justo pago ha dado el cielo 
a mi privanza soberbia, 
que de servicios humildes 
favores de un rey la engen- 
dra, 
pues como hiedra en sus bra- 
cos 
creció, y en fin como hiedra 
en faltándole su sombra 
no hay cosa que no la ofen- 
Nadie procure privar [da. 
con los reyes, porque sepan 
que quien más con reyes pri- 
[va 
tiene la muerte más cerca; 
que la privanza en el suelo 
es una insaciable fiera, 
tósigo que sin sentirse 
se derrama por las venas: 
es blanco donde la envidia 
todos sus tiros asesta; 
terrero de las malicias, 
fortaleza sin defensa. 
Púsome a mí la fortuna 
en la cumbre de su rueda ; 
mas como es rueda, rodó 
hasta bajarme a la tierra. 
¡Ah segundo rey Don Juan 
y qué contento muriera, 
si por servirte este día 
me quitaras la cabeza! 
Más siento perder la fama 
que me quita tu grandeza, 
que el castigo que me das, 
puesto que lo mereciera. 
No me espantará la muerte, 
pues no es morir cosa nueva. 
Mas morir en tu desgracia, 
más que el morir me ator- 
[menta. 



144 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Si jamás en dicho o hecho 
ofendí tu real grandeza, 
no me perdone mis culpas 
Dios, a quien voy a dar cuen- 
[ta; 
si no es que el hado infelice, 
mi clima y fatal estrella 
quiso, porque el cielo quiso, 
que con voz de traidor muera. 
Luna fui que allá en tu cielo 
tanto crecí, que pudiera 
cual otro Faetón al mundo 
abrasar, si traidor fuera; 
pero mientras no vencieron 
las invidiosas tinieblas 
de tu sol las confianzas 
en la fe de mi nobleza, 
mi luna dio tanta luz 
con la tuya acá en la tierra. 
que de invidia se turbaron 
en tu cielo mis estrellas, 
do hicieron tales efectos 
en el sol de tu grandeza, 
que hacen menguar a mi luna 
antes que se viese llena. 
Erró la ventura el tiro, 
desenfrenaron las lenguas 
los émulos, y acertaron 
en dalles tu grata audiencia , 
y como todo es finito 
el bien que nos da la tierra, 
en tierra me vuelvo yo 
con esta inmortal afrenta. 
Crezcan contentos agora 
los que mi menguante espe- 
[ran; 
mas miren que acaba el mío 
cuando a llenarse comien- 
Quiso pasar adelante, [zan. — 



mas no pudo, porque entran 
el de Zúñiga y seis frailes, 
que ya ha rato que le espe- 
jaran. 
Acompañóle gran gente, 
como amiga de novelas, 
hasta que en el cadahalso 
vio el verdugo que le espera. 
Abrazóse a un crucifijo 
vertiendo lágrimas tiernas; 
que un pecho que está sin 
[culpa 
con facilidad las echa. 
V r ueltos los ojos al cielo 
y las rodillas en tierra, 
dijo: — Dulce Señor mío, 
mi alma se os encomienda. — 
Cortó el astuto verdugo 
de los hombros la cabeza, 
que por el aire decía: 
— Credo, credo, esfuerza, es- 
fuerza... 

ENTIERRO DE DON ALVARO 

Dividida de los hombros 
aquella cabeza hidalga 
donde la muerte interpuso 
contra la vida su espada; 
oscuros sus rayos bellos 
de aquella luna muy clara 
que el que su creciente vido 
jamás creyó que menguara; 
derribada por el suelo 
la torre de la privanza 
que cargó los fundamentos 
sobre humanas esperanzas ; 
el gran Condestable puesto 




ROMANCES SOBRE DON ALVARO DE LUNA 



45 



en una pequeña caja 
a vista de varios ojos 
como joya de importancia, 
en la mano del verdugo 
por sus cabellos colgada, 
par a que sirva de ejemplo 
en medio de la gran plaza 
el que a todos dio favores 
puesto en tierra, tierra aguar- 
a verle viene la gente: [da 
admíranse, piensan., callan ; 
que el verle d'esta manera 
es lengua que en todos habla. 
Algunos le dan limosna 
para hacer bien por su alma : 
el vulgo estaba espantado, 
viendo una cosa que espan- 
ta; 
pues lo que le sobró en vida 
agora en muerte le falta. 
No hay vasallo ni escudero, 
ni gentil-hombre, ni guarda, 
que solamente desdichas 
le rodean y acompañan, 
porque es peste la miseria, 
que aun a los padres espan- 
[ta; 
son los amigos cual sombra 
que el próspero sol aguarda, 
y deshace y aniquila 
la noche de la desgracia. 
En hombros de palanquines 
las andas y el cuerpo cargan, 
que por ser cuerpo de pobre 



es carga horrible y pesada. 
A San Benito lo llevan 
donde la tierra le aguarda, 
que como madre de todos 
tiene para todos gracia. 
Dichos todos los oficios 
con humilde voz y baja, 
que las exequias del pobre 
muy iVcas veces se cantan; 
plantante al fin en la tierra, 
que fué del hombre plantada, 
a do tienen de dar fruto 
sus obras buenas o malas. 
Sobre el humilde sepulcro 
le ponen piedra pesada, 
que como hombre aborreci- 
do 
tienen miedo que se salga. 
Con letras grandes y negras 
el duro mármol entallan, 
que dicen: «Fué hombre, y 
[estas 
son de hombres las privan- 
izas.» 
Y fué menester ser piedra 
la que dijo estas palabras; 
que para sufrir y hablar 
necesario es que se hagan 
piedras los bronces, que así 
dirán todo lo que pasa. 
Miré el hombre que confía, 
al fin, que todo se acaba, 
y que solamente Dios, 
al que le sirve, honra y paga. 



146 



ROMANCES HISTÓRICOS 



ÉPOCA DE DON ENRIQUE IV EL IMPOTENTE 



CASASE LA INFANTA ISABEL DE 

CASTILLA CON FERNANDO V DE 

ARAGÓN 

En corte del rey Enrique 
muy grandes fiestas se hacen, 
que las damas son hermosas 
y avisados los galanes: 
d'ellos muestran sus cuída- 
telos 
en las fiestas de reales; 
d'ellos en motes y en letras, 
d'ellos en otras señales, 
d'ellas les dan disfavores, 
d'ellas favores muy grandes, 
d'ellas les piden cabezas 
de los morillos de Tánger. 
No tiene el reino heredero, 
mas poquito se les da, 
pues tienen a la princesa, 
qu'es doña Isabel la Grande: 
tráenle muchos casamientos, 
mas tres son los principales : 
el gran duque de Milán, 
y ese rey Guercho de Nápo- 
[les, 
y el príncipe de Aragón, 
sin otros muchos muy gran- 
[des. 
La princesa, que es discreta, 
quiso vellos si eran tales: 
ha mandado a un gran pintor 
que los pinte naturales, 
y los tome descuidados, 
por ver la vida que hacen. 
El pintor, que sabio era, 



con tal recaudo se parte. 
Al cabo de sus jornadas 
llega al reino de Ñapóles, 
adonde hallara al rey 
en jardines con joglares, 
entre dueñas y doncellas, 
burlando con albardanes. 
Pintáralo así el pintor, 
y para Milán se parte. 
El duque había comido; 
hallóle que se retrae 
con un privado abrazado 
que mucha fiesta le hace. 
Dende allí torna a España, 
y en Fraga halló al infante, 
al infante don Fernando, 
acompañado de grandes, 
armado de todas armas, 
que comenzaba a justar. 
El pintor lo sacó al vivo, 
y con los retratos va. 
Halos dado a la princesa, 
cada cual muy natural. 
Como al de Ñapóles vido 
con los truhanes burlar, 
dijo arrojándolo lejos: 
— Vicioso rey no me place. 
Pues el duque de Milán 
menos qu'el me satisface, 
qu'el príncipe deshonesto 
muy poquito precio vale. — 
Descogiendo al de Aragón, 
en viéndolo, dijo: — Baste, 
este quiero por marido, 
que bien inclinado sale. — 




ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS 



147 



ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS DON FERNANDO Y DOÑA ISABEL 



UN LOCO HIERE EN BARCELONA 
AL REY CATÓLICO DON FERNAN- 
DO V 

Estando el rey don Fer- 
ese tan esclarecido, [nando, 
en Barcelona la grande, 
en gran ditado subido, 
amado de sus vasallos, 
de sus contrarios temido, 
querido de los extraños 
y de Dios favorecido 
holgándose en su palacio, 
un caso le ha sucedido; 
y fué que bajando del, 
ya después de haber comido, 
en el último escalón, 
bravamente fué herido 
de revés, por el pescuezo, 
sin poder ser defendido; 
que a no llevar su cadena, 
quedaba muerto e tendido. 
El rey, muy maravillado, 
mirando al hombre atrevido, 
dijo de muy piadoso, 
valeroso y entendido: 
— ¡Tate! ¡tate! no le maten, 
porque el caso sea sabido, 
y que vista la presente, 
en prisión sea metido. 
No lo digan a la reina, 
que mucho lo habrá senti- 
Castellanos, catalanes, [do. — 
malamente se han asido: 
los castellanos decían: 
— Catalanes lo han urdido. — 
Los catalanes responden 



que d'ellos había salido. 
El rey, en ver la revuelta, 
en un caballo ha subido 
con el duque de Cardona, 
apaciguando el ruido. 
El hombre que hizo el caso, 
de locura convencido, 
era Juan de Cañamares, 
hombre tonto y sin sentido, 
plebeyo y de baja suerte, 
y en Cataluña nacido, 
que pensó si al rey mataba 
que por rey sería tenido; 
porque de una noble dama 
de amores estaba herido, 
y de casarse con ella 
se lo había requerido; 
baronesa de la Roca 
tenía por apellido, 
a la cual dijo: — Señora, 
¿si por rey fuese elegido, 
no me tomárades vos 
por esposo y por marido? — 
Ella, burlándose d'el, 
d'esta suerte ha respondido: 
— Por ser reina, podrá ser, 
aunque eres loco perdido. — 
Con esta imaginación 
hizo el caso referido. 
La ciudad dice que muera; 
el rey nunca ha consentido, 
viendo que por necedad 
el caso había cometido: 
pero por honra del pueblo, 
que muriese ha consentido; 
sacáronlo a justiciar, 
do pagó bien lo debido. 



148 



ROMANCES HISTÓRICOS 



LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN 

Estrecha cuenta le toman 
por parte del rey de España 
al gran capitán famoso, 
grande llamado por fama, 
sobre un bufete cubierto 
de muchos libros de caja, 
dos secretarios, más diestros 
en el papel que en las armas, 
delante de sus capitanes, 
con quien sujetó la Italia, 
dolientes aun todavía 
de las heridas no sanas. 
Cuidado le da una pluma 
a quien no se le da Francia, 
ni las montañas de gentes 
puestas delante su espada. 
Sacó un papel viejo y roto 
por descuidado en las calzas, 
y alargándolo a la mesa, 
así les advierte y habla: 
— La del alma es de temer, 
que la cuenta del que vive, 
buena o mala se recibe, 
cual la mía habrá de ser. 

Gran dinero he recibido; 
pero téngolo gastado 
en el reino conquistado, 
con que a mi rey he servido. 

Busquen debajo de tierra 

mis tesoros encubiertos, 

quizá los tendrán los muer- 

[tos 

que aún blasfeman de la gue- 

[rra. 

Porque el que más trabajó 
con el posible que pudo, 



le sepultamos desnudo 
por paga que no alcanzó; 

O vayan a mi posada, 
hallarán racimos de oro 
del granjeado tesoro 
en la tierra conquistada; 

Que aún tienen de mí que- 
rella, 
porque, siendo necesario, 
antes que la del contrario, 
permití a saco ponella; 

Y de mi estado se entienda 
en cuánto estoy empeñado, 
porque ellas-, rey heredado, 
se restituya mi hacienda. 

Y así digo que al alcance 
se acabe de averiguar, 
porque tengo de cobrar 
cuando en un real sólo alcan- 

[ce; 

Porque atendiendo a que 
con el alma trabajé,. [yo 
ni al rey lo perdonaré, 
ni al padre que me engendró 

Salió el rey a esta ocasión, 
porque oyendo lo que pasa. 
y que el papel que presenta 
en más que un reino le al- 
[canza, 
puso a las cuentas silencio, 
y estrechamente le abraza, 
mandándole que se cubra 
para principio de paga; 
que es propio de la virtud 
el querer verse apretada, 
y como el oro en crisol 
quiere lucir con ventaja. 




ÉPOCA DE CARLOS I DE ESPAÑA 



ÉPOCA DE CARLOS I DE ESPAÑA 



149 



LA BATALLA DE PAVÍA Y LA 
PRISIÓN DEL REY FRANCIS- 
CO I DE FRANCIA 

Pensativo el rey francés 
da señales de indignado 
de ver que el campo de Espa- 
[ña 
hasta Marsella ha calado, 
y para vengarse d'esto, 
muy gran hueste ha congre- 
Camina para Pavía, [gado. 
allí su campo ha parado, 
ordena sus escuadrones, 
en dos partes se ha alojado: 
asaltos le da crueles, 
señálase el más osado. 
Dentro está Antonio de 
[Leiva 
capitán muy esforzado; 
resistiendo va al francés; 
una puente le ha quebrado, 
porque no pudiese entrar 
do tenía determinado. 
El francés de enojo de esto 
los molinos le ha asolado: 
Leiva, poniendo atahonas, 
este daño ha remediado. 
Por tres partes a Pavía 
muy gran combate le ha da- 
[do: 
cierta parte, en el batir, 
del muro se ha derribado: 
con terraplenes y pozos 
Leiva todo ha reparado. 
Ese marqués de Pescara 
a socorrer ha llegado 
con infantería española 



y gran gente de a caballo. 
Y cuando que el campo supo 
que el francés había mudado, 
marchó, y animosamente 
a Sant Angelo ha tomado. 
Allí un bravísimo encuentro 
con franceses ha logrado: 
la victoria en la refriega 
por España había quedado, 
do caballos setecientos, 
de franceses, ha tomado. 
De una pérdida tan grande 
quedó el rey temorizado. 
Con tal victoria los nuestros 
en el parque se han entrado ; 
a la vuelta de Pavía 
sin resistencia han marcha- 
do, 
y no pudiendo entrar dentro, 
el campo han aposentado. 
Aviso, Antonio de Leiva, 
de allí al marqués ha enviado 
qu'en oir tirar los tiros 
todo hombre está avisado 
de salir presto en campaña 
contra el francés, mal su gra 
encamisados: la causa, [do* 
porque así estaba ordenado. 
Hecha la señal, de presto 
los dos campos se han tra- 
[bado. 
Salido Antonio de Leiva 
de su campo acompañado, 
vieras arneses tendidos, 
cual con pecho atravesado, 
cual sin brazo, cual sin pier- 
[na, 



150 



ROMANCES HISTÓRICOS 



cual rompido y destrozado: 
cual rompe, cual huye y co- 
[rre, 
cual cae bajo su caballo. 
Disparan artillería, 
del humo el cielo añublando, 
las banderas sin concierto, 
todo el campo ensangrentar 
[do. 
Al cabo de muchas horas 
de día tan fortunado 
por España la victoria 
a voces ha divulgado; 
a do fueron tantos muertoo, 
que es imposible contarlo, 
y presos muchos señores 
franceses de gran estado. 
El triste rey, que se vio 
roto y tan desamparado, 
intentaba de salvarse; 
mas su intento fué excusado, 
que luego fué conocido, 
como iba señalado. 
Los soldados le rodean, 
del estoque se ha ayudado. 
No queriéndose rendir, 
Anoyeron ha llegado, 
capitán, y en conocerle, 
d'esta suerte le ha hablado: 
— Ríndase su Majestad. — 
Esta respuesta le ha dado: 
— Anda, llámame a Lanoy, 
visorey tan señalado, 
que en sus manos quiero dar- 
[me. — 
Al momento fué llamado. 
Venido, con cortesía 
ante el rey se ha arrodilla- 
do: 
el estoque le dio el rey, 



del suelo le ha levantado; 
dióse por su prisionero; 
la manopla le ha quitado, 
y dióla a Vila, porque 
fué quien la hubo acosado. 
Dichoso el que allí podía 
quitarle encima el caballo, 
cual espuela, cual el cinto, 
cual de sobreropa un palmo 
D'esta suerte el rey francés 
fué preso a España llevado. 

HERNÁN CORTES QUEMA SUS NA- 
VES PARA NO DEJAR A LOS SUYOS 
OTRA ESPERANZA QUE LA 
VICTORIA 

Donde se crespa madeja 
reclina el sol y su carro, 
donde empieza el nuevo mun- 
y el imperio mejicano, [do 
mira Cortés sus navios 
ya en el puerto deseado, 
con tanto afán descubierto 
para temer mayor daño. 
Los trabajos considera 
de su moderado campo, 
y como muchos rehusan 
la cerviz a casos varios 
que les ofrece fortuna, 
más duros que los pasados 
a quien no falta razón 
sus fines considerando, 
mira que salir no puede 
con su pretensión, en tanto 
que estén las naves en pie. 
y a Iberia abiertos los pasos. 
Acaba de resolverse, 
tras vacilar breve espacio, 
el dar al través con todas, 



ÉPOCA DE CARLOS I DE ESPAÑA 



151 



como lo hizo, dejando 
la más pequeña en el puerto 
para los ánimos flacos, 
a quien la sombra acobarda 
de los pensamientos altos. 
Amotinólos el hecho 
al parecer temerario, 
a quien dice con voz grave: 
— El navio que he dejado 
es para el que irse quisiere 
con todo lo necesario; 
que no pelean los muchos, 
sino los pocos honrados. 
Este tal se embarque luego 
dejando el bélico ornato, 
que el que de la guerra huye 
no ha menester ir armado: 
goce de su dulce patria 
y del lecho regalado: 
si d'esta suerte se adquiere 
la opinión y nombre claro, 
no dilate su partida 
ni inficione más mis hados : 
que de Cortés no tropieza 
la suerte en pecho tan bajo. 
Una cosa siento mucho, 
y es que sepa el quinto Car- 
Pos 
que dejáis sus estandertes 
victoriosos, ya manchados, 
no del contrario abatidos, 
sino en su tierra erbolados, 
destrozando la ocasión 
que pudiera eternizarlos, 
porque a la diestra fortuna 
dais nombre de adverso ca- 
[so; 
lo que en las manos os pone 
a las ajenas dejando, 
así como el labrador 



que cobija el rojo grano 
para ser a la cosecha 
perezoso y descuidado. 
¿Queréis que otros se coro- 
[nen 
con ramas de vuestro lauro, 
y que ciña el fuerte robre 
indigna sien de tocarlo? 
Advertid bien que la fama 
canta lo bueno y lo malo; 
que si ensalza al valeroso, 
abate al cobarde y bajo. 
¡Pésame de que se diga 
que fué Cortés tan liviano 
en elegir compañeros 
de quien no estaba enterado! 
Pero todo aquesto cesa 
con morir solo y honrado, 
pues al vil temor se entrega 
el autor de tan mal caso. — 
Esto dijo por tentar 
el ánimo acobardado 
de los que intentaron irse; 
mas sus razones notando 
todo el campo, con voz alta 
el alto hecho loando, 
alzan de nuevo las diestras 
de morir con él jurando. 
Dio con la nave al través, 
que de industria había deja- 
con ella el flaco temor [do, 
de los pechos desterrado. 

ROMANCE DEL SACO DE ROMA, 
POR LAS TROPAS DEL CONDES- 
TABLE DE BORBON 

Triste estaba el Padre San- 

[to, 

lleno de angustia y de pena 



152 



ROMANCES HISTÓRICOS 



en Sant Ángel, su castillo, 
de pechos sobre una almena, 
la cabeza sin tiara, 
de sudor y polvo llena, 
viendo a la reina del mundo 
en poder de gente ajena. 
Los tan famosos romanos, 
puestos so yugo y melena; 
los cardenales atados, 
los obispos en cadena; 
las reliquias de los santos 
sembradas por el arena; 
el vestimiento de Cristo, 
el pie de la Madalena, 
el prepucio y Vera-Cruz 
hallada por Santa Elena, 
las iglesias violadas, 
sin dejar cruz ni patena. 
El clamor de las matronas 
los siete montes atruena, 
viendo sus hijos vendidos, 
sus hijas en mala estrena. 
Cónsules y senadores 
de quejas hacen su cena, 
por faltalles un Horacio, 
como en tiempo de Prcsena. 
La gran soberbia de Roma 
hora España la refrena: 
por la culpa del pastor 
el ganado se condena. 
Agora pagan los triunfos 



de Venecia y Cartagena, 
pues la nave de Sant Pedro 
quebrada lleva la entena, 
el gobernalle quitado, 
la aguja se desgobierna: 
gran agua coge la bomba, 
menester tiene carena, 
por la culpa del piloto 
que la rige y la gobierna. 
¡Oh Papa, que en los Cle- 
[mentes 
tienes la silla suprema, 
mira que tu potestad 
es transitoria y terrena! 
Tú mismo fuiste el cuchillo 
para cortarte tu vena. 
¡Oh fundador de los cielos, 
dadnos paz, pues es tan bue- 
[na! 
Que si falta a los cristianos, 
huelga la gente agarena, 
y crece la secta mala 
como abejas en colmena. 
La justicia es ya perdida; 
virtud duerme a la serena; 
quien más puede come al 
[otro, 
como en el mar la ballena: 
fuerza reina, fuerza vale ; 
dice al fin mi cantilena. 



ÉPOCA DE FELIPE II 



153 



ÉPOCA DE FELIPE II 



DON JUAN DE AUSTRIA SALE DE 
GRANADA, CON EL DUQUE DE SE- 
SA, CONTRA LAS ALPUJARRAS 

(De Ginés Pérez de Hita.) 

El hijo de Carlos Quinto 
se salía de Granada, 
con él, el duque de Sesa 
para ir a la Alpujarra. 
Veinte mil soldados lleva, 
toda gente aventajada; 
lleva también mil caballos 
con la nobleza de España. 
Ricas banderas tendidas, 
que el aire las tremolaba, 
a Guejar hacen camino 
junto a la Sierra-Nevada, 
porque se tiene noticia 
que hay de moros grande es- 
cuadra. 
El de Austria hace dos cam- 
[pos, 
por marchar fácil la entra- 
toda la noche caminan [da: 
hasta que ya vino el alba. 
El duque llegó primero 
a Guejar; moros no halla, 
que se salieron de allí 
en la misma madrugada, 
porque tuvieron aviso 
de los moros de Granada 
que un gran campo va sobre 
[ellos 
a recorrer la Alpujarra. 
Algunos viejos hallaron 
que pasaron por la espada. 
Tras de los moros camina 
el buen capitán Quesada 



y corriendo muy apriesa 
alcanzó la retaguardia. 
Trabaron escaramuza ; 
los cristianos nada ganan; 
unos y otros se retiran, 
y cada bando se aparta. 
Los moros a los cristianos 
hicieron una emboscada, 
vestidos como mujeres, 
y en un llano los aguardan. 
Quesada con su escuadrón 
pensó coger la manada; 
mas cuando llegan a ella 
les dan una rociada 
de buena arcabucería, 
mostrando furia muy brava. 
Los cristianos se retiran 
dejando muerto a Quesada, 
y con él ocho soldados 
por codicia desdichada. 
A Valor se van los moros, 
donde Avenabo estaba, 
el cual muy mal los recibe: 
¡Buena fraterna les daba, 
porque dejaron a Guejar 
sin valerse de las armas! 
Mas un turco muy famoso 
le ha salido a la parada, 
diciendo que es cosa jutsa 
tener a Guejar en nada. 
Auclalla con mal designio 
a Almuñecar caminaba, 
y a tomar la Salobreña, 
por ser puesto de importan- 
para que salte la gente [cia 
que del África esperaba. 
Almuñecar se defiende, 
Salobreña no va en zaga, 



154 



ROMANCES HISTÓRICOS 



porque tienen de presidio 
gente valerosa y brava. 
Avenabo se retira 
sin la presa que pensaba: 
a Valor se torna el moro 
con acuerdo que tomara; 
el de Austria se parte luego 
a Galera, que está alzada, 
dejando gran campo al du- 
[que, 
que queda en el Alpujarra. 
A Huesear llegó su Alteza, 
donde el de Vélez estaba, 
y al cual se holgó de ver, 
porque era mucha su fama. 

descríbese la batalla naval 
de lepanto, ganada por don 
juan de austria a los turcos, 
de cuya armada solo se salva 
el ochali rey de argel, con 
algunas galeras 

Con gran poder de Sicilia 
la armada real salía; 
rígela don Juan de Austria, 
príncipe de gran valía, 
hermano del rey Felipe, 
que por general lo envía. 
Doscientas y once galeras 
el buen príncipe regía; 
treinta y seis naves armadas, 
seis galeazas había; 
capitanes muy famosos, 
soldados en demasía, 
duques, condes y marqueses 
llevaba en su compañía, 
y un estandarte dorado 
en su galera traía 
con un Cristo figurado. 



al cual llevaban por guía, 
que el Padre Santo de Roma 
a don Juan dádole había: 
y a los tres días de octubre 
se salían de Mesina, 
pífanos y atambores 
retumbando melodía, 
en busca van de la armada 
de la gente de Turquía; 
búscanla de puerto en puerto 
sin punto de cobardía; 
sus bergantines delante 
uno va y otro venía; 
y a los seis días de octubre, 
a la que el alba rompía, 
una fragata tomaron, 
la cual nueva dado había 
de la armada de los turcos 
que a buscar don Juan venía. 
Trescientas velas de remos, 
entre las cuales había 
doscientas ochenta galeras 
con lucida infantería; 
veinte galeotas ligeras 
con gente de Esclavonía. 
Pialí-Bajá, general 
de aquella armada venía, 
que en el golfo de Lepanto 
el turco dejado había. 
El de Austria qu'esto oyó, 
en la mar alto hacía: 
mandó llamar generales, 
qu'en guerra más entendían, 
y en el real ayuntados, 
el de Austria así decía: 
— ¿Qué os parece, mis seño- 
[res? 
Vuestro parecer se diga. 
¿Será bien que acometamos 
a la gente de Turquía? — 



ÉPOCA DE FELIPE 11 



155 



Algunos dijeron no, 
que cierto no convenía 
que pusiesen tan en riesgo 
armada de tal valía; 
porque esta tan gran armada 
la Cristiandad defendía. 
El príncipe no habló más, 
y a lo bajo decendía. 
Llama al veneciano; 

10 tardó en su venida, 

le dijo : — Buen conjunto, 
dinos, ¿en la santa Liga 
qué es lo que se ha de hacer 
contra la gran paganía? 
— Buen señor, demos en 
[ellos, 
Barbariego respondía. — 
Llamara al general 
al esforzado Juan Doria, . 
y le dijo: — Buen hermano, 
amigo, ¿qué os parecía? — 
Las rodillas por el suelo 
el ginovés respondía : 

-Buen señor, acometamos 
la gente de Turquía. — 
don Alvaro Bazán 
a llamar también envía, 
y le dijo: — Buen marqués, 
vuestro voto se me diga. — 
El valeroso español 
con ánimo respondía: 
— Demos, señor, la batalla, 
que Dios nos ayudaría, 
y yo más quiero ser muerto 
que volver atrás la vía. — 
El Comendador mayor, 
sin llamarlo se venía, 
y le dijo: — Gran caudillo, 
espejo que relucía, 
la honra del rey de España 



y la vuestra nos decía 
que no volvamos atrás 
por ningún orden ni vía. — 
El de Austria muy gozoso 
a la popa se subía, 
y en voz alta dijo a todos: 
— Magnánima compañía, 
cada uno se halle a punto 
para hacer lo que debía. — 
Todos dicen: — Gran señor, 
cada cual os prometía 
de hacerlo allí como bueno 
y de vender bien su vida. — 
Cada uno a su galera 
prestamente se volvía : 
pónense a punto de guerra, 
y luego tomaron vía 
para el golfo de Lepanto 
con gran placer y alegría, 
y a los ocho de octubre 
a las ocho horas del día 
descubrieron el armada, 
que próspero viento traía. 
Mas Dios, como es piadoso, 
a los suyos nunca olvida: 
por su gran misericordia 
la mar calma luego hacia ; 
y metiéndose en orden 
el turco lo mismo hacía. 
A don Juan toman en me- 
el estandarte tendían, [dio; 
y el príncipe con esfuerzo 
en la fragata se metía. 
Va de galera en galera 
como aquí se contaría: 
en la su mano siniestra 
un crucifijo traía, 
y en la otra la su espada, 
que grande ánimo ponía, 
animando a los soldados, 



156 



ROMANCES HISTÓRICOS 



los jefes y artillería, 
y les decía: — Hermanos, 
esforzada gente mía, 
mirad el cruel tirano 
que delante parecía: 
hoy se muestre vuestro es- 
cuerzo, 
vuestra sobrada osadía 
en defensión de la fe, 
y morir en este día 
por Cristo crucificado, 
por su Madre esclarecida.— 
Allí un santo teatino 
qu'el Papa enviado había, 
les publica un jubileo 
qu'el Papa les concedía; 
que cualquier que allí mu- 
a la gloria se iría. [riese 
Todos se arrodillaron, 
el príncipe se arrodilla, 
los ojos en el crucifijo, 
d'esta manera decía: 
— Poderoso rey del cielo, 
mi fe grande en tí confía 
que me darás hoy victoria 
por tu piedad muy cumpli- 
Y volvióse a la real, [da. — 
que león bravo parecía. 
y mandó tocar el arma; 
Saboya y Malta acometían, 
a Cambey y a Barbaroja 
al encuentro le salían. 
Diéronse gran rociada 
de flechas y escopetería: 
aquí se hizo gran guerra 
y mortal carnicería. 
Caracosa luego entró 
y Baleato en compañía, 
y don Alvaro Bazán 
delante se le metía. 



Quince galeras le echa 
a fondo con su venida. 
Mustafá, turco famoso, 
que las señas conocía, 
embistió a los venecianos 
dando muy gran vocería. 
Venecianos con esfuerzo 
pelean qu'es maravilla; 
con galeras y galeazas 
espanto al turco metían. 
Pialí-Bajá espantado, 
que puesto en mira se había, 
vio su armada desbaratada 
y que iba de vencida; 
muchos turcos a la mar, 
mucha galera rendida; 
de puro coraje llora, 
su fortuna maldecía, 
no porque punto desmaye, 
que ni la muerte temía ; 
mas la fuerza le forzaba 
lo que la razón decía; 
y ansí arremete el turco 
con gran saña y mortal ira. 
El príncipe don Juan, 
príncipe en la monarquía, 
entró con muy gran pujanza, 
con fe firme y no fingida, 
disparando gruesos tiros 
contra la gente agarina. 
Encontró con el Bajá 
¡Bravamente le embestía! 
Júntanse proa con proa: 
peleaba el que más podía; 
juegan de los arcabuces, 
flechas y escopetería : 
el humo era muy grande, 
el fuego iba y venía; 
no parece sino infierno 
según el estruendo había. 



ÉPOCA DE FELIPE II 



157 



unos decían: ¿Austria! 
Otros decían : ¡ Turquía ! 
Cada uno procuraba 
de llevar la mejoría; 
mas los nuestros hasta el ár- 
a puro pecho y herida [bol 
la ganaron cinco veces 
con esfuerzo y valentía. 
Los turcos como leones 
cada cual lo defendía: 
cinco galeras dan gente 
que no hay lengua que lo di- 
y a la nuestra solo dos, [ga, 
y en el nombre de María 
los cristianos belicosos 
asalta el que más podía, 
y rindieron la turquesca 
por la voluntad divina. 
Quinientos turcos mataron ; 
el estandarte se abatía, 
y el de nuestra fe alzaron 
y Vitoria se apellida. 
El príncipe venturoso 
a todas partes corría, 
y do era el más trabajo 
en un punto socorría, 
Juan de Andría a su lado, 
que dejarle no quería, 
y vieron al buen maltes 
su galera ya perdida, 
de siete otras cercado 
de aquella gente maligna. 
Sus soldados caballeros 
vivo ninguno tenía, 
sino es él, con solos cinco 
que la popa defendían, 
y los tres habían muerto; 
él rendirse no quería; 
mas viendo tan buen socorro 
de la popa se salía, 



y empieza a decir: — ¡Victo- 
Cria! 
¡Viva Austria! ¡viva, viva! 
Los turcos desque esto oye- 
cada uno se rendía, [ron. 
sino Ochalí, rey de Argel, 
que se puso en huida 
con las doce galeotas 
que de Argel sacado había. 
El marqués de Santa Cruz 
y el de Uría le seguían, 
y tomáronle las cinco; 
su persona fué herida. 
El perro con solas siete 
escapado se había, 
porque era ya muy tarde 
y la noche le encubría. 
Cuatro horas duró el comba- 
[te, 
que no hay lengua que lo 
[diga : 
doscientas y ocho galeras 
se ganaron aquel día; 
las demás fueron a fondo, 
sin decir cosa fingida. 
Veinte mil turcos mataron 
de la gente más lucida, 
y doce mil cautivaron 
belicosos de valía, 
y quince mil libertaron 
de cristianos que allí había. 
La cabeza del Bajá 
por trofeo la traía 
el de Austria en una lanza, 
como el rey David hacía 
cuando mató al gigante 
que Golias se decía. 
Y en señal de la victoria 
qu'el buen Dios dado le ha- 
[bía. 



158 



ROMANCES HISTÓRICOS 



cada cual con gran contento 
d'esta manera decía: 

Canción del fin del romance. 

«Felipe, pastor chapado, 
el ganado entrega a Juan, 
que según fama la dan, 
es zagal aventajado. 

Es un zagal repolido, 
hijo de Carlos, pastor, 
y su hermano querido, 
que no puede ser mejor. 

Los turcos miedo le han 
al de Austria muy nombrado' 
que según fama le dan, 
es zagal aventajado. 

Felipe sabe por qué 
nos dio tan noble zagal, 
que lo digo y lo diré 
que en el mundo no hay su 
[par. 

Lleva la cruz por cayado, 
y a su Dios por capitán, 
con que nos libre de afán 
y recuente su ganado. 

Roguemos al Soberano 
que lo tenga en su memoria 
y le guarde de su mano, 
dándole siempre victoria. 

¡Oh, bien haya el rabadán 
que tal zagal nos ha dado! 
Que por siempre le dirán 
qu'es zagal aventajado.» 

DON JUAN DE AUSTRIA NOTICIA 

A FELIPE II EL ÉXITO FELIZ DE 

LA BATALLA NAVAL 

Gallardo entra un caballe- 

[ro 

en corte del rey de España : 



corriendo viene a caballo, 
en palacio se apeara; 
entró donde estaba el rey 
y las manos le besara. 
El rey, que le h a conocido, 
del brazo le levantara: 
pregúntale con deseo 
de Levante y de su armada. 
Oyendo esto el caballero, 
albricias le demandara: 
metió la mano en el seno, 
sacó una carta sellada, 
y besándola en el sello, 
con la cabeza hizo salva. 
Alargó la mano el rey, 
con gran gozo la tomaba: 
leyendo el primer renglón, 
la cruz de encima besaba. 
— Decidme, buen caballero, 
¿quién acabó la batalla? 
— Señor, el favor de Dios 
y fuerza de vuestra España, 
y astucia del general 
que gobierna vuestra arma- 
Hala tornado a leer, [da. — 
y en un momento la pasa, 
siguiéndole el caballero, 
adonde la reina estaba. 
Sentóse el rey en su silla 
y a la reina dio la carta, 
y mientras la está leyendo 
otra vez le preguntaba: 
— Decidme, mi buen amigo, 
¿cuánta gente me costara? 
— Señor, pocos son los muer- 
dos, 
y muchos ganaron fama, 
porque el morir fué vivir, 
siendo en tan justa deman- 
da.— 




ÉPOCA DE FELIPE II 



159 



rey despachó correos 
que lleven esta embajada 
por las ciudades del reino, 
la cual luego fué llevada; 
y a tan noble embajador 
mil mercedes le otorgaba: 
la honra y gloria de todo 
el buen rey a Dios le daba. 

EL DUQUE DE ALBA, VENCEDOR 
DE LOS REBELDES DE FLANDES, 
IMPONE DURAS CONDICIONES 

Después que Carlos famoso, 
sumo emperador romano, 
de su estado victorioso 
subió al reino soberano 
a veinte y cuatro de junio, 
en la fuerza del verano, 
cuando el villano se ensan- 
cha 
de ver muy fértil su campo 
y estar las mieses crecidas, 
y en todo muy lleno el gra- 
[no: 
vi gran compañía de gente, 
y entre ellos un viejo ancia- 
cabello y barba vellida, [no, 
blanca del nacer temprano, 
armado de todas armas, 
a lo divino y humano: 
la fe lleva por bandera, 
como fiel y buen cristiano, 
que según las gentes dicen, 
es el duque de Alba hispano, 
que el rey don Felipe envía, 
mayor que Alejandro Magno, 
para castigar la secta 
del malvado luterano. 
Pana por la alta Porgoña. 



deja a Alemania a una ma- 
atravesaba a Turín, [no; 
y también al saboyano. 
Entre Bruselas y Amberes 
meten mucho castellano; 
reedifícanse los templos 
de aquel túmulo inhumano. 
Los condes mete en prisión, 
oye misa el qu'es cristiano, 
lo que antes no se hacía, 
que era todo luterato. 
Después degolló los condes 
y otros muchos hijos-dalgo; 
sólo el príncipe de Orange 
por las uñas se ha escapado. 
Metídose ha en Alemana, 
y un gran campo había jun- 
[tado 
para venir contra el duque, 
a ver si podrían pescallo. 
Pasan de cuarenta mil 
los que van a ejecutallo ; 
son los treinta mil infantes 
y los diez mil de caballo. 
Por las tierras donde vienen 
van arruinando y matando: 
templo y ermita que topan, 
lo roban y echan abajo; 
mas este varón que digo, 
del ejército cristiano, 
se los sale a recibir 
con ansia de aposéntanos 
y dalles banquete y cena 
que a los condes había dado. 
El príncipe finalmente 
se tuvo en este costado 
por tiempo de cuatro meses ; 
mas no pudo sustentallo. 
Después contra voluntad 
v muv mal de su gradn 



160 



ROMANCES HISTÓRICOS 



con gran pérdida de gente 
a Alemana se ha tornado, 
y mostrando gran tristeza, 
a solas se ha retirado. 
Unos dicen que era muerto, 
otros, loco se ha tornado, 
hasta que después se supo 
que en Francia ha resucita- 
cn su ser tan diferente [do, 
como de rey a vasallo, 
porque acá a todos mandaba, 
y allá iba a ser mandado. 
Volvamos al gran caudillo 
del ejército cristiano, 
que acabado todo esto 
a Bruselas se ha tornado, 
y a los estados de Flandes 
a cortes había llamado. 
De cada cabeza viene 
un burgomaestre honrado, 
que defendiese las partes 
de lo que claro ha pasado. 
El duque les representa 
cuan mal que se han susten- 
así en servicio del rey [tado, 
como en el culto crisitano, 
y que es muy bien que pa- 
[guen 
lo qu'el buen rey ha ganado, 
así en santos que han des- 
hecho 
y templos que han derriba- 
como en vasallos y gente [do, 
con que aquesto se ha aquis- 
tado; 
y aunque les pareció duro, 
vinieron en aceptarlo, 
por el miedo que tenían 
al buen duque de Alba his- 
[pano. 



DE COMO EL REY DON FELIPE 1 
MURIÓ 

El sol esconda sus rayos, 
el esplendor que tenía; 
la luna su claridad, 
que Dios dado le había; 
el cielo vista de negro, 
luto haga cada día, 
con todo el polo estrellado 
que escurecerse debía. 
Todos los cuatro elementos 
pelean a más porfía: 
aire, fuego, tierra y agua 
hagan señal de agonía, 
todos hagan sentimiento 
tal cual sentirse debía, 
por causa d'este monarca 
que Dios llevado se había. 
Llore toda la España, 
llore Aragón y Castilla, 
lloremos los catalanes, 
que aficción nos tenía. 
Llore el buen Papa Clemen- 
el que la Iglesia regía, [te, 
pues que perdió tan buen la- 
que también la defendía, [do, 
Roguemos los cristianos 
a Dios y Santa María, 
qu'el rey nuevo que nos que- 
[da 
haga como el padre hacía. 
Señores, si estáis atentos., 
con brevedad contaría 
esta muerte dolorosa 
qu'el buen monarca sentía 
Año de mil y quinientos 
a los postreros de julio, 
muy mala gana tenía 
noventa y ocho corría. 






ÉPOCA DE EELIl'E II 



161 



majestad real 



que Felipe se decía. 
Envíale Dios un correo, 
se prepare a la otra vida; 
esto es, la enfermedad: 
quien peleó noche y día, 
quien hizo temblar al turco, 
la enfermedad lo vencía. 
No aprovechan los doctores 
del arte de medicina, 
ni la ciencia de Galeno. 
que poco provecho hacía : 
no aprovechan los cordiales, 
ni médicos, ni gallinas, 
pues Dios ha determinado 
el llevarlo a la otra vida. 
A los diez días de agosto 
tan cansado se sentía, 
que recibió el sacramento 
de la santa Eucaristía. 
A los doce ya entrados 
por muerto ya le tenían. 
Tres días estuvo echando 
sobre un cuerpo de valía, 
que es un santo glorioso 
de la orden agustina: 
si queréis saber su nombre, 
San Guillermo se decía. 
A los quince de agosto 
el buen rey en sí volvía, 
en su acuerdo y memoria 
y juicio que tenía. 
Manda luego que le traigan 
la Santa Unción que quería, 
y con mucha devoción 
el buen rey la recibía. 
Estuvo el buen rey penando 
cincuenta y cinco días, 
sin moverle de un lado 
para mudarle camisa, 



por causa de estar llagado: 
treinta agujeros tenía. 
Por poco que le tocasen 
muy grande dolor sentía; 
mas con toda la paciencia 
el buen rey lo recibía, 
invocando a San Lorenzo, 
cuya devoción tenía. 
A los trece de setiembre, 
tres horas antes del día, 
entró allí una gran señora 
que muy flaca parecía . 
¿Queréis ver el gran poder 
qu'esta señora traía? 
Pues d'esta el mismo Tesús 
d'ella temblaba y temía 
en la noche de la cena, 
cuando a los suyos decía: 
Trístis est anima mea, 
hasta tanto que moría. 
Esta señora es la muerte. 
si alguno no lo entendía. 
Entra sin pedir licencia. 
porque de Dios la tenía : 
va derecha al aposento 
donde Felipe dormía; 
hablóle muy rigu'osa 
al oído, y le decía: 
— Vamos, vamos, rey d'Espa- 
[ña, 
vamos, que la hora es veni- 
[da 
para que vos deis la cuenta 
a la Majestad divina. 
Es menester que vengáis 
hoy conmigo a la otra vida. 
— ¿Quién sois vos, responde 
[el rey. 
qué habláis con tal osadía? 
— Felipe, yo soy la Muerte, 
6 



162 



HUMANTES HISTÓRICOS 



que a nadie perdonaría: 
todos me dan vasallaje 
desque Adán pecado había. 
— Si eso es verdad, dijo el 
[rey, 
buena sea vuestra venida: 
dejadme ordenar mis cosas 
lo que amí me convenía 
— Soy contenta,, que me pia- 
la Muerte le respondía; [ce 
solamente que ordenéis 
lo que a vos os parecía. — 
Manda llamar confesores, 
doctores de gran valía, 
prelados con arzobispos 
y padres de santa vida. 
Mandó llamar a la infanta 
y al príncipe en compañía. 
desque los tuvo delante, 
bien oiréis lo que decía; 
— Doña Isabel de la Paz, 
discreta en sabiduría, 
que aconsejéis vuestro her- 
como regirse debía, [mano 
porque entra mozo en el 
[mundo. 
poca experiencia tenía. 
Encágoos la Santa Iglesia, 
que sea bien defendida; 
plegué al encarnado Verbo 
y a la sagrada María 
que lo hagáis mejor que yo: 
mi alma descansaría. 
A vos os digo, hijo mío, 
no os fiéis de monarquías, 
ni del estado del rey, 
ni de tener señoría: 
ya veis qu'esta majestad 
y autoridad que tenía. 



Dios, que me la había pres- 
[tado : 
me la pide en este día. 
Mira, a los pobres de «iristo 
no les hagáis descortesía, 
ni perjuicios, ni agravios, 
porque a Dios no le placía. 
y aqueste cuerpo llegado, 
hijo, la voluntad mía 
es que no sea enterrado 
con pompas ni galanías. 
Allá en el Escurial, 
do mi cuerpo enterrarían, 
no quiero que los cantores 
prosigan su cantoría; 
bástame su canto llano: 
mi alma descansaría. — 
Diciendo aquestas palabras 
la bendición les daría, 
los dos príncipes lloraban, 
y el buen padre les decía: 
— No lloréis ya,, hijos míos. 
que llorar no os convenía. — 
Estando en aqueste estado, 
el rey un Cristo pedía: 
adora devotamente, 
con devoción le decía: 
— ¡Oh perdón de los culpa- 
[dos, 
doleos d'esta alma mía! 
Perdonadme si la Iglesia 
no la he bien defendida. 
Perdona por la pasión, 
por vuestra sangre vertida, 
por bofetones y clavos, 
tormentos, cruz y agonía. 
¡Oh San Lorenzo y San Die- 

de quien mi alma confía! 
alcanzadme ahora perdón 



Li'OCA DE KEL1PE 11 



163 



vosotros en este día. 
Rogad a la Virgen pura, 
beatísima María, 
que es madre de pecadores, 
que a su hijo rogaría, 
buen Señor, en vuestras ma- 

[iiJS 

encomiendo el auna mía: 
no me juzguéis mis pecados 
así como merecía. — 
Con esto y decir — Jesús. — 
Taima del cuerpo salía, 
dióla ya a su Criador, 
a quien dársela debía. 
Veis un segundo Sansón 
quien Israel defendía; 
veis ahí la luz del mun.io, 
que se eclipsa en aquel día, 
veis la majestad real, 
la muerte la deshacía: 
la autoridad de Felipe 
echada en polvo y ceniza. 
No quiero contar el danto 
que en el palacio había; 
diré que a quinientos pobres 
de luto el buen rey vestía. 
No quiero contar la cera 
ni las hachas que ardían 
por la muerte de un tal rey 
que mucho más merecía. 
Allí lloraba la infanta, 



y el príncipe lloraría; 
lloraban los cortesanos 
cuantos en la corte había; 
lloraban señores de salva, 
que mercedes recibían: 
la emperatriz con sus damas 
muy grandes llantos hacían. 
Hiciéronle las obsequias 
como a rey pertenecía, 
cual convenía a su estado, 
ansí hacer se debía, 

SEGUIDA 

Señores, ya habéis oído 
esta mi flaca poesía; 
si está algo mal limada, 
confieso la culpa mía: 
suplico a vuestras mercedes 
con toda honra y cortesía, 
que si hay falta, disimulen, 
si hay quien presume poe- 
Y este católico rey, [sías. 
que en cristiandad relucía, 
que. lo . encomienden a Dios 
con algún Ave-María, 
suplicando al rey del cielo 
y a la sagrada María, 
que le haya hallado en gra- 
[cia 
y le de gloria cumplida. 




164 



ROMANCES HISTÓRICOS 



ÉPOCA DE FELIPE III 



DE COMO Y POR QUE EL REY DON 
FELIPE III EXPELIÓ A LOS MO- 
RISCOS DE ESPAÑA, Y DE LA PENA 
QUE LES CAUSO ESTE DESTIERRO 

Gran revuelta hay en Es- 
los reinos alborotados [paña, 
de la morisca nación, 
enemigos de cristianos. 
Viva Dios y viva el rey 
a pesar de los paganos; 
v la Santa Inquisición 
téngala Dios de su mano. 
Castigúese al que es hereje, 
conózcase al que es cristiano, 
y todos vivamos unos 
como muy fieles hermanos. 
Viva Margarita de Austria 
y gócela muchos años 
el León, que con su nombre 
tiene al gran turco temblan- 
[do. 
Tiemblen nuestros enemigos, 
lloren con ojos entrambos, 
que más vale que ellos lloren 
que no leales vasallos. 
Y aquel cuchillo sangriento, 
y el corvo alfange afilado 
que tenían para nosotros, 
sea en ellos ejecutado. 
Pasen presto a Berbería, 
tomen sitio reformado, 
que aquí se comen las capas, 
otro poquito a otro cabo. 
El morisco que ponía 
duro alpargate de esparto, 
ahora trae borceguíes 
argentados alosados. 



vestido de terciopelo 
en tafetán aforrado, 
y espada muy plateada, 
y puñal sobredorado. 

Y el morisco que solía 
estar sujeto a su amo, 
quiere ahora que le sirvan 
criados de cuatro en cuatro. 
Tan arrogantes andaban 
por las calles paseando, 
que miraban con donaire 
al cristiano desgarrado, 

que por ellos no se pone 
si un vestidillo de paño: 
por ser mucha su pobreza 
andan contino arrastrados. 

Y la morisca tendera 
que solía fregar platos, 
saca barretas de plata 
en los chapines dorados, 
con gran vestido de seda 
collaretes extremados, 

y gran cadena de oro 
eslabones esmaltados; 
no sólo salen con amas, 
más en coches adornados, 
que parecen ser mujeres 
de señores veinticuatros. 
Los adornos de sus casas 
de criadas y criados, 
y el estrado de un asiento 
de brocados muy preciados. 
Las bodas y los bautismos 
regocijos extremados, 
los celebran con las zam- 
[bras 
compuestas a lo gallardo. 






ÉPOCA DE FELIPE III 



165 



Era tanta ya su pompa 
y triunfo demasiado, 
que por ellos no conocen 
e^ caballero y hidalgo. 
Estaban ya por España 
con punto tan remontado, 
que cada cual ya pretende 
oficios de mucho cargo. 
Había muchos doctores, 
d'ellos muchos escribanos, 
procuradores a vueltas 
y muy peritos letrados. 
Los tratos y mercancías 
estaban tan de su mano, 
porque en solo su poder 
estaban ya los estancos, 
y el hombre que era de plaza 
paseaba tan lozano, 
con tal ser y gravedad 
cual si fuera un veinticuatro, 
yendo a la iglesia por fuerza 
por minuta los llamando, 
vestidos de oro y seda, 
de telas y de brocados; 
mas no por la devoción 
sino para ser mirados, 
en su grande triunfo y 
[pompa 
con que estallan levantados. 
Aquestos polvos, señores, 
s lodos han causado; 
la desorden pone orden 
al que está más descuidado. 
Tantos años de secreto 
el mortal tiempo operando 
del hilo de nuestras vidas, 
¡quién pudiera imaginarlo! 
No vive más el leal 
de lo que quiere el contra- 
Crio, 



y este lance fué lanzada 
que a vosotros se ha tornado. 
¡No confiéis en Mahoma!, 
¡mirad que es profeta falso, 
y que es ahora el que os 

[tiene 
a todos juntos llorando! 
A todos los de Valencia 
y Aragón que viven cautos; 
los de Madrid y Toledo, 
los de Córdoba y Hornachos, 
de Sevilla y de Granada, 
por traidores publicados 
a la corona real 
que Dios guarde muchos 

[años, 
y la insigne Andalucía 
y sus pueblos comarcanos, 
todos juntos van a un tiempo 
pues en un tiempo pecaron. 
¡Sabe Dios cuánto nos pesa 
siquiera por ser criados, 
nacidos en nuestra patria 
y en nuestra fe confirmados! 
Quiero el remedio decir 
de los que vais embarcados, 
de la muy noble Sevilla, 
que por copia se han sacado. 
Treinta mil y más van jun- 
[tos 
hombres, mujeres, mucha- 

[chos, 
de grande y pequeña edad, 
de pobre y de rico estado. 
Del Aljarafe vinieron 
cinco mil y veinticuatro: 
otros cabos que no cuento 
casi llegan a otros tantos; 
embarcados juntos llevan 
que a quien los está mirando, 



166 



ROMANCES HISTÓRICOS 



le quiebran el corazón 
por ser forma de cristianos. 
Unos dicen: — ¡Ay mi tie- 
[rra! 
¿Quién d'ella me ha deste- 
rrado?, 
mas no hay que lo pregun- 
tar, 
pues lo han hecho mis pe- 
[cados. — 
Y las moriscas mujeres, 
torciendo las blancas manos, 
alzando al cielo los ojos 
a voces dicen llorando: 
— ¡Ay Sevilla, patria mía! 
¡Ay iglesia de San Pablo, 
San Andrés, Santa Marina, 
San Julián y San Marcos! — 
Otros lloran por los sitios 
donde tenían sus tratos: 
unos dicen el Alfafa; 
otros, la puerta el Osario, 
la Macarena y Carmona, 
el Arenal y su trato, 
la de Jerez y la Carne, 
la del Sol que se ha eclip- 
sado. 
Otros lloran por la feria 
con sus cambios y recam- 
bios, 
sus tratos y sus comercios, 
con los del Caño-Quebrado. 
Plaza de San Salvador, 
la famosa cal de Francos, 
cal de Genova y las Arenas, 
lo público y cultivado. 
Otros llamaban a voces 
a la Virgen del Rosario 
y a la Virgen de Belén: 
ella sea en nuestro amparo. 



Tanto es su sentimiento 
que a los niños en los bra- 
[zos, 
que criaban a sus pechos, 
por leche les daban llanto 
Las insignas que llevaban 
gran devoción provocando, 
todas mantellinas blancas 
compuestas a lo cristiano. 
Cada cual lleva sus cuentas. 
que son devotos rosarios; 
va con ellos un pendón 
dibujado y esmaltado 
un devotísimo Cristo, 
adonde van contemplando: 
y muchos de los moriscos, 
antes de ser embarcados, 
dejaron muy ricas mandas 
a los templos señalados. 
Hubo entre ellos mercader 
que en San Julián es nom- 
[brado, 
que a la Virgen de la Inies- 
[tra 
dejó cuatro mil ducados. 
Otros dejan para misas, 
otros hacen cabo de año, 
celebrando por sus almas 
las obsequias de cristianos 
Aquesto, señores, basta 
para los que acá quedamos, 
a que roguemos a Dios 
que los tenga de su mano. 
Al marqués de San Germán 
prospérele Dios su estado, 
y sobre todo la vida, 
pues así cumple el mandado 
de su real majestad, 
tercer Felipo llamado, 



ÉPOCA DE FELIPE IV 



167 



que como buenos pastores 
tan bien guardan su ganado, 
apartando del que es bueno 
el que es insolenté y malo. 
Con esto quedará España 
limpia del mahometo bando 



y acrisolada la fe 
cual oro de Dios formado. 
Con esto, señores, basta, 
aunque corto me he quedado, 
porque vean por lo menos 
lo más de lo que he tratado. 



ÉPOCA DE FELIPE IV 



PRESO DON RODRIGO CALDERÓN, 
DECLARA HABER SIDO HOMICIDA 
DE MUCHOS, PERO NO DE LA REI- 
NA DE CUYA MUERTE LE 
ACUSABAN 

Apriesa devana y coge 
la parca envidiosa y fiera 
el hilo del triste fin 
del marqués de Siete Igle- 
sias. 
Del arco y flechas se arma, 
responde d'e.sta manera: 
— ¡Dicen que maté a la rei- 
[na! 
Falsedad es por mi honor. 
¡Otras culpas me condenan, 
que la de la reina, no! 
Antes en la otra vida 
otros se quejan a Dios. 
Un paje que a media noche 
medio vivo enterré yo, 
que me da grandes aullidos 
por donde quiera que voy. 
Donde quiera que estoy solo 
oigo me dice una voz: 
«Señor, ¿por qué me ma- 
caste, 
pues no tuve culpa yo?» 
Y a un alguacil de corte. 
y a la mujer de un oidor, 



y a un gentilhombre del du- 
[que, 
que es de Lerma, mi señor; 
y al príncipe de Saboya, 
que en Valladolid murió, 
y al cardenal de Toledo, 
y al otro predicador; 
en treinta y tres otras muer- 
[tes 
que he hecho y consentido 
[yo; 
estas muertes yo confieso, 
mas la de la reina no, 
que pecados que no ha hecho 
no confiesa un pecador; 
de la reina, mi señora, 
nada sé, a fe de quien soy. 

PREPARASE A LA MUERTE DON 
RODRIGO CALDERÓN 

Quedando ya triste y solo 
don Rodrigo Calderón, 
al paje que está de guardia 
d'esta manera le habló: 
— Bien sabrás, amigo mío, 
triste y pensativo estoy 
desde aquel día en que oí 
en Montancho aquel cantor: 
dijo que maté a la reina 
¡ Ay Dios que grande traición 



163 



ROMANCES HISTÓRICOS 



pagaré yo con la vida! 
pero no la debo, no. — 
Para quitarle la cruz, 
el comendador mayor 
al marqués de Siete-Iglesias 
d'esta manera le habló: 
— Perdone vueseñoría, 
que manda el rey mi señor 
que le quite esta encomien- 
[da: 
¡Péname, a fe de quien soy! 
Y viendo el de Siete-Iglesias 
resuelto al comendador, 
la cruz que traía al pecho 
de presto se la quitó; 
que los nobles caballeros 
han de mostrar el valor, 
y al hábito que vestía 
d'esta manera le habló: 
— ¡Perdonad, hábito santo, 
que no he merecido yo 
que se adornara mi pecho 
con vuestro sagrado honor! 
Mientras aquí habéis estado, 
cruz pareciste en rincón, 
y porque todos me pisen 
os me mandan quitar hoy. 
Mas perdóname, cruz santa, 
si es que os hice traición, 
y entre tantos enemigos, 
¿Qué haré yo, mi cruz, sin 

[vos?— 
Estando en estas razones, 
una triste voz oyó 
a la puerta de la sala, 
que llaman con un cordón 
dos frailes de San Francisco, 
de la orden qu'es menor, 
díjoles: — Deo gracias, pa- 

[dres. — 



Y el hábito les besó. 
Díjoles que se sentasen; 
respondieron : — Gran señor, 
ya no es hora de sentarnos, 
vuestra vida se acabó, 
y venimos a exhortarle 
que ponga firme su amor 
en Cristo, rey soberano, 
que a todos nos redimió, 
que las diez son ya del día, 
y en este punto las dio, 
y a las once, según dicen, 
ya habréis dado cuenta a 
[Dios.— 
Sacó un Cristo de la manga. 
y dióselo a Calderón, 
y tomándole en sus manos 
d'este manera le habló: 
— Vos sois el rey de los re- 
vos el supremo Señor; [yes, 
que los reyes d'este mundo 
de polvo y ceniza son. — 
Esto dijo don Rodrigo, 
y a los padres se volvió: 
— Las mercedes de les reyes 
dineros prestados son, 
que se piden a su tiempo 
con soberbia ejecución. — 
— Caldero inútil he sido, 
que ya no soy Calderón. 
¿Qué me importó ser mar- 
[qués 
de Siete-Iglesias, pues hoy 
ninguna iglesia me vale 
aun para hacer oración? 
Que no me apena morir 
ya, pues condenado estoy; 
a Felipe Cuarto temo 
que me ha de hacer cuartos 
[hoy 



ÉPOCA DE FELIPE IV 



169 



mas los cuartos son de cobre, 
yo me llamo Calderón, 
y muchos contrarios tengo : 
solo a la defensa estoy. 
Duelo me hace la marquesa : 
queda viuda y sin honor; 
también me duelen mis hijos, 
que quedan sin padre hoy, 
y los llevo atravesados 
en medio del corazón, 
porque los dejo sin padre, 
sin hacienda y sin honor. 
Mucho me duele mi padre, 
que, cuando el rey me pren- 
[dió. 
con lágrimas de sus ojos 
mi triste rostro bañó, 
y me dijo: — Hijo mío, 
con vuestra alma vaya Dios, 
que si al rey servísteis bien, 
él os dará el galardón; 
mas si le servísteis mal 
no alcanzáis mi bendición, 
que perdéis hijos y hacienda, 
mujer y reputación. 

DE COMO MURIÓ DON RODRIGO 
CALDERÓN EN EL PATÍBULO 

A veinte y uno de octu- 
[bre. 
las diez, poco más o menos, 
sacan al triste marqués 
todo de luto cubierto. 
Sale de su misma casa, 
y de un angosto aposento, 
que primero fué gran sala 
de aplauso y recibimiento. 
No va en jaeces bordados, 
ni en caballo, como es cierto, 
sino ensillada una muía, 



como justiciado y reo; 
no acompañado de pajes, 
ni menos de alabarderos, 
sino de padres devotos 
que le adiestran para el cie- 
no campanillas de plata [lo; 
lleva en el bozal y el freno; 
sí Cristos y campanillas 
con que se entierran 1 o s 
[reos. 
Sesenta y más alguaciles 
van en su acompañamiento, 
todos en fuertes caballos, 
con otros tantos porteros. 
Los pregoneros delante 
pregonan y van diciendo : 
— Esta es la justicia, dicen, 
esto es del rey mandamiento, 
que manda hacer a este hom- 
[bre. — 
¡Ay tragedias! ¡Ay caso ho- 
rrendo ! 
Y las damas cortesanas 
muestran grande sentimien- 
. [to; 
unas dicen : — Dios te ayude, 
Rodrigo, y dé sacro asien- 
do.— 
Otras, viendo su humildad, 
dicen: — Dios te lleve al cie- 
[lo.- 
No entra en la escaramuza, 
como "solía algún tiempo; 
sólo sube cinco pasos 
de un cadahalso funesto, 
y al postrero escalón 
es bien que al recibimiento 
le salga el verdugo, pues 
ha de hacer su oficio presto, 
con cinco padres devotos 



170 



ROMANCES HISTÓRICOS 



de la orden del Carmelo; 
y desviando el capuz, 
sacado un papel del pecho, 
dándole sus propias manos 
al confesor de sus yerros 
le dijo: — Padre mío, 
lo que le suplico y ruego, 
que en estando yo sin vida 
que me desengañe al pueblo, 
que la muerte de la reina 
cierto es que no la debo. — 
Humilde abrazó al verdugo, 
por dar de humildad ejem- 
;plo, 
y en atar los pies y manos 
ando el verdugo ligero. 
— Atad, amigo, le dice, 
las manos, que sueltas fue- 
[ron 
a manchar mi propia san 

[gre: 
manchad vos con ella el sue- 

[lo.- 
Y teniendo ya los ojos 
cubiertos de un velo negro. 
al crucifijo le dijo 
en voz baja estos requie- 
bros : 



— ¡Alto Dios y Señor mío! 
¡Oh alto Dios y Señor nues- 
Yo soy la oveja perdida [tro! 
que por el despeñadero 
de los deleites del mundo 
me despeñé; mas confieso 
que sois Dios del cielo y tie- 
[rra, 
uno, Trino y Dios eterno, 
y en vuestras manos, Señor, 
mi espíritu os encomiendo. 
Llevad, Señor, a esta alma 
con los santos en el cielo; 
perdóname, Jesús mío; 
Jesús, Jesús, Jesús bueno. — 
Y en oyendo esto el verdugo 
tiñó en sangre el fuerte 
[acero. 
Unos dicen: — ¡Dios te ayu- 
[de! — 
Otros dicen: — ¡Credo, cre- 
ído!— 
No confíe el más subido 
en la torre de los vientos, 
que aquél que más presto 
[sube 
dan con él más presto al 
[suelo. 



ROMANCES REFERENTES A LAS CRÓNICAS Y TRADICIONES 
DE NAVARRA, ARAGÓN, CATALUÑA Y PORTUGAL 



MILAGRO DE SAN ANTOLIN CON 

DON SANCHO EL MAYOR, REY 

DE NAVARRA 

(De Lorenzo de epúlveda.) 

A caza salió don Sancho, 
rey que en Castilla reinaba; 
allá donde es hoy Palencia 



una gran cueva hallaba, 
y dentro de aquella cueva 
un altar antiguo estaba 
a honor de San Antolín; 
otro tiempo en él se honra- 
iba: 
junto a él estaba un puerco 
de catadura muy brava. 



NAVARRA, ARAGÓN, CATALUÑA Y PORTUGAL 



171 



En el sagrado lugar 
matarlo el rey acordaba: 
alzó el brazo para darle, 
el brazo se le secaba: 
el buen rey muy afligido 
devota oración rezaba ; 
en ella rogaba a Dios 
de sobre él quite su saña: 
tomaba por su abogado 
al Santo que ya nombrara: 
por los ruegos del buen már- 
[tir 
Dios al rey sano tornaba. 
Allí do estaba la cueva 
a Falencia la fundara, 
y encima de aquella ermita 
un gran templo edificaba: 
El rey le dio muy gran renta 
con que bien se sustentaba: 
puso en ella su arzobispo, 
y catedral se llamaba. 
Hizo Dios este milagro 
por darnos muestra m u v 
[clara, 
que quiere que a los sus tem- 
[plos 
gran reverencia se haga. 

LA CAMPANA DE HUESCA 

Don Ramiro de. Aragón, 
el rey monje que llamaban, 
caballeros de sus reinos 
asaz lo menospreciaban, 
qu'era muy sobrado manso 
y no sabidor en armas, 
por lo que no le obedecen, 
por lo que le desacatan. 
Enviado ha un mensajero 
al monje que lo criara, 



a San Ponce de Torneras 
donde el buen abad moraba, 
porque él le diese consejo 
en la bajeza en que estaba. 
El mensajero se parte 
y al abad le da una carta. 
El abad no le responde; 
en la huerta sólo entraba 
el mensajero con él, 
que respuesta le demanda. 
El abad le despachó 
sin hablarle una palabra. 
La respuesta que le diera 
fuera cifra bien cerrada, 
que sacando allí un cuchillo, 
las ramas altas cortaba. 
Despedido el mensajero, 
mal contento se tornaba. 
Como fué llegado al rey, 
le dijera estas palabras: 
— Mal recaudo os traigo, 
[rey, 
que el monje no vos pre- 
ciaba, 
ni me quiso dar respuesta; 
creo que de vos burlaba: 
entróse luego a una huerta 
en leyendo vuestra carta', 
y afilando allí un cuchillo, 
las ramas emparejaba. — 
Oyendo aquestas razones, 
el rey las disimulara: 
entendió bien la respuesta 
y el consejo que le daba. 
Hizo llamar a las Cortes, 
a Cortes que celebraba: 
dice que hacer quería 
una solemne campana 
que se oyese por el reino 
y sonase en toda España. 



172 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Viérades d'esto gran risa; 
los grandes d'ello mofaban. 
En esa ciudad de Huesca 
muchas gentes se juntaban: 
llamó un día a los señores, 
y en su cámara les habla, 
y a sus hijos herederos 
hizo quedar en la sala. 
En entrando, todos ellos 
viéronse entre gente de ar- 
[mas ; 
mandó cortar las cabezas 
a los que más se burlaban. 
Quince fueron sentenciados, 
a los otros perdonara. 
Mandó sacar las cabezas 
a los mozos de la sala: 
díjoles que eran de sus pa- 
[dres 
todas las que allí miraban, 
porque le tenían en poco 
y en su presencia burlaban: 
que viesen aquel ejemplo, 
y ellos mojasen la barba. 
Así fué temido el monje 
con el son d'esta campana. 

EL CONDE DE BARCELONA Y LA 
EMPERATRIZ DE ALEMANIA 

En el tiempo que reinaba 
y en virtudes florecía 
este conde don Ramón, 
flor de la caballería, 
en Barcelona la grande, 
que por suya la tenía, 
nuevas ciertas de dolor 
de un extranjero sabía, 
que allá en Alemania 
grande llanto se hacía 



por la nobie emperatriz 
que en virtud resplandecía, 
que dos malos caballeros 
la acusan de alevosía 
ante el gran emperador 
que más que a sí la quería, 
diciendo: — Sepa tu alteza, 
gran señor, si te placía, 
que nosotros hemos visto 
a la emperatriz un día 
holgar con un camarero, 
no mirando que hacía 
traición a tí, señor, 
y a su gran genealogía. — 
L'Emperador muy turbado 
d'esta suerte respondía: 
— Si es verdad, caballeros, 
esa tan gran villanía, 
yo haré un tal castigo 
cual conviene a la honra 
[mía. — 
Mandóla luego prender 
y en prisiones la ponía, 
hasta ser cumplido el plazo 
que la ley le disponía. 
Búscanse dos caballeros 
que defiendan la su vida 
contra los acusadores, 
que en el campo se vería 
la justicia cuya era, 
y a quien Dios favorecía. 
Pues sabido por el conde 
la nueva tan dolorida, 
determina de partir 
a librarla si podía 
con no más de un escudero, 
de quien él mucho se fía. 
Andando por sus jornadas 
sin parar noche ni día, 
llegado es a las cortes 




NAVARRA, ARAGÓN, CATALUÑA Y PORTUGAL 



173 



que el Emperador tenía 
para dar la gran sentencia 
de allí al tercero día 
que quemar l'Emperatriz, 
•cosa de muy gran mancilla! 
pues no había caballero 
en tan gran caballería 
que por una tal señora 
quiera aventurar su vida, 
por ser los acusadores 
de gran suerte y gran valía. 
Pues el conde ya llegado, 
preguntó si ser podría 
hablar con la Emperatriz 
por cosa que le cumplía. 
Supo que ninguno entraba 
do estaba su señoría, 
sino es su confesor, 
fraile de muy santa vida. 
Vase el conde para él, 
d'esta suerte le decía: 
— Padre, yo soy extranjero: 
de lejas tierras venía 
a librar, si Dios quisiese, 
o morir en tal porfía, 
a la gran Emperatriz 
que sin culpa yo creía; 
mas primero, si es posible, 
gran descanso me sería 
hablar con su majestad, 
si esto hacerse podía. 
— Yo daré orden, señor, 
el buen fraile respondía: 
tomará vuestra merced 
hábito que yo tenía, 
y vestirse ha como fraile 
y irá en mi compañía.^- 
Ya se parte el buen conde 
con el fraile que lo guía. 
Llegados que fueron dentro 



en la cárcel do yacía, 
las rodillas por el suelo, 
el buen conde así decía: 
— Yo soy, muy alta señora, 
de España la ennoblecida, 
y de Barcelona conde, 
ciudad de gran nombradía. 
Estando en la mia corte 
con solaz y alegría, 
por muy cierta nueva supe 
la congoja que tenía 
vuestra real majestad, 
de lo cual yo me dolía 
y por eso yo partí 
a poner por vos la vida. — 
La Emperatriz qu'esto oyera 
de gozosa no cabía; 
lágrimas de los sus ojos 
por su linda faz vertía; 
tomárale por las manos, 
d'esta suerte le decía: 
— Bien seáis venido, conde, 
buena sea vuestra venida : 
vuestra nobleza y valor, 
vuestro esfuerzo y valentía 
ya me hacen ser muy cierta 
que mi honra librarían. 
Vuestra vida está segura, 
pues que Dios bien lo sabía 
que es falsa la acusación 
que contra mí se ponía. — 
Ya se despide el buen conde, 
ya las manos le pedía 
para haberlas de besar. 
mas ella no consentía. 
Vase par a su posada; 
ya qu'el plazo se cumplía, 
armado de todas armas 
bien a punto se ponía, 
y él como era muy discreto 



174 



ROMANCES HISTÓRICOS 



¡Oh cuan bien que parecía! 
su escudero iba con él 
bien armado que salía 
en un caballo morcillo 
muy rijoso en demasía. 
Yendo por la grande plaza 
con orgullo que traía, 
encontró con un muchacho 
que de vello era mancilla, 
en ver que luego murió 
sin remedio de su vida. 
L'escudero qu'esto vido, 
con temor que en él había, 
comenzó luego a huir 
cuanto el caballo podía, 
y quedó el conde solo, 
no de esfuerzo y valentía. 
Y como era valeroso 
no dejó de hacer su vía, 
y puesto entre los jueces 
dijo que él defendería 
ser maldad y traición, 
ser envidia y ser falsía 
la acusación que le ponen 
a su alta señoría; 
y que salgan uno a uno 
pues está sin compañía. 
Estas palabras diciendo, 
ya el acusador venía 
con trompetas y atabales, 
con estruendo y gallardía. 
Parten el sol los jueces, 
cada cual tomó su vía, 
arremeten los caballos, 
gran encuentro se hacía; 
del acusador la lanza 
en piezas volado había 
sin herir a don Ramón 
ni menearlo de la' silla: 
don Ramón a su contrario 



de tal encuetro lo hería, 
que del caballo abajo 
derribado lo había. 
El conde, que así lo vido, 
del caballo descendía; 
va para él con denuedo 
donde le quitó la vida. 
El otro acusador, 
que vio tanta valentía 
en l'extraño caballero, 
gran temor en sí tenía; 
y viendo que falsamente 
el acusador hacía, 
demandó misericordia 
y al buen conde se rendía 
don Ramón con gran noble- 
d'esta suerte respondía: [za 
— No soy parte, caballero, 
para yo daros la vida, 
pedidla a su majestad 
que es quien dárosla podía. — 
Y preguntó a los jueces 
si más hacer se debía 
por librar la Emperatriz 
de lo que se l'imponía: 
respondieron que la honra 
él ganada la tenía, 
que en su libertad estaba 
de hacer lo que querría. 
Desque aquesto oyera el con- 
del palenque se salía: [de, 
vase para su posada, 
no reposa hora ni día, 
mas encima de su caballo 
desarmado se salía: 
el camino de su tierra 
en breve pasado había. 
Tornando al Emperador, 
grande fiesta se hacía: 
sacaron la Emperatriz 




NAVARRA. ARAGÓN, CATALUÑA Y PORTUGAL 



175 



con grandísima alegría, 
con los juegos y las fiestas 
la ciudad toda se hundía. 
.Todos iban muy galanes, 
cada cual quien más podía. 
L'Emperador muy contento 
por el vencedor pedía, 
para hacerle aquella honra 
que su bondad merecía. 
Desque supo que era ido 
gran dolor en sí tenía; 
a la Emperatriz pregunta 
le responde por su vida 
quien era su caballero 
que tan bien la defendía. 
Respondiérale : — Señor, 
yo jurado lo tenía; 
no decir quien era él 
dentro del tercero día. — 
Mas después de ser pasado 
ante muchos lo decía, 
como era el gran conde 
flor de la caballería, 
y señor de Cataluña 
y de toda su valía. 
El Emperador que lo supo 
de contento no cabía 
viendo que tan gran señor 
de su honra se dolía. 
La Emperatriz determina. 
y el Emperador lo quería, 
de partirse para España, 
y así luego se partía 
para ver su caballero 
a quien tanto ella debía. 
Con trescientos de a caballo 
comenzó de hacer su vía; 
dos cardenales con ella, 
por 'tenerle compañía; 



muchos duques, muchos con- 
[des, 
con muy gran caballería. 
El buen conde que lo supo 
gran aparato hacía, 
y cerca de Barcelona 
a recibirla salía 
acompañado de grandes 
de su grande señoría; 
y una legua de camino, 
y otros más dicen que había, 
mandó poner grandes mesas 
de comer muy bastecidas, 
pues, recibida que fué 
con muy grande cortesía, 
entraron en Barcelona, 
la cual estaba guarnida 
de muy ricos paramentos 
y de gran tapicería. 
Hacen justas y torneos 
y otras fiestas de alegría, 
d'esta manera el buen conde 
a la Emperatriz servía. 
hasta que para su tierra 
de tornarse fué servida. 

DON PEDRO I DE PORTUGAL 
Y DOÑA INÉS DE CASTRO. 1 

(De Gabriel Lobo Laso rfr 
la Vega.) 

El valeroso Don Pedro, 
gran príncipe lusitano, 
hijo del rey Don Alonso, 
sucesor en sus estados, 
de una doncella en Galicia, 
dicha Doña Inés de Castro 
y Valladares, fué preso 
de su hermosura forzado 
cuya recta descendencia 



.76 



ROMANCES HISTÓRICOS 



fué del tronco claro y alto 
.de los antiguos de Lemos, 
que resplandecen hoy tanío. 
hija bastarda que fué 
de Pedro Hernández de Cas- 
un valiente caballero, [tro, 
del príncipe primo hermano. 
Digo, pues, que como fuese 
este príncipe casado, 
dio grandes muestras de es- 
[tar 
d'esta Doña Inés prendado, 
a quien con sola la vista 
iba su mal declarando, 
no gozando aun todas veces 
d'esto, que a nadie es negado 
que de amor cualquier afecto 
ofende a un intento casto. 
Hizo muchas diligencias 
de hablarla, y todas en vano, 
que la bella Doña Inés 
da a su pretensión de mano, 
viendo que el mejor suceso 
tiene de ser en su daño. 
Mas como es víspera el bien 
del acaecimiento malo, 
sucedió pues que murió 
la princesa en este estad- >. 
Hallóse Don Pedro libre, 
y a su mal medio buscando, 
se casó con Doña Inés 
en Berganza con recato; 
en la cual tuvo tres hijos, 
de que fué el rey avisado, 
a quien pesó por extremo; 
y de tres malos vasallos 
fué inducido con instancia 
a hacer un hecho villano, 
que prosiguiendo adelante 
se dirá el suceso infausto. 



DON PEDRO I DE PORTUGAL 
Y DOÑA INÉS DE CASTRO. — II 

(De Gabriel Lobo Laso de 
la Vega.) 

Contento con Doña Inés 
está Don Pedro en Coimbra: 
no en tanto el futuro cetro 
como el poseerla estima, 
y le paga Doña Inés 
con esta voluntad misma; 
y como en el buen estado 
la constancia está abscondi- 
ofreciósele a Don Pedro [da, 
una ausencia hacer precisa, 
cosa que el que bien amare 
sabrá bien cuánto lastima. 
Sabiendo el rey Don Alonso 
de su hijo la partida, 
con los tres crueles vasallos 
que al mal, mal le persua- 
dían, 
do está Doña Inés de Castro 
con gran secreto camina, 
confuso, atemorizado, 
porque los tres le decían 
que sería el casamiento 
del reino total ruina, 
y que el morir Doña Inés 
era lo que convenía. 
Hízosele duro al rey 
su inocente culpa vista, 
de que los tres indignados, 
como suprema justicia 
que eran del reino, tomaron 
sobre si aquesta malicia. 
Finalmente, Doña Inés 
rindió a sus dagas la vida; 
cuya lastimosa muerte 
por el príncipe sabida, 



ROMANCES DE LA HISTORIA DE ITALIA 



177 



mueve guerra contra el pa- 
[dre. 
el cual murió en pocos días 
de pesadumbre, y los tres 
se huyeron para Castilla. 
Coronóse el portugués, 
según su fuero, en Coimbra, 
coronando juntamente 
por reina y mujer legítima 
los huesos de Doña Inés, 
que desenterrar hacía. 
Funestas bodas y exequias 
celebrando un mismo día; 
y de los tres, dos cogiendo, 
hizo d'ellos cruel justicia. 

DON PEDRO I DE PORTUGAL 
Y DOÑA INÉS DE CASTRO. — III 

Don Pedro, a quien los 
[crueles 
llaman sin razón Cruel, 
desde Coimbra a Alcobaza, 
cien mil hachas hizo arder. 
Todas arden, más que todas 
arde el corazón del rey, 



lo que va de amor a luces 
y de cera al querer bien. 
Sentóse a su lado, y luego 
los fidalgos y la plee 
y el reino besó en cenizas 
la mano que nieve fué. 
Para obrar tan gran fineza 
no le faltó a Amor ser rev, 
sin juntarse con las armas 
del monarca portugués. 
El sol desconoce el día 
cuando por tierra la ve 
en la noche de sus luces, 
todo el firmamento en pie. 
La muerte, que sólo es fénix, 
estas bodas supo hacer, 
donde en la vida y la muerte 
reinan marido y mujer. 
Los clarines y clamores 
dan pésame y parabién, 
al vivo, de su firmeza, 
y al cadáver, de su fe. 
Lo que sobró del sepulcro 
cubre funesto dosel; 
tálamo y túmulo cubren 
a Don Pedro y Doña Inés. 



ROMANCES DE LA HISTORIA DE ITALIA 



JUAN BORJA, PRIMER DUQUE 
DE GANDÍA, HIJO DEL PAPA 
ALEJANDRO VI Y DE SU CONCU- 
BINA VANOSIA, MUERE ASESI- 
NADO POR SU HERMANO CESAR 
EN EL AÑO DE 1492 

A veinte y siete de julio, 
un lunes, en fuerte día, 



allá en Roma la santa 
grande llanto se hacía 
por la muerte del buen du- 
[que 
que se llama de Gandía. 
Lloran duques, lloran con- 
lloraba la clerecía [des, 

por tres días con sus noches 
qu'el duque no parecía. 



178 



ROMANCES HISTÓRICOS 



Mandan pregonar por Roma, 
y el pregón así decía: 
— Que cualquier que al du- 
[que hallase 
mil ducados llevaría. — 
Visto por los españoles 
que tal pregón se hacía, 
buscaban de casa en casa 
al gran duque de Gandía. 
Al Papa vino un barquero 
que en Tíber pescar solía; 
las rodillas por el suelo, 
d'este modo proponía : 
— Óigame tu Santidad, 
gran señor, si te placía. 
— Di, barquero, tu embajada, 
que oida bien te sería: 
¿Traes nuevas por ventura 
d'ese duque de Gandía? 
— Yo no traigo nueva cierta, 
aunque traerla quería; 
y es que estando aquí esta 
casi la una sería, [noche, 
vi tres hombres abrazados 
que lidiaban a porfía 
todos tres en una puente, 
y después vi que caía 
uno d'ellos en el agua: 
esto es lo que yo sabía. — 
En oir aquesto el Papa 
muy turbado se sentía: 
mandó juntar los barqueros 
y a todos les prometía 
que a cualquier que lo ha- 
blase 
grandes dones le daría. 
Toman barcos y bateles, 
cuantos en el río había: 
río arriba, río abajo, 
búscale quien más podía. 



Mas aquel mismo barquero 
que la relación hacía, 
echó los garfios al agua; 
con ellos al duque asía. 
Desque le hubo sacado 
muy gran mancilla ponía. 
Siete puñaladas tiene 
todas de mortal herida, 
por el cuello degollado 
aunque no lo merecía. 
Una piedra a la garganta 
con que el cuerpo le sumía. 
Un alcarchofado sayo 
su lindo cuerpo vestía; 
un jubón de raso negro, 
que se vistiera aquel día; 
una gran cadena al cuello, 
que mil ducados valía; 
otros tantos en la bolsa, 
y otras joyas de valía. 
Entonces de verlo así 
toda la gente decía: 
— Aquel que al duque mató 
por dineros no le había, 
sino por el malogrado 
del buen duque de Gandía. — 
Visto por el Padre Santo 
a Dios oración hacía: 
— ¡Malditos sean de Dios, 
también de Santa María, 
los que a mi hijo mataron, 
todo mi bien y alegría! — 
Ahí estaba un arzobispo, 
que de la traición sabía: 
respondiendo al Padre Santo, 
d'esta suerte respondía: 
— No los maldigáis, señor, 
que no es cosa que cumplía, 
que los que al duque mata- 
[ron 



ROMANCES JUDÍOS 



179 



ya pasan de Lombardía. — 
Oyendo esto el Padre Santo, 
a su oración se volvía; 
las rodillas por el suelo 
d'esta suerte proseguía: 
— Benditos sean de Dios, 



también de Santa María, 
los que a mi hijo mataron 
con tan grande alevosía; 
absuélvolos desde aquí, 
pues Dios así lo quería. — 



ROMANCES JUDÍOS 



UN HIJO TIENE EL BUEN CONDE 

Un hijo tiene el buen conde, 
un hijo tiene y no más. 
Se lo dio al señor rey 
por deprender y por embe- 
[zar. 
El rey lo quería mucho 
y la reina más y más. 
El rey le dio un caballo, 
la reina le dio un calzar. 
El rey le dio un vestido, 
la reina le dio media ciudad. 
Los consejeros se celaron 
y lo metieron en mal: 
que lo vieron con la reina 
en hablar y platicar. 
— Que lo vaigan, que lo ma- 
que lo llevan a matar, [ten, 
— Ni me maten ni me to- 
ni me dejo yo matar ; [quen. 
sino iré donde mi madre 
dos palabras, tres hablar. 
— Buenos días, la mi madre. 
— Vengáis en buena, mi re- 
Asiéntate a mi lado, [jal. 
cántame una cántica 
de las que cantaba tu padre 
en la noche de la Pascua. — 



Tomó tacsim en su boca 
y empezó a cantar. 
Por allí pasó el señor rey 
y se quedó oyendo. 
Preguntó el rey a los suyos: 
— ¿Si ángel es de los cielos 
o sirena de la mar? — 
Saltaron la buena gente: 
— Ni ángel es de los cielos 
ni sirena de la mar, 
sino aquel mancebico 
que lo mandasteis a matar. 
— Ni lo maten, ni lo toquen, 
ni lo dejo yo matar. — 
Tomólo de la mano 
y junto se fué al serrallo. 

IR ME QUERO, LA MI MADRE 

Ir me quero, la mi madre, 
ir me quero, y me iré, 
y las yerbas de los campos 
por pan me las comeré. 
Las lágrimas de los ojos, 
por agua me las beberé. 
Y en medio del camino, 
una kulé fraguaré. 
Por adentro kaulí-katil, 



180 



ROMANCES FRONTERIZOS 



por afuera serrallo del rey. 
Todo quien pasa y torna, 
arriba los llamaré. 
Ellos que canten sus males, 
más y más yo les cantaré. 



Si los suyos salen los mun- 
[chos, 
a paciencia yo los tomaré. 
Si los míos salen más mun- 
a la mar me echaré, [chos, 



ROMANCES FRONTERIZOS O DE LAS GUERRAS Y BA- 
TALLAS ENTRE LOS CRISTIANOS Y LOS MOROS DE 
LAS FRONTERAS DESDE LA ÉPOCA DEL REY DON 
JUAN I DE CASTILLA AL FIN DE LA DE LOS REYES 
CATÓLICOS DOÑA ISABEL Y DON FERNANDO 



ROMANCE DE ABENAMAR 

— ¡Abenámar, Abenámar, 
moro de la Morería, 
el día que tú naciste 
grandes señales había! 
Estaba la mar en calma, 
la luna estaba crecida: 
moro que en tal signo nace 
no debe decir mentira. — 
Allí respondió el moro, 
bien oiréis lo que decía: 
— Yo te la diré, señor, 
aunque me cueste la vida. 
Porque soy hijo de un moro 
y una cristiana cautiva; 
siendo yo niño y muchacho 
mi madre me lo decía, 
que mentira no dijese, 
que era grande villanía: 
por tanto pregunta, rey, 
que la verdad te diría. — 
— Yo te agradezco, Abená- 
aquesa tu cortesía: [mar, 



¿Qué castillos son aquellos? 
¡Altos son, y relucían! 
— El Alhambra era, señor, 
y la otra la Mezquita; 
los otros los Alixares, 
labrados a maravilla. 
El moro que los labraba 
cien doblas ganaba al día, 
y el día que no los labra 
otras tantas se perdía. 
El otro es Generalife, 
huerta que par no tenía; 
el otro Torres-Bermejas, 
castillo de gran valía. — 
Allí habló el rey Don Juan, 
bien oiréis lo que decía: 
— Si tú quisieses, Granada, 
contigo me casaría; 
daréte en arras y dote 
a Córdoba y a Sevilla. 
— Casada soy, rey don Juan, 
casada soy, que no viuda; 
el moro que a mí me tiene 
muy grande bien me quería. 




BATALLA DE LOS ALPORCHONES 



181 



tAHOMAD, REY DE GRANADA, 

SITIA A BAEZA QUE ESTA 

DEFENDIDA POR PEDRO DÍAZ 

Moricos, los mis moricos, 
los que ganáis mi soldada, 
derribédesme a Baeza, 
esa villa torreada, 
y a los viejos y a los niños 
la traed en cabalgada, 
y a los moros y varones 
los meted todos a espada, 
y a ese viejo Pero Díaz 
prendédmelo por la barba, 
y aquesa linda Leonor 
será la mi enamorada. 
Id vos, capitán Vanegas, 
porque venga más honrada, 
que si vos sois mandadero, 
será cierta la jornada. 

BATALLA DE LOS ALPORCHONES, 
EN QUE QUIÑONERO QUEDA CAU- 
TIVO 

Allá en Granada la rica 
instrumentos oí tocar 
en la calle de los Gómeles, 
a la puerta de Abidbar, 
el cual es moro valiente 
y muy fuerte capitán. 
Manda juntar muchos moros 
bien diestros en pelear, 
porque en e! campo de Lorca 
se determina de entrar; 
con él salen tres alcaides, 
aquí los quiero nombrar: 
Almoradí de Guadix, 
este es de sangre real ; 
Abenacizes el otro, 



y de Baza natural; 
y de Vera es Alabez, 
de esfuerzo muy singular, 
y en cualquier guerra su gen- 
bien la sabe acaudillar, [te 
Todos se juntan en Vera 
para ver lo que harán; 
el campo de Cartagena 
acuerdan de saquear. 
A Alabez, por ser valiente. 
lo hacen su general; 
otros doce alcaides moros 
con ellos juntado se han, 
que aquí no digo sus nom- 
por quitar prolijidad, [bres 
Ya se partían los moros, 
ya comienzan de marchar 
por la fuente de Pulpé, 
por ser secreto lugar, 
y por el puerto los Peines, 
por orillas de la mar. 
En campos de Cartagena 
con furor fueron a entrar ; 
cautivan muchos cristianos, 
que era cosa de espantar. 
Todo lo corren los moros 
sin nada se les quedar; 
el rincón de San Ginés 
y con ellos al Pinatar. 
Cuando tuvieron gran presa 
hacia Vera vuelto se han, 
y en llegando al Puntaron, 
consejo tomado han 
si pasarían por Lorca, 
o si irían por la mar. 
Alabez, como es valiente 
por Lorca quería pasar, 
por tenerla muy en poco 
y por hacerle pesar; 
y así con toda su gente 



182 



ROMANCES FRONTERIZOS 



comenzaron de marchar. 
Lorca y Murcia lo supieron; 
luego los van a buscar, 
y el comendador de Aledo, 
que Lisón suelen llaman 
junto de los Alporchones 
allí los van a alcanzar'. 
Los moros iban pujantes, 
no dejaban de marchar; 
cautivaron un cristiano, 
caballero principal, 
al cual llaman Quiñonero, 
que es de Lorca natural. 
Alabez, que vio la gente, 
comienza de preguntar: 
— Quiñonero, Quiñonero, 
dígasme tú la verdad, 
pues eres buen caballero, 
no me la quieras negar; 
¿Qué pendones son aquellos 
que están en el olivar? — 
Quiñonero le responde, 
tal respuesta le fué a dar: 
— Lorca y Murcia son, señor, 
Lorca y Murcia, que no más, 
y el comendador de Aledo, 
de valor muy singular, 
que de la francesa sangre 
es su prosapia real. 
Los caballos traían gordos, 
ganosos de pelear. 
Allí respondió Alabez, 
lleno de rabia y pesar: 
— Pues por gordos que los 
[traigan, 
la Rambla no han de pasar, 
y si ellos la Rambla pasan, 
¡Alá, y qué mala señal! — 
Estando en estas razones 
allegara el mariscal 



y el buen alcaide de Lorca. 
con esfuerzo muy sin par. 
Aqueste alcaide es Faxardo. 
valeroso en. pelear; 
la gente traen valerosa, 
no quieren más aguardar. 
A los primeros encuentros 
la Rambla pasado han, 
y aunque los moros son mu- 
allí lo pasan muy mal.[chos. 
Mas el valiente Alabez 
hace gran plaza y lugar. 
Tantos de cristianos matan, 
que es dolor de lo mirar. 
Los cristianos son valientes, 
nada les pueden ganar; 
tantos matan de los moros, 
que era cosa de espantar. 
Por la sierra de Aguaderas 
huyendo sale Abidbar 
con trescientos de a caballo, 
que no pudo más sacar. 
Faxardo prendió a Alabez 
con esfuerzo singular. 
Quitáronle la cabalgada, 
que en riqueza no hay su 
[par. 
Abidbar llegó a Granada, 
y el rey lo mandó matar. 

LA PERDIDA DE ANTEQUERA 

La mañana de Sant Joan 
al punto que alboreaba, 
gran fiesta hacen los moros 
por la Vega de Granada. 
Revolviendo sus caballos, 
jugando iban las cañas, 
ricos pendones en ellas 
labrados por sus amadas, 



RECOBRO DE JAÉN 



183 



y sus aljubas vestidas 
de sedas finas y granas: 
el moro que tiene amores 
señales d'ello mostraba, 
y el que amiga no tiene 
allí no escaramuzaba. 
Moras los están mirando 
de las torres del Alhambra, 
por ver que tienen amores, 
y quien más se aventajaba. 
También los miraba el rey 
de los Alixares do estaba, 
cuando vino un moro viejo 
sangrienta toda la cara, 
las rodillas por el suelo, 
d'esta manera hablara: 
— Con tu licencia, el rey, 
diré una nueva muy mala: 
qu'ese infante don Fernando 
tiene a Antequera ganada; 
ha muerto allí muchos mo- 
[ros, 
yo soy quien mejor librara, 
y cuatro lanzadas traigo, 
la menor me llega al alma: 
los que conmigo escaparon 
en Archidona quedaban. — 
Cuando el rey oyó tal nueva 
la color se le mudaba: 
mandó tocar sus trompetas 
y sonar todos al arma. 
Juntados mil de a caballo 
para hacer gran cabalgada, 
cuando llegan a Alcalá, 
que la Real se llamaba, 
cortando viñas y panes, 
una escaramuza traban. 
Los cristianos eran muchos, 
mas llevaban orden mala; 
los moros, que son de guerra 



tómanles la cabalgada. 
Con tal victoria, los moros 
vuélvense para Granada. 

SALEN LOS MOROS DE GRANADA 
CON MUZA Y BOABDIL A RECO- 
BRAR JAÉN 

— Redúan, bien se te acuer 
[da, 
que me diste la palabra 
que me darías a Jaén 
en una noche ganada. 
Redúan si tú lo cumples, 
daréte paga doblada, 
y si tú no lo cumplieres 
desterrarte he de Granada. 
Echarte he en una frontera, 
do no goces de tu dama. — 
Redúan le respondía 
sin demudarse la cara: 
— Si lo dije, no me acuerdo; 
mas cumpliré mi palabra. — 
Redúan pide mil hombres, 
el rey cinco mil le daba. 
Por esa puerta de Elvira 
sale muy gran cabalgada: 

¡Cuánto del hidalgo moro! 

¡Cuánta de la yegua baya! 

¡Cuánta de la lanza en puño! 

¡Cuánta de la adarga blanca! 

¡Cuánta de marlota verde! 

¡Cuánta aljuba de escarlata! 

¡Cuánta pluma y gentileza! 

¡Cuánto capellar de grana! 

¡Cuánto bayo borceguí! 

¡Cuánto lazo que le esmalta! 

¡Cuánta de la espuela de 
[oro! 

¡Cuánta estribera de plata! 



134 



ROMANCES FRONTERIZOS 



Toda es gente valerosa 
y experta para batalla: 
en medio de todos ellos 
va el rey Chico de Granada. 
Míranlo las damas moras 
de las torres del Alhambra. 
La reina mora su madre 
d'esta manera le habla: 
— Alá te guarde, mi hijo, 
Mahoma vaya en tu guarda, 
y te vuelva de Jaén 
libre, sano y con ventaja, 
y te de paz con tu tío, 
señor de Guadix y Baza. — 

PRISIÓN DEL ALCAIDE DE JAÉN 

Desde el campo a la mura- 
tila 
díxole un moro al Alcaide: 
— Cristiano, tengo un captivo 
que al mi rey ha de mostrar- 
corno vine hasta Jaén [le. 
y en lucha tuve a su Alcaide. 
Prenda es de honra el capti- 
[vo 
y aquesta prenda bien vale, 
pues para el rey será siervo, 
quien para tí, fué tu padre 
— Moro, — díxole el cristiano, 
si mis razones te valen, 
fabla mejor como fijo 
que como a ferir fablaste. 
Dígote yo que si un viejo 
prendiese, y el fijo valme 
suplicándome a las plantas 
con lágrimas que no salen, 
porque en homes como en- 
trambos 
las lágrimas son de sangre, 



tendríame por hircano, 
tendríame por cobarde. 

¡Pide, por Sancta María, 
pídeme, moro, rescate, 
pero déxame al buen viejo 
y tómame per mostrarme 
que no por tu espada, no, 
pero me doy por mi padre! 
— Cristiano, — díxole el moro, 
bien pudiste aquí ablandar- 
[me 
y por ser más caballero 
yo devuélvete a tu padre. 
Mas, por cosa de Jaén 
que al mi rey he de mostrar 
[le 
con tu escudo en la gualdra 
[pa 
tu caballo habrás de darme 
Le diré al mi rey, ques es 
[prenda 
y es presente, por su padre, 
del cristiano de Jaén, 
que no quise más rescate. 
Dióle el caballo y los brazos. 
El moro dióle a su padre 

¡Y a Jaén, dióse la vuelta 
con aquel viejo el Alcaide! 

MUERTE DADA A LOS ABENCERRA- 
JES 

En las torres del Alhambr a 
sonaba gran vocería, 
y en la ciudad de Granada 
grande llanto se hacía, 
porque sin razón el rey 
hizo degollar un día 
treinta y seis Albencerrajes 
nobles y de gran valía 



CONQUISTA DE ALHAMA 



185 



a quienes Cegríes y Gómeles 
acusan de alevosía. 
Granada los llora más 
con gran dolor que sentía, 
que en perder tales varones 
es mucho lo que perdía. 
Hombres, mujeres y niños 
lloran tan grande pérdida; 
lloran todos los demás, 
cuantos en Granada había. 
Por las calles y ventanas 
mucho luto parecía; 
no había dama principal 
que luto no se ponía, 
ni caballero ninguno 
que de negro no vestía, 
si no fueran los Cegríes, 
do salió su alevosía, 
y con ellos los Gómeles, 
que les tienen compañía. 
y si algún luto llevaban, 
es por los que muerto habían 
los Gazules y Alavezes 
con gran valor y osadía 
en el cuarto de los Leones, 
por vengar la villanía; 
y si hallaran al rey Chico, 
le privaran de la vida, 
por consentir la maldad 
que allí consentido había. 

ROMANCE DEL REY MORO QUE 
PERDIÓ ALHAMA 

Paseábase el rey moro 
por la ciudad de Granada 
desde la puerta de Elvira 
hasta la de Vivarambla. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Cartas le fueron venidas 



que Alhama era ganada: 
las cartas echó en el fuego, 
y al mensajero matara. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Descabalga de una muía, 
y en un caballo cabalga; 
por el Zacatín arriba 
subido se había al Alhambra- 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Como en el Alhambra estu- 

[vo, 
al mismo punto mandaba 
que se toquen sus trompetas, 
sus añafiles de plata. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Y que las cajas de guerra 
aprisa toquen al arma, 
porque lo oigan sus moriscos 
los de la Vega y Granada. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Los moros que el son oyeron 
que al sangriento Marte 11a- 

[ma, 
uno a uno y dos a dos 
juntado se ha gran batalla. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Allí habló un moro viejo, 
d'esta manera hablara: 
— ¿Para qué nos llamas, rey, 
para qué es esta llamada? — 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
— Habéis de saber, amigos, 
una nueva desdichada: 
que cristianos de braveza 
ya nos han ganado Alhama. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Allí habló un Alfaqui 
de barba cruda y cana: 
— ¡Bien se te emplea, buen 

[rey 



186 



ROMANCES FRONTERIZOS 



¡Buen rey, bien se te em- 
pleara! 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Mataste los Abencerrajes, 
que eran la flor de Granada; 
cogiste los tornadizos 
de Córdoba la nombrada. 
«¡Ay de mi Alhama!» 
Por eso mereces, rey 
una pena muy doblada; 
que te pierdas tu y el reino ; 
y aquí se pierda Granada. — 
«¡Ay de mi Alhama!» 

EL REY CHICO PRISIONERO DEL 
CONDE DE CABRA 

Junto al vado de Genil, 
por un camino seguido 
viene un moro de a caballo 
de polvo y sangre teñido, 
corriendo a todo correr 
como el que viene huido. 
Llegado junto a Granada, 
da gran grito y alarido, 
publicando malas nuevas 
de un caso que ha aconteci- 
[do: 
— Que el rey Chico se perdió 
y los que con él han ido, 
y que no escapó ninguno, 
preso, muerto o mal herido; 
que de cuantos allí fueron 
yo sólo me he guarecido, 
a traer nueva tan triste 
del gran mal que ha sucedi- 
do. 
Los que a vuestro rey ven- 
cieron 
sabed, si no habéis sabido. 



que fué aquel Diego Hernán- 
dez, 
de Córdoba es su apellido, 
Alcaide de los Donceles, 
hombre sabio y atrevido, 
y aquel gran conde de Cabra, 
que en su ayuda ha venido; 
y éste venció la batalla 
y aquel trance tan reñido; 
y otro, Lope de Mendoza, 
que de Cabra había salido, 
que andaba entre los peones 
como un león atrevido. 
Y sabed que el rey no es 
[muerto; 
mas que está en prisión ren- 
dido, 
que le vide ir en trailla 
con acto muy abatido, 
y llévanlo derecho a Lucena, 
junto adonde fué vencido. — 
Lloraba toda Granada 
con grande llanto y gemido: 
lloraban mozos y viejos 
con algazara y ruido; 
lloraban todas las moras 
un llanto muy dolorido; 
mesan sus cabellos negros, 
desgarrando sus- vestidos, 
arañan sus blancas caras 
y sus rostros tan lucidos: 
unas lloran hijos, padres; 
otras hermano o marido; 
lloran tanto caballero 
como allá se hubo perdido; 
lloraban por su buen rey 
tan amado y tan querido. 
Queréllanse de Mahoma, 
que ansí ha desfavorecido 
a su ejército y su rey, 



EL CERCO DE MALACA 



187 



que fuese ansí destruido. 
Prometen todas sus joyas, 
sus ajorcas y tejillos, 
v con estas y otras cosas 
dar su rescate cumplido. 

SITIO Y TOMA DE LOJA, POR LAS 
TROPAS DE FERNANDO V 

(De Gabriel Lobo Lazo de- 
la Vega.) 

En Loja estaba el rey Chi- 
[co 
con gran copia de soldados 
porque con el rey Zagal, 
su tío : andaba encontrado, 
sobre el tener cada cual 
solo y sin igual su Estado: 
cosa dura de llevar 
en quien alcanza algún man- 
[do. 
Puso sitio en este tiempo 
el Católico Fernando 
sobre la fuerte ciudad, 
aunque no tan a su salvo, 
que primero no tuviese 
mil rencuentros porfiados 
en que murió mucha gente 
del uno y del otro bando, 
sobre asentar las estancias 
en lugar acomodado, 
que de la ciudad salían 
muchos moros a estorbarlo; 
que los prácticos del reino, 
que al rey estaban guardando 
que al fin con dificultad 
la sitió por todos lados, 
unos con otros por horas 
escaramuzas trabando; 
en algunas la persona 



del rey moro peleando. 
Pues de ver tanta ruina 
Martín de Alarcón cansado, 
y de que el buen don Rodri- 
[go 
Téllez Girón, el nombrado. 
Maestre de Calatrava, 
murió en el cerco pasado, 
haciendo por su persona 
lo que el fiero Marte airado, 
de dos veloces saetas 
por el pecho atravesado, 
la delantera tomó, 
y con ánimo indignado, 
osando lo más difícil, 
hizo por la espada tanto, 
que por el mayor aprieto 
de los moros abrió paso, 
sin ser bastante a impedirlo 
el escuadrón más cerrado, 
hasta que en los arrabales 
de Loja entró peleando, 
a todas partes hiriendo, 
lijero cual suelto pardo, 
a quien sigue mucha gente 
viendo un hecho tan extra- 
[ño; 
el cual puso a la ciudad 
el cerco más apretado, 
dándole de allí adelante 
un asalto y otro asalto, 
hasta que el aprieto viendo 
el rey moro, movió trato 
en que libre le dejó 
la ciudad al rey Fernando. 

EL CERCO DE MALAGA 

Málaga está muy estrecha 
en gran quebranto y fatiga. 



188 



ROMANCES FRONTERIZOS 



por todas partes cercada, 
muy gran hambre padecía. 
No quiere ningún partido 
el Cegrí que la tenía. 
y lo mismo los Gomeres, 
moros que la defendían. 
Visto por el Alfaquí, 
que el Alhariz se decía, 
junto con Alí-ben-amar 
y el Dordux en compañía, 
como su necesidad 
era mayor cada día, 
y que no tenían remedio 
ni socorro no atendían, 
convocaron la ciudad, 
y con gran gente que había 
hablaron así al Cegrí, 
y el Alfaquí le decía: 
— Ruégote, Hamet, Cegrí, 
yo y aquesta compañía 
que entregues esta ciudad, 
pues defensa no tenía. 
Contempla cuantos guerreros 
el cuchillo muerto había; 
no quieras que mate a eso- 
[tros 
la gran hambre que tenían. 
Nuestras mujeres y hijos 
muy gran dolor nos ponían, 
porque nos demandan pan 
y de hambre se morían; 
y tú más daños nos haces 
que los cristianos hacían; 
que ellos nos matan a hierro, 
tú por más áspera vía. 
di, ¿son más fuertes los mu- 
iros 
que aquesta ciudad tenía, 
que son aquellos de Ronda, 
que ya entregado se había? 



¿Ni vosotros sois más fuer- 
ni tenéis más valentía [tes, 
que aquella gente de Loja 
que a aquestos reyes se hu- 
[milla? 
Di, ¿qué esperanza te queda, 
pues tienes tal rebeldía? 
Granada perdió su fuerza, 
su gente no es cual solía 
los capitanes su orgullo, 
porque rey les fallecía. 
Deja vanas esperanzas 
que poco al caso hacían. — 
El Cegrí muy obstinado, 
con enojo respondía: 
— Que por manera ninguna 
la ciudad no entregaría, 
y que tuviesen por cierto 
que primero moriría. — 
Los moros muy fatigados 
unas cartas escribían 
al rey por algún partido; 
sola libertad pedían: 
pero ya aqueste concierto 
el rey no les concedía, 
publicada ya la hambre 
que la ciudad padecía. 
Un Abrahen Angelí, 
el cual santo se decía, 
pensó de quitar el cerco 
que Málaga en sí tenía. 
Juntó cuatrocientos moros, 
con esto que les decía. 
Vánse a Málaga secretos, 
abscondiéndose de día, 
y un día muy de mañana, 
ya que casi amanecía, 
por la parte de la mar 
el real acometían 
para entrar por las estancias 




CONQUISTA DE GRANADA 



189 



que en aquella parte había; 
y al fin, saltando por ellas, 
peleando a maravilla, 
entraron doscientos de ellos 
en la ciudad a porfía, 
y los demás fueron muertos 
por la gente que ocurría. 
En aquesto el moro santo, 
por hacer lo que quería, 
salióse de la batalla 
y púsose de rodillas 
alzadas ambas las manos, 
como que oración hacía, 
y d'esta suerte fué preso: 
el cual a todos decía 
como era moro santo, 
y que muy cierto sabía 
l¿t toma de la ciudad 
en qué tiempo se haría, 
y que aquesto a solo al rey, 
y no a otro lo diría. 
Mandólo traer el rey 
para ver lo que decía; 
pero a su tienda llegados, 
hallaron que el rey dormía, 
y lleváronlo a otra tienda, 
en la cual residía 
el nuevo marqués de Moya 
y su mujer Bobadilla; 
el ilustre portugués 
don Alvaro se decía. 
Entrando en la tienda el mo- 
como a nadie conocía, [ro, 
don Alvaro pensó que era 
el rey, que verlo quería, 
y la reina la marquesa, 
que muy rica se vestía. 
Sacó muy disimulado 
un terciado que traía, 
v a don Alvaro le dio 



con él una gran herida 
en medio de la cabeza, 
peligrosa a maravilla, 
y a la marquesa tiró 
otras como más podía; 
pero luego lo mataron 
la gente que lo traía. 

entrada triunfal de los re- 
yes en granada. el rey chi- 
co sale humillado y vencido 
de la ciudad, lamentando su 
desgracia: la reina su espo- 
sa QUISIERA MATARLE PARA QUE 
NO VIVIESE CON AFRENDA 

(De Lorenzo de Sepúlveda.) 

En la ciudad de Granada 
grandes alaridos dan; 
unos llaman a Mahoma, 
otros a la Trinidad: 
por un cabo entraban cru- 
[ces, 
de otro sale el Alcorán; 
donde antes oían cuernos, 
campanas oyen sonar. 
El Te Deum laudamus se oye 
en lugar del Alha-alha. 
No se ven por altas torres 
ya las lunas levantar; 
mas las armas de Castilla 
y de Aragón ven campear. 
Entra un rey ledo en Grana- 
el otro llorando va; [da, 

mesando su barba blanca, 
grandes alaridos da. 
— ¡Oh mi ciudad de Granada, 
sola en el mundo, sin par, 
donde toda la morisma 
se solía contigo honrar! 



190 



ROMANCES FRONTERIZOS 



Bien ha setecientos años 
que tienes cetro real 
de mi famoso linaje, 
qu'en mí se vino acabar. 
Madre fuiste venturosa 
de gente muy singular, 
de valientes caballeros, 
amigos de pelear, 
enemigos de Castilla, 
daño de la Cristiandad, 
madre de gentiles damas 
de gran valor y beldad, 
amigas de caballeros 
en armas dignos de honrar, 
por quien los galanes de Afri 
se venían a señalar; [ca 

por quien se vencían batallas 
por ellas las desear, 
y se honraban los galanes 
por sus señales llevar. 
En tí se acabó Mahoma, 
mas que dios de alien d'el 
[mar; 
en tí estaba la milicia, 
la gentileza y bondad; 
de soberbios edificios 
solías mucho ilustrar, 
a jardines, huertas, campos 
de la tu vega real 
secas las veo sus flores, 
árboles altos no hay. 
Rey que tal corona pierde 
no se tiene de acatar, 
ni cabalgar en caballo, 
ni hablar en pelear; 
mas do no le vean las gentes 
su vida en llanto acabar 
con esto el rey de Granada 
en una fusta se va 
la vía de Berbería 



y estrecho de Gibraltar, 
do a la reina su mujer 
halló con tan gran pesar, 
qu'en velle se ha levantado, 
y con él se fué abrazar, 
diciendo a muy grandes gri- 
fos 
que el cielo hacía temblar: 
— ¡Oh desventurado rey, 
que hace tal poquedad, 
que a Granada dejar pueda 
y no se quiere ahorcar! 
Por el bien que te deseo, 
yo, rey, te quiero matar, 
que quien tal reino ha deja- 
poco es la vida dejar. — [do, 
Y con sus airadas manos 
al rey procuraba ahogar: 
el rey, de desesperado, 
a ello le fué ayudar. 

CUENTANSE DOS ACTOS DE HU- 
MILDAD DEL REY CHICO CUANDO 
SALIÓ VENCIDO DE GRANADA, Y 
LA ÁSPERA RECONVENCIÓN QUE 
SU MADRE LE HIZO INCREPÁN- 
DOLE DE COBARDÍA 

Año de noventa y dos, 
por enero de este año, 
en el Alhambra, en Granada, 
pendones han levantado, 
d'ellos del rey de Castilla, 
d'ellos son de Santiago, 
de encima dan grandes voces 
que se oyen en el campo, 
las cuales dicen : — ¡ Granada, 
Granada por don Fernan- 
do!— 
El rey moro congojoso 




MUERTE DE DON ALONSO DE AGUILAR 



191 



desque la hubo entregado, 
dos autos de gran tristeza 
este día hubo mostrado: 
uno, pasando el Genil 
cabalgando en su caballo, 
yendo a recibir al rey 
para besarle la mano, 
no permitió que los suyos, 
de quien iba rodeado, 
le cubriesen los estribos, 
porque no fuesen mojados; 
porque d'esta cirimonia 
siempre el rey había usado. 
Otro, después de venido 
y en su posada apeado, 
subiendo por la escalera, 
las alpargas dejó abajo, 
y subiéndolas contino 
el moro más señalado, 
no permitió que ninguno 
d'ello tomase cuidado. 
Partido a las Alpujarras, 
como estaba concertado, 
ya de Granada salido, 
pasando un cerro muy alto, 
mirando estaba a Granada 
muy agrámente llorando, 
viendo como ya dejaba 
la ciudad do había reinado, 
sus riquezas y frescuras, 
publicando con gran llanto 
como ya no esperaba 
poder alcanzar su estado, 
ni ver aquella ciudad 
adonde se había criado, 
y cómo de rey se veía 
muy pobre y desheredado. 
Los caballeros del rey 
de quien iba acompañado, 
visto su gran sentimiento. 



todos estaban llorando, 
su pérdida y desventura 
cada cual d'ellos contando. 
En estas contemplaciones 
habiendo mucho tardado, 
la reina, que iba delante, 
viéndolos estar parados, 
preguntaba la ocasión, 
le fué dicho y declarado 
el sentimiento que el rey 
por Granada había mostrado, 
que al despedirse de vella 
muy de recio había llorado. 
La reina le respondía 
con aspecto muy airado: 
— Justo es que como mujeres 
lloren y estén' acuitados 
los que como caballeros 
no defendieron su estado; 
que más ganara en ser muer- 
en Granada peleando, [to 
que no salir vivo d'ella, 
tan pobre y desheredado. 

MUERTE DE DON ALONSO DE 
AGUILAR 

Estando el rey don Fer- 
nando 
en conquista de Granada, 
donde están duques y condes 
y otros señores de salva, 
con valientes capitanes 
de la nobleza de España, 
desque la hubo ganado, 
a sus capitanes llama. 
Cuando los tuviera juntos, 
d'esta manera les habla: 
— ¿Cuál de vosotros, amigos, 
irá a la sierra mañana 



192 



ROMANCES FRONTERIZOS 



a poner el mi pendón 
encima del Alpu jarra? — 
Mirábanse unos a otros, 
y ninguno el sí le daba, 
que la ida es peligrosa 
y dudosa la tornada, 
y con el temor que tienen, 
a todos tiembla la barba, 
si no fuera a don Alonso 
que de Aguilar se llamaba. 
Levantóse en pie ante el 
rey; 
d'esta manera le habla : 
— Aquesa empresa, señor, 
para mí estaba guardada, 
que mi señora la reina 
ya me la tiene mandada. — 
Alegróse mucho el rey 
por la oferta que le daba. 
Aún no era amanecido 
don Alonso ya cabalga 
con quinientos de a caballo, 
y mil infantes llevaba. 
Comienza a subir la sierra 
que llamaban la Nevada. 
Los moros, cuando lo vieron, 
ordenaron gran batalla, 
y entre ramblas y mil cues- 
se pusieron en parada, [tas 
la batalla se comienza 
muy cruel y ensangrentada; 
porque los moros son mu- 
[chos, 
tienen la cuesta ganada: 
aquí la caballería 
no podía hacer nada, 
y así con grandes peñascos 
fué en un punto destrozada. 
Los que escaparon de aquel 



vuelven huyendo a Granada. 
Don Alonso y sus infantes 
subieron a una llanada; 
aunque quedan muchos 
muertos 
en una rambla y cañada, 
tantos cargan de los moros, 
que a los cristianos mataban. 
Solo queda don Alonso, 
su campaña es acabada: 
pelea como un león; 
pero poco aprovechaba, 
porque los moros son mu- 
[chos 
y ningún vagar le daban, 
en mil partes ya herido 
no puede mover la espada; 
de la sangre que ha perdido 
don Alonso se desmaya 
Al fin cayó muerto en tierra, 
a Dios rindiendo su alma: 
no se tiene por buen moro 
el que no le da lanzada. 
Lleváronle a un lugar 
que es Ojícar la nombrada; 
allí le vienen a ver 
como cosa señalada. 
Míranle moros y moras, 
de su muerte se holgaban, 
llorábale una cautiva, 
una cautiva cristiana, 
que de chiquito en la cuna 
a sus pechos le criara. 
A las palabras que dice, 
cualquiera mora lloraba ; 
— Don Alonso, don Alonso, 
Dios perdone la tu alma, 
que te mataron los moros, 
los moros de la Alpujarra. 



AB1NDARRAEZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 



193 



HISTORIA DE ABINDARRAEZ, JA- 
RIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 

(De Juan de Timoneda.) 

Por el ausencia de F'ebo 
la tierra se entristecía, 
y la hermana casta y bella 
mostrar su rostro quería, 
cuando la encubierta noche 
mayor silencio tenía, 
se salen juntos de Alora 
ilustre caballería. 
Diez solos son los guerreros, 
y el capitán que regía 
es Rodrigo de Narváez, 
que espanto a Marte ponía, 
que de Alora y Antequera • 
es Alcaide de valía, 
que el infante don Fernando 
le diera aquella alcaidía, 
pues por su esfuerzo sobra- 
muy bien la merecería, [do 
porque él ayudó a ganarlas 
cuando a los moros vencía. 
Para mejor defendella 
en Alora residía 
con valientes hijosdalgo 
que le hacían compañía. 
Con ellos estaba hablando, 
que grande amor les tenía: 
— Paréceme, caballeros, 
pues que la noche venía 
tan serena, clara y bella 
como si fuese de día, 
que nuestros vecinos sepan 
que los que guardan la villa 
de Alora no están durmien- 
[do, 
como alguno pensaría. — 
Todos dicen a unn voz 



con ánimo y osadía, 
que él hiciese y ordenase 
lo que a su honra cumplía, 
que todos estaban prestos 
de seguir su compañía. 
Luego el valeroso Alcaide. 
como acordado tenía, 
hizo armar los nueve d'ellos, 
que llevar más no quería. 
Ya salen los caballeros 
con esfuerzo y gallardía, 
por una escondida puerta 
que en la fortaleza había. 
Nueve son, diez con Narváez 
no hay en ellos cobardía; 
cada cual para tres hombres, 
y aun para cuatro valía. 
A poco trecho pararon, 
porque el campo dividían 
dos caminos, y el Alcaide 
d'esta suerte les decía: 
— Vamos cinco por aquí, 
cinco por" esotra vía : 
si por ventura topamos 
contrarios en demasía, 
y vencerlos no podemos, 
lo que a mí me parecía, 
toquemos una corneta, 
y aquesto señal sería 
que se demanda socorro, 
y acuda quien más podía. — 
Aquesto así concertado, 
el Alcaide se partía 
con los cuatro compañeros, 
y se fué por la una vía; 
los otros cinco por otra, 
con ánimo y osadía, 
hablando en cosas de guerra 
lo que bien les parecía. 
A poco trecho que fueron, 
7 



194 



ROMANCES FRONTERIZOS 



el delantero decía: 

— Teneos atrás, caballeros, 

escuchemos que sería 

el rumor que viene allí. — 

Lo cual luego se hacía. 

Mátense en una arboleda 

muy espesa que allí había. 

Desde a poco tiempo vieron 

venir con gran lozanía 

un valiente y gentil moro, 

de hermosa fisonomía. 

en un caballo ruano 

poderoso a maravilla. 

amenazando los vientos 

con la furia que traía. 

y la silla con el freno 

eran de grande valía, 

con muchas borlas de grana, 

demostrando él alegría 

que llevaba el fuerte moro; 

y en lo demás que traía, 

las cabezadas de plata 

labradas como en Turquía; 

un caparazón bordado 

de aljófar que relucía, 

y los estribos dorados, 

arzones de plata fina. 

El moro venía vestido 

con extraña galanía, 

marlota de carmesí 

bordada de pedrería; 

un albornoz de damasco 

verde, con gran gallardía; 

una fuerte cimitarra 

a su costado ceñida, 

el puño de una esmeralda, 

pomo de piedra zafira. 

la guarnición era de oro, 

la vaina de pedrería, 

una adarga entre sus pechos. 



de fuerte piel granadina 
a la morisca labrada, 
una luna por divisa. 
El brazo lleva desnudo, 
que muy fuerte parecía; 
una lanza con dos hierros, 
que veinte palmos tenía. 
Con aquel hercúleo brazo 
fuertemente la blandía; 
rica toca en la cabeza, 
que tunecí se decía; 
con las vueltas que la daba, 
de armadura le servía, 
con rapacejos colgando 
de oro de Alejandría. 
Parecía el fuerte moro 
un Héctor en valentía: 
iba en todo tan gallardo 
y tan lleno de alegría, 
que con una voz graciosa 
aqueste cantar decía: 
— En Granada fui nacido 
de una mora de valía, 
y en Cártama fui criado 
por triste ventura mía; 
tengo dentro de Coín 
la cosa que más quería, 
que es mi bien y mi señora 
la muy hermosa Jarifa. 
Ahora voy por su mandado 
do muy presto la vería, 
si le placiera a Mahoma. 
antes que amanezca el día. — 
Con tanta gracia cantaba, 
porque en todo la tenía, 
tanta, que a un corazón tris- 
bastaba a dar alegría, [te 
Los caballeros salieron, 
que elevados los tenía. 
El morn cuando los vio 






ABINDARRAEZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 



195 



de presto se apercibía, 
y en un espacioso llano 
sin temor los atendía. 
Estando el moro aguardando, 
a él solo uno venía, 
y los cuatro se quedaron, 
usando de cortesía. 
Escaramuzan los dos 
sin muestra de cobardía, 
dale el moro dos lanzadas, 
y al punto al suelo caía. 
Los caballeros que vieron 
como el moro se regía, 
arremeten los dos d'ellos, 
el moro los atendía. 
Fuertemente le combaten, 
pero bien se defendía 
porque trae mejor caballo, 
y entraba cuando quería, 
y con la misma destreza 
a sus tiempos se salía. 
Enojado andaba el moro, 
a uno d'ellos derriba; 
los otros dos, que miraban, 
sin usar más cortesía, 
arremeten todos juntos; 
cada cual como podía 
ayuda a su compañero; 
el moro con los tres lidia. 
Aunque cualquier de los tres 
tanto como tres valía, 
y aunque los tres iban jun- 
el moro no los temía. [tos, 
El un caballero d'ellos 
herido al moro tenía 
de una lanzada en un muslo, 
de que muy mal se sentía. 
Con rabia de verse así, 
al que le hirió le decía: 
— ¡Espera, verás qué pago 



te dará esta lanza mía! — 
Arremetió al caballero 
como fiera embravecida, 
y con sobrada presteza 
fuertemente le hería 
de otra lanzada en los pe- 
[chos, 
el cual en tierra caía: 
con la furia que le dio 
la lanza quebrado había, 
y como quedó sin ella, 
en gran peligro se vía; 
porque los dos que quedaban 
eran de gran valentía. 
Empero el moro brioso 
de los dos se defendía, 
el uno arremetió al moro 
aburrido de la vida; 
el otro, con muy gran fuerza 
el cuerno tocado había, 
por dar señal a Narváez 
del socorro que pedía. 
El moro, que lo sintió, 
mirando que se perdía, 
usó de un ardid de guerra; 
hizo como quien huía. 
Los caballeros le siguen 
pensando que se les iba. 
Cuando se vido apartado 
de los que él herido había, 
arremetió a su caballo, 
con gran furia le corría 
y en llegando a los caídos, 
del caballo se reclina, 
y con mucha lijereza 
tomó una lanza que vía 
estar entre aquellos muertos 
y a la batalla volvía, 
y como un león furioso 
al uno d'ellos derriba. 



196 



KOMANCES FRONTERIZOS 



Ya tiene cuatro en el suelo, 
el quinto se defendía. 
En esto llegó Narváez, 
que ya el ruido oído había; 
mirándole está el Alcaide 
al moro y su valentía; 
miraba los caballeros 
que cerca de sí tenía 
en el suelo derribados, 
y cómo se defendía. 
En esto al moro valiente 
d'esta suerte le decía: 
— Vente a mí, moro valiente, 
y deja a mi compañía, 
que d'ella yo te aseguro 
sobre fe y palabra mía 
que si no fuere yo solo, 
ninguno te enojaría. — 
De que aquesto oyera el mo- 
a Narváez se volvía, [ro, 
y Narváez para él, 
que verlos es maravilla. 
¡Con qué destreza y primor 
cada cual arremetía! 
El moro cansado andaba 
y el caballo que traía; 
mas Rodrigo de Narváez, 
que de refresco venía, 
fatigaba tanto al moro, 
que valerse no podía. 
El valiente moro, viendo 
que le va la honra y vida, 
arremete con gran furia, 
y una lanzada le tira 
al Alcaide, con tal fuerza, 
que pensó que acabaría 
con aquesto la batalla; 
mas no fué como quería, 
que la adarga le pasó 
y otro mal más no le hacía. 



El valeroso Narváez 
para el moro arremetía: 
hirióle el brazo derecho, 
que desnudo le traía. 
Luego se abrazó con él, 
y sacóle de la silla, 
y con la fuerza que pudo 
en el suelo le derriba, 
diciendo: — Date a prisión, 
si no quitarte he la vida. 
— Quitármela, cierto, puedes, 
el moro le respondía, 
mas yo no seré vencido, 
ni lo tal consentiría, 
pues que ya lo soy de aque- 

[11a 
que primero me vencía. — 
Narváez no le entendió, 
por ser en algarabía, 
y usando de su virtud, 
al moro otorga la vida. 
Ayudóle a levantar 
y apretóle la herida 
que en el brazo le había da- 

[do, 
y otra que el moro tenía. 
El y toda su compaña 
para Alora se volvían. 
Caminando todos juntos, 
el moro entre sí gemía. 
Don Rodrigo de Narváez, 
que junto, cabe él venía, 
los ojos puestos en él, 
miraba su lozanía, 
su gentil disposición, 
que por extremo tenía. 
Consideraba lo hecho, 
su ánimo y osadía, 
su traje y su vestido 
y lo demás que traía, 



ARINDARRAEZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVÁEZ 



1-97- 



y considerando aquesto, 
entre sí mismo decía: 
— La tristeza d'este moro, 
según mostró su osadía, 
no la causa la prisión 
ni las llagas que tenía. — 
Determinó de le hablar, 
d'esta suerte le decía: 
— Caballero el más valiente 
que jamás yo vi en mi vida, 
¡gran flaqueza me parece 
la que en ti al presente vía, 
que siendo tan valeroso, 
cuanto varón se podía, 
demuestres tanta flaqueza, 
y tristeza y agonía, 
y hagas tanto sentimiento, 
qué lástima me ponía! 
Dar suspiros dolorosos, 
de verdad, no parecía 
de valiente caballero, 
ni tal creerse podía; 
y si os duele la prisión, 
también pudiera ser mía. 
Si es otro el dolor secreto, 
decídmelo, si os placía; 
bien podéis fiar de mí 
sobre fe y palabra mía. — 
El moro alzó la cabeza, 
que al suelo mirando iba, 
y respondiendo a Narváez, 
d'este modo le argüía: 
—¿Cómo os llaman, caballe- 
cierto saber lo quería, [ro?, 
porque os doléis de mi mal 
y del dolor que sentía. 
— Soy Rodrigo de Narváez, 
para lo que te cumplía. — 
Respondió el moro en oírlo 
con muy sobrada alegría : 



— A Alá doy gracias porque 
a vuestro poder venía. 
Yo he oído vuestra fama, 
y virtud y valentía, 
y tengo d'ello experiencia 
hoy en este mismo día; 
y porque creáis, señor, 
que el dolor que yo sentía, 
los suspiros y tristeza 
y lo que más padecía, 
ni las llagas ni prisión 
causarme tal no podía; 
estadme atento y oiréis 
la triste ventura mía. 
Yo soy Abindarraez el Mozo, 
y así me llaman hoy día, 
a causa que un tío mío 
el mismo nombre tenía. 
Soy de los Abencerrajes, 
que en Granada haber solía, 
do resplandecían las armas, 
el saber, la valentía, 
la virtud y la prudencia. 
el ánimo y la osadía. 
Si más te contase, Alcaide, 
de dolor reventaría; 
basta que el rey informado, 
con traición y alevosía 
los mandó descabezar, 
doce que eran, en un día, 
diciendo que todos ellos 
le querían quitar la vida 
y entre sí partir el reino, 
y fué traición y mentira. 
Al fin, que murió sin culpa 
la flor de caballería. 
El mandó que si en Granada 
un Abencerraje había, 
saliese de la ciudad 
sin detenerse ni un día; 



198 



ROMANCES FRONTERIZOS 



y a todos sus descendientes 
puso pena de la vida 
si en la ciudad se hallase 
de aquella genealogía. 
En fin, ya de Abencerrajes 
en Granada no había 
memoria, sino mi padre, 
que allí vivir consentía, 
porque sin culpa le halló, 
y el rey así lo creía, 
con tal que si hubiese hijos, 
a los varones, decía, 
no se críen en Granada 
ni asistiesen en su vida. 
Cuando yo nací, cuitado, 
luego mi madre me envía 
para que fuese criado 
en Cártama, aquesa villa. 
Encargárame al alcaide, 
que mi padre le tenía 
por grande amigo, y lo era, 
y en obras lo parecía. 
Con una hija sola, suya ; 
me criaba y le servía; 
ella me llamaba hermano, 
y yo a ella hermana mía, 
y como amados hermanos 
pasábamos nuestra vida; 
el amor entre los dos 
diferencia no ponía: 
como a hermano me amaba, 
como a hermana la quería. 
Tanto creció en hermosura, 
que par con ella no había. 
Vila una vez en la fuente 
que en nuestro jardín corría 
peinándose los cabellos 
como oro de Alejandría; 
a la hermosa Salmacia 
en belleza parecía. 



Díjela: — ¡Quién fuera tron- 
ico 
para estar junto a esta ninfa, 
sin quitarme jamás d'ella 
ni de noche ni de día! — 
Con su gracia y hermosura, 
corriendo a mí se venía, 
y abrazándome me dijo: 
— ¡Ay hermano de mi vida, 
decidme, ¿de do venís?, 
que yo buscado os había. 
— Yo también a vos. her- 
[mana, 
que sin vos no hay alegría. 
¿Pero vos cómo sabéis 
que seáis hermana mía? 
— No más que del grande 
[amor 
que como hermano os tenía, 
y el ver también que mi pa- 
[dre 
como a sus hijos nos cría. — 
Otras mil cosas pasamos 
que el amor nos insistía, 
y como el tiempo descubre 
las cosas, yo supe un día 
cómo no era mi hermana, 
y holguéme con demasía. 
En el tiempo que Cupido 
esas marañas urdía 
mandara el rey al alcaide, 
para mayor pena mía, 
que de Cártama pasase 
a Coin. aquesa villa, 
y que me dejase a mí 
en Cártama todavía, 
y que él se fuese a Coin, 
que era mejor alcaidía. 
¡Oh valeroso Narváez, 
y cómo te contaría 



ABINDARRAEZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 



199 



el dolor y la tristeza 
que mi ánima sentía 
cuando tales nuevas supe, 
y viendo lo que ella hacía! 
Un día que nos hablamos 
d'esta suerte me decía: 
— Mi querido Abencerraje 
sábete que en esta. ida 
y en apartarme de ti 
se me aparta el alma mía 
d'estas afligidas carnes, 
que sufrir no lo podía, 
que ya parece que estoy 
en la última agonía : 
yo quiero, mi Abencerraic 
ser tuya toda mi vida ; 
tuya será mi hacienda, 
tuyo cuanto yo tenía, 
y tuya será mi honra, 
mi bien, mi ser y alegría. 
Quiero que seas mi esposo, 
pues fortuna así lo guía. 
Para confirmación d'esto 
en el punto, hora y día 
que llegada sea a Coin, 
do al presente me tenía, 
habiendo lugar y tiempo, 
por cualquier manera o vía 
te promeso de avisar, 
sobre fe y palabra mía, 
y vayas allí a hablarme, 
donde se concertaría 
nuestro negocio del todo, 
así como convenía. — 
Luego la besé las manos 
por la merced que me hacía, 
y así se partió mi bien 
luego en el siguiente día. 
¡Lo que yo pasé en ausencia 
digo, el mal que yo sentía 



aquel poderoso Alá 
solamente lo sabía! 
Hoy con una su criada, 
de quien ella mucho fía. 
me ha enviado a llamar 
que esta noche sea mi ida. 
De la manera que ves 
a ver mi señora iba; 
empero quiso la suerte 
y triste ventura mía 
apartarme tanto bien, 
y contento y alegría. 
Iba agora el más alegre 
Abencerraje que había, 
de Cártama adonde vivo, 
a Coin, aquesa villa, 
a casar con mi señora 
y a gozar su lozanía, 
y ya me veo cautivo, 
mal herido, aunque con vi- 

[da; 
que más quisiera perder, 
que verme como me vía. 
Déjame, agora, cristiano, 
lamentar la suerte mía 
con suspiros y con lloros, 
pues pierdo el bien que te- 

[nía. 
No pienses que los suspiros 
los echo de cobardía, 
ni las heridas que tengo 
me dan pesar ni fatiga. — 
En diciendo aquesto el moro, 
tan gran tristeza tenía, 
que abajada la cabeza 
lloraba cuanto podía. 
Don Rodrigo de Narváez 
d'esta manera decía: 
— Afligido Abencerraje, 
pues fortuna así lo guía, 



200 



ROMANCES FRONTERIZOS 



quiérote mostrar que puede 
más tu virtud y valía 
que no tu adversa fortuna; 
por tanto ten alegría. 
Si me prometes volver 
dentro del tercero día 
a mi poder y prisión 
en aquesta villa mía, 
yo te daré libertad 
para que sigas tu vía. — 
El Abindarraez, oyendo 
lo que Narváez decía, 
quiso arrojarse a sus pies; 
Narváez no lo consentía, 
pero tomóle la mano, 
y otra vez le persuadía : 
— Abindarraez, ¿prometes, 
en fe de caballería, 
de volver a mi prisión, 
como dicho te tenía? 
— Sí prometo, respondió 
aunque yo pierda la vida. 
— Anda y sigue tu ventura, 
el Alcaide respondía, 
y mira, si es necesario 
iré yo en tu compañía; 
si te falta alguna cosa, 
pide, pues te la daría. — 
El moro, con rostro alegre, 
mucho se lo agradecía; 
cabalgó en otro caballo, 
porque el suyo herido iba, 
y apriesa se va a Coin 
y Narváez a su villa. 
Caminando Abindarraez 
con grandísima alegría, 
a Coin, como está cerca, 
muy presto llegado había, 
donde le estaba aguardando 
diste la hermosa Jarifa. 



Empero, cuando la vido 
gran consuelo recibía; 
tomárale por la mano, 
requebrándole decía: 
— ¿En qué, di, te has déte- 
mi señor y vida mía? [nido, 
¡Cierto que tu negligencia 
gran repelo me ponía! 
— Señora, respondió el moro, 
negligencia en mí no había, 
mas suelen suceder cosas 
que el hombre ver no que- 
[rría. — 
La plática resumieron; 
por la mano le ponía 
en un muy rico aposento; 
junto a sí sentar le hacía 
en una extremada cama 
que aderezada tenía, 
y con voz dulce y suave, 
dándole amor osadía, 
dijo: — Abindarraez sepas 
que d'esta suerte cumplía 
aquesta cautiva tuya 
la fe que dado te había, 
y por hacerte señor 
de mí y cuanto poseía, 
aquí te mandé venir 
y estar en mi compañía 
debajo nombre de esposo, 
y esto es lo que convenía 
a tu estado y a mi honra, 
si lealtad en ti había. — 
El moro, casi de empacho 
de ver que se descubría, 
la fué a tomar en los brazos, 
y con mucha cortesía 
besaba sus blancas manos 
por la merced que le hacía. 
y ser iú esposo prometo; 



ABINDARRAKZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 



201 



su boca a la suya unía, 
y ella, por consiguiente, 
al moro se sometía. 
Suplicóle que cenase, 
que ella también cenaría. 
Asentáronse los dos 
en una pieza do había 
viandas aparejadas 
y una moza que servía. 
Ya después de haber cenado, 
porque amor les convencía, 
incitó a que se acostasen, 
y allí, con mucha alegría, 
les enseñó a dar requiebros 
y a hacer lo que convenía. 
Cansados, ella durmióse, 
y él pensando que tenía 
de volver a ser cautivo, 
de congoja no dormía 
revolviéndose en la cama, 
tanto, que ella lo sentía, 
por lo cual estuvo atenta, 
que nada se revolvía, 
para entender a su querido 
de qué quejaba o gemía. 
Al cabo de rato el moro, 
como el pesar le vencía, 
fué a echar un gran suspiro ; 
ella, en ver que no podía 
sufrir tan notable afrenta 
de su honra y lozanía, 
asentárase en la cama 
y con la voz que sentía 
de no publicar tristeza, 
aunque el alma la afligía, 
díjole al moro: — ¿Qué tie- 
[nes, 
o de qué se entristecía 
tu corazón, o en qué cosa 
mi corazón te ofendía? 



Pues si yo soy, cual tú dices, 
tu contento y alegría, 
¿por qué suspiras agora? 

Y si no lo soy, querría 
saber, ¿por qué me enga- 
saste, 

o qué fué tu fantasía? 
Di si sirves a otra dama, 
o quién es por cortesía, 
porque si es más hermosa, 
yo también la serviría. — 
El entonces de consuelo 
con un suspiro acudía, 
diciendo: — Luz de mis ojos, 
mi esperanza, amparo y guía, 
es mi pena y sentimiento 
que si de vos me partía 
he de quedar prisionero 
de un cristiano de valía, 
que se llama Don Rodrigo, 
el que en Alora vivía. — 
Luego entonces le contó 
lo que sucedido había, 
y añadió más: — Si suspiros 
salieron d'esta alma mía, 
de lealtad eran sobrada, 
no cierto de alevosía. — 

Y acabando estas razones, 
doblado la entristecía. 
Ella, por más consolarle, 
como que se sonreía, 

y dijo: — No te congojes, 
Abindarraez, por tu vida, 
que yo tomaré a mi cargo 
de remediar tal fatiga, 
cuanto más, que pues cau- 
tivo 
fuiste por mí en este día, 
quiero tases tu rescate, 
que yo se lo enviaría 



202 



ROMANCES FRONTERIZOS 



a ese tan noble Alcaide, 
pues los tesoros tenía 
de mi padre a mi mandado, 
y en el tuyo los pondría 
para que dispongas d'ellos 
a tu gusto y fantasía. — 
El Abencerraje moro 
respondió : — Bien parecía 
que el amor que tú me tie- 
[nes 
te da esfuerzo y osadía 
para haber de aconsejarme 
lo que a mí no me cumplía; 
has de saber que tal yerro 
nunca lo cometría. 
Yo me iré derecho a Alora, 
y en sus manos me pondría 
del Alcaide tan piadoso, 
cual ofrecido le había. 
Y tras hacer lo que debo, 
Fortuna siga su vía. 
— ¡Ay! nunca consienta Dios 
dijo la hermosa Jarifa, 
que yendo tú a ser cautivo 
no vaya en tu compañía. — 
Con este pacto y acuerdo, 
antes que fuese de día 
ya parten los dos amantes 
al punto que amanecía. 
Fueron llegados a Alora, 
y Narváez los recibía 
con un entrañable amor, 
que de virtud procedía. 
El moro dijo al Alcaide: 
— ¿Ves, Narváez, si cumplía 
la palabra que te he dado, 
que a tu mano volvería? 
Un preso te prometí, 
y dos presos te traía, 
que el uno basta a prender 



cuantos cristianos había ; 
que si yo viniera solo, 
cuerpo sin alma vendría. 
Agora haz de los dos 
lo que te parecería. 
Esta que conmigo traigo 
es mi señora Jarifa: 
yo fío de ti mi honra, 
que bien guardada tendría. — 
Narváez holgó en extremo 
de lo que el moro decía: 
Fueron luego aposentados 
como a los dos convenía, 
curando el Abencerraje 
las dos heridas que había 
recibido en la batalla, 
que enconadas las tenía. 
Don Rodrigo de Narváez, 
que en virtudes florecía, 
escribió al rey de Granada 
lo que sucedido había 
con el moro Abencerraje, 
y de cómo lo tenía 
en la su villa cautivo, 
casado a su fantasía 
con la hija del alcaide 
de Coín, que allí asistía; 
que si su alteza quisiese, 
todo se remediaría, 
que alcanzase allá perdón 
de su parte, y que él daría 
por libre al Abencerraje. 
Al rey mucho le placía, 
por ser Don Rodrigo hon- 
[rado 
lo que en su carta ofrecía: 
\ así, vista la presente, 
esta provisión hacía, 
que mandó a su padre d'ella 
luego se parta aquel día, 



ABINDARRAEZ, JARIFA Y RODRIGO DE NARVAEZ 



203 



y los reciba en su gracia, 
que a su servicio cumplía, 
por contentar a Narváez, 
que mucho lo merecía. 
Sintiólo en el alma el padre, 
mas viendo que no podía 
traspasar el mandamiento, 
humildemente obedecía. 
Para Alora se fué luego, 
como aquel que lo sabía, 
a do fué bien recibido 
del Abencerraje y su hija, 
y le besaron las manos, 
y el padre les bendecía; 
dándoles el parabién, 
a su hija le decía: 
— Vos escogistes marido, 
el mejor que ser podía. — 
Don Rodrigo de Narváez 
de contento no cabía : 
hízoles solemnes fiestas, 
banquetes de gran valía, 
y acabando de comer, 
en un señalado día, 
estando los tres presentes, 
Narváez les proponía: 
— Perdonadme., mis señores, 
si no he hecho lo que debía 
en serviros y agradaros, 
según es vuestra valía. — 
Respondió el padre por to- 
[dos, 
por saber bien la aljemía: 
— Antes tenemos acepta 
\í sobrada cortesía. — 
Don Rodrigo de Narváez 
al moro y dama decía 
se vayan cuando quisiesen, 
que en libertad los ponía. 
Los dos le dieron las gracias. 



cada cual como sabía, 

y sin detenerse más 

se parten luego aquel día. 

Narváez los acompaña 

un gran trecho de la villa, 

y despidiéndose d'ellos, 

para Alora se volvía. 

Caminan los desposados, 

que el pesar no le sentían. 

Allegaron a Coín, 

do grandes fiestas hacían 

al padre d'ella en las bodas, 

cual su estado requería. 

Acabadas, tomó aparte 

a los dos en compañía, 

y díjoles: — Hijos míos, 

pues de cuanto yo tenía 

sois señores., si vivís 

con quietud, paz y alegría, 

gran razón es que cumpláis 

lo que a la honra convenía, 

con este alcaide de Alora, 

do la virtud residía, 

y es que se le dé el rescate 

que tan justo se debía; 

mi parecer es aqueste, 

aunque no nos le pedía. 

Cuatro mil doblas jaénes 

veis aquí de parte mía, 

y tenedle por amigo, 

porque a todos convenía. — 

El Abencerraje, viendo 

lo que el suegro le ofrecía, 

aceptándolas las puso 

en un cofre de valía, 

y seis hermosos caballos 

ornados a maravilla; 

.seis adargas emborladas 

de plata y de seda fina; 



204 



ROMANCES FRONTERIZOS 



con hierros y encuentros de 
[oro, 
seis lanzas de grande estima, 
y con entrañable amor 
Jarifa también le envía 
una caja de cipreses, 
que de olores trascendía, 
llena de preciosa ropa, 
blanca y bella a maravilla. 
El Alcaide valeroso 
el presente recibía 
agradeciendo en extremo 
al moro que le traía: 
las adargas y caballos 
y las lanzas repartía 
con aquellos caballeros 
que iban en su compañía 
cuando al moro Abencerraje 
prendieron, y él escogía 
para sí el mejor caballo, 
de más lustre y galanía, 
y la caja de ciprés 
con la ropa que traía: 
volvió las cuatro mil doblas, 
y al mensajero decía: 
— A la ilustre y noble dama, 
a la señora Jarifa, 
la diréis cómo recibo 
las doblas en este día 
en señal de su rescate 
y de quien tanto quería, 
y a ella la sirvo con ellas, 
aunque más se le debía, 
para ayuda de los gastos 
de su boda, y le ofrecía 
para lo que conviniese 
su casa, estado, honra y vi- 
[da.— 



El mensajero, volviendo, 
relación de todo hacía 
a Jarifa y noble moro, 
los cuales con alegría 
aceptaron las mercedes, 
que el Alcaide proponía. 
Cuya magnanimidad 
lustre a su genealogía 
dio, que pues por todo el 
[mundo 
se sonaba y escribía. 

ROMANCE DEL MAESTRE DE 
CALATRAVA 

¡Ay Dios, qué buen caba- 
llero 
el maestre de Calatrava! 
¡Qué bien que corre los mo- 
[ros 
por la vega de Granada, 
dende la puerta de Quirós 
hasta la Sierra-Nevada! 
Trecientos comendadores 
todos de cruz colorada: 
desde la puerta de Quirós 
les va arrojando la lanza. 
Las puertas eran de pino, 
de banda a banda las pasa; 
tres moricos dejó muertos 
de los buenos de Granada, 
qu'el uno ha nombre Alane- 
[se, 
el otro Agameser se llama, 
el otro ha nombre Gonzalo, 
hijo de la renegada. 
Sabido lo ha Albayaldos 
en un paso que guardaba. 



ROMANCES DEL MAESTRE DE CALATRAVA 



205 



MUERTE DEL MAESTRE DE CALA- 
TRAVA DON RODRIGO TELLEZ DE 
GIRÓN, EN EL SITIO DE LOJA 

De Córdoba partió el rey- 
don Fernando de Castilla: 
el año de cuatrocientos 
y ochenta y dos se cumplía. 
Con él la flor de sus reinos 
y muy gran caballería, 
vanse camino de Loja. 
porque cercarla quería. 
Hizo sentar su real 
en parte do no cumplía, 
entre unos olivares 
do grandes cuestan había, 
cerca de Guadajenil 
que juntos de ellos corría; 
y por más seguridad 
del real que allí tenía, 
mandó a don Rodrigo Téllez, 
que de Girón se decía. 
Maestre de Calatrava, 
esforzado a maravilla: 
también al conde de Ureña, 
su hermano, que allí venía, 
y lo mismo a don Alonso 
de Aguilar y de Montilla, 
que en una crecida cuesta 
que allí cerca se hacía 
más cercana a la ciudad, 
peligrosa a maravilla, 
que de Santo Albohacen 
por los moros se decía, 
pusiesen allí su estancia 
porque más peligro había. 
Viendo aquesto el Alatar, 
el cual a Loja tenía, 
un moro muy esforzado 
de extremada valentía, 



salió luego con su gente, 
que tres mil moros había, 
por herir en los .cristianos 
que las estancias tenían : 
y en todos estos rencuentros 
muy gran daño les hacía, 
por estar mal asentado 
el real, como se vía, 
y no poder socorrerse, 
porque el sitio lo impedía. 
Los moros muy orgullosos 
salieron al cuarto día 
a la cuesta que el Maestre 
y esotros grandes tenían, 
y trabaron la pelea 
con las guardas que allí ha- 
Visto por estos señores [bía. 
el daño que recebían, 
muy aprisa cabalgando 
a su gente socorrían. 
Los moros con gran cautela 
dieron muestra de que huían, 
y apartaron los cristianos 
de la estancia que tenían. 
Luego salió un escuadrón, 
que en una celada había, 
y suben presto la cuesta 
con grita y con alegría, 
y entrados en esta estancia, 
que nadie la defendía, 
matando muchos cristianos 
robaban lo que querían. 
Visto por el buen Maestre 
el daño que se hacía, 
por hallarse el más cercano 
y el primero que venía, 
recogiendo los que pudo, 
con los moros se envolvía, 
donde con muy poca gente 
mostró su caballería. 



206 



ROMANCES FRONTERIZOS 



y hasta donde llegaba 
su esfuerzo y gran osadía. 
Pero aventuróse allí 
más que a un señor conve- 
lía, 
porque se puso en lugares 
que los moros detenía, 
do recibió tantas llagas 
que todo sangre corría, 
entrando en las grandes prie- 
[sas, 
donde más peligro había. 
Entretuvo la batalla 
muy a costa de su vida, 
hasta que toda la gente 
de tras los moros volvía, 
y allí cayó luego mueito 
de las llagas que tenía, 
y en especial dos saetadas 
muy graves a maravilla. 
Así murió el buen Maestre 
en lo mejor de su vida, 
por ser de edad de veinte 
[años; 
fué su muerte muy sentida 
por el rey y por la reina 
porque mucho le querían 
por su extremado valor, 
el cual mostró en este día, 
• que el postrero de los suyos 
la fortuna hecho había. 

PULGAR CLAVA EL ROTULO DEL 

AVE-MARIA EN LA MEZQUITA DE 

GRANADA 

¡Santa Fe, qué bien pare- 
en le vega de Granada, [ees 
toda cercada de moros, 
de torres bien torreada, 



una cava a la redonda, 
que toda te cerca y baña! 
Fundóte el rey don Fern an- 
udo, 
doña Isabel en compaña, 
y otros muchos caballeros 
de la nobleza de España. 
Con el secreto silencio 
y resplandor de Diana, 
una noche que hacía 
muy resplandeciente y clara, 
noche que huelgan los moros 
y la estiman más que el al- 

[ma. 
más que el sábado el judío, 
más que el cristiano la Pas- 
del venturoso Bautista, [cua 
a quien la Iglesia señala 
por uno de los mayores 
que en los nacidos se halla 
aquesta noche los moros 
hacen grande fiesta y zam- 

[bra, 
no en la Vega ni el Jenil, 
como era su antigua usanza, 
porque de temor las fiestas 
hacen a puerta cerrada; 
y luego al siguiente día 
una zuriza gallarda 
de moros y de cristianos, 
toros y juegos de cañas, 
que resplandece en la Vega 
la luz de sus luminarias. 
Parte Fernando el Pulgar 
desde Santa Fe a Granada, 
en una yegua, por posta, 
tres horas antes del alba, 
que pretende hallarse en eíla, 
aunque por punta de lanza, 
y aunque va de Santa Fe, 



ROMANCES SOBRE FERNÁN PLREZ DEL PULGAR 



207 



nunca de la fe se aparta. 
Las señas que Pulgar lleva 
diré, si bien me acordaba : 
una jacerina cota 
fina, y de tan fina malla, 
que cabe dentro de un puño 
de menuda y de liviana. 
Lleva un pergamino escrito 
de la que es llena de gracia, 
y trujo al Verbo divino 
recogido en sus entrañas: 
lleva un coleto de ante, 
que a l a nieve se compara, 
sin cuchillada ni golpe, 
porque con él las repara: 
su cadena de oro al cuello 
con una cruz de esmeraldas, 
en un brahón recogida, 
y por gala y sobre gala 
llevaba un bohemio verde 
de fajas, con cuatro mangas, 
las cortas bien guarnecidas, 
y acuchilladas las largas; 
un sombrero a lo francés 
acairelado de plata, 
y entre cairel y cairel 
hilos de aljófar sembrada; 
penacho grande caído 
entre la copa y la falda, 
por cintillo una cadena, 
y un diamante por medalla, 
pendiente de la pretina 
llevaba una rica daga, 
que brocal, puño y contera 
es lo mismo que la espada. 
La hoja, no hay que pedir, 
sino el brazo que la manda, 
que ha derramado con ella 
tanta más sangre pagana 
que Altaclara y Hoyosa, 



ni Tizona, ni Colada, 

ni con Durindana Orlando, 

ni el fuerte Urgel con su 

[maza. 
Lleva bordado en los tiros 
dos serpientes, cara a cara, 
que parece que están vivas 
y a los vivos amenazan: 
lleva unas blancas botillas 
que revientan de apretadas, 
la de la pierna derecha 
hasta el tobillo arrugada: 
con la rosa de la liga 
lo más de la media tapa. 
Con esto llegó a dar vista 
a la invencible Granada. 
No va por la puerta Elvira, 
que sabe que está cerrada: 
va por la puerta del Rastro, 
do halló durmiendo los guar- 
idas. 
Quiso Dios y la ventura 
que el Darío le diese entrada 
por el hueco de la puente 
hasta llegar a la escala, 
que a veces Dios a los suyos 
los cubre con telarañas. 
Baja por la Herrería, 
que aloja a la Vivarambla ; 
entra por el Zacatín; 
con el rey moro encontraba, 
y el rey le dijo: — ¿Qué gen- 

[te?— 
Y él sin turbarse palabra, 
porque la arábiga lengua 
corta como la cristiana, 
le dice: — Soy Reduán, 
que soy de fiestas mañana, 
porque hago en la zuriza 
una figura gallarda. 



208 



ROMANCES FRONTERIZOS 



— ¿Qué figura? — dijo el rey, 
no entendiendo que le enga- 

[ña. 
— Hago a Fernando Pulgar, 
que parezco hasta en el ha- 

[bla, 
que este vestido que traigo 
me lo hizo una cristiana, 
que parece ser el mismo 
que Pulgar se viste y calza. — 
El rey quedó tan contento 
de su bizarría y gala, 
que mandó darle un caballo 
para que a las fiestas salga. 
Dando vuelta a la ciudad, 
se vino a la Vivarambla, 
do vido estar un castillo 
hecho de madera y tabla, 
y una casa a la redonda 
que toda la cerca baña. 
Preguntó en algarabía 
cómo el castillo se llama : 
dícenle que Santa Fe, 
que han de rendirla y ganar- 
Rióse d'eso Pulgar, [la. 

y dice: — ¡Perra canalla, 
no os veréis en ese gozo, 
si Dios me guarda mañana! 
Y estando en estas razones 
vido un moro con un hacha, 
la cual hacha le quitó, 
y tan gran golpe le daba 
que le dejara por muerto 
tendido junto a la cava, 
y con el hacha encendida, 
fuego a las casas pegaba. 
Unos dicen: ¡Fuego, fuego! 
otros dicen: ¡Agua, agua! 
otros dicen que es rebato, 
que viene del Alpujarra. 



Otros dicen que es Pulgar 
que estaba dentro en Grana- 
[da, 
y Pulgar se andaba entre 
[ellos 
lleno de cólera y rabia. 
Fuese para la mezquita, 
y hallóla desocupada. 
y en lo más alto que pudo, 
adonde su mano alcanza, 
puso el pergamino blanco 
de la que es llena de gracia, 
y una antorcha junto a él 
encendida, en una escarpia; 
y cuando ya amanecía 
en casa del rey entraba, 
por cobrar aquel caballo, 
que el rey entregar le man- 
ida. 
El rey tenía ya mandado 
a los criados de casa, 
que le dieran a escoger 
el caballo que gustara, 
escoge un caballo blanco 
que a la nieve se compara 
enjaezado de oro, 
las herraduras de plata, 
caballo que en treinta pasos 
corre, galopea y para, 
y con un sutil cabello 
se puede tener a raya: 
con una marlota azul 
toda de perlas sembrada. 
Bajóse a la plaza Nueva, 
y de allí a la Vivarambla. 
Los moros habían puesto 
un rey Fernando de paja, 
y un moro hecho de bulto, 
que una azagaya le pasa: 
allí se enojó Pulgar 



ROMANCES. SOBRE GARCILASO DE LA VEGA 



2Ü9 



con ira y cólera brava: 
deja caer la marlota, 
metiendo mano a la espada, 
y al que encontró por delan- 
[te 
de claro en claro lo pasa. 
Llévanle la nueva al rey 
que está dentro del Alham- 
[bra; 
y cuando acudió con gente 
Pulgar en Santa Fe estaba. 

ESCÁNDALO EN GRANADA PORQUE 

PULGAR CLAVO EL ROTULO DEL 

AVEMARIA EN LA PUERTA DE LA 

MEZQUITA 

(De Gabriel Lobo Lazo de 
la Vega.) 

Sobre el más alto collado 
se muestra del monte Ida 
el deseado lucero 
denunciando el nuevo día. 
Cuando en la fuerte Granada 
discordes voces se oían, 
que las daba el rey Chiquito 
y la plebe granadina, 
porque en las cerradas puer- 
cas 
de su acatada mezquita 
hallaron con un puñal 
fijada la Ave-María. 
Dan tormento a los captivos ; 
pero nada se averigua. 
Corrido el rey de tal caso 
por la ciudad discurría: 
atajado, sin consejo 
dice, el pecho lleno de ira : 
— Mahoma, ¿cómo sufriste 
tal afrenta contra ti? 



Porque creo, y es ansí, 
que evitarla no pudiste. 

Bien semejante ultraje 
merece tu ley pesada, 
pues consentiste a Granada 
quedar sin Abencerrajes. 

Toma enmienda d'este 

[agravio, 

ármate, que te conviene, 

que ya Granada no tiene 

quien mueva en tu casa el 

[labio. 

Que aunque solía tener 
por quien fuiste respetado, 
ya se acabó el buen estado 
que dura poco en un ser. — 

En estas quejas estaba 
el rey, cuando se ofrecía 
Tarfe, el joven más valiente 
que ciñó espada morisca, 
el cual con ira rabiosa 
y con arrogancia altiva 
del lugar adonde estaba 
arrancó la Ave-María; 
y a la cola del caballo 
en que iba la prendía; 
lanza y adarga tomando 
a la frontera camina. 

SALE GARCILASO DE LA VEGA 

CONTRA EL MORO TARFE, Y 

TRIUNFA DE EL 

(De Gabriel Lobo Laso de 
la Vega.) 

De hinojos puesto ante el 
[rey 
está el joven Garcilaso, 
cuyo paje era, pidiendo 
le deje salir al campo 



210 



ROMANCES FRONTERIZOS 



para castigar de Tarfe 
contra la fe el desacato. 
Respondióle el rey: — Sois 
[mozo, 
y valeroso el contrario; 
dejadlo a Martín Galindez, 
que éste es un caso pesado, 
pues el valiente Pulgar 
por ausente está excusado, 
cuya era aquesta empresa 
por haberla comenzado. 
No faltarán ocasiones 
en que ejercitéis el brazo. — 
Sin embargo d'esto se arma 
con secreto, y sale al campo, 
y alzando al cielo los ojos, 
dice pidiéndole amparo: 

— No la gloria d'esta em- 
[presa 
pretendo por mi interés, 
como tú, Virgen, lo ves; 
que más "el agravio pesa, 

En cuya satisfacción 
es bien* el bárbaro entienda, 
que no se permite ofenda 
nombre de tal perfección. 

Un don te pido humilde- 

[mente : 

haz, Virgen, se me conceda, 

y es, tu nombre quitar pueda 

de lugar tan indecente. 

Tuya es la causa que sigo, 
vencedor saldré sin duda: 
no hay suerte que mal acuda» 
pues va tu favor conmigo. — 

Suelta al caballo la rienda, 
cala la lanza al contrario, 
y con tal pujanza embiste, 
que dio con Tarfe en el cam- 
cuya cabeza y letrero [po, 



presenta al rey Don Fer- 
[nando, 
que desde el muro había 
[visto 
de los dos el duelo bravo, 
a quien abrazando dice: 
— Valeroso Garcilaso, 
llamaos también de la Vega, 
pues en ella habéis ganado 
hoy el inmortal renombre 
por ese indómito brazo; 
y aquestas letras traed 
en este dorado campo, 
por armas y por blasón 
dadas por el cielo grato, 
sin las que vos os tenéis 
que os dio vuestro tronco 
[claro ; 
y en tanto que otras merce- 
des 
por tan buen servicio os ha- 
teo, 
seréis de hoy más capitán, 
con la cruz de Santiago. — 

CELEBRASE POR LA REINA DOÑA 
ISABEL LA VICTORIA DE GARCILA- 
SO CONTRA TARFE, Y EL TRIUNFO 
DEL AVE MARÍA 

La reina doña Isabel, 
viendo venir vencedor 
al valiente Garcilaso, 
d'esta manera le habló: 
— Bien es, Garcilaso fuerte, 
que me arrodille ante vos, 
que quien de Dios tiene tanto 
bien merece adoración. 
Al cuello traéis el Ave 
que a todos nos redimió, 




ROMANCES SOBRE DON MANUEL PONCE DE LEÓN 



211 



pues del Redentor la Madre 
es causa de redención. 
D'esta enfermedad Mahoma 
que ha de morir cierta estoy, 
porque en faltándole el Ave 
la sustancia le faltó. 
Con el Ave a San Gabriel 
atrás, Laso, dejáis hoy, 
pues la sacáis del infierno 
y él del cielo la sacó. 
Favorecednos, García, 
pues hoy os pide favor 
la que favorece a todos 
en el mar de confusión. 
Con la empresa d'este día, 
¡oh qué venturoso sois!, 
pues sustentáis en el pecho 
la que a nuestro Dios le dio. 
Sois de la corte divina 
caballero del Toisón, 
y aunque no lleváis cordero, 
lleváis la que le parió. 
Esa cadena del cuello, 
decidme, ¿quién os la dio? 
Que más que el cielo y el 
vale sólo un eslabón, [suelo 
El platero fué Dios Padre, 
Dios Hijo quien la crió. 
y Dios Espíritu Santo 
fué el toque de su valor. 
Que d'esta suerte que esta- 
considerando a los dos, [mos 
dirán que somos retrato 
hoy de la salvación. 
Mas aunque por vos sea bue- 
aquesta comparación, [na 
por mí no, que ella fué justa, 
y yo pecadora soy. 
Hoy la sangre dé Mendoza 
más grandeza mereció: 



si es real, hoy fué divina, 
pues a Dios ha dado honor. 
Y pues hoy en una veg a 
ganaste tanta opinión,, 
el nombre de Garcilaso 
con Vega dirá mejor. — 
Esto diciendo Isabel 
a Garcilaso abrazó, 
y con muestras de humildad 
le pide su bendición. 
Del suelo le alzó la reina 
y la mano le tomó, 
y d'esta suerte le lleva 
delante al rey, su señor. 

COMO DON MANUEL DE LEÓN SACO 

EL GUANTE DE SU DAMA DE 

ENTRE LOS LEONES 

Ese conde don Manuel 
que de León es nombrado, 
hizo un hecho en la corte 
que jamás será olvidado, 
con doña Ana de Mendoza, 
dama de valor y estado: 
y es, que después de come: 
andándose paseando 
por el palacio del rey, 
y otras damas a su lado, 
y caballeros con ellas 
que las iban requebrando, 
a unos altos miradores 
por descanso se han parado, 
y encima la leonera 
la doña Ana ha asomado, 
y con ella casi todos, 
cuatro leones mirando, 
cuyos rostros y figuras 
ponían temor y espanto. 
Y la dama por probar 



212 



ROMANCES FRONTERIZOS 



cuál era más esforzado, 
dejóse caer el guante, 
al parecer, descuidado: 
dice que se le ha caído, 
muy a pesar de su grado. 
Con una voz melindrosa 
d'esta suerte ha proposado: 
— ¿Cuál será aquel caballero 
de esfuerzo tan señalado 
que saque de entre leones 
el mi guante tan preciado? 
Que yo le doy mi palabra 
que será mi requebrado; 
será entre todos querido, 
entre todos más amado. — 
Oído lo ha don Manuel, 
caballero muy honrado, 
que de la afrenta de todos 
también su parte ha alean- 
Izado. 
Sacó la espada de cinta, 
revolvió su martto al brazo; 
entró dentro la leonera 
al parecer demudado. 
Los leones se lo miran, 
ninguno se ha meneado: 
salióse libre y exento 
por la puerta do había en- 

[trado. 
Volvió la escalera arriba, 
el guante en la izquierda 

[mano, 
y antes que el guante a la 

[dama 
un bofetón le hubo dado, 
diciendo y mostrando bien 
su esfuerzo y valor sobra- 
[do: 
—Tomad, tomad, y otro día, 
por un guante desastrado, 



no pornéis en riesgo de hon- 
a tanto buen fijodalgo; [ra 
y a quien no le pareciere 
bien hecho lo ejecutado, 
a ley de buen caballero 
salga en campo a demanda- 
dlo.— 
La dama le respondiera 
sin mostrar rostro turbado: 
— No quiero que nadie salga, 
basta que tengo probado 
que sedes vos, don Manuel, 
entre todos más osado; 
y si d'ello sois servido 
a vos quiero por velado: 
marido quiero valiente 
que ose castigar lo malo. 
En mí el refrán que se canta 
se ha cumplido, ejecutaldo, 
que dice: cEl que bien te 
[quiere, 
ese te habrá castigado.» — 
De ver que a virtud y honra 
el bofetón ha aplicado, 
y con cuánta mansedumbre 
respondió, y cuan delicado, 
muy contento y satisfecho 
don Manuel se lo ha otor- 
gado ; 
y allí en presencia de todos, 
los dos las manos se han da- 
[do. 

RETO Y DUELO ENTRE DON MA- 
NUEL PONCE DE LEÓN Y EL AL- 
CAIDE MORO DE RONDA 

(De Lucas Rodríguez.) 

A el valiente don Manuel, 
que de León se decía, 
estando con gran contento 



ROMANCES SOBRE DON MANUEL FONCE DE LEÓN 



213 



en la ciudad de Sevilla, 
muy querido de las damas 
y de la reina su tía, 
el moro alcaide de Ronda 
un mensajero le envía, 
y con él envía una carta 
que a muerte le desafía. 
Lo que la carta contiene 
d'esta manera decía: 
«Valeroso caballero 
en esfuerzo y valentía, 
luz y espejo de las armas 
de toda la monarquía, 
a quien el mundo respeta 
por tu mucha cortesía: 
Bien sabrás y te es notorio 
que se pospone la vida 
por engrandecer la fama 
y ganar honra crecida. 
Yo, envidioso de tu honra, 
por acrecentar la mía, 
de morir o de vencerte 
mucho contento temía; 
y de hacer contigo campo 
deseé toda mi vida, 
mas nunca ha habido lugar 
ni ocasión se me ofrecía; 
y ahora he determinado 
hacer lo que pretendía, 
y así va este mensajero 
con aquesta carta mía, 
por la cual te pido campo, 
no porque mal te quería, 
aunque de contraria ley 
eres en seguir la mía; 
y si alcanzase victoria 
y te quitase la vida, 
enviaría yo a Granada, 
a una dama que servía, 
tu cabeza presentada 



con contento y alegría. 
Y si tú gustares d'ello, 
llegaráste a Ronda un día, 
adonde soy yo alcaide, 
y allí la batalla haría, 
que allí se te guardará 
la lealtad y cortesía* 
que a tal hombre como tú 
tan justo se le debía; 
y si no. cobra licencia 
de quien dármela podía, 
porque yo te iré a buscar 
a la ciudad de Sevilla. 
Si la batalla me niegas, 
yo diré tu cobardía: 
de lo que determinares 
respuesta breve me envía.» 
Don Manuel leyó la carta, 
y al moro así respondía: 
«En merced te tengo, alcaide, 
la fama que me publicas; 
mas hay un inconveniente, 
el cual aquí te diría,* 
y es que con un moro solo 
yo pelear no podía, 
porque jurado lo tengo 
en ley de caballería, 
y este firme juramento 
jamás le quebrantaría; 
pero saca en tu compaña 
un alguacil que tenías, 
que dicen que es fuerte moro 
y de grande valentía, 
y por tal es celebrado 
acá en el Andalucía, 
y allá con ambos a dos 
yo solo campo haría.» 
Mucho se espantó el alcaide 
cuando la carta leía, 
y el desafío aceptando, 



214 



ROMANCES MORISCOS 



a llamarlo luego envía. 

Don Manuel se partió luego, 

y por Teba se venía, 

do está el conde su cuñado, 

y su hermana residía; 

y después de haber ceñudo, 

el caso contado había 

del desafío campal 

que en Ronda hecho tenía 

con los dos valientes moros, 

según que dicho se había; 

a lo cual respondió el conde. 

d'esta manera decía: 

— Muy bien parece, señor, 

cordura con valentía; 

puel el alcaide de Ronda 

él solo a vos desafía, 

no debe de ser el moro 

de pequeña valentía: 

Matalle no fuera poco, 

antes honra se adquiría, 

sin envialle respuesta 

tan soberbia y tan altiva. 

Quiera Dios por su pasión 



que esto no os cueste la vi- 
[da.— 
Don Manuel le respondió 
con extraña gallardía: 
— De matar un solo moro 
poca honra me venía. 
y si yo mato los dos 
mayor gloria me sería; 
y si quedare yo muerto, 
mi fama no se perdía; 
mas por ningún interés 
la batalla dejaría. — 
Otro día se fué a Ronda; 
con los dos campo hacía. 
Salen furiosos los moros, 
para don Manuel caminan , 
el español, que los vido 
en ellos la lanza enristra ; 
mas aunque él quedó herido. 
el alcaide sin la vida, 
y el otro moro huyendo 
dentro en Ronda se metía. 
La cabeza del alcaide 
don Manuel metió en Sevilla 



ROMANCES MORISCOS 



ALMANZOR Y BOBALÍAS 

Durmiendo está el rey Al- 
[manzor 
a un sabor a tan grande; 
los siete reyes de moros 
no lo osaban acordare. 
Recordólo Bobalías, 
Bobalías el infante. 
— Si dormides, el mi tío, 
si dormides, recordad: 
Mandadme dar las escalas 



que fueron del rey mi padre, 
y dadme los siete mulos 
que las habían de llevar; 
y me deis los siete moros 
que las habían de armar, 
que amores de la condesa 
yo no los puedo olvidar. 
— «Malas mañas has, sobri- 
[no. 
no las puedes ya dejar: 
al mejor sueño que duermo, 
luego me has de recordar.» — 



LA INFANTA SEVILLA Y PERANZULES 



215 



Ya le daban las escalas 
que fueron del rey su padre ; 
ya le daban siete mulos, 
que las habían de llevar; 
ya le daban los siete moros 
que las habían de armar, 
a paredes de la condesa 
allá las fueron a echar. 
Allá al pie de una torre. 
y arriba subido han. 
En brazos del conde Almeni- 
[que 
la condesa van a hallar: 
el infante la tomó, 
y con ella ido se han. 

BOBALÍAS EL PAGANO 

Por las sierras de Moncayo 
vi venir un renegado: 
Bobalías ha por nombre, 
Robalías el Pagano. 
Siete veces fuera moro, 
y otras tantas mal cristiano; 
y al cabo de las ocho 
engañólo su pecado, 
que dejó la fe de Cristo, 
la de Mahoma ha tomado. 
Este fuera el mejor moro 
que de allende había pasado: 
cartas le fueron venidas 
que Sevilla está en un llano. 
Arma naos y galeras, 
gente de a pie y de a caba- 
[11o. 
por Guadalquivir arriba 
su pendón llevan alzado. 
En el campo de Tablada 
su real habían sentado, 
con trecientas de las tiendas 



de seda, oro y brocado. 
En medio de todas ellas 
está la del Renegado; 
encima en el chapitel 
estaba un rubí preciado: 
tanto relumbra de noche 
como el sol en día claro. 

LA MORILLA BURLADA 

Yo m'era mora Moraina, 
morilla de un bel catar: 
cristiano vino a mi puerta, 
cuitada, por m'engáñar. 
Hablóme en algarabía 
como aquel que bien lo sa- 
[be: — 
— Abrasme las puertas, mo- 
[ra, 
si Alá te guarde de mal. — 
— ¿Cómo t'abriré, mezquina, 
que no sé quien te serás? 
— Yo soy el moro Mazóte, 
hermano de la tu madre, 
que un cristiano dejó muer- 
[to; 
tras mí venía el alcalde. 
Si no abres tú, mi vida, 
aquí me verás matar. 
— Cuando esto oí, cuitada, 
comencéme a levantar, 
vistiérame una almejía 
no hallando mi brial, 
fuérame para la puerta 
y abríla de par en par. 

LA INFANTA SEVILLA Y PERAN- 
ZULES 

Sevilla está en una torre 
la más alta de Toledo; 



216 



ROMANCES MORISCOS 



hermosa es a maravilla, 
que el amor por ella es ciego 
púsose entre las almenas 
por ver riberas del Tejo, 
y el campo todo enramado, 
como está de flores lleno. 
Por un camino espacioso 
vio venir un caballero 
armado de todas armas, 
encima un caballo overo. 
Presos siete moros traía 
aherrojados con fierro: 
en alcance d'este viene, 
un perro moro moreno, 
armado de piezas dobles 
en un caballo ligero. 
El continente que trae, 
a guisa es de buen guerrero ; 
blasfemando de Mahoma, 
de sobrada furia lleno. 
Grandes voces viene dando: 
— Espera, cristiano perro, 
que d'esos presos que llevas 
mi padre es el delantero, 
los otros son mis hermanos, 
y amigos que yo bien quie- 
si me los das a rescate, [ro; 
pagártelos he en dinero, 
y si hacerlo no quisieres 
quedarás hoy muerto, o pre- 
En oírlo Peranzules [so. — 
el caballo volvió luego: 
la lanza puso en el ristre; 
para el moro se va recio, 
con tal furia y ligereza 
cual suele llevar un trueno. 
En el suelo lo derriba, 
y a los primeros encuentros 
apeárase del caballo; 
el pie le puso en el cuello; 



cortárale la cabeza: 
ya después que hizo esto 
recogió su cabalgada, 
metióse luego en Toledo. 

MORIANA Y GALVAN 

Al pie de una verde haya 
estaba el moro Galvane; 
mira el castillo de Breña 
donde Moriana estae; 
de riendas tiene el caballo, 
que non lo quiere soltare; 
tiene el almete quitado 
por poder mejor mirare; 
cuando con voz dolorosa 
entre llanto y suspirare, 
comenzó el moro quejando 
d'esta manera a fablare: 
— Moriana, Moriana, 
principio y fin de mi male, 
¿Cómo es posible, señora, 
non te duela mi penare, 
viendo que por tus amores 
muero sin me remediare? 
De aquel buen tiempo pasa- 
te debrías recordare [do 
cuando dentro en mi castillo 
conmigo solías folgare : 
cuando contigo jugaba, 
mi alma debrías mirare 
cuando ganaba perdiendo, 
porque era el perder ganare: 
cuando meresci ganando 
tus bellas manos besare, 
y más cuando en tu regazo 
me solía reclinare, 
y cuando con ti fablando 
durmiendo solía quedare. 
Si esto non fué amor, señora, 
¿cómo se podrá llamare? 




ROMANCE DE ABENAMAR 



217 



y si lo fué, Moriana, 
¿cómo se puede olvidare? — 
A lo alto de una torre 
Moriana fué a asomare, 
y al enamorado moro 
aquesto fué a declarare. 
— Fuye de aquí, perro moro 
el que me quiso matare, 
el que me robó doncella, 
y dueña me hubo forzare: 
las caricias que te fice 
fueron por de tí burlare 
y atender mi noble esposo 
que viniese a libertare. — 
Salió de Breña el cristiano 
y arremete al buen Galvane : 
pasádole ha con la lanza 
y el alma del cuerpo sale. 

ABENAMAR 

Por arrimo su abornoz, 
y por alfombra su adarga, 
la lanza llana en el suelo, 
que es mucho allanar su lan- 
[za; 
colgado el freno al arzón, 
y con las riendas trabadas 
su yegua entre dos linderos 
porque no se pierda y pazca ; 
mirando un florido almendro 
con la flor mustia y quemada 
por la inclemencia del cierzo 
a todas flores .contraria, 
en la vega de Toledo 
estaba el fuerte Abenámar, 
frontero de los palacios 
de la bella Galiana. 



Las aves que en las almenas 
al aire extienden sus alas, 
desde lejos le parecen 
almaizares de su dama. 
Con esta imaginación, 
que fácilmente le engaña, 
se recrea el moro ausente, 
haciendo de ella esperanzas: 
— Galiana, amada mía, 
¿quién te puso tantas guar- 
idas? 
¿Quién ha hecho mentirosa 
mi ventura y tu palabra? 
Ayer me llamaste tuyo, 
hoy me ves, y no me hablas : 
al paso de estas desdichas 
¿Qué será de mí mañana? 
¡Dichoso aquel moro libre 
que en mullida o dura cama, 
sin desdenes, ni favores, 
puede dormir hasta el alba! 
¡Ay, almendro! ¡cómo mues- 
[tras 
que la dicha anticipada 
no nació cuando debiera, 
y así debe., y nunca paga! 
Pues eres ejemplo triste 
de lo que en mi dicha pasa, 
yo prometo de traerte 
por divisa de mi adarga; 
que abrasado y florecido 
aquí como mi esperanza, 
bien te cuadrará esta letra: 
«Del tiempo ha sido la falta.» 
Dijo; y enfrenando el moro 
su yegua, mas no sus ansias, 
por la ribera del Tajo 
se fué camino de Ocaña. 



218 



ROMANCES MORISCOS 



AZARQUE EL GRANADINO 

Ensíllenme el potro rucio 
del alcaide de los Vélez, 
denme la adarga de Fez 
y la jacerina fuerte, 
una lanza con dos hierros 
entrambos de agudo temple: 
y aquel acerado casco 
con el morado bonete, 
que tiene plumas pajizas 
entre blancos martinetes, 
y garzotas medio pardas, 
antes que me vista denme. 
Pondréme la toca azul 
que me dio para ponerme 
Adalifa la de Baza, 
hija de Celín Ámete, 
y aquella medalla en cuadro 
que dos ramos la guarnecen, 
con las hojas de esmeraldas, 
por ser los ramos laureles; 
un Adonis que va a caza 
de jabalíes monteses 
dejando su diosa amada, 
y dice la letra: Muere. 
Esto dijo el moro Azarque 
antes que a la guerra fuese, 
a aquel discreto animoso, 
a aquel galán y valiente 
Almoralife el de Baza, 
de Zulema descendiente, 
caballeros que en Granada 
paseaban con los reyes. 
Trajéronle la medalla, 
y suspirando mil veces 
del bello Adonis miraba 
la gentileza y la suerte: 
— Adalifa de mi alma, 



no te aflijas ni lo piensos: 
viviré para gozarte; 
gozosa vendrás a verme. 
Breve será mi jornada ; 
tu firmeza no sea breve: 
procura, aunque eres mujer, 
ser de todas diferente. 
No te parezcas a Venus, 
aunque en beldad te pareces, 
en olvidar a su amanto 
y no respetarle ausente, 
cuando sola te imagines, 
mi retrato te consuele ; 
sin admitir compañía 
que me ultraje y te desvele : 
que entre tristeza y dolor 
suele amor entretenerse, 
haciendo de alegres tristes, 
como de tristes alegres. 
Mira, amiga, mi retrato 
que abiertos los ojos tiene, 
y que es pintura encantada 
que habla, que vive y que 
[siente: 
acuérdate de mis ojos, 
que muchas lágrimas vier- 
ten, 
¡y fe a que lágrimas suyas 
pocas moras las merecen! — 
En esto llegó Galvano 
a decirle que se apreste, 
que daban prisa en la mar 
que se embarcase la gente. 
A vencer se parte el moro, 
pues que gustos no le ven- 
[cen; 
honra y esfuerzo le animan 
cumplirá lo que promete. 




ROMANCES DE GAZUL 



219 



GAZUL DESDEÑADO POR ZAIDA 

— Si tan bien arrojas lan- 
como las cañas arrojas, [zas 
no pretendas por galán, 
que a los Gazules deshonras. 
No las zambras ni las fiestas 
de las granadinas moras, 
que el nombre de fuerte pier- 
[des 
cuando el de cobrarde co- 
[bras. 
Deja el vistoso albornoz, 
el azmaizar y marlota, 
y no te precies del oro, 
que a tu linaje desdoras: 
mira que las armas son ' 
de más honra y menos costa, 
y que los que no son nobles 
con ellas nobleza cobran. 
Mide, Albenzaide, tu gusto 
con el estado que gozas, 
que a veces de altos deseos 
nacen esperanzas locas. 
Huye de tu pensamiento, 
porque de plumas se adorna, 
ligeras para subirte, 
para sustentarte flojas. 
Xo te arrojes en el mar, 
donde tantos vientos soplan, 
ya de furioso desdén, 
3 r a de encubierta lisonja. 
La libertad que se pierde, 
con gran trabajo se cobra 
y más la que va perdida 
por una imposible cosa. — 
Esto decía Gazul, 
el que la fama pregona, 
puesto en olvido por pobre 
de la bella Zaida mora. 



GAZUL EN LAS FIESTAS DE AL- 
MANZOR 

Estando toda la corte 
de Almanzor, rey de Grana- 
celebrando del Bautista [da, 
la fiesta entre moros santa, 
con ocho moros vestidos 
de negro y tela de plata, 
que llevan ocho rejones 
y en ellos mil esperanzas, 
seguros de su ventura, 
de muchas pruebas pasadas, 
y más en el fuerte brazo 
que ha dado al mundo fian- 
[zas, 
que algunas veces la suerte 
suele a los hombres de fama 
llevarlos por los cabellos 
a la fortuna contraria; 
entra valiente Gazul 
señoreando la plaza, 
que con ir solo por ella 
toda la ocupa y levanta: 
hijo de sí por sus obras, 
para gloria de su fama, 
y para nobleza suya, 
es Alcaide de Algava. 
Los ojos del pueblo lleva 
el caballo entre las plantas, 
y en los apacibles suyos 
los hermosos de las damas. 
Pasa delante del rey, 
del príncipe y de la infanta, 
y haciendo su cortesía, 
el caballo y lanza para. 
Después del galán paseo 
en que fué vista su gala, 
los toros salen al coso 
y al riesgo de su pujanza. 



220 



ROMANCES MORISCOS 



El moro toma un rejón 
y el diestro brazo levanta: 
furioso acomete y pica, 
uno encuentra y otro pasa, 
del toro el aliento frío 
el rostro al caballo espanta, 
y la espuma del caballo 
al toro ofende la cara. 
Admirada está la corte 
del airoso brio y gracia, 
porque ningún lance pierde 
y mil voluntades gana. 
En este tiempo la suerte 
a la postrera le llama, 
porque sale un bravo toro, 
famoso entre la manada, 
no de la orilla del Betis, 
ni Genil, ni Guadiana, 
fué nacido en la ribera 
del celebrado Jarama: 
Bayo, el color encendido, 
y los ojos como brasas, 
arrugados frente y cuello, 
la frente vellosa y ancha, 
poco distantes los cuernos, 
corta pierna y flaca anca, 
espacioso el fuerte cuello, 
a quien se junta la barba; 
todos los extremos negros; 
la cola revuelta y larga, 
duro el lomo, el pecho cres- 
[po, 
la piel sembrada de man- 
[chas. 
Harpado llaman al toro 
los vaqueros de Jarama. 
conocido entre los otros 
por la fiereza y la casta. 
En cuatro brincos se pone 
en la mitad de la plaza, 



y casi en la blanda arena 
el hendido pie no estampa. 
Sale al encuentro Gazu\ 
como si fuera montaña, 
alzando el brazo en el hom- 
[bro 
vibrando al rejón el asta ; 
saca el codo junto al pecho, 
llega el puño, el brazo saca 
y picando el fuerte cuello, 
cuero, carne y vida rasga. 
El fiero toro derriba, 
el suelo mide la espalda, 
los pies que en l a tierra he- 
rían 
al cielo vuelven las plantas; 
'con el furor natural 
vuelve a un lado, prueba y 
[alza 
la tierra, que el cuerpo heri- 
[do 
no tiene más que arrogan 
[cia ; 
de cuya herida en un punto 
revuelta en la sangre, esca- 
[pa 
la vida, dejando a muchos 
envidia de tal hazaña. 
Juntóse el moro valiente, 
a quien sigue y acompaña, 
oyendo los parabienes 
de caballeros y damas; 
porque otra cosa no escucha 
desde andamios y ventanas, 
sino que fué grande suerte 
de aquel famoso de Algava. 

ABENUMEYA 

El gallardo Abenumeya, 
hijo del rey de Granada, 




ROMANCE DE ABENUMEYA 



221 



con enemigos valiente, 
discreto y galán con damas; 
ausente y enamorado 
de la hermosa Felisarda, 
hija del bravo Ferrí, 
que es capitán de la guarda, 
por la vega de Genil 
en una yegua alazana 
parte solo, porque a solas 
quiere gozar de sus ansias. 
Son las colores que viste 
conformes al mal que pasa, 
porque si vieren sus ojos, 
vean lo que sufre el alma. 
Viste leonada marlota, 
y en ella flores moradas, 
que entre congojas y penas 
florida está su esperanza; 
en un albornoz pajizo 
unas columnas bordadas, 
por mostrar que a su firmeza 
combaten desconfianzas. 
Puso en la adarga una luna 
con una banda morada, 
por dar muestras que de 

amor 
nace el temor de mudanza. 
Banderilla lleva azul 
junto al hierro de la lanza: 
que celos son ocasión 
de hacer yerros quien bien 

[ama. 
Una toca en su cabeza 
de oro y de seda encarnada, 
plumas, garzotas, bonete 
recoge, aprieta y enlaza, 
y en el rizo de las plumas 
una muerte de esmeraldas, 
y de aljófar esta letra: 
«Muerte es esperanza larga». 



Mas aunque parte galán, 
apercibido va de armas, 
porque son de fino acero 
los forros de aquestas galas, 
suspirando va y diciendo; 
— ¡Mi querida Felisarda, 
no borres de tu memoria 
a quien te escribió en el al- 
[ma! 
¡Mira que por causa tuya 
traigo vestida la malla, 
siempre la lanza en la dies- 
tra, 
siempre embrazada la adar- 
[ga, 
venciendo en escaramuzas, 
y saliendo de batallas 
herido, por ser de celos, 
do acero ni fuerzas bastan! — 
Diciendo esto el moro ausen- 
[te 
sacó del pecho una carta, 
y con ella mil suspiros 
con que el viento fresco a- 
[brasa. 
Quiso leella, y no pudo, 
porque lágrimas causadas 
y espesas nubes de penas 
lo impiden con fuego de 
[agua. 
La carta, con lo que llora, 
moja, enternece y ablanda, 
y con suspiros la enjuga; 
y aun es mucho no quemada. 
Siente las frescas heridas, 
y en busca de quien las cau- 
[sa 
vuelve a Granada los ojos, 
y el alma a su Felisarda; 
y mira del Albaicín, 



222 



KOMANCES MORISCOS 



adonde vive su dama, 
los dorados chapiteles 
y las antiguas murallas. 
Por las de un jardín que tie- 
[ne 
ve que se asoma una palma, 
que a pesar del grave peso 
levanta sus verdes ramas. 
— ¡ Mora de mis ojos, dice : 
si, como dices, me amas, 
fáciles inconvenientes 
fácilmente atropellaras! 
¡ Mas, ay, que el tiempo des- 
cubre 
mi firmeza y tu mudanza! 
la firmeza de mis obras, 
lo falso de tus palabras. 
¡Mal haya yo, que por tí 
traigo revuelta a Granada! 
Mis deudos me ponen ceño, 
no me pueden ver tus guar- 
idas; 
mas aunque enemigos crez- 
[can 
desdenes y ausencia larga,- 
nada bastará a mudarme, 
que contra mí nada basta. — 
En esto oyó qua a rebato 
tocan en el Alpujarra, 
y como a quien tanto impor- 
ta. 
parte a morir o libralla. 

ZAIDE EN LAS FIESTAS 

Zaide ha prometido fiestas 
a las damas de Granada, 
porque dicen que su ausen- 
cia 
de fiestas las tiene faltas; 



y para poder cumplir 
lo que promete a las damas, 
concierta con sus amigos 
de hacerles fiestas y zam- 

[bras. 
Entre muchas que imagina, 
concierta una encamisada, 
para las damas secreta, 
y para el vulgo callada. 
Y antes que la clara aurora 
ei pecho se rasgue y abra, 
entra el venturoso moro 
con su ilustre camarada: 
hecha escuadra de cincuenta 
va toda bien concertada. 
Cegríes con los Gómeles, 
Azarques con los Audallas. 
Vanegas y Portoloses, 
Abencerrajes y Mazas. 
Alfarríes y Achapices, 
F'ordaques con los Ferraras, 
madrugan para coger 
a las damas descuidadas, 
deseosos de ver libre 
lo que encubren tocas bien 
[cas. 
Cabezas y cuerpos ciñen 
de unas floridas guirnaldas; 
muchas cañas llevan verdes, 
y en las manos blancas ha- 

[chas. 
Ya los clarines comienzan, 
ya las trompas y dulzainas, 
ya los gritos y alaridos, 
ya las voces y algaraza, 
ya los añafiles tocan, 
ya les responden las cajas, 
y el envidioso Albaicín 
con mil ecos acompaña, 
los azorados caballos 




ROMANCES DE ZAIDE 



223 



con los cascabeles andan, 
moviendo tanto ruido, 
que a la ciudad amenazan. 
Unos corren, otros gritan, 
otros dicen: Para, para, 
sigan orden, vayan todos 
la calle de la Alcazaba. 
Otros dicen: La Gerea 
no se deje, ni su plaza; 
otros, de Vavataubín 
vuelvan luego a la Alpuja- 
[rra, 
la calle de los Gómeles, 
la plaza de Vivarrambla. 
Corran toda la ciudad, 
viva Albolún, y el Alcázar. 
Las damas que el dulce sue- 

[ño 
las tiene muy descuidadas, 
al ruido despiertan todas, 
y acuden a sus ventanas. 
Cual muestra suelto el cabe- 

[11o 
preso de una mano blanca; 
cual por descuido no cubre 
su blanco pecho y garganta. 
Descuidadas salen todas 
al cuidado alborotadas, 
aunque del cuidado nacen 
a cada mora mil ansias. 
De pechos y en pechos pues- 
[ta 
a la ventana asomada, 
está tan bella una mora, 
que mil pechos abrasaba. 
Miran las moras la fiesta, 
cómo corren, cómo paran, 
y tan sólo Zaida mira 
al aposento de su alma. 
Zaide corre una carrera. 



y Muza su camarada; 
luego todos a la folla 
corren la cascabelada. 
Tanto se enciende la fiesta, 
y con tantas veras anda, 
que no se viera la fin 
si el sol no les madrugara. 
Determinan recogerse, 
dejan la fiesta acabada, 
piden lugar a la gente, 
diciéndola: Aparta, aparta. 

MIRA ZAIDE QUE TE AVISO 

(Atribuido a Lope de Vega.) 

Mira, Zaide, que te aviso 
que no pases por mi calle, 
ni hables con mis mujeres, 
ni con mis cautivos trates, 
ni preguntes en qué entien- 
do, 
ni quien viene a visitarme, 
ni que fiestas me dan gusto, 
ni que colores me placen. 
Basta que son por tu causa 
las que en el rostro me salen, 
corrida de haber querido 
moro que tampoco sabe. 
Confieso que eres valiente. 
que rajas, hiendes y partes, 
y que has muerto más cris- 
[tianos 
que tienes gotas de sangre; 
que eres gallardo ginete, 
y que danzas, cantas, tañes, 
gentil hombre, bien criado, 
cuanto puede imaginarse; 
blanco, rubio por extremo, 
esclarecido en linaje, 
el gallo de las bravatas, 



224 



ROMANCES MORISCOS 



la gala de los donaires; 
que pierdo mucho en per- 
[derte, 
que gano mucho en ganarte, 
y que si nacieras mudo 
fuera posible adorarte. 
Mas por este inconveniente 
determino de dejarte: 
que eres pródigo de lengua. 
y amargan tus libertades, 
y habrá menester ponerte 
quien quisiere sustentarte, 
un Alcázar en el pecho, 
y en los labios un alcaide. 
¡Mucho pueden con las da- 
[mas 
los galanes de tus partes! 
Porque los quieren briosos, 
que hiendan y que desga- 
rren; 
y con esto, Zaide amigo, 
si algún banquete les haces, 
el plato de tus favores 
quieres que coman y callen. 
¡ Costoso fué el que me hicis- 
[te! 
¡Venturoso fueras, Zaide, 
si conservarme supieras 
como supiste obligarme! 
Pero no saliste apenas 
de los jardines de Tarfe, 
cuando hiciste de tus dichas 
y de mi desdicha alarde, 
y a un morillo mal nacido 
me dijeron que enseñaste 
la trenza de mis cabellos, 
que te puse en el turbante 
No pido que me la vuelvas, 
ni tampoco que la guardes. 



mas quiero que entiendas, 
[moro, 
que en mi desgracia la traes. 
También me certificaron 
como le desafiaste 
por las verdades que dijo, 
¡que nunca fueran verda- 
des ! 
De mala gana me río: 
¡que donoso disparate! 
tú no guardas tu secreto, 
¿y quieres que otro lo guar- 
[de? 
No quiero admitir disculpa, 
otra vez vuelvo a avisarte: 
esta será la postrera 
que me veas y te hable. — 
Dijo la discreta mora 
al altivo Abencerraje, 
y al despedirle replica: 
«Quien tal hace que tal pa- 
[gue». 

TARFE 

— Católicos caballeros, 
los que estáis sobre Granada, 
y encima del lado izquierda 
os ponéis la cruz de grana; 
si en los juveniles pechos 
os toca de amor la brasa, 
como del airado Marte 
la fiereza de las armas; 
si por las soberbias torres 
sabéis volar una caña, 
como soléis en la vega 
furiosos volar las lanzas; 
si como en ella las veras 
os place el burlar de plaza, 
y os cubrís de blanda seda 



ROMANCE ÜK TARFE 



225 



como de ásperas corazas: 
seis sarracenas cuadrillas, 
con otras tantas cristianas, 
el día que os diere gusto 
podremos jugar las cañas; 
que no es justo que la gue- 
[rra, 
aunque nos quemáis las ca- 
[sas, 
llegue a quemar los deseos 
de nuestras hermosas da- 
[mas; 
pues por vosotros están 
con nosotros enojadas, 
por vuestro cerco prolijo 
y vuestra guerra pesada. 
Y si tras tantos enojos 
queréis gozar de su gracia, 
como a la guerra dais tre- 
[guas, 
dadlas a nuestras desgra- 
cias: 
que es grande alivio del cuer- 
y regalo para el alma, [po 
arrimar la adarga y cota, 
y echarse plumas y banda; 
y al que mejor lo hiciere 
doy desde aquí mi palabra, 
en señal de su valor, 
para que viva su fama, 
de atar a su diestro brazo 
una empresa de mi dama, 
dada de su blanca mano, 
que es tan bella como blan- 
[ca. — 
Esto firmó en un cartel, 
y lo fijó en una adarga 
el valiente moro Tarfe, 
gran servidor de Daraia. 



en las treguas que el Maes- 
de la antigua Calatrava [tre 
hizo por mudar de sitio 
y mejorarse de estancia; 
y con seis moros mancebos, 
de su propia sangre y casa, 
y algunos Abencerrajes, 
se le envió a la campaña. 
Recíbenlos en las tiendas, 
y sabida su demanda, 
dando el Maestre licencia 
se aceptó para la Pascua. 
Y respondiendo al cartel 
con razones cortesanas, 
hasta salir del real 
a los moros acompañan. 
Cesan las trazas de guerra, 
y los que del juego tratan 
cierran la puerta al acero, 
y ábrenla al damasco y ga- 
las. 
Moros y moras se ocupan, 
mientras el plazo se pasa, 
ellos en correr caballos, 
y ellas en bordarles mangas : 
y los dos competidores 
de la pendencia pasada, 
hacen paces entre sí, 
y olvidan cosas pasadas. 
Viendo Almoradí, el galán, 
que Tarfe se le aventaja, 
y que es señor de la mora 
que es señora de su alma, 
porque en público o secreto 
cien mil favores le daba, 
dando a entender que le quie- 
[re 
más que a su vida y su al- 
[ma, 
una noche muy oscura. 

8 



226 



ROMANCES MORISCOS 



para el caso aparejada, 
se salió el gallardo moro 
al terreno del Alhambra. 
Y en llegando, que llegó, 
vio una mora a la ventana, 
a quien con joyas tenía 
de muy atrás granjeada: 
hablóla, y dijo: — «¿Señora, 
es posible que Daraja, 
aunque no me canse yo, 
de maltratarme no cansa? 
Aquellos ojos que tienen 
más que el cielo estrellas, 
[almas, 
cuya luz mata más moros 
que el Maestre con su espa- 
[da, 
¿Cuándo los volverá man- 
[sos? 
¿O cuándo volverá mansa, 
dejando a Tarfe que tiene 
menos manos que palabras? 
Que no soy yo como él, 
tan cumplido de arrogancias, 
pues lo que él gasta en de- 
cirlas, 
gasto yo en ejecutarlas. 
Bien saben en la ciudad 
que por mi brazo y mi lanza 
ha sido mil veces libre 
de la potencia cristiana. — 
Esto Almoradí decía, 
cuando Tarfe, que llegaba, 
dio el oído a las razones, 
y el brazo a la cimitarra. 
Figúresele al valiente 
alguna cristiana escuadra, 
y dejando la marlota 
volvió al moro las espaldas. 



Salió Daraja al ruido, 
conoció a Tarfe en el habla, 
el cual le dio la marlota, 
que era azul, con oro y pla- 
[ta. 

ROMANCE DE ABENZULEMA 

(De Don Luis de Gongora ) 

Aquel rayo de la guerra 
alférez mayor del reino, 
tan galán como valiente, 
y tan noble como fiero; 
de los mozos envidiado, 
y admirado de los viejos, 
y de los niños y el vulgo 
señalado con el dedo: 
el querido de las damas 
por cortesano y discreto, 
hijo hasta allí regalado 
de la fortuna y el tiempo: 
el que vistió las mezquitas 
de victoriosos trofeos, 
y el que pobló las mazmorras 
de cristianos caballeros; 
el que dos veces armado 
más de valor que de acero, 
a su patria libertó 
de dos peligrosos cercos: 
el gallardo Abenzulema 
sale a cumplir el destierro 
a que le condena el rey, 
o el amor, que es lo más 
[cierto. 
Servía a una mora el moro, 
por quien andaba el rey- 
muerto, 
en todo extremo hermosa, 
y discreta en todo extremo. 




KOMANCE DE ABENZULEMA 



227 



Dióle unas flores la dama, 
que para él flores fueron, 
y para el celoso rey 
yerbas de mortal veneno; 
pues de la yerba tocado 
le manda desterrar luego, 
culpando su lealtad 
para disculpar su yerro. 
Sale pues el fuerte moro 
sobre un caballo overo, 
que a Guadalquivir el agua 
le bebió y le pació el heno. 
Tan gallardo iba el caballo, 
que en grave y airado vuelo, 
con ambas manos medía 
lo que hay de la cincha al 

[suelo; 
con un hermoso jaez, 
bella labor de Marruecos, 
las piezas de feligrana, 
la mochila de oro y negro ; 
sobre la marlota negra 
un blanco almaizar se ha 

[puesto 
por vestirse las colores 
de su inocencia y su duelo 
Bonete lleva turquí, 
derribado al lado izquierdo, 
y sobre él tres plumas pre- 
[sa& 
de un preciado camafeo. 
No quiso salir sin plumas 
porque vuelen sus deseos, 
si quien le quita la tierra 
también no le quita el vien- 
do: 
bordó mil fierros de lanzas 
por el capellar, y en medio 
en arábigo una letra 



que dice: «Estos son mis ye- 
[rros.» 
No lleva más de un alfanje 
que le dio el rey de Toledo, 
porque para un enemigo 
él le basta, y su derecho. 
Desta suerte sale el moro 
con animoso denuedo, 
en medio de dos alcaides 
de la Alhambra y Marmolejc. 
Caballeros le acompañan, 
y le sigue todo el pueblo, 
y las damas, por do pasa, 
se asoman llorando a verlo 
Lágrimas vierten agora 
de sus tristes ojos bellos, 
las que desde los balcones 
aguas de olor le vertieron. 
La hermosísima Balaja 
que llorosa en su aposento, 
las sinrazones del rey 
le pagaban sus cabellos, 
como tanto estruendo oyó, 
a un balcón salió corriendo, 
y enmudecida le dijo, 
dando voces con silencio: 
— Vete en paz, que no vas 
[solo. 
y en mi ausencia ten con- 
duelo, 
que quien te echó de Jerez 
no te echará de mi pecho. — 
El con la vista responde: 
— Yo me voy y no te dejo: 
de los agravios del rey 
para tu firmeza apelo. — 
Con esto pasó la calle, 
los ojos atrás volviendo 



228 



ROMANCES MORISCOS 



dos mil veces, y de Andújar 
tomó el camino derecho. 

AMORES DE MUZA 

Admirada está la gente 
en la plaza Vivarambla 
de verle tirar a Muza 
en una fiesta una caña. 
Entró bizarro y gallardo, 
más que Audalla el de las 
[galas, 
más fuerte que Reduan 
sufre al contrario en bata- 
con librea berberisca [lias, 
turquesada y pespuntada., 
sembrada de piedras verdes 
que señalan su esperanza, 
aunque le matan los celos, 
que todo el cuerpo le abra- 
[san, 
cuya causa es Bajamed, 
tesorero de su alma. 
Trae el brazo arremangado 
con una toca leonada; 
triste y trabajosa seña 
de su perdida esperanza. 
Trae una adarga pequeña, 
con una banda encarnada, 
pintado allí el dios Cupido 
con una flecha dorada; 
bonete con muchas plumas 
de color amortiguada, 
una cifra le rodea 
que dio a Albenzaide la in- 
tuía cadena dé oro, [grata; 
muy estrecha, al cuello ata- 
ida, 
con esta letra en el pecho: 
«Preso tiene cuerpo y alma.» 



Cuando le vieron entrar, 
la gente suspensa estaba 
diciendo: Ya entra Muza, 
flor y honra de Granada. 
Lleva una caña en la mano, 
blanca más que nieve blanca, 
porque la piensa teñir 
antes que del juego salga. 
Comenzó la escaramuza, 
unos con otros se traban ; 
ya se vuelven y revuelven; 
casi parece batalla. 
Aluza revuelve con ira 
contra quien su amor le asal- 
hízole una mala herida [ta : 
con una delgada caña. 
Rompióle adarga y librea, 
tiñendo el caballo y plaza 
con la sangre, que a porfía 
sale afligiendo a Daraja. 
Ella comenzó a dar gritos 
desde su alta ventana, 
diciendo: «Moros, libradle 
de aquesta tigre de Hicar- 
[nia» 
Luego se deshace el juego, 
acuden a ver qué pasa, 
ven al Bencerraje herido, 
y que Muza ufano anda. 

REDUAN 

Con dos mil jinetes moros 
Reduan corre la tierra, 
todos los ganados roba, 
y amenaza las fronteras; 
de los muros de Jaén 
reconoce las almenas, 
y entre Ubeda y Andújar 
pasa como una saeta. 




ROMANCES DE BOABD1L 



229 



tY las campanas de Baza 
alarma tocan apriesa.» 
Con tanto silencio pasan, 
que parece que concuerdan, 
con lo mudo de las trompas, 
los relinchos de las yeguas; 
pero al fin las atalayas, 
que estaban a trechos pues- 
[tas, 
con las hachas encendidas 
unos a otros se hacen señas 
«Y las campanas... etc.,- 
Favoréceles la noche 
con sus confusas tinieblas, 
pero son tantos los fuegos 
que por todas partes dejan 
en las malogradas mieses 
y en las humildes chozuelas, 
que sirven de luminarias 
de tan lastimosas fiestas 
«Y las campanas... etc.» 
Al no pensado rebabo 
se levantan y se aprestan 
caballeros con sus lanzas, 
peones con sus ballestas. 
Los hidalgos de Jaén, 
de Andújar la gente 'nena, 
y de Ubeda los nobles, 
todos hacen de sí mue^tia. 
«Y las campanas... etc.» 
Abre el sol las del oriente, 
y los cristianos sus puertas: 
vienen a juntarse todo;*, 
poco más de media legua, 
y puestos en son confuso 
el eco y aire resuenan 
armas, pifaros y cajas, 
relinchos, voces, trompetas; 
«Y las campanas de Baza 
al arma tocan apriesa». 



BOABDIL Y ZARA 

La mañana de San Juan 
salen a coger guirnaldas. 
Zara, mujer del rey Chico, 
con sus más queridas damas, 
que son Fátima y Jarifa, 
Celinda, Adalifa y Zaina. 
de fino cendal cubierta?, 
no con marlotas bordadas: 
sus almaizales bordados, 
con muchas perlas sembra- 
[das, 
descalzos los albos pies, 
blancos, más que nieve blan- 
[ca. 
Llevan sueltos los cabellos, 
no como suelen tocadas, 
y más al desdén la reina, 
por celosa y desdeñada; 
la cual, llena de dolor, 
no dice al rey lo que pasa, 
ni quiere que en la ocasión 
su pena sea declarada. 
Estando de varias flores 
las moras ya coronadas, 
con lágrimas y suspiros 
a todas la reina habla: 
— Quise, Fátima, juntaros, 
porque sois amigas caras, 
para quejarme a las tres 
de cómo me trata Zaida, 
cuya hermosura pluguiera 
a Alá que no la criara, 
pues en ella está mi daño 
presente de cara a cara. 
Sabréis cómo el rey la quiere 
más que a la vida y el alma, 
de do resulta mi daño, 



230 



ROMANCES MORISCOS 



pues veis con él soy casa- 
[da; 
el cual no creo que sabe 
que sé de esto lo que pasa, 
antes entiendo lo sufre 
receloso de enojalla. — 
Responde sin detenerse 
Zaida, perdida y turbada, 
y a veces con el color 
que tiene la fina grana: 
— Si acaso no se supiera 
quién soy por toda Granada, 
dañáranme tus locuras, 
mujer inconsiderada. 
Jamás, reina, me has creído 
antes escudriñas causas, 
mas para mi mal durables, 
que lo son para tus ansias 
Doite bastantes razones, 
y tan bastantes, que basta 
creer que no son creídas, 
aunque las ponga en la pla- 
[za; 
y en ellas te digo, reina, 
que no fueras coronada, 
que no me es más ver al rey 
de que a ti celosa airada. 
Si piensas que tu corona 
codicio, estás engañada ; 
déjame ya si te place, 
o saldréme de Granada. — 
Pero el rey que no dormía, 
antes bien las escuchaba, 
sale diciendo que callen, 
con voces muy alteradas. 
La reina, que lo conoce, 
encubrió el estar turbada 
y con un aplauso afable 
le recibe, y así habla: 
— Nunca suelen los galanes 



entrar donde están las da- 
[mas 
sin que primero licencia 
por ellas le sea otorgada. — 
El rey le replicó luego: 
— A mí nunca me es vedada, 
ni ha de ser donde estáis vos 
y donde están vuestras da- 
[mas. — 
— Los reyes todo lo pueden, 
respondió la reina airada, 
y también sé yo que tienen 
algunos dobles palabras. — 
El rey gustó de callar 
porque la vido enojada, 
y metiendo otras razones 
se fueron para el Alhambra. 

BOABDIL Y VINDARAJA 

En la villa de Antequera 
cautiva está Vindaraja, 
la mora que más quería 
el rey Chico de Granada. 
Siente tanto el verse presa, 
que no la agradaba nada, 
no por el poco valor 
que en el buen cristiano ha- 
[11a, 
sino por temor y miedo, 
que la han de llevar a Baza, 
y que si a Baza la llevan 
la han de hacer tornar cris- 
tiana. 
Tomando tinta y papel 
al rey escribe una carta: 
no le escribe como a rey, 
sino como enamorada. 
«¿Qué me sirve ser hermosa, 
y de ti, buen rey, amada 



la, 



ROMANCE DE AUDALLA 



231 



si en aquestas ocasiones 
me tienes, rey, olvidada? 
Rescata el cuerpo a dinero, 
pues me tienes allá el alma; 
si por dineros me dejas, 
moros tengo yo en Granada, 
que por esta amante mora 
perderán la vida y alma.» 
Contento estaba el rey Chico, 
grandes fiestas ordenaba 
por una carta que tiene 
de su amada Vindaraja; 
mandó llamar a su alcaide 
de quien hace confianza, 
y le dijo: — Buen alcaide, 
impórtame que mañana 
te partas para Antequera, 
al rescate de mi dama. 
Llevarás cien doblas de oro, 
y otra cantidad de plata; 
cien caballos enjaezados, 
bordados todos de plata. 
Traerásla como a reina 
pues es reina de mi alma. 
Por las tierras do viniere 
corran toros, jueguen cañas, 
hagan fiestas y torneos, 
toquen clarines y cajas: 
Yo la saldré a recibir 
legua y media de Granada 
con toda mi casa y corte 
para que entre más honra- 
[da.— 
Luego se parte el alcaide, 
y a Narváez dio la carta : 
desque la hubo leído 
estas razones le habla: 
— Anda vete, el moro perro, 
anda y vuélvete a Granada. 
v le dirás al rey Chico 



que si me da Vivarambla, 
Zacatín y Plaza Nueva 
y también las Alpujarras 
comparadas con la mora 
no las estimo yo en' nada. — 

AUDALLA 

Ponte a las rejas azules, 
deja la manga que labras, 
melancólica Jarifa, 
verás al galán Audalla, 
que nuestra calle pasea 
en una yegua alazana, 
con un jaez verde oscuro, 
color de muerta esperanza. 
Si sales presto, Jarifa, 
verás cómo corre y para, 
que no lo iguala en Jerez 
ningún jinete de fama. 
Hoy ha sacado tres plumas, 
una blanca y dos moradas, 
que cuando corre ligero, 
todas tres parecen blancas. 
Si los hombres le bendicen, 
¡peligro corren las damas! 
Bien puedes salir a verle, 
que hay muchas a las ven- 
[tanas. 
¡Bien siente la yegua el día 
que su amo viste galas, 
que va tan briosa y loca 
que revienta de lozana; 
y con la espuma del freno 
teñidas lleva las bandas, 
que entre las peinadas cri- 
[nes 
el hermoso cuello enlazan! 
Jarifa, que al moro adora, 
y de sus celos se abrasa, 



232 



ROMANCES MORISCOS 



los ojos en la labor 
así le dice a su aya: 
— Días ha, Celinda amiga, 
que sé cómo corre y para: 
quien corre al primer deseo, 
al segundo para el alma. 
No me mandes que le vea, 
¡pluguiera a fortuna varia, 
que como sé lo que corre, 
él supiera lo que alcanza! 
¡Muy corrida me han tenido 
sus carreras y mis ansias: 
las secretas por mi pena, 
las públicas por mi fama! 
Por más colores de plumas 
no hayas miedo que allá sal- 
[ga, 
porque ellas son el fiador 
de sus fingidas palabras: 
por otras puede correr 
de las muchas que le alaban, 
que basta que en mi salud 
el tiempo toma venganza. — 

zu LEM A 

Aquel valeroso moro, 
rayo de la quinta esfera, 
aquel nuevo Apolo en paces, 
y nuevo Marte en la guerra; 
aquel que dejó en memoria 
de mil hazañas diversas, 
antes de apuntalle el bozo 
por punta de lanza hechas; 
aquel que es tal en el mundo 
por su esfuerzo y por su 
[fuerza 
que sus mismos enemigos 
le bendicen y le tiemblan; 
aquel por quien a la fama 



le importa que se prevenga, 
para contar sus hazañas, 
de más alas y más lenguas: 
Zulema, al fin, el valiente, 
hijo del fuerte Zulema, 
que dejó en la gran Toledo 
fama y memoria perpetua; 
no armado, sino galán, 
aunque armado más lo era, 
fué a ver en Avila un día 
las fiestas como de fiesta. 
En viéndole, la gran plaza 
toda se alegra y se altera, 
que ver en fiestas al moro 
les parece cosa nueva. 
En los andamios reales 
los adalifes le ruegan 
que se asiente, aunque se te- 
[men 
que a todos les escurezca. 
Bendiciéndole mil veecs 
su venida y su presencia, 
le dan las damas asiento 
dentro en sus entrañas mes- 
[mas; 
pero al fin Zulema en medio 
de los alcaides se sienta, 
que ló fueron por entonces 
de la mayor fortaleza: 
Cuando más breve que el 
[viento, 
y más veloz que cometa, 
del celebrado Jarama 
un toro en la plaza sueltan, 
de aspecto bravo y feroz, 
vista enojosa y soberbia, 
ancha nariz, corto cuello, 
cuerno ofensible, piel negra. 
Desocúpale la plaza 
toda la más gente de ella; 






ROMANCE DE ZULEMA 



233 



sólo algunos de a caballo 
aunque le temen le esperan. 
Piensan hacer suerte en él, 
mas fuéles la suya adversa, 
pues siempre que el toro em- 
[biste 
los maltrata y atropella. 
No osan mirar a las damas 
de pura vergüenza dellas, 
aunque ellas tienen los ojos 
en otra fiera más fiera. 
A Zulema miran todas, 
y un a disfrazada entre ellas, 
que hace a todas la ventaja 
que el sol claro a las estre- 
chas. 
Le hizo señas con el alma, 
de quien son los ojos len- 
[gua, 
que esquite aquellos azares 
con alguna suerte buena. 
La suya bendice el moro, 
pues gusta de que se ofrezca 
algo en que a la bella mora 
de sus deseos dé muestra: 
Salta del andamio luego, 
mas no salta, sino vuela, 
que amor le prestó sus alas, 
como es suya aquesta em- 
[presa, 
cuando ve que a un hombre 
[el toro 
con pies y manos le huella, 
y siendo sujeto al hombre 
agora al hombre sujeta. 
A pie se parte a librarle, 
y aunque todos le vocean, 
no lo deja, porque sabe, 
que su victoria está cierta. 
Llega al toro cara a cara, 



y con la indomable diestra 
esgrime el agudo alfanje 
haciéndole mil ofensas: 
Retírase el toro atrás, 
líbrase el que estaba en tie- 
[rra, 
grita el pueblo, brama el 
[toro, 
vuelve a aguardarle Zulema. 
Otra vez vuelve a embestille. 
y mejor que la primera 
le acierta, y riega la plaza 
con la sangre de sus venas; 
brama, bufa, escarba, huele, 
anda alrededor, patea, 
vuelve a mirar quien le 
[ofende 
y de temelle da muestras. 
Tercera vez le acomete, 
echando por boca y lengua 
blanca y colorada espuma, 
de coraje y sangre hecha; 
pero ya cansado el moro 
de verle durar, le acierta 
un golpe, por do a la muerte 
le abrió una anchurosa puer- 
ca: 
Levanta la voz el vulgo, 
cae el toro muerto en tierra, 
envídianle los más fuertes, 
bendícenle las más bellas; 
con abrazos le reciben 
los Azarques y Vanegas; 
las damas le envían el alma 
a darle la enhorabuena. 
La fama toca su trompa, 
y rompiendo el aire vuela; 
Apolo toma la pluma; 
yo acabo, y su gloria em- 
[pieza. 



234 



ROMANCES MORISCOS 



ALIATAR 

No con azules tahalíes, 
corvos alfanjes dorados, 
ni coronados de plumas 
los bonetes africanos, 
sino de luto vestidos 
entraron de cuatro en cua- 
[tro, 
del mal logrado Aliatar 
los afligidos soldados: 
«Tristes marchando, 
las trompas roncas, los tam- 
[bores destemplados». 
La gran empresa del Fénix 
que en la bandera volando 
apenas la trató el viento 
temiendo el fuego tan alto, 
ya por señas de dolor 
barre el suelo y deja el cam- 
[po, 
arrastrado entre la seda 
que el Alférez va arrastran- 
«Tristes, etc.» [do: 

Salió el gallardo Aliatar 
con cien moriscos gallardos 
en defensa de Motril 
y socorro de su hermano. 
A caballo salió el moro, 
y otro día desdichado 
en negras andas le vuelven 
por donde salió a caballo 
«Tristes, etc.» 
Caballeros del Maestre, 
que en el camino encontra- 
[ron, 
encubiertos de unas cañas 
furiosos le saltearon: 
hiriéronle malamente, 
murió Aliatar mal logrado, 



y los suyos, aunque rotos, 
no vencidos se tornaron: 
«Tristes, etc.» 
¡Oh cómo lo siente Zaida! 
¡Y cómo vierten, llorando 
más que las heridas sangre, 
sus ojos aljófar blanco! 
Dilo tú, Amor, si lo viste- 
mas ¡ay que de lastimado 
diste otro nudo a la venda, 
por no ver lo que ha pasado ! 
«Tristes, etc.» 
No sólo le lloró Zaida; 
pero acompañándola cuantos 
del Albaicín a la Alhambra 
beben de Genil y Darro; 
las damas como a galán, 
los valientes como a bravo, 
los alcaides como a igual, 
los plebeyos como a amparo : 
«Tristes marchando 
las trompas roncas, los tam- 
[bores destemplados». 

ALMORALIFE 

De la armada de su rey 
a Baza daba la vuelta 
el mejor Almoralife, 
sobrino del gran Zulema; 
y aunque llegó a mediano- 
[che. 
a pesar de las tinieblas 
desde lejos divisaba 
de su ciudad las almenas. 
— Aquel chapitel es mío, 
con las águilas de César, 
insignia de los romanos 
que usurparon esta tierra. 
La torre de Felisalva 



ROMANCE DE JARIFE 



235 



apostaré que es aquella, 
que en fe de su dueño altivo 
compite con las estrellas. 
¡Oh gloria de mi esperanza, 
y esperanza de mi ausencia! 
¡Compañía de mi gusto, 
soledad de mis querellas! 
Si de mi alma quitases 
los recelos que la quedan, 
y algunas facilidades 
que de tus gustos me cuen- 
[tan 
si tu belleza estimaras, 
como estimo tu belleza, 
fueras ídolo de España, 
y fama de ajenas tierras. — 
Dijo, y entrándose en Baza 
a sus moros dio la yegua, 
y del barrio de su dama 
las blancas paredes besa. 
Hizo la seña que usaba, 
y al ruido de la seña 
durmieron sus ansias vivas, 
y Felisalva despierta 
salió luego a su balcón, 
y de pechos en las verjas, 
a su moro envía el alma 
que le abrazase por ella, 
Apenas pueden hablarse, 
que la gloria de su pena 
les hurtaba las palabras, 
que en tal trance no son bue- 
[nas. 
Al fin la fuerza de amor 
rompió al silencio la fuerza, 
porque sus querellas mudas 
por declararse revientan ; 
y la bella Felisalva, 
tan turbada cuanto bella, 
estando atento su moro 



a preguntalle comienza: 
— Almoralife galán, 
¿cómo venís de la guerra? 
¿Matastes tantos cristianos 
como damas os esperan? 
¿Mi retrato viene vivo, 
o murió de las sospechas 
que a su triste original 
le dan soledades vuestras? 
Del vuestro sabré deciros 
que parece que le pesa 
de que faltándole el ver, 
vivir y mirarle pueda. — 

JARIFE 

Al lado de Sarracina 
Jarife está en una zambra, 
hablando en su amor prime- 
[ro, 
de que fué la secretaria. 
— ¿Sois vos, le dice la mora, 
Jarife aquel de Daraja, 
aquel de fe templo, aquel 
monstruo de perseverancia? 
Tres años ha, caballero, 
que os llora por muerto Es- 
[paña: 
si muerto, ¿cómo en el mun- 
[do? 
Si vivo, ¿cómo sin alma? — 
El enamorado moro, 
por satisfacer la dama, 
ni en voz humilde ni altiva 
así la lengua desata: 
— El hilo de nuestras vidas 
en mano está de las Parcas, 
ellas le rompen y tuercen, 
que fuerza de amor no basta, 
A cada cual su carrera 



236 



ROMANCES MORISCOS 



de una vez se le señala; 
no hay más alargar la corta, 
no hay más acortar la larga. 
Si hubiera querido el cielo, 
que para más mal me guar- 
ida, 
puerta han dado mis empre- 
sas 
a más de un morir de fama: 
más de una vez el Maestre 
midió conmigo su lanza; 
más de un golpe de los su- 
[yos 
guarda por blasón mi adar- 
[ga. 
En la traición de Muley, 
y en la libertad de Zaida, 
si no derramé la vida 
fué culpa de mi desgracia; 
aunque fué,, si bien se mide, 
cosa por razón guiada, 
que no es justo pueda el hie- 
[rro 
lo que no puede la rabia. 
Vi triunfar a mi enemigo, 
de quien me venció sin ar- 
[mas, 
yo el cuello puesto en cade- 
[nas, 
y él su frente coronada: 
vi adornados sus trofeos 
de mil laureles y palmas, 
y el ave de Ticio fiera 
cebarse de mis entrañas. 
¡Entonces, entonces, muerte, 
a buena sazón llegarás; 
tuviera el sepulcro el cuerpo 
do tuvo su cielo el alma! 
Muriera donde a lo menos 
supiera el mundo la causa, 



donde mis placeres, donde 
murieron mis esperanzas. 
Mas si está ordenado arriba, 
vivamos, pase esta farsa, 
que quien hasta aquí ha su- 
frido 
sufrir podrá lo que falta. — 

AZARQUE DE OCAÑA 

Azarque vive en Ocaña 
desterrado de Toledo, 
por la bella Celindaja, 
una mora de Marruecos. 
Pensando estaba la causa 
de su llorado destierro, 
y contra su rey celoso 
dijo rabiando de celos: 
— Por alzarte con mi mora 
dijiste, rey, en tu pueblo, 
que a los moros de la Sagra 
los pedí corona y cetro; 
que de un abuelo traidor 
no puede salir buen nieto, 
y que soy en traje noble 
un genizaro pechero. 
Si te place, rey tirano, 
hagamos los dos un trueco, 
toma mi villa de Ocaña, 
y dame en Toledo un cerro 
en cuya cumbre a tu mando 
estaré en guardas preso, 
mirando como tus moros 
tienen a mi dama en cerco; 
que fingiendo que me aguar- 
[da, 
y que librarla no puedo, 
por lo menos moriré, 
y vivirás por lo menos. 
;Mal haya el amor cruel 



ROMANCE DE HAMETE Y TARTAGONA 



237 



que flechando el arco cierto 
traspasa de un solo tiro 
vasallos y reales pechos! 
Mora de los ojos míos, 
segunda vez te prometo 
de rescatar con mi alma 
la belleza de tu cuerpo; 
que amor que me ha dado 
[un rey 
por contrario en mis deseos, 
me dará fuerzas a mí 
para echarle de sus reinos. — 

ROMANCE DE HAMETE Y TARTA- 
GONA EN LA PEÑA DE LOS ENA- 
MORADOS 

Bajaba el gallardo Hamete 
a las ancas de una yegua 
a la bella Tartagona 
hija del fuerte Zulema, 
alcaide que en Archidona 
el alto castillo y fuerza 
sustentó treinta y seis años 
sin temor y sin flaqueza. 
De noche bajaba el moro 
por una excusada senda, 
porque la nocturna guarda 
al descender no le sienta, 
y hallándose en lo llano 
lozano pica la yegua. 
Volviendo el rostro a la mo- 
en el carrillo la besa. [ra 
y la dice: — Diosa mía, 
tuyo soy, mándame y veda, 
que en Granada mil favores 
tengo del rey y la reina, 
y de mi prosapia ilustre 
soy el mejor que hay en ella. 
Narváez es buen caballero; 



alcaide fué en Antequera, 
y lo que hizo con Jarifa 
cuando fué su prisionera, 
también lo ha de hacer con- 
[migo, 
cuando de su voluntad sea, 
pero al fin al virtuoso 
respetalle es honra nuestra. 
Vuelve las riendas el moro 
a do le guía su estrella, 
y al pie de una alta roca 
rodeada de mil yedras 
quiere que la yegua pazca, 
y el amor tienda sus velas. 
En esto vido venir 
muy numerosa caterva 
de famosos salteadores, 
que pasaban de sesenta. 
Todos le acometen juntos, 
como canes a la cierva, 
por quitar la vida al moro. 
y el honor a la doncella. 
En pie se pone, y levanta, 
y entre todos hace rueda. 
¡Cuan bien jugaba una pun- 
[ta! 
¡Cuál pierna o brazo cerce- 
[na! 
¡Oh cuan bien que dilataba, 
el moro su muerte cierta! 
Mas una piedra sin ruido 
se le escondió en la cabeza, 
quitando el aliento al cuerpo, 
y al brazo la fortaleza. 
Desque la dama se vido 
en poder de gente ajena 
no hay dolor que llegue al 
[suyo, 
pena que llegue a su pena. 
Cabellos que al sol dorado 



¿38 



ROMANCES MORISCOS 



no le hacen diferencia, 
ya no precia el oro fino 
que al blanco cuello rodea. 
Cogió la espada del muerto 
que la hallara entre la yer- 
cogiérala por la punta, [ba, 
de pechos se echó sobre ella. 
Juntó el cuerpo el de su 
[amante, 
la cara con una piedra, 
que son los enamorados 
de la vega de Antequera, 
dejando mucho renombre 
de otra segunda Lucrecia. 
Quien no lo quisiere creer, 
vayase a Ronda la Vieja, 
que allí lo hallará escrito 
en lo alto de una peña. 

EL ESPAÑOL DE ORAN. I 

(De Don Luis de Góngora.j 

Servía en Oran al rey 
un español con dos lanzas 
y con el alma y la vida 
a una gallarda africana, 
tan noble como hermosa, 
tan amante como amada, 
con quien estaba una noche 
cuando tocaron al arma. 
Trecientos cenetes eran 
deste rebato la causa, 
que los rayos de la luna 
descubrieron las adargas; 
las adargas avisaron 
a las mudas atalayas; 
las atalayas los fuegos; 
los fuegos a las campanas, 
v ellas al enamorado 



que, en los brazos de su da- 
[ma, 
oyó el militar estruendo 
de las campanas y cajas. 
Espuelas de honor le pican, 
y freno de amor le para : 
no salir es cobardía, 
ingratitud es dejarla. 
Del cuello pendiente ella, 
viéndole tomar la espada, 
con lágrimas y suspiros 
le dice aquestas palabras: 
— Salid al campo, señor, 
bañen mis ojos la cama, 
que ella me será también 
sin vos. campo de batalla. 
Vestios, salid apriesa, 
que el general os guarda, 
y os hago a vos mucha sobra, 
y vos a él mucha falta. 
Bien podéis salir desnudo, 
pues mi llanto no os ablanda, 
que tenéis de acero el pecho, 
y no habéis menester armas. 
Viendo el español brioso 
cuánto le detiene y habla, 
le dice así: — Mi señora, 
tan dulce como enojada, 
porque con honra y amor 
yo me quede, cumpla, y va- 

[ya, 

vaya a los moros el cuerpo, 
y quede con vos el alma. 
Concededme, dueño mío, 
licencia para que salga 
al rebato, en vuestro nom- 
[bre, 
y en vuestro nombre comba- 
[ta.— 



ROMANCES DEL ESPAÑOL DE ORAN 



239 



EL ESPAÑOL DE ORAN. II 

(De Don Luis de Góngora.) 

Entre los sueltos caballos 
de los vencidos cenetes 
que por el campo buscaban 
entre lo rojo, lo verde, 
aquel español de Oran, 
un suelto caballo prende, 
por sus relinchos lozano 
y por sus cernejas fuerte, 
para que lo lleve a él, 
y a un moro cautivo lleve, 
que es uno que ha cautivado 
capitán de cien cenetes. 
En el ligero caballo 
suben ambos, y él parece, 
de cuatro espuelas herido, 
que cuatro vientos le mué- 
[ven. 
Triste camina el alarbe, 
y lo más bajo que puede 
ardientes suspiros lanza 
y amargas lágrimas vierte. 
Admirado el español 
de ver, cada vez que vuelve 
que tan tiernamente llore 
quien tan duramente hiere 
con razones le pregunta 
comedidas y corteses 
de sus suspiros la causa, 
si la causa lo consiente. 
El cautivo, como tal, 
sin excusarse obedece, 
y a su piadosa demanda 
satisface desta suerte. 
— Valiente eres, capitán, 
y cortés como valiente; 
por tu espada y por tu tra- 
cto 



me has cautivado dos veces. 
Preguntado me has la causa 
de mis suspiros ardientes, 
y débote la respuesta, 
por quien soy, y por quien 
[eres. 
Yo nací en Gelves, el año 
que os perdisteis en los Gel 
[ves. 
de una berberisca noble 
y de un turco matasiete. 
En Tremecen me crié 
con mi madre y mis parien- 
tes. 
Después que murió mi padre, 
corsario de tres bajeles, 
junto a mi casa vivía, 
porque más cerca muriese, 
una dama del linaje 
de los nobles Melioneses, 
extremo de las hermosas, 
cuando no de las crueles, 
hija al fin destas arenas 
engendradoras de sierpes. 
Era tal su hermosura 
que se hallarán claveles 
más ciertos en sus dos labios, 
que en los dos floridos me- 
[ses. 
Cada vez que la miraba 
salía el sol por su frente 
de tantos rayos vestido 
cuantos cabellos contiene. 
Más ya la razón sujeta 
con palabras me requiere 
que su crueldad le perdón;- 
y de su beldad me acuerde. 
Juntos así nos criamos, 
y amor en nuestras niñeces 
hirió en nuestros corazones 



24J 



UuM A N C KS MOR 1 SCOS 



con arpones diferentes. 
Labró el oro en mis entrañas 
dulces lazos, tiernas redes, 
mientras el plomo en las su- 
libertades y desdenes. [yas 
Esta, español, e*s la causa 
que a llanto pudo moverme: 
¡Mira si es razón, que llore 
tantos males juntamente! — 
Conmovido el capitán 
de las lágrimas que vierte, 
parando el veloz caballo, 
que paren sus males quiere. 
— ¡Gallardo moro, le dice, 
si adoras como refieres, 
y si como dices amas 
dichosamente padeces! 
¿Quién pudiera imaginar, 
viendo tus golpes crueles, 
que cupiera alma tan tierna 
en pecho tan duro y fuerte? 
Si eres del amor cautivo, 
desde aquí puedes volverte, 
que me pedirán por robo 
lo que entendí que era suer- 
Y no quiero por rescate [te. 
que tu dama me presente 
ni las alfombras más finas, 
ni las granas más alegres. 
Anda con Dios, sufre y ama, 
y vivirás si lo hicieres, 
con tal que cuando la veas, 
pido que de mí te acuerdes. 
Apeóse del caballo, 
y el moro tras él desciende, 
y por el suelo postrado 
la boca a sus pies ofrece. 
— Vivas mil años, le dice, 
noble capitán valiente, 
que ganas más en librarme 



que ganaste con prenderme. 
Alá se quede contigo, 
y te de victoria siempre, 
para que extiendas tu fama 
con hechos tan excelentes. 
Apenas vide trocada 
la dureza desta sierpe, 
cuando tú me cautivaste. 
¡Mira si es bien que lamen- 
te!— 

EL TORNEO 

El encumbrado Albaicln. 
junto con el Alcazaba, 
dos horas antes del día 
tocaron al alborada; 
Vivaconlud le responde 
con clarines y dulzainas, 
y el noble Vivataubin 
con pífanos y con cajas. 
Luego las torres bermejas 
Generalife y la Alhambra, 
solemnizando la fiesta 
alzaron sus luminarias. 
Gómeles y Sarracinos, 
Tarfes, Chapices y Mazas, 
Portavises y Vanegas, 
Aliatares y Ferraras, 
Adalifes y Bordaiques, 
Abencerrajes y Audallas; 
Azarques con los Alferves 
madrugaron a la zambra, 
que la ordenó Reduán 
con Muza su camarada, 
para allanar el destierro 
de Abenzulema el de Baza. 
Iba Reduán delante 
en una yegua alazana, 
vestido de verde oscuro 



ROMANCE DEL TORNEO 



241 



con un almaizar por banda; 
con plumas de tres colores, 
una esfera en la medalla, 
y en medio de ella esta ci- 
[fra: 
«Mucho más mi empresa es 
[alta.» 
Luego tras este seguía 
Muza, en una yegua baya, 
de amarillo y naranjado 
con una toca encarnada: 
por divisa un corazón 
que le atraviesa una espada, 
y en el pomo aqueste mote 
«Más crueldad usó Daraja». 
Bravonel iba vestido 
de azul y franjas moradas, 
con una luna menguante 
encima una toca blanca; 
y con la deifica luz 
del sol, encubre su cara, 
y alrededor esta letra: 
«Sin luz mengua mi esperan- 
[za.» 
Azarque. que de la guerra 
vino, quiso entrar con armas, 
las cuales trajo del mar 
con el agua deslustradas. 
Lleva en medio del escudo 
colores diferenciadas, 
y en la orla aqueste mote: 
«Diferentes son mis ansias.» 
Salió Celino y Muley, 
Galbano y el fuerte Audalla, 
vestidos de una color 
en cuatro hacaneas blancas: 
éstos, porque sus amigas 
quedaban en la Alpujarra, 
entraron de una librea 
y con mochilas colgadas; 



albornoces colorados 
con guarda-soles de plata, 
y todos aquesta letra: 
«A la vuelta nos aguardan.» 
Luego tras éstos venían 
por el Zacatín las damas, 
que con el son de las trom- 
[pas 
sintieron ser avisadas. 
Reduán que vía el tropel 
manda parar mientras pa- 
[san, 
que no es razón que mujeres 
vayan en la retaguarda. 
La primera del paseo 
era la hermosa Daraja, 
que pues es por su respeto, 
es bien que sea capitana, 
vestidas de raso blanco 
y la mano levantada, 
con que el rubicundo rostro 
tapaba con una manga: 
una toca de telilla 
y el cabello en las espaldas, 
y un collar ante sus pechos 
que a un carbunco la luz ta- 
adornó la bella frente [pa: 
con una bella esmeralda, 
y en medio de ella esta ci- 
[fra: 
«Yo la culpa y tú la causa». 
Luego tras ella briosa 
llegó la bella Zoraida, 
los ojos en Reduán 
y en Abenumeya el alma, 
vestida de verde oscuro 
con rapacejos y franjas, 
y en una franja este mote: 
«Más juicio y menos gra- 
[cias.» 



242 



ROMANCES MORISCOS 



Llegó Fátima y Celinda, 
Sarracina y Celindaja, 
Xarifa y Zaida, Zulema, 
Adalifa y Albenzaida, 
todas con doradas tocas 
y almalafas plateadas, 
y en los verdes almaizares 
dice un mote: tEl color bas- 
Así llegaron por orden [ta.» 
a la fuerza del Alhambra, 
donde fueron recibidas 
de la reina Guadalara. 

JUEGO DE CAÑAS 

Cubierta de seda y oro, 
y guarnecida de damas, 
está la plaza de Gelves, 
sus terrados y ventanas, 
con l a flor de moros nobles 
de Sevilla y de Granada ; 
que como el trato es de amo- 
tres 
los cubre de orín las armas. 
Gente es que tienen los reyes 
de ambos reinos alistada, 
para hacer contra cristianos 
una presa de importancia. 
Ya pues lidiados los toros, 
y hechas ya suertes gallardas 
de garrochas y bajillas, 
de rejones y de lanzas, 
placenteros se aperciben 
a hacer un juego de cañas, 
al son de sus tamborines 
y clarines y dulzainas. 
Después que mudado hubie- 
ron 
los caballos de la entrada, 
y publicadas sus quejas 



en motes, cifras y galas, 
en contrapuestos partidos 
por cuatro puestos cruzaban, 
que de dos en dos cuadrillas 
han de jugar cara a cara. 
Los primeros que pusieron 
los caballos en la plaza, 
fueron el bravo Almadén, 
y Azarque, señor de Ocaña, 
el uno amante de Armida, 
y el otro de Celindaja, 
contra los cuales salió 
de la cuadrilla contraria 
el animoso Gazul, 
el desdeñado de Zaida, 
y el esposo de Jarifa, 
la hija del moro Audalla. 
De la cuadrilla tercera 
la delantera llevaba 
Lasimalí Escandalife 
el gobernador de Alhama, 
y Mahomad Bencerraje, 
valiente moro de fama, 
alcaide de los Donceles 
y virey del Alpujarra, 
que de dos damas Cegríes 
son esclavas sus dos almas 
contra los cuales furiosa 
salió la cuadrilla cuarta. 
Llevaban l a delantera, 
con gentil donaire y gracia, 
Benzulema el de Jaén 
y el corregidor de Baza, 
que sirven en competencia 
a la hermosa Felisalva, 
la hija de Boazán, 
y prima de Guadalara: 
mas como tiene la gente, 
que aguardándoles estaba, 
en tormenta los deseos 



ROMANCE DEL JUEGO DE CANAS 



243 



y los ánimos en calma; 
enclavados en las sillas 
y embrazadas la adargas, 
los unos contra los otros 
a un tiempo pican y arran- 
can, 
y trabando el bravo juego, 
(que más parecía batalla, 
donde con destreza mucha 
allí algunos se señalan) 
los unos pasan y cruzan, 
los otros cruzan y pasan, 
desembrazan y revuelven, 
revuelven y desembrazan: 
cuidadosos se acometen, 
se cubren y se reparan, 
por no ser en sus descuidos 
paraninfos de sus faltas; 
que es desdichada la suerte 
para aquel que mal se adar- 
[ga 
que las cañas son bohordos, 
y los brazos son bombardas. 
Mas como siempre sucede 
en las fiestas de importancia, 
tras un general contento 
un azar y una desgracia, 
sucedió al bravo Almadán, 
que contra Zaide jugaba, 
que al arrancar de sus pues- 
tos 
cebado en mirar su dama, 
por tirar tarde un bohordo 
tomó la carrera larga, 
y fuera a parar la yegua 
donde la vista paraba, 
tan lejos de su cuadrilla 
que cuando quiso cobralla, 
no pudo encubrir la sobra 
ni pudo suplir la falta, 



y sus vencidos amigos 
en cuyo favor jugaba, 
le dejaron envidiosos 
del bien por quien los deja- 
Cha; 
pues fingiendo que no entien- 
den 
las voces que el moro daba, 
dicen a sus compañeros: 
caballero, adarga, adarga; 
y partiéndose revuelven 
con su cuadrilla cerrada. 
Corrido el moro valiente 
de una burla tan pesada, 
los ojos como dos fuegos, 
y el rostro como una gualda, 
calóse el turbante airado 
y empuña una cimatarra. 
Haciendo para su yegua 
de dos espuelas dos alas, 
furioso los acomete, 
los atropella y baraja. 
La gente se alborotó, 
y las damas se desmayan; 
ya vierten sangre las burlas 
y en la plaza se derrama. 
No queda moro en barrera, 
ni ha quedado alfange en 
[vaina; 
almas y suspiros lloran 
y los brazos no se cansan. 
La noche se puso en medio, 
con l a sombra de su cara 
puso treguas al trabajo 
y límite a la venganza. 
Y en tanto que por derecho 
se justifica su causa, 
tomó el camino de Ronda 
con seis amigos de guarda. 



244 



ROMANCES MORISCOS 



PARODIA DE UN ROMANCE MO- 
RISCO 

(De Don Luis de Góngora.) 

Ensíllenme el asno rucio 
del alcalde Juan Llórente; 
denme el tapador de corcho, 
y el gabán de paño verde: 
el lanzón en cuyo hierro 
se han orinado los meses, 
el casco de calabaza, 
y el vizcaíno machete; 
y para mi caperuza 
las plumas del tordo denme, 
que por ser Martín el tordo 
servirán de martinetes: 
pondréle el orillo azul 
que me dio para ponelle 
Teresa la del Villar, 
hija de Pascual Vicente; 
y aquella patena en cuadro 
donde de latón se ofrecen 
la madre del Virotero 
y aquel dios que calza arne- 
[ses, 
tan en pelota y tan juntos 
que en ciegos nudos los tie- 
[nen 
al uno, redes y brazos, 
y al otro, brazos y redes, 
cuyas figuras en torno 
acompañan y guarnecen 
ramos de nogal y espinas, 
y por letra: «Pan y nueces.» 
Esto decía Galayo 
antes que al Tajo partiese, 
aquel yegüero llorón, 
aquel jumental jinete, 
natural de do nació, 



de yegüeros descendiente; 
hombres que se proveen ellos 
sin que los provean los re- 
Tra járonle la patena, [yes. 
y sospirando mil veces 
del dios garañón, miraba 
la dulce Francia y la suerte. 
Piensa que será Teresa 
la que descubren y prenden 
agudos rayos de envidia, 
y de celos nudos fuertes. 
— Teresa de mis entrañas, 
no te gazmies ni ajaqueques 
que no faltarán zarazas 
para los perros que muerden. 
Aunque es largo mi negocio, 
mi vuelta será muy breve: 
el día de San Ciruelo, 
o la semana sin viernes. 
No te parezcas a Venus, 
ya que en beldad le pareces, 
en hacer de tantos huevos 
tantas frutas de sartenes. 
Cuando sola te imagines, 
para que de mí te acuerdes, 
ponle a un pantuflo aguileno 
un reverendo bonete. 
Si creciere la tristeza 
una lonja cortar puedes 
de un jamón, que bien sabrá 
tornarte de triste alegre. 
¡Oh cómo sabe una lonja 
más que todos cuantos leen! 
¡Y rabos de puerco más 
que lenguas de bachilleres! 
Mira, amiga, mi pantuflo, 
porque verás si lo vieres 
que se parece a mi cara 
como una leche a otra leche. 



ROMANCE DEL FORZADO DE DRAGUT 



245 



Acuérdate de mis ojos, 
que están cuando estoy au- 
encima de la nariz [senté 
y debajo de la frente. — 
En esto llegó Bandurrio 
diciéndole que se apreste, 



que para sesenta leguas 

le faltan tres veces veinte. 

A dar pues se parte el bobo, 

estocadas y reveses, 

y tajos orilla el Tajo 

en mil hermosos broqueles. 



ROMANCES DE CAUTIVOS Y FORZADOS 



EL CAUTIVO 

Preguntando está Florida 
a su esposo placentera 
en un vergel asentada 
junto a una verde ribera : 
— Dígasme tú, esposo amado, 
¿de dónde eres? ¿de qué tie- 
[rra? 
¿Y adonde te captivaron? 
¿Y libertad quién te diera? 
— Yo os lo diré, dulce esposa, 
estad atenta siquiera. 
Mi padre era de Ronda, 
y mi madre de Antequera; 
captiváronme los moros 
entre la paz y la guerra, 
y lleváronme a vender 
a Vélez de la Gomera. 
Siete días con sus noches 
anduve en el almoneda: 
no hubo moro ni mora 
que por mí una blanca diera, 
si no fuera un perro moro 
que cien doblas ofreciera, 
y llevárame a su casa, 
echárame una cadena ; 
dábame la vida mala, 
dábame la vida negra: 
de día majaba esparto, 



de noche molía cibera, 
echóme un freno a la boca, 
porque no comiese d'ella. 
Pero plugo a Dios del cielo 
que tenía el ama buena: 
cuando el moro se iba a caza 
quitábame la cadena: 
echábame en su regazo, 
mil regalos me hiciera, 
espulgábame y limpiaba 
mejor que yo mereciera; 
por un placer que le hice 
otro mayor me ofreciera : 
diérame casi cien doblas; 
en libertad me pusiera, 
por temor que el moro perro 
quizá la muerte nos diera. 
Así plugo a Dios del cielo 
de quien mercedes se espera 
que me ha vuelto a vuestros 
[brazos 
como de primero era. 



EL FORZADO DE DRAGUT. 1 

(De Don Luis de Góngora.) 

Amarrado al duro banco 
de una galera turquesa, 
ambas manos en el remo, 



246 



ROMANCES DE CAUTIVOS Y FORZADOS 



y ambos ojos en la tierra, 
un forzado de Dragut 
en la playa de Marbella 
se quejaba al ronco son 
del remo y de la cadena. 
— ¡Oh sagrado mar de Espa- 
hermosa playa y serena, [ña : 
teatro donde se han hecho 
cien mil navales tragedias! 
Pues eres el mesmo mar, 
que con tus crecientes besas 
las murallas de mi patria 
coronadas y soberbias, 
dame nuevas de mi esposa. 
y dime si han sido ciertas 
las lágrimas y suspiros, 
que me escribe por sus le- 
[tras ; 
porque si es verdad que llora 
mi cautiverio en tu arena, 
¡bien puedes al mar del Sur 
vencer en lucientes perlas! 
Mas pues que no me respon- 
de, 
sin duda alguna que es muer- 
pero no lo podrá ser, [ta; 
pues que yo vivo en su au- 
sencia. 
Pues he vivido diez años 
sin libertad y sin ella, 
siempre al remo condenado, 
a nadie mataron penas. 
Dame pues, sagrado mar, 
a mi demanda respuesta, 
si cual dicen es verdad 
que las aguas tienen lenguas. 
En esto se descubrieron 
de la religión seis velas, 
y el cómitre manda usar 
al forzado de su fuerza, 



EL FORZADO DE DRAGUT. — II 

(De don Luis de Góngora) 

Levantando blanca espuma 
galeras de Barba-roja, 
lijeras le daban caza 
a una pobre galeota, 
en que alegre el mar surcaba 
un mallorquín con su esposa- 
dulcísima valenciana, 
bien nacida y muy hermosa. 
Del amor agradecido, 
se la llevaba a Mallorca, 
tanto a celebrar las Pascuas, 
cuanto a celebrar las bodas. 
y cuanto a los sordos remos 
más se humillaban las olas, 
más se ajustaba a la vela 
el blando viento que sopla. 
Espiándola de atrás 
de una cala insidiosa, 
estaba el fiero terror 
de las playas españolas. 
Sobresaltóla en un punto, 
que por una parte y otra 
sus cuatro enemigos leños 
tristemente la coronan. 
Crece en ellos la codicia, 
y en estotros la congoja, 
mientras se queja la dama 
derramando tierno aljófar. 
— Favorable y fresco viento. 
si eres el galán de Flora, 
válgasme en este peligro 
por el regalo que gozas. 
Tú que embravecido puedes- 
los bájales que te enojan, 
embestilles en la arena 
con más daño que en las ro- 
[cas; 




ROMANCE DEL CAUTIVO DE MAHAMJ 



247 



tú que con la mesma fuerza 
cuando al humilde perdonas, 
sueles de armadas reales 
escapar barquillas rotas; 
salga esta vela a lo menos 
destas manos rigurosas, 
cual de garras de falcón 
blancas alas de paloma. — 

EL CAUTIVO DE OCHALI 

\ i i ' 

Un esclavo de Ochalí 
que en sus galeras remaba, 
tan abundante en nobleza, 
cuanto lo es en la desgracia, 
agora, cuitado llora 
su fortuna y mala andaza 
por ver que de la Naval, 
a do tuvo su esperanza, 
el Ochalí se escapó, 
que iba en la retaguarda, 
v por no verse cautivo 
dice el perro, con voz alta: 
«Iza, boga, leva, salla: 
»bogad apriesa, canalla.» 
Y como vido el cautivo 
que en su seguimiento mar- 
[chan 
del marqués de Santa Cruz 
las galeras de su escuadra, 
dice: — Si al cielo pluguiera 
detuviera el viento y agua 
estas enemigas velas 
hasta llegar las cristianas, 
cantara yo mil victorias 
por premio de mis desgra- 
cias; 
pero dudo que suceda 
por ser mía la demanda. — 
«Iza, boga, etc.» 



Dieron fin a sus deseos 
y perdidas esperanzas, 
el tiempo y la ocasión, 
el cielo, el viento y el agua, 
y dice: — ¿Cómo es posible 
que en vuestra corte sagrada 
encerréis, cielos divinos, 
ley tan injusta y contraria? 
Pues por perseguirme a mí, 
que soy un cuerpo sin alma, 
dais tan próspera victoria 
a esta gente mahometana? 
«Iza, boga, etc.» 

Mas poco aprovechan que- 
[jas, 
si está la sentencia dada, 
que he de morir amarrado 
a esta cadena pesada 
sin poder tornar a ver 
mi esposa y amada patria. — 
Y en esto ya descubrió 
de Argel la enemiga playa, 
y el perro regocijado 
por ver como libre escapa, 
manda en general a todos 
que hagan alegre salva, 
y el comitré dice apriesa; 
— Lanza ferro, presto amai- 
iza, boga, leva, salla. [na, 
apriesa, apriesa, canalla. — 

EL CAUTIVO DE MAHAMI 

Sulcando el salado charco, 
que el dios Neptuno gobierna 
su licor amargo, donde 
están las marinas Deas, 
el fuerte Arnaute Mahami 
en una fustilla nueva, 
que por su valor le dicen 
capitana de Viserta; 



248 



ROMANCES DE CAUTIVOS Y FORZADOS 



lleva la popa dorada 
medio pardas las entenas, 
proa y espolón azul, 
con la palamenta negra. 
De ajedrez es la crujía 
donde los forzados reman, 
fanal de cristal dorado, 
por divisa una Medea. 
Es el viento en su favor 
una tramontana fresca, 
viento que nace, y reparte 
de las islas de Ginebra. 
Va la chusma sosegada, 
porque con viento navega, 
y a la vista de Turín 
poco más de media legua 
se meten en una cava, 
y están esperando presa; 
y al cabo de poco rato 
se quedan en calma muerta: 
Todos los forzados duermen, 
porque tienen centinela: 
sólo Lisardo velaba, 
y en su Sirena contempla; 
y como ve los que duermen, 
les d i ce : — Quien duerme 
[duerma. 
Yo velo las sinrazones 
que a mi corazón desvelan. — 
Y tomando un instrumento 
y concertando las cuerdas, 
la prima con la segunda, 
y cuarta con la tercera, 
a sus locas fantasías 
les dice de esta manera: 
— ¡Ingrata señora mía! 
¿Cómo de mí no te acuerdas? 
Siendo Elena en hermosura. 
Medusa en crueldad no 
[seas. — 



Oído le ha el capitán, 
y movido de sus quejas 
le dice: — Cristiano amigo, 
¿qué tienes? ¿qué te lamen- 
tas? 
¿Trátate el cómitre mal? 
¿Azótate cuando remas? 
¿Estás en el bogavante? 
¿La cadena mucho pesa? 
Dímelo, que a fe de moro 
que su palabra te empeña, 
dispondré remedio en todo 
por mi divino profeta. 
— F u e r t e Mahamí, le res- 
ponde 
el cristiano con vergüenza, 
los instrumentos del alma 
me han quedado, que es la 
[lengua. 
Amé una dama en España, 
a quien la naturaleza 
puso dos soles, que alcanzan 
a todo el mundo, de cuenta. 
Esta me pidió el amor, 
y pidióla tan estrecha, 
que teniendo el padre alcai- 
[de, 
me desterró a larga ausen- 
cia. — 
Detúvole el moro, y dijo: 
— Por la fe que me sustenta, 
de no estorbar el vivir 
a la que en tu pecho reina. 
Quiero darte libertad, 
podrá ser que cuando vuel- 
viéndote como cautivo [vas 
de tu mal se compadezca: 
y pedirásle limosna, 
y cuando la mano extienda, 
tomarásla con la tuya, 




ROMANCE DEL CONDE ALARCOS 



249 



y humildemente la besa; 
y después que la hayas dado 
infinitas recomiendas 
le dirás de parte mía 
que te liberté por ella. — 
Y llamando a un renegado 
manda que toquen a leva, 
y a la voz de un ronco pito 
alzan áncoras y velas, 
hasta poner el cautivo 
en las Pomas de Marsella, 



y abrazándole le dice: 
— En España te pusiera, 
mas dicen que seis bajeles 
van en corso a Cartagena; 
no por hacerte a ti bien 
quieras que a mi mal me 
[venga. — 
Quedóse el cristiano eleto, 
movido de tal clemencia, 
y ellos, a boga arrancando 
se vuelven para su tierra. 



ROMANCES VARIOS 
(Novelescos, amatorios, líricos, descriptivos, burlescos, etc.) 



ROMANCE DEL CONDE ALARCOS 

(De Pedro de Riaño.) 

Retraída está la infanta, 
bien así como solía, 
viviendo muy descontenta 
de la vida que tenía, 
viendo que ya se pasaba 
toda la flor de su vida, 
y que el rey no la casaba, 
ni tal cuidado tenía. 
Entre sí estaba pensando 
a quien se descubriría, 
y acordó llamar al rey 
como otras veces solía, 
por decirle su secreto 
y la intención que tenía. 
Vino el rey siendo llamado, 
que no tardó su venida; 
vídola estar apartada, 
sola está sin compañía ; 
su lindo gesto mostraba 
ser más triste que solía. 
Conociera luego el rey 



el enojo que tenía. 
— ¿Qué es aquesto, la infan- 
ta? 
¿Qué es aquesto, hija mía? 
Contadme vuestros enojos., 
no toméis malenconía, 
que sabiendo la verdad 
todo se remediaría. — 
— Menester será, buen rey. 
remediar la vida mía, 
que a vos quedé encomen- 
[dada 
de la madre que tenía. 
Dédesme, buen rey, marido, 
que mi edad ya lo pedía; 
con vergüenza os lo deman- 
no con gana que tenía, [do, 
que aquestos cuidados tales 
a vos, rey, pertenecían. — 
Escuchada su demanda, 
el buen rey la respondía: 
— Esa culpa, la infanta, 
vuestra era, que no mía. 
que ya fuérades casada 



250 



ROMANCES VARIOS 



con el príncipe de Hungría. 
No quisistes escuchar 
la embajada que venía, 
pues acá en las nuestras cor- 
etes, 
hija, mal recaudo había, 
porque en todos los mis rei- 
[nos 
vuestro par igual no había, 
sino era el conde Alareos. 
que hijos y mujer tenía. — 
— Convidadlo vos, el rey. 
al conde Alareos un día, 
y después que hayáis comido 
decilde de parte mía, 
decilde que se acuerde 
de la fe que del tenía, 
la cual él me prometiera, 
que yo no se la pedía, 
de ser siempre mi marido, 
y yo que su mujer sería. 
Yo fui d'ello muy contenta 
y que no me arrepentía. 
Si la condesa es burlada, 
que mirara lo que hacía, 
que por él no me casé 
con el príncipe de Hungría. 
Si casó con la condesa, 
del es culpa, que no mía. — 
Perdiera el rey en la oír 
el sentido que tenía, 
mas después en sí tornado 
con enojo respondía: 
— ¡No son estos los consejos, 
que vuestra madre os decía! 
¡Muy mal mirastes, infanta, 
do estaba el honra mía! 
Si verdad es todo eso 
vuestra honra ya es perdida, 
no podéis vos ser casada 



mientras la condesa viva. 
Si se hace el casamiento 
por razón o por justicia, 
en el decir de las gentes 
por mala seréis tenida. 
Dadme vos, hija, consejo, 
que el mío no bastaría, 
que ya es muerta vuestra 
[madre 
a quien consejo pedía 
— Yo vos lo daré, buen rey, 
d'este poco que tenía: 
mate el conde a la condesa, 
que nadie no lo sabría, 
y eche fama que ella es 
[muerta 
de un cierto mal que tenía, 
y tratarse ha el casamiento 
como cosa no sabida. 
D'esta manera, buen rey, 
mi honra se guardaría. — 
De allí se salía el rey, 
no con placer que tenía; 
lleno va de pensamientos 
con la nueva que sabía; 
vido estar al conde Alareos 
entre muchos, que decía: 
— ¿Qué aprovecha, caballe- 
amar y servir amiga, [ros, 
que son servicios perdidos 
donde firmeza no había? 
No pueden por mí decir 
aquesto que yo decía, 
que en el tiempo que serví 
una que tanto quería, 
si muy bien la quise enton- 
agora más la quería; [ees, 
mas por mí pueden decir 
quien bien ama tarde olvi- 
[da.— 



KOMANCE del conde alakcos 



251 



Estas palabras diciendo 
vido al buen rey que venía, 
y hablando con el rey 
de entre todos se salía. 
Di jóle el buen rey al conde 
hablando con cortesía: 
— Convidaros quiero, conde, 
por mañana en aquel día, 
que queráis comer conmigo 
por tenerme compañía. 
— Que se haga de buen grado 
lo que su alteza decía : 
beso sus manos reales 
por la buena cortesía: 
detenerme he aquí mañana, 
aunque estaba de partida, 
que la condesa me espera 
según carta que me envía. — 
Otro día de mañana 
el rey de misa salía; 
luego se asentó a comer, 
no por gana que tenía, 
sino por hablar al conde 
lo que hablarle quería. 
Allí fueron bien servidos 
como a rey pertenecía. 
Después que hubieron comi- 
toda la gente salida, [do, 
quedóse el rey con el conde 
en la tabla do comía. 
Empezó el rey de hablar 
la embajada que traía: 
— Unas nuevas traigo, conde, 
que d'ellas no me placía, 
por las cuales yo me quejo 
de vuestra descortesía. 
Prometistes a la infanta 
lo que ella no os pedía, 
de siempre ser su marido, 
y a ella que le placía. 



Si a otras cosas pasaste 
no entro en esa porfía. 
Otra cosa os digo, conde, 
de que mas os pesaría: 
que matéis a la condesa 
que así cumple a la honra 
[mía : 
Echéis fama de que es 
[muerta 
de cierto mal que tenía, 
y tratarse ha el casamiento 
como cosa no sabida, 
porque no sea deshonrada 
hija que tanto quería. — 
Oídas estas razones 
el buen conde respondía: 
— No puedo negar, el rey, 
lo que la infanta decía, 
sino que otorgo, es verdad 
todo cuanto me pedía. 
Por miedo de vos, el rey, 
no casé con quien debía, 
ni pensé que vuestra alteza 
en ello consentiría. 
De casar con la infanta, 
yo, señor, bien casaría; 
mas matar a la condesa, 
señor rey, no lo haría, 
porque no debe morir 
la que mal no merecía. 
— De morir tiene, buen con- 
[do. 
por salvar la honra mía, 
pues no miraste primero 
lo que mirar se debía. 
Si no muere la condesa 
a vos costará la vida, 
que por la honra de los re- 
[yes 
muchos sin culpa morían, 



2d2 



ROMANCES VAHÍOS 



que muera, pues, la condesa 
no es mucha maravilla. 
— Yo la mataré, buen rey, 
mas no sea la culpa mía: 
vos os avendréis con Dios 
en el fin de vuestra vida, 
y prometo a vuestra alteza, 
a fe de caballería, 
que me escriba por traidor 
si lo dicho no cumplía, 
de matar a la condesa 
aunque mal no merecía. 
Buen rey, si me dais licen- 
luego yo me partiría. [cia 
— Vades con Dios, el buen 
[conde 
ordenad vuestra partida. — 
Llorando se parte el conde, 
llorando sin alegría; 
llorando por la condesa, 
que más que así la quería. 
Lloraba también el conde 
por tres hijos que tenía, 
el uno era de teta, 
que la condesa lo cría, 
que no quería mamar 
de tres amas que tenía 
sino era de su madre 
porque bien la conocía; 
los otros eran pequeños, 
poco sentido tenían. 
Antes que el conde llegase 
estas razones decía: 
— ¿Quién podrá mirar, con- 
[desa, 
vuestra cara de alegría, 
que saldréis a recibirme 
a la fin de vuestra vida? 
Yo soy el triste culpado, 
esta culpa toda es mía. — 



En diciendo estas palabras 
ya la condesa salía, 
que un paje le había dicho 
cómo el conde ya venía. 
Vido la condesa al conde 
la tristeza que tenía, 
viole los ojos llorosos 
que hinchados los tenía 
de llorar por el camino 
mirando el bien que perdía. 
Dijo la condesa al conde: 
— ¡Bien vengáis, bien de mi 
[vida! 
¿Qué habéis, el conde Alar- 
[cos? 
¿Por qué lloráis, vida mía, 
que venís tan demudado 
que cierto no os conocía? 
No parece vuestra cara 
ni el gesto que ser solía; 
dadme parte del enojo 
como dais de l'alegría. 
¡Decídmelo luego, conde, 
no matéis la vida mía! 
— Yo vos lo diré, condesa, 
cuando la hora sería. 
— Si no me lo decís conde, 
cierto yo reventaría. 
— No me fatiguéis, señora, 
que no es la hora convenida. 
Cenemos luego, condesa 
d'aqueso que en casa había. 
— Aparejado está, conde, 
como otras veces solía. — 
Sentóse el conde a la mesa, 
no cenaba ni podía, 
con sus hijos al costado, 
que muy mucho los quería. 
Echóse sobre los hombros, 
hizo como que dormía ; 



ROMANCE DEL CONDE ALAKCOS 



253 



de lágrimas de sus ojos 
toda la mesa corría. 
Mirábalo la condesa 
que la causa no sabía; 
no le preguntaba nada, 
que no osaba ni podía. 
Levantóse luego el conde, 
dijo que dormir quería; 
dijo también la condesa 
que ella también dormiría: 
mas entre ellos no había 
[sueño, 
si la verdad se decía. 
Vanse el conde y la condesa 
a dormir donde solían: 
dejan los niños de fuera, 
que el conde no los quería: 
lleváronse al más chiquito, 
el que la condesa cría. 
El conde cierra la puerta, 
lo que hacer no solía. 
Empezó de hablar el conde 
con dolor y con mancilla: 

— ¡Oh desdichada condesa, 
grande fué la tu desdicha! 
— No soy desdichada, conde, 
por dichosa me tenía 

sólo en ser vuestra mujer: 
esta fué gran dicha mía. 

— ¡Si bien lo miráis, con- 

[desa, 
esa fué vuestra desdicha! 
Sabed que en tiempo pasado 
yo amé a quien bien servía, 
la cual era la infanta. 
Por desdicha vuestra y mía 
prometí casar con ella; 
y a ella que le placía, 
demándame por marido 
por la fe que me tenía. 



Puédelo muy bien hacer 
por razón y por justicia: 
díjomelo el rey su padre 
porque d'ella lo sabía. 
Otra cosa manda él rey 
que toca en el alma mía : 
manda que muráis, condesa, 
a la fin de vuestra vida, 
que no puede tener honra 
siendo vos, condesa, viva. — 
De qu'esto oyó la condesa 
cayó en tierra mortecida: 
mas después en sí tornada 
estas palabras decía: 

— ¡Pagos son de mis servi- 

cios, 
conde, con que yo os servía! 
Si no me matáis, el conde, 
yo bien os consejaría: 
Enviédesme a mis tierras 
que mi padre me temía; 
yo criaré vuestros hijos 
mejor que la que vernía, 
y os mantendré castidad 
como siempre os mantenía. 
— De morir habéis, condesa, 
en antes que venga el día. 

— ¡Bien parece, conde Alar- 

icos, 
yo ser sola en esta vida ; 
porque tengo el padre viejo, 
mi madre ya es fallecida, 
y mataron a mi hermano 
el buen conde don García, 
que el rey lo mandó matar 
por miedo que del tenía! 
No me pesa de mi muerte, 
que yo de morir tenía, 
mas pésame de mis hijos. 
que pierden mi compañía: 



254 



ROMANCES VARIOS 



hacémelos venir, conde, 
y verán mi despedida. 
— No los veréis más, con- 
[desa, 
en días de vuestra vida: 
abrazad ese chiquito, 
que aqueste es el que os per- 
[día. 
Pésame de vos, condesa, 
cuanto pesar me podía. 
No os puedo valer, señora, 
que más me va que la vida ; 
encomendaos a Dios, 
qu'esto de hacerse tenía. 
— Dejeisme decir, buen con- 
una oración que sabía, [de. 
— Decila presto, condesa, 
antes que amanezca el día. 
— Presto la habré dicho, con- 
[de, 
no estaré un Ave María. — 
Hincó rodillas en la tierra 
y esta oración decía: 
«En las tus manos, Señor, 
encomiendo el alma mía, 
no me juzgues mis pecados 
según que yo merecía, 
mas según tu gran piedad 
y la tu gracia infinita.» 
— Acabada es ya, buen con- 
[de, 
la oración que yo sabía; 
encomiéndoos esos hijos 
que entre vos y mí había, 
y rogad a Dios por mí 
mientras tuviéredes vida, 
que a ello sois obligado, 
pues que sin culpa moría. 
Dédesme acá ese chiquito, 
mamará por despedida. 



— No le despertéis, condesa, 
dejadlo estar, que dormía, 
sino que os pido perdón 
porque ya se viene el día. 
— A vos yo perdono, conde, 
por amor que vos tenía; 
mas yo no perdono al rey, 
ni a la infanta, la su hija, 
sino que queden citados 
delante la alta justicia, 
que allá vayan a juicio 
dentro de los treinta días. — 
Estas palabras diciendo 
el conde se apercibía: 
echóle por la garganta 
una toca que tenía, 
apretó con las dos manos 
con la fuerza que podía: 
no le afloja la garganta 
mientras que vida tenía. 
Cuando ya la vido el conde 
traspasada y fallecida, 
desnudóle los vestidos 
y las ropas que tenía: 
echóla encima .la cama, 
cubrióla como solía; 
desnudóse a su costado, 
obra de un Ave María:. 
Levantóse dando voces 
a la gente que tenía. 
— ¡Socorred, mis caballeros, 
que la condesa se fina! — 
Hallan la condesa muerta 
los que a socorrer venían. 
Así murió la condesa, 
sin razón y sin justicia: 
mas también todos murieron 
dentro de los treinta días. 
Los doce días pasados 
la infanta ya se moría; 




A MIS SOLEDADES VOY 



2Í5 



el rey a los veinte y cinco, 
el conde al treinteno día, 
allá fueron a dar cuenta 
a la justicia divina. 
Acá nos dé Dios su gracia, 
y allá la gloria cumplida. 



A MIS SOLEDADES VOY 

(De Lope de Vega Carpió ) 

A mis soledades voy, 
de mis soledades vengo, 
porque para andar conmigo 
me bastan mis pensamientos. 
; No sé qué tiene la aldea 
donde vivo y donde muero 
que con venir de mí mismo 
no puedo venir más lejos! 
Ni estoy bien ni mal conmi- 
[go; 
mas dice mi entendimiento, 
que un hombre que todo e, 
[alma 
está cautivo en su cuerpo. 
Entiendo lo que me basta, 
y solamente no entiendo 
cómo se sufre a sí mismo 
un ignorante soberbio. 
De cuantas cosas me cansan, 
fácilmente me defiendo; 
pero no puedo guardarme 
de los peligros de un necio. 
El dirá que yo lo soy, 
pero con falso argumento; 
que humildad y necedad 
no caben en un sujeto. 
La diferencia conozco, 
porque en él y en mí con- 
T templo. 



su locura en su arrogancia, 
mi humildad en su desprecio. 
O sabe naturaleza 
más que supo en otro tiem- 
[po, 
o tantos que nacen sabios 
es porque lo dicen ellos. 
Sólo sé que no sé nada, 
dijo un filósofo, haciendo 
la cuenta con su humildad, 
adonde lo más es menos. 
No me precio de entendido, 
de desdichado me precio; 
que los que no son dichosos, 
¿cómo pueden ser discretos? 
No puede durar el mundo, 
porque dicen, y lo creo, 
que suena a vidrio quebrado, 
y que ha de romperse presto. 
Señales son del juicio 
ver que todos le perdemos, 
unos por carta de más, 
otros por carta de menos. 
Dijeron que antiguamente 
se fué la verdad al cielo: 
¡Tal la pusieron los hom- 
[bres, 
que desde entonces no ha 
[vuelto! 
En dos edades vivimos 
los propios y los ajenos, 
la de plata los extraños, 
y la de cobre los nuestros. 
¿A quién no dará cuidado, 
si es español verdadero, 
ver los hombres a lo antiguo 
y el valor a lo moderno? 
Dijo Dios que comería 
su pan el hombre primero 
con el sudor de su cara. 



256 



ROMANCES VARIOS 



por quebrar su mandamien- 

[to; 
y algunos inobedientes 
a la vergüenza y al miedo, 
con las prendas de su honor 
han trocado los efectos. 
Virtud y filosofía 
peregrinan como ciegos: 
el uno se lleva al otro, 
llorando van y pidiendo. 
Dos polos tiene la tierra, 
universal movimiento, 
la mejor vida el favor, 
lo mejor sangre el dinero. 
Oigo tañer las campanas, 
y no me espanto, aunque 
[puedo, 
que en lugar de tantas cru- 

[ces 
haya tantos hombres muer- 

[tos. 
Mirando estoy los sepulcros 
cuyos mármoles eternos 
están diciendo sin lengua, 
que no lo fueron sus dueños. 
¡Oh bien haya quien los hi- 

[zo, 
porque solamente en ellos 
de los poderosos grandes 
se vengaron los pequeños! 
Fea pintan a la envidia; 
yo confieso que la tengo 
de unos hombres que no sa- 

[ben 
quién vive pared en medio, 
sin libros y sin papeles, 
sin tratos, cuentas ni cuen- 
cos ; 
cuando quieren escribir 
piden prestado el tintero. 



Sin ser pobres ni ser ricos 
tienen chimenea y huerto; 
no los despiertan cuidados, 
ni pretensiones, ni pleitos, 
ni murmuraron del grande, 
ni ofendieron al pequeño; 
nunca, como yo, firmaron 
parabién, ni pascua dieron, 
con esta envidia que digo, 
y lo que paso en silencio, 
a mis soledades voy, 
de mis soledades vengo. 

POR EL ANCHO MAR DE ESPAÑA 

Por el ancho mar de Espa- 
donde las airadas olas [ña 
encaramándose al cielo 
fustas y naves trastornan, 
herido y desbaratado 
de una tormenta espantosa, 
les dice a los marineros 
el General de la flota: 
«Ola, ola, que se trastorna, 
»echa el áncora, aferra, cie- 
[rra, boga.» 
Braman las aguas soberbias 
por la región procelosa 
y a vueltas del torbellino 
los peces muestran las colas : 
los marineros se turban, 
los maestres se alborotan, 
toda la gente da gritos, 
y el General los exhorta: 
«Ola, ola, etc.» 
Los aires rompen las velas 
y los mástiles destroncan: 
entra el agua embravecida 
por medio las naves todas. 
Cuál, tabla calafetea. 



CUANDO YO TRISTE, NACÍ 



257 



! 



cuál prepara pez y estopa, 
cuál desmaya y cuál se ani- 
[ma, 
y cuál dice con voz ronca: 
«Ola, ola, etc.» 
Los pequeños barcos se hun- 
[den, 
las gruesas naves se afon- 
y la gente agonizando [dan, 
sus abogados invocan, 
andan en gavias grumetes, 
pilotos de popa a proa, 
y como dan al través 
dicen : el alma a la boca, 
«Ola, ola, que se trastorna, 
«echa el áncora, aferra, cie- 
[rra, boga.» 



YO ME ESTABA REPOSANDO 

(De Juan del Encina.) 

Yo me estaba reposando 
durmiendo como solía; 
recordé triste, llorando 
con gran pena que sentía. 
Levánteme muy sin tiento 
de la cama en que dormía, 
cercado de pensamiento, 
que valerme no podía. 
Mi pasión era tan fuerte 
que de mí yo no sabía; 
conmigo estaba la muerte 
por tenerme en compañía 
lo que más me fatigaba 
no era porque moría; 
más era porque dejaba 
de servir a quien servía. 
Servía yo a una señora 
que más que n mí la quería. 



y ella fué la causadora 
de mi mal sin mejoría. 
La media noche pasada, 
ya qu'era cerca del día, 
salíme de mi posada 
por ver si descansaría. 
Fuíme para do moraba 
aquella que más quería, 
porque yo triste penaba ; 
mas ella no lo sabía. 
Andando triste, turbado, 
con las ansias que tenía, 
vi venir a mi Cuidado 
dando voces, y decía: 
— Si dormís, linda señora, 
recordad por cortesía, 
pues que fuistes causadora 
de la desventura mía. 
Remediad mi gran tristura 
satisfaced mi porfía, 
porque si falta ventura 
del todo me perdería. — 
Y con los ojos llorosos 
un triste llanto hacía 
con sospiros congojosos, 
y nadie no parescía. 
En estas cuitas estando, 
como vi qu'esclarecía, 
a mi casa sospirando 
me volví como solía. 



CUANDO YO, TRISTE, NACÍ 

(De Jorge de Montemayor.,< 

Cuando yo, triste, nací, 
luego nací desdichada; 
luego los hados mostraron 
mi suerte desventurada. 
El sol escondió sus rayos. 

9 



258 



ROMANCES VARIOS 



la luna quedó eclipsada, 
murió mi madre en parien- 
do, 
moza, hermosa y mal logra- 
[da; 
el ama que me dio leche 
jamás tuvo dicha en nada, 
ni menos la tuve yo, 
soltera ni desposada. 
Quise bien y fui querida, 
olvidé y fui olvidada; 
esto causó un casamiento 
que a mí me tiene cansada. 
¡Casara yo con la tierra, 
no me viera sepultada 
entre tanta desventura, 
que no puede ser contada! 
Moza me casó mi padre; 
de su obediencia forzada, 
puse a Sireno en olvido, 
que la fe me tenía dada. 
Pagué también mi descuido, 
cual no fué cosa pagada: 
celos me hacen la guerra, 
sin ser en ellos culpada, 
con celos. voy al ganado, 
con celos a la majada, 
y con celos me levanto 
contino a la madrugada. 
Con celos como a su mesa 
y en su cama esto acostada. 
Si le pido de qué ha celos, 
no sabe responder nada; 
jamás tiene el rostro alegre, 
siempre la cara inclinada; 
los ojos por los rincones, 
la habla triste y turbada. 
¡Cómo vivirá la triste 
que se ve tan mal casada! 



HESCR1BE LA HERMOSA BOCA DE 
UNA DAMA 

(De Pérez de Montalván.) 

Clavel dividido en dos, 
tierna adulación del aire, 
dulce ofensa de la vida, 
breve concha, rojo esmalte; 
puerta de carmín por donde 
el aliento de ámbar sale, 
y corto espacio al aljófar 
que se aposenta en granates ; 
depósito de albedríos, 
hermosa y purpúrea imagen 
del múrice que en su concha 
guarda colores de sangre; 
cinta de sangre con quien 
Tiro se muestra cobarde 
y aún sentida, porque el cie- 
[lo 
más expuso en menor parte ; 
bello aplauso de los ojos, 
hermosa y pequeña cárcel, 
muerte disfrazada en grana, 
si hay muerte tan agrada- 
tiranía deliciosa, [ble; 
cuyo vergonzoso engaste 
es mudo hechizo a la vista 
siendo un imperio suave: 
guarnición de rosa en plata 
y de nieve entre corales, 
discreta envidia a las flores 
que un mayo miran constan- 
te; 
y en fin ; cifra de hermosura, 
s] permitís que os alabe, 
decidme vos de vos misma 
porque os sirva y no os agra- 
[vie. 
Mas la empresa es infinita. 




BLANCA FLOR Y FILOMENA 



259 



I 



o muy vuestro, perdonad- 
porqué sólo sé de vos [me, 
que habéis sabido matarme. 

ROSA FRESCA, ROSA FRESCA 



¡Rosa fresca, rosa fresca, 
tan garrida y con amor, 
cuando y'os tuve en mis bra- 
[zos, 
on vos supe servir, non; 
y agora que vos servía 
non vos puedo yo haber, non 
— Vuestra fué la culpa, ami- 
[go, 
vuestra fué, que mía non; 
enviásteme una carta 
con un vuestro servidor, 
y en lugar de recaudar 
el dijera otra razón: 
qu'érades casado, amigo, 
allá en tierras de León; 
que tenéis mujer hermosa 
y hijos como una flor. 
— Quien vos lo dijo, señora, 
non vos dijo verdad, non; 
que yo nunca entré en Cas- 
[tilla 
ni allá en tierras de León, 
sino cuando era pequeño, 
que non sabía de amor. — 



FONTE-FRIDA, FONTE-FRIDA 

Fonte-frida, Fonte-frida. 
Fonte-frida y con amor, 
do todas las avecicas 
van tomar consolación, 
sino es la tortol ica 
qu'está viuda y con dolor. 



Por ahí fuera a pasar 
el traidor del ruiseñor: 
las palabras que le dice 
llenas son de traición: 
— Si tú quisieses, señora, 
yo sería tu servidor. 
— Vete de ahí, enemigo, 
malo, falso, engañador, 
que ni poso en ramo verde, 
ni en prado que tenga flor; 
que si el agua hallo clara, 
turbia la bebía yo; 
que non quiero haber mari- 
[do, 
porque hijos non haya, non- 
non quiero placer con ellos, 
ni menos consolación. 
¡Déjame, triste enemigo, 
malo, falso, mal traidor, 
que non quiero ser tu amiga 
ni casar contigo, non! 

BLANCA FLOR Y FILOMENA 

Por las orillas del río 
doña Urraca se pasea 
con dos hijas de la mano, 
Blanca Flor y Filomena. 
El rey moro que lo supo, 
del camino se volviera; 
dé palabras se trabaron, 
y de amores la requiebra. 
Pidiérale la mayor 
para casarse con ella ¡ 
si le pidió la mayor, 
le diera la más pequeña: 
y por no ser descortés, 
tomara la que le dieran. 
— No se diga, rey Turquillo 
que mala vida le hicieras. 



260 



ROMANCES VARIOS 



— No tengas pena, señora, 
por ella no tengas pena; 
del vino que yo bebiese, 
también ha de beber ella 
y del pan que yo comiese, 
también ha de comer ella. 
Se casaron, se velaron, 
se fueron para su tierra; 
nueve meses estuvieron 
sin venir a ver la suegra. 
Al cabo de nueve meses, 
rey Turquillo vino a verla. 
— Bien venido, rey Turquillo 
— Bien hallada seas, suegra. 
— Lo que más quiero saber 
si Blanca Flor queda buena. 
— Blanca Flor buena queda- 
[ba; 
en días de parir queda. 
y vengo muy encargado 
que vaya allá Filomena, 
para gobernar la casa 
mientras Blanca Flor parie- 
[ra. 
—Filomena es muy chiquita 
para salir de la tierra, 
pero por ver a su hermana, 
vaya, vaya en hora buena. 
Llévala por siete días, 
que a los ocho acá me vuel- 
[va; 
que una mujer en cabellos 
no está bien en tierra ajena. 
Montó en un caballo tordo 
y ella en una yegua negra; 
siete leguas anduvieron 
sin palabra hablar en ellas. 
De las siete pa las ocho, 
rey Turquillo se chancea; 
v en el medio del camino, 



de amores la requiriera. 
— Mira que haces, Turquillo, 
mira que el diablo las tienta ; 
que tu eres mi cuñado, 
tu mujer hermana nuestra. 
Sin escuchar más razones, 
ya del caballo se apea: 
atóla de pies y manos, 
hizo lo que quiso della; 
la cabeza le cortara 
y le arrancara la lengua 
y tiróla en un zarzal 
donde cristiano no entra. 
Pasó por allí un pastor; 
de mano de Dios viniera. 
Por la gracia de Dios Padre 
a hablar comenzó la lengua ; 
— Por Dios te pido, pastor, 
que me escribas una letra; 
una para la mi madre, 
¡nunca ella me pariera!, 
y otra para mi hermana, 
¡nunca yo la conociera! 
■ — No tengo papel ni pluma, 
aunque serviros quisiera... 
— De pluma te servirá 
un pelo de mis guedejas; 
si tu no tuvieres tinta, 
con la sangre de mis venas, 
y si papel no trujeres, 
un casco de mi cabeza. 
Si mucho corrió la carta, 
mucho más corrió la nueva. 
Blanca Flor, desque lo supo, 
con el dolor mal pariera; 
y el hijo que malparió, 
guisólo en una cazuela 
para dar al rey Turquillo 
a la noche cuando venga. 




LA DONCELLA GUERRERA 



261 



— ¿Qué me diste, Blanca 
Flor, 
qué me diste para cena? 
De lo que comimos juntos 
nunca también me supiera. 
—Sangre fué de tus entra- 
[ñas, 
gusto de tu carne mesma, 
pero mejor te sabrían 
los besos de Filomena. 
— ¿Quién te lo dijo, traidora, 
quién te lo fué a decir, pe- 
[rra? 
¡Con esta espada que traigo, 
te he de cortar la cabeza! 
Madres las que tienen hijas, 
que las casen en su tierra: 
que yo para dos que tuve, 
la Fortuna lo quisiera: 
una murió maneada 
v otra de amores muriera. 

LA DONCELLA GUERRERA 

Pregonadas son las gue- 
[rras 
de Francia con Aragón. 
— ¿Cómo las haré yo, triste, 
viejo, cano y pecador? 
¡No reventaras, condesa, 
por medio del corazón, 
que me diste siete hijas, 
y entre ellas ningún varón! 
Allí habló la más chiquita, 
en razones la mayor: 
— No maldigas a mi madre, 
que a la guerra me iré yo; 
me daréis las vuestras ar- 
vuestro caballo trotón, [mas, 
— Conocerante en los pechos 



que asoman por el jubón. 

— Yo los apretaré, padre, 

al par de mi corazón. 

— Tienes las manos muy 
[blancas, 

hija no son de varón. 

— Yo les quitaré los guantes 

para que las queme el sol. 

— Conocerante en los ojos, 

que otros más lindos no son. 

— Yo los revolveré, padre, 

como si fuera un traidor. 

— Conocerante en los pies, 

que muy menuditos son. 

— Pondréme las vuestras bo- 
[tas 

bien rellenas de algodón. 

Al despedirse de todos, 

se le olvida lo mejor: 

— ¿Cómo me he de llamar, 
[padre? 

— Don Martín el de Aragón. 
— Y para entrar en las Cor- 
padre, ¿cómo diré yo? [tes, 
- — Besóos la mano, buen rey, 
las Cortes las guarde Dios. 
Dos años anduvo en guerra 
y nadie la conoció, 
sino fué el hijo del rey, 
que en sus ojos se prendó. 
— Herido vengo, mi madre, 
de amores me muero yo; 
los ojos de don Martín, 
son de mujer, de hombre no. 
— Convídalo tú. hijo mío, 
a las tiendas a feriar; 
si don Martín es mujer, 
las galas ha de mirar. 
Don Martín como discreto 
a mirar las armas va : 



262 



ROMANCES VAHÍOS 



— ¡Qué rico puñal es este, 
para con moros pelear! 
— Herido vengo mi madre, 
amores me han de matar; 
los ojos de don Martín 
roban el alma al mirar. 

— Brindaréisle vos, mi hijo, 
al par de vos acostar; 
si el caballero era hembra, 
tal convite no quedrá. 
El caballero es discreto 
y echóse sin desnudar. 
— Herido vengo, mi madre, 
amores me han de matar; 
los ojos de don Martín 
no los puedo comportar. 
— Llevaráslo tú, hijo mío, 
a la huerta a solazar; 
si don Martín es mujer, 
a los almendros irá. 
Don Martín deja las flores; 
una vara va a cortar: 

— ¡Oh, que varita de fresno 
para el caballo arrear! 

— Herido vengo, mi madre, 
amores me han de matar; 
los ojos de don Martín 
no me dejan sosegar. 
— Hijo, arrójale al regazo 
tus anillos al jugar; 
si don Martín es varón 
las rodillas juntará, 
pero si las separare 
por mujer se mostrará. 
Don Martín, muy avisado, 
hubiéralas de juntar. 
— Herido vengo, mi madre, 
amores me han de matar; 
los ojos de don Martín 
nunca los puedo olvidar. 



— Convídalo tú, mi hijo, 
en los baños a nadar. 
Todos se están desnudando; 
don Martín muy triste está. 
El caballero es discreto, 
luego empezara a llorar: 
— Cartas me fueron venidas, 
cartas de grande pesar, 
que se halla el conde mi pa- 
enfermo para finar. [dre 
Licencia le pido al rey 
para irle a visitar. 
— Don Martín, esa licencia 
no te la quiero estorbar. 
Ensilla el caballo blanco, 
de un salto en él va a mon- 
por unas vegas arriba [tar; 
corre como un gavilán: 

— ¡Adiós, adiós, el buen rey, 
y el tu palacio real; 

que dos años te sirvió 
una doncella leal! 
Óyela el hijo del rey, 
tras ella va a cabalgar. 

— ¡Corre, corre, hijo del rey, 
que no me habrás de alean- 
Czar 

hasta en casa de mi padre, 
si quieres irme a buscar! 
Campanitas de mi iglesia, 
ya os oigo repicar; 
puentecito, puentecito, 
del río de mi lugar, 
una vez te pasé virgen, 
virgen te vuelvo a pasar. 
Abra las puertas, mi padre 
ábralas de par en par. 
Madre sáqueme la rueca, 
que traigo ganas de hilar, 
que las armas y el caballo 



I 



KOMANC'li DE DELGADINA 



263 



bien los supe manejar. 
Tras ella el hijo del rey 
a la puerta fué a llamar: 
— Deja la rueca, Martín, 
y no te pongas a hilar; 
que si de la guerra vienes, 
a la guerra has de tornar. 
Ya están aquí tus amores, 
los que te quieren llevar. 



ROMANCE DE DELGADINA 

El buen rey tenía tres hi- 
[jas 
muy hermosas y galanas; 
la más chiquita de todas 
Delgadina se llamaba. 
Un día r sentado a la mesa, 
su padre la reparaba: 
— Delgadina de cintura, 
tú has de ser mi enamora- 
[da.— 
— ¡No lo quiera Dios del cie- 
ni la Virgen soberana [lo 
que yo enamorada fuera 
del padre que me engendra- 
ba!— 
La madre que tal oyó, 
la encerrara en una sala. 
No la daban de comer 
más que de carne salada 
y el agua para beber 
de los pies de una llamarga. 
donde canta la culebra, 
donde la rana cantaba. 
Delgadina, por la sed, 
se arrimara a una ventana, 
y a sus dos hermanas viera 
labrando paños de grana. 



— ¡Por Dios vos pido, infan- 

tinas 
que hermanas non vos 11a- 
[maba. 
por una de las doncellas 
unviaime una jarra d'agua, 
que el corazón se me endulza 
y el ánima se me aparta! — 
— Quítate allá, Delgadina; 
quítate, perra malvada; 
un cuchillo que tuviera 
te tiraría a la cara. 
Delgadina, por la sed, 
se arrimara a otra ventana; 
viera a los dos hermanes 
jugando lanzas y espadas. 

— ¡Por Dios vos pido, infan- 

cinos, 
que hermanos non vos 11a- 

[maba. 
por uno de vuestros pajes 
unviaime una jarra d'agua, 
que el corazón se me en- 

[dulza 
y el ánima se me aparta! — 
— Quítate allá, Delgadina; 
quítate, perra malvada; 
que una lanza que tuviera 
yo contra ti la arrojara. 
Delgadina, por la sed, 
se arrimara a otra ventana: 
viera a su madre la reina 
en silla de oro sentada. 

— ¡Por Dios vos pido, la 

[reina 
que madre non vos llamaba ; 
por una de esas doncellas 
unviaime una jarra d'agua 
que el corazón se me en- 

[dulza 



264 



ROMANCES VARIOS 



y el ánima se me aparta! — 
— Quítate allá, Delgadina ; 
quítate, perra malvada, 
que ha siete años, por tu 
[culpa. 
que yo vivo mal casada. 
Delgadina, por la sed, 
se arrimara a otra ventana 
y vio a su padre que abajj 
paseaba en una sala. 
— ¡Mi padre, por ser mi pa- 
[dre, 
púrrame una jarra de agua, 
porque me muero de sed, 
y a Dios quiero dar mi al- 
ma! — 
— Darétela, Delgadina, 
si me cumples la palabra. — 
— La palabra cumpliréla 
aunque sea de mala gana. — 
— Acorred, mis pajecicos, 
a Delgadina dad agua; 
el primero que llegase, 
con Delgadina se casa; 
el que llegase postrero, 
su vida será juzgada. 
Unos van con jarros de oro, 
otros con jarros de plata. 
Las campanas de la iglesia 
por Delgadina tocaban. 
El primero que llegó, 
Delgadina era finada. 
La Virgen la sostenía, 
ángeles la amortajaban. 
En la cama de su padre, 
los demonios se asentaban. 
y a los pies de Delgadina 
una fuente fría estaba, 
porque apagasa la sede 
que aquel cadáver pasaba. 



EL PRISIONERO 

Por el mes era de mayo 
cuando hace la calor, 
cuando canta la calandria 
y responde el ruiseñor, 
cuando los enamorados 
van a servir al amor, 
sino yo triste, cuitado, 
que vivo en esta prisión, 
que ni sé cuándo es de día 
ni cuándo las noches son, 
sino por un avecilla 
que me cantaba el albor. 
Matómela un ballestero, 
déle Dios mal galardón. 
Cabellos de mi cabeza 
lléganme al corvejón; 
los cabellos de mi barba 
por manteles tengo yo; 
las uñas de las mis manos, 
por cuchillo tajador. 
Si lo hacía el buen rey, 
hácelo como señor; 
si lo hace el carcelero, 
hácelo como traidor. 
Mas quién ahora me diese 
un pájaro hablador, 
siquiera fuese calandria, 
o tordico, o ruiseñor; 
criado fuese entre damas 
y avezado a la razón, 
que me lleve una embajada 
a mi esposa Leonor, 
que me envíe una empanada 
no de truchas ni salmón, 
sino de una lima sorda 
y de un pico tajador; 
la lima para los hierros 
y el pico para el torreón. 




LA BELLA MAL MARIDADA 



265 



ídolo había el rey. 
mandol' quitar la prisión. 

YO ME ADAME UNA AMIGA 

Yo me adamé una amiga 
de dentro en mi corazón; 
Catalina había por nombre, 
non la puedo olvidar, non. 
Rogóme que la llevase 
a las tierras de Aragón. 
— Catalina, sois mochacha, 
non podréis caminar, non. — 
— Tanto andaré, caballero, 
tanto andaré como vos: 
si lo dejáis por dineros, 
llevaré para los dos 
ducados para Castilla, 
florines para Aragón. — 
Ellos en aquesto estando, 
la justicia que llegó. 

LA BELLA MAL MARIDADA 

— La bella mal maridada. 
de las lindas que yo vi, 
véote tan triste enojada; 
la verdad dila tú a mí. 
si has de tomar amores 
por otro, no dejes a mí. 
Que a tu marido, señora, 
con otras dueñas lo vi, 
>esando y retozando; 
lucho mal dice de ti; 
iraba y perjuraba 
le te había de ferir. — 
llí habló la señora, 
llí habló, y dijo así: 
Sácame tú, el caballero, 
sacásesme de aquí; 
ir las tierras donde fueres 



bien te sabría yo servir: 
yo te haría bien la cama 
en que hayamos de dormir; 
yo te guisaré la cena 
como a caballero gentil, 
de gallinas y capones 
y otras cosas más de mil ; 
que a este mi marido 
ya no le puedo sufrir, 
que me da muy mala vida, 
cual vos bien podéis oír. — 
Ellos en aquesto estando 
su marido helo aquí: 
— ¿Qué hacéis, mala traid.j- 
[ra? 
¡Hoy habedes de morir! — 
— ¿Y por qué, señor, por 

[qué? 
Que nunca os lo merecí. 
Nunca besé a hombre, 
mas hombre besó a mí ; 
las penas que él merecía, 
señor, dadlas vos a mí; 
con riendas de tu caballo, 
señor, azotes a mí; 
con cordones de oro y sirgo 
viva ahorques a mí. 
En la huerta de los naranjos 
viva entierres a mí, 
en sepoltura de oro 
y labrada de marfil, 
y pongas encima un mote, 
señor, que diga así: 
«Aquí está la flor de las flo- 

[res ; 
por amores murió aquí; 
cualquier que muere de amo 
mándese enterrar anuí, [res 
que así hice yo, mezquina, 
que por amar me perdí. — » 



266 



KOMANCES VARIOS 



LEVANTÓSE LA CASADA 



DESPERTAD, HERMOSA CELIA 



Levantóse la casada 
una mañana al jardín, 
dicen que a gozar el fresco: 
«¡más le valiera dormir!» 
Esperando a su galán 
a sueño breve y sutil. 
le ha dado amor mala no- 
[che: 
«¡más le valiera dormir!» 
Sobre la madeja bella 
que al amor revuelve en t>í 
sale arrojando una toca: 
«¡más le valiera dormir!» 
Gorguera saca de negro, 
turquesado el faldellín, 
y a medio vestir la ropa: 
«¡más le valiera dormir!» 
A la salida del huerto 
torcido se le ha un chapín, 
de que quedó lastimada: 
«¡más le valiera dormir!» 
Pasando más adelante 
al coger un alhelí 
le picó el dedo una abeja: 
«¡más le valiera dormir!» 
Con tanto azar no descansa; 
sale enamorada al fin 
buscando a aquel que bien 
[ama : 
« ¡ más le valiera dormir ! » 
Aquí mira, aquí se para; 
nada halla aquí ni allí, 
hasta ver lo que no quiso: 
« ¡ más le valiera dormir ! » 
A su amante halla muerto, 
y al marido junto a sí, 
que remató entrambas vidas: 
«¡más le valiera dormir!» 



Despertad, hermosa Celia, 
si por ventura dormís, 
que vida que ha muerto un 

: hombre 
no es justo que duerma así. 
Si no teméis la justicia, 
por misericordia oíd 
el alma del mismo cuerpo 
que viene a penar aquí. 
Abrid esas celosías,, 
ya que las puertas no abrís, 
si no teméis que entre den- 
tro 
como sombra del que fui. 
Yo me acuerdo que algún 
[día 
sin descansar ni dormir, 
os hallaba el sol en ellas, 
y vos, en la calle, a mí; 
y agora que estáis dur- 

[miendo 
alegre en verme morir, 
no os duele que el cielo llue- 
y que llueva sobre mí. [va, 
Si algún dichoso os detiene, 
decidle que yo lo fui, 
y que para cuando os pierda 
es deje doler de mí. 
¡Triste del cuando os co- 
[nozca, 
como yo cuando os perdí! 
Que tenía de piedra el alma 
y el rostro de serafín. 
En vuestros brazos estuve; 
mas no hay que fiar así 
del sol claro por enero, 
y flor de almendro en abril. 
Celia, pues no despertáis, 




ROMANCE DE LOS CELOS 



267 



es fuerte dios el sufrir; 
dormid, y velen mis ojos 
en tanto que vos dormís. 

ROMANCE DE LOS CELOS 

(Atribuido a Miguel de Cer- 
vantes) 

Yace donde el sol se pone, 
entre dos tajadas peñas, 
una entrada de un abismo; 
quiero decir, una cueva 
profunda, lóbrega, oscura, 
aquí mojada, allí seca, 
propio albergue de la noche, 
del horror y las tinieblas. 
Por la boca sale un aire 
que al alma encendida hiela, 
y un fuego de cuando en 
[cuando 
que el pecho de hielo quema. 
Óyese dentro un ruido, 
como crujir de cadenas, 
y unos ayes luengos, tristes, 
envueltos en tristes quejas. 
Por las funestas paredes, 
por los resquicios y quiebras, 
mil víboras se descubren 
y ponzoñosas culebras. 
A la entrada tiene puesto 
en una amarilla piedra, 
huesos de muerto encajados 
en modo que forman letras; 
las cuales, vistas del fuego 
que arroja de sí la cueva, 
dicen : « Esta es la morada 
de los celos y sospechas.» 
Y un pastor cantaba al uso 
esta maravilla cierta 
de la cueva, fuego y hielo, 



aullidos, sierpes y piedra, 
el cual oyendo, le dijo: 
— Pastor, para que te crea 
no has menester juramentos, 
ni hacer la vista experien- 
Un vivo traslado es ese[cia: 
de lo que mi pecho encierra, 
el cual como en cueva os- 
[cura 
no tiene luz, ni la espera. 
Seco le tienen desdenes, 
bañado en lágrimas tiernas; 
aire, fuego y los suspiros 
le abrasan continuo y hielan. 
Los lamentables aullidos 
son mis continuas querellas : 
que en mis entrañas se ce- 

La piedra escrita amarilla 
es mi sin igual firmeza; 
que mis huesos en la muerte 
mostrarán que son de pie- 

[dra. 
Los celos son los que habitan 
en esta morada estrecha, 
que engendraron los descui 

[dos 
de mi querida Silena. — 
En pronunciando este nom- 

[bre. 
cayó como muerto en tierra ; 
que de memorias de celos 
aquestos fines se esperan. 



¿DONDE ESTAS, SEÑORA MÍA? 

— ¿Dónde estás, señora 

[mía, 

que no te duele de mi mal? 



268 



ROMANCES VARIOS 



O no Jo sabes, señora, 
o eres falsa y desleal. 
De mis pequeñas heridas 
compasión solías mostrar, 
y agora de las mortales 
no tienes ningún pesar. 
¿Cómo acudiste a lo menos 
y me faltaste en lo más? 
Que en los mayores peligros 
se conoce la amistad. 
El crisol de las verdades 
suele ser la adversidad. 
¿En qué memoria ocupada, 
tan sorda a mi llanto estás? 
Acuerdóme bien, si penas 
me dejan bien acordar, 
que en un tronco de un aliso 
que el Tajo bañando está, 
cuando yo era más dichoso 
y tú más firme y leal, 
escribió tu mano un día: 
«Yo te doy mi libertad, 
y antes que de ti la mude, 
Tajo el curso mudará.» 
Río, vuelve atrás tus aguas, 
pues la fe se vuelve atrás. — 
Aquesto Tirsi decía, 
cantando en su soledad 
memorias de su señora, 
y testigos de su mal. 

LA PREÑADILLA DE ANTÓN 

La preñadilla de Antón 
compuesta salió un disanto 
a la igFeja de su aldea ; 
con su prima de la mano. 
Hizo sarta para el cuello 
marica de su trenzado; 
de sus ojuelos patenas. 



que son del cielo retrato. 
Las ricas joyas que lleva 
no se las dio su velado; 
que quiso hacer en Marica 
la naturaleza el gasto. 
Sacó sartas para el cuello 
que el sol y el alba envidia- 
ron. 
de las perlas de sus dientes 
y corales de sus labios. 
Desde su casa a la igreja 
mil cosas se le antojaron, 
aunque el ser antojadiza 
no es achaque del preñado. 
Antojósele dar nieve 
a la esmeralda de mayo, 
pintar de flores el cielo, 
sembrar de estrellas el cam- 
[po: 
Antojósele dar celos 
y mudarse a cada paso; 
pagar verdades con burlas, 
finezas con desengaños; 
antojósele dar muertes 
a cuantos iba encontrando: 
No malparirá Marica 
aunque mueran otros tantos. 

DON REPOLLO Y DOÑA BERZA 

(De Don Francisco de Que- 
vedo.) 

Don Repollo y doña Berza, 
de una sangre y de una cas- 
si no caballeros pardos, [ta, 
verdes fidalgos de España, 
casáronse, y a la boda 
de personas tan honradas, 
que sustentan ellos solos 
a lo mejor de Vizcaya, 




DON REPOLLO Y DONA BERZA 



269 



de los solares del campo 
vino la nobleza y gala; 
que no todos los solares 
han de ser de la montaña. 
Vana y hermosa, a la fiesta 
vino doña Calabaza; 
que su merced no pudiera 
ser hermosa sin ser vana. 
La Lechuga, que se viste 
sin aseo y con fanfarria, 
presumida, sin ser fea. 
de frescona y de bizarra; 
La Cebolla, a lo viudo 
vino con sus tocas blancas 
y sus entresuelos verdes, 
que sin verduras no hay ca- 
[nas. 
Para ser dama muy dulce 
vino la Lima gallarda, 
al principio, que no es bueno 
ningún postre de las damas. 
La Naranja, a lo ministro, 
llegó muy tiesa y cerrada, 
con su apariencia muy lisa, 
y su condición muy agrá; 
a lo rico y lo tramposo 
en su erizo la Castaña, 
que le han de sacar la ha- 
[cienda 
todos por punta de lanza. 
La Granada deshonesta 
a lo moza cortesana, 
desembozo en la hermosura, 
descaramiento en la gracia. 
Doña Mostaza menuda, 
muy briosa y atufada 
que toda chica persona 
es gente de gran mostaza. 
A lo alindado la Guinda, 
muy agrR cuando muchacha, 



pero ya entrada en edad, 
mas tratable, dulce y blanda. 
La Cereza, a lo hermosura, 
recién venida, muy cara, 
pero con el tiempo todos 
se le atreven por barata. 
Doña Alcachofa, compuesta 
a imitación de las flacas, 
basquinas y más basquinas, 
carne poca, y muchas faldas. 
Don Melón, que es el retrato 
de todos los que se casan; 
Dios te la depare buena, 
que la vista al gusto engaña. 
La Berengena, mostrando 
su calavera morada, 
porque no llegó en el tiempo 
del socorre de las calvas : 
don Cohombro, desvaído 
largo de verde esperanza, 
muy puesto en ser gentil 
[hombre, 
siendo cargado de espaldas: 
don Pepino, muy picado 
de amor de doña Ensalada, 
gran compadre de dotores, 
pensando en unas tercianas; 
don Durazno, a lo envidioso, 
mostrando agradable cara, 
descubriendo con el trato 
malas y duras entrañas. 
Persona de muy buen gusto, 
don Limón, de quien espanta 
lo sazonado y panzudo; 
que no hay discreto con pan- 
[za. 
De blanco, morado y verde, 
corta crin y cola larga, 
don Rábano, pareciendo 
moro de .iuego de cañas. 



270 



ROMANCES VARIOS 



Todo fanfarrones bríos, 
todo picantes bravatas, 
llegó el señor don Pimiento, 
vestidito de botarga. 
Don Nabo, que viento en 
[popí 
navega con tal bonanza, . 
que viene a mandar el mun- 
ido 
de gorrón de Salamanca. 
Mas baste, por si el lector 
objeciones desenvaina: 
que no hay bodas sin mali- 
cias, 
ni desposados sin + achas. 

RIÉNDOSE ESTA EL RATÓN 

(De Don Francisco de Que- 
vedo.) 

Riéndose está el ratón 
en el umbral de su cueva, 
del caracol ganapán 
que va con su casa a cues- 
utas; 
y viendo cómo, arrastrando, 
por su corcova la lleva, 
muy camello de poquito, 
le dijo de esta manera: 
Dime, cornudo, vecino 
de un cuerno, en que te hos- 
pedas, 
¿qué callo de pie trazó 
una alcoba tan estrecha? 
Tu vives emparedado 
sin castigo o penitencia, 
y hecho chirrión de tu casa, 
la mudas y la trasiegas. 
Vestirse de un edificio, 



invención de sastre es nue- 
[va; 
tú, albañil enjerto en sastre, 
te vistes y te aposentas. 
El vivir un lobanillo 
es de podre y de materia 
y nunca salir de casa, 
de persona muy enferma. 
Verruga andante pareces 
que ha producido la tierra, 
muy preciado de que solo 
tú todo un palacio llevas. 
Si te viniese algún huésped 
¿qué aposento le aparejas, 
tú, que en la mano de un 
[gato, 
por no admitirle, te encie- 
la rrr.s? 
Yo te llevaré a la corte, 
en donde no te defienda 
de tercera parte o huésped, 
tu casilla tan estrecha. 
¿No te fuera más descanso 
andarte por estas selvas, 
y en estos agujerillos 
tener tu cama y tu meso? 
Riéndose están de ti 
los lagartos en las penas, 
los pájaros en los nidos, 
las ranas en las acequias. 
Si esa casa es tu mortaja, 
¡de buena cosa te precias, 
pues vives en ataúd 
donde es forzoso que mué- 
Iras! 
De una fábrica presumes 
que Viturio no ia entienda, 
y si vale un caracol 
en dos, ninguno la precia; 
y citar puedo a Vitruvip. 




A BU EN PUERTO HABÉIS LLEGADO 



271 



{jorque soy ratón de letras, 
que en casa de un aiquitecto 
comí a Vignola una nesga. 
Sacar los cuernos al sol 
ningún marido lo aprueba, 
aunque de ellos coma, y tú 
muy en ayunas 'os mueb- 
laras. 
Dirás que me caza el gato 
con todas estas arengas; 
¿y a ti no te echan Ja uña 
los viernes y las cuaresmas? 
¿No te guisan y te comen 
entre abadejo y lentejas? 
¿Y hay, después de estar gui- 
pado, 
alfiler que no te prenda? 
Pero de matraca baste, 
que yo espero gran respues- 
ta; 
y aunque soy más cortesano, 
me he de correr más apriesa. 

A BUEN PUERTO HABÉIS LLEGADO 

(De Don Francisco de Que- 
vedo.) 

A buen puerto habéis lle- 
[gado, 
vendeja de daca y toma; 
Satanás os dio el consejo: 
no pudo ser otra cosa. 
Por dineros me enviáis, 
como si yo fuera flota, 
o banco, teniendo sólo 
pies de banco mi persona. 
Mas cuartos tiene que yo, 
aunque tiene menos borra 
que mi lengua y que mi bar- 
la más cuitada pelota, [ba, 



La falta de los caballos 
quisiera tener agora, 
pues si me salieran cuartos, 
se mejorara mi bolsa. 
Veis que traigo yo mis car- 
asomadas a mi ropa, [nes 
más delicado de capa 
que de estómago una monja ; 
que los dedos de mis pies 
por los zapatos me asoman, 
como tortuga que saca 
la cabeza de su concha ; 
que como de rebatiña, 
que soy gavilán de ollas, 
y que sola mi conciencia 
es la que come a mi costa; 
que es mi casa solariega 
diez puntos más que las 
[otras, 
pues que por falta de techo 
le da el sol a todas horas; 
sabéis que esta villa es mía 
por la doble ejecutoria 
que al desvergonzado hace 
señor de la villa toda; 
sabéis que de mi posada 
en sacando yo la sombra, 
se muda toda mi haciende), 
vestidos, galas y ropa: 
¿Pues, cómo, si lo sabéis, 
me pedís con larga prosa 
dineros y una merienda, 
tan sin gracias y tan romas? 
Si pidiérades narices, 
aún fuera cosa más propia, 
porque pidiera a un vecino 
un pedazo que le sobra. 
¡A mí moneda de rey, 
que no la alcanzo a una so- 
[ta! 



272 



ROMANCES VARIOS 



A mí plata, que por verla 
las pildoras se me antojan! 
Santigüense, hermanas mías 
y echen por allá, señoras, 
otra red que saque más: 
que aquí ni aun agua hay 
[agora. 

UNA BELLA CASADILLA 

Una bella casadilla 
que apenas tiene quince 
que quitalla de jugar [años, 
con las niñas fué pecado; 
y por ponerse chapines, 
alzacuello y verdugado, 
sin saber lo que hacía 
dio a su marido la mano; 
y después a las muchachas 
que vivían en su barrio 
les mostraba muy contenta 
las joyas que le había dado; 
acabado el pan de boda 
volvióse de espaldas marzo, 
y hallóse la cuitadilla 
esclava de un sucio trasgo. 
Era el marido celoso, 
y más que celoso, avaro; 
y cuál era su figura 
miradlo en este retrato. 
El cabello ya tordillo, 
muy cerca de cincuenta 
años; 
tan lampiño, que aun apenas 
le señalan los mostachos; 
menos de un dedo de frente, 
con arrugas de reclamo; 
los dientes muy amarillos, 
distintos y descarnados; 
muy pródigo de nariz, 



y los ojos ribeteados; 
tan delgado, que el estrecho 
de Gibraltar fué llamado. 
Condenado a tos perpetua, 
depósito del catarro, 
y más ronco que un ternero 
pronóstico de su daño. 
Y con esto, el bellacón 
era tan desvergonzado, 
que por cualquier niñería 
jugaba triunfo de bastos. 
Esta niña había una tía, 
mujer de tocas y manto, 
gran matrona de consejo 
y de muy grueso rosario. 
Con lágrimas de sus ojos 
a ésta se está quejando 
de la vida en que padece 
tan insufrible trabajo. 
Aquella tan sabia vieja, 
que no fué Catón tan sabio, 
del archivo de su pecho 
así la está aconsejando: 
— Hija, mudar condiciones 
es negocio muy pesado, 
y más si tienen raíces 
echadas de algunos años; 
lo que hacen los prudentes 
es buscar algún reparo: 
hazlo, juega a dos espadas, 
pues te ha dado Dios dos ma- 
[nos. 
Busca, niña, quien te quiera, 
que mil te estarán rogando; 
que bien puedes sin peligro, 
si te riges con recato. 
Proveyó naturaleza 
que los animales bravos, 
porque no vean sus cuernos 
tengan los ojos debajo. 




LA BUENA VENTURA 



273 



Pues ¿cuándo menos podrán 
ver los suyos los humanos, 
que como son invisibles, 
no se tocan con las manos? — 
No le pareció el consejo 
a la casadilla malo, 
resoluta de pasar 
de espaldas la mar a nado. 
Pero aquella misma noche 
el marido adivinando, 
le castigó la intención, 
aunque fué para su daño; 
que mientras la sacudía, 
o fuese adrede, o acaso, 
le ayudaron de la calle 
esta letrilla cantando. 
«Ayúdame a sembrar cuer- 
[nos. 
mientras que se piden celos.» 

LA BUENA VENTURA 

(De Miguel de Cervantes ) 

Hermosita, hermosita, 
la de las manos de plata; 
más te quiere tu marido 
que el rey de las Alpujarras. 
Eres paloma sin hiél, 
pero a veces eres brava 
como leona de Oran 
o como tigre de Ocaña; 
pero un tras, en un tris, 
el enojo se te pasa, 
y quedas como alfiñique 
o como cordera mansa. 
Riñes mucho y comes poco; 
algo celosita andas, 
que es juguetón el tiniente 
y quiere arrimar la vara. 
Cuando doncella te quiso 



uno de muy buena cara; 
que mal haya los terceros 
que los gustos desbaratan. 
Si a dicha tú fueras monja 
hoy tu convento mandaras, 
porque tienes de abadesa 
más de cuatrocientas rayas. 
No te lo quiero decir... 
pero poco importa, vaya : 
enviudarás, y otra vez, 
y otras dos serás casada. 
No llores, señora mía, 
que no siempre las gitanas 
decimos el Evangelio; 
no llores, señora, acaba. 
Como te mueras primero 
que el señor tiniente, basta 
para remediar el daño 
de la viudez que amenaza. 
Has de heredar, y muy pres- 
[to, 
hacienda en mucha abudan- 
[cia: 
tendrás un hijo canónigo; 
la iglesia no se señala; 
de Toledo no es posible. 
Una hija rubia y blanca 
tendrás, que si es religiosa, 
también vendrá a ser perla- 
[da. 
Si tu esposo no se muere 
dentro de cuatro semanas, 
verásle corregidor 
de Burgos o Salamanca. 
Un lunar tienes, ¡qué lindo! 
¡Ay, Jesús, qué luna clara! 
¡Qué sol, que allá en los an- 
típodas 
escuros valles aclara! 
Más de dos ciegos por verle 



274 



ROMANCES VARIOS 



dieran más de cuatro blan- 
¡ Agora sí es la risica! [cas. 
¡Ay, qué bien haya esa gra- 
Guárdate de las caídas, [cia! 
principalmente de espaldas, 
que suelen ser peligrosas 
en las principales damas. 
Cosas hay más que decirte: 
si para el viernes me aguar- 
idas, 
las oirás; que son de gusto, 
y algunas hay de desgracias. 



EL ESPAÑOL GALLARDO 

(De Miguel de Cervantes.) 

Escuchadme los de Oran, 
caballeros y soldados, 
que firmáis con nuestra san- 
[gre 
vuestros hechos señalados. 
Alimuzel soy, un moro 
de aquellos que son llamados 
galanes de Meliona, 
tan valientes como hidalgos. 
No me trae aquí Mahoma 
a averiguar en el campo 
si su secta es buena o mala, 
que él tiene deso cuidado; 
tráeme otro dios más brioso, 
que es tan soberbio y tan 
[manso 
que ya parece cordero, 
y ya león irritado. 
Y este dios que así me im- 
[pele, 
es de una mora vasallo, 
que es reina de la hermosu- 
[ra, 



de quien soy humilde es- 

[clavo. 
No quiero decir que hiendo, 
que destrozo, parto o rajo; 
que animoso y no arrogante, 
es el buen enamorado. 
Amo, en fin, y he dicho mu- 
en sólo decir que amo [cho 
para daros a entender 
que puedo estimarme en al- 
[go: 
pero, sea yo quien fuere, 
basta que me muestre ar- 

[mado 
ante estos soberbios muros, 
de tantos buenos guardados; 
que si no es señal de loco, 
será indicio de que he dado 
palabra, que he de cumplilla 
o quedar muerto en el cam- 
Y así, a ti te desafío, [po. 
don Fernando el fuerte, el 

[bravo, 
tan infamia de los moros 
cuanto prez de los cristia- 
nos. 
Bien se verá en lo que he 

[dicho 
que, aunque haya otros Fer- 
nandos, 
es aquel de Saavedra 
a quien a batalla llamo. 
Tu fama, que no se encierra 
en límites, ha llegado 
a los oídos de Arlaja, 
de la belleza milagro. 
Quiere verte; mas no muer- 
[to, 
sino preso, y hame dado 
el asunto de prenderte; 




UNA CORTESANA VIEJA 



27 D 



es pequeño el cargo. 
Yo prometí de hacello, 
porque el que está enamo- 

[rado, 
los más arduos imposibles 
facilita y hace llanos. 
Y para darte ocasión 
de que salgas mano a mano 
a verte conmigo agora, 
de esta cosas te hago cargo: 
que peleas desde lejos, 
que el arcabuz es tu ara- 

[paro, 
que en comunidad aguijas, 
y a solas te vas de espacio; 
que eres Ulises nocturno 
no Telamón al sol claro; 
que nunca mides tu espada 
con otra, a fuer de hidalgo. 
Si no sales, verdad digo; 
si sales, quedará llano, 
ya vencido o vencedor, 
que tu fama no habla en 

[vano. 
Aquí, junto a Canastel. 
solo te estaré esperando 
hasta que mañana el sol 
lleve al Poniente su carro. 
Del que fuere vencedor 
ha de ser el otro esclavo; 
premio rico y premio ho- 

[nesto. 
Ven, que espero, don Fer- 
nando. 

UNA CORTESANA VIEJA 

Una cortesana vieja 
a una muchacha de Burgos, 
mal industriada en el arte, 



la riñe ciertos descuidos. 
— Paréceme, Aldonza mía, 
que es el blanco de tus gus- 
a do tiran tus deseos [tos 
comer y vestir al uso. 
Sabe, niña, aprovecharte, 
porque, como dice el vulgo, 
buena cara y pocos años 
es un riquísimo juro; 
que un censo que está fun- 

[dado 
en esta corte del mundo 
sobre la edad y belleza, 
ya sabes que no es seguro. 
Redimille el mundo puede, 
y ansí que se guarde es jus- 
[to, 
porque tras carnestolendas 
se siguen los días de ayuno. 
Muchos galanes te siguen: 
no digo que tengas uno, 
mas que escojas los que fue- 
[ren 
más de provecho que rumbo. 
A soldados y estudiantes 
con sus ventajas y cursos 
por Flandes y Salamanca, 
nunca admitas en tu estu- 

[dio; 
que si quieres letras y armas 
hallarlo has todo junto 
todas las veces que vieres 
en tus manos un escudo. 
Buen metal de voz y vena 
en un hombre valen mucho, 
si la vena es del Perú 
y el metal es oro puro. 
Procura pedir a todos, 
en su lengua a cada uno, 
con señas al liberal, 



276 



ROMANCES VARIOS 



y con palabras al duro. 
Y si enfermare por dar, 
déjale en tiempo oportuno; 
que el médico nunca aguarda 
a que se muera el difunto. 
Es la bolsa en el amante 
lo que en el enfermo el pul- 
[so, 
que en habiendo intercaden- 

[cias 
le pueden cortar los lutos. 
Da, si fuera menester, 
donde puedas sacar zumo; 
que el labrador nunca siem- 
[bra 
en tierra que no da fruto. 
El poner cebo a los peces 
a gran cordura lo juzgo; 
porque dar lombriz por bar- 
[bo 
es logro el mayor del mun- 
[do. 
Cuando vieres que se va, 
aunque de ello gustes mu- 
la risa del corazón [cho, 
dé lágrimas por tributo; 
que también el cielo a veces 
hace dos efectos juntos; 
que llover y hacer sol 
es propio del cielo tuyo. 
Si te llegare a besar, 
dale celos con alguno; 
que son los celos, amiga, 
pimienta de estos besugos. 
Bien sé que pica y abrasa, 
mayormente cuando es mu- 

[cho; 
pero poco, y sobre fresco, 
antes acrecienta el gusto. — 
En esto llamó a la puerta 



don Bernardo y don Bermu- 
[do; 
Aldonza se fué al estrado, 
la vieja a acechar se puso. 

EL HUERTO DE LA VIUDA 

Tenía una viuda triste, 
dentro de su casa, un huerto, 
que le heredó de su madre, 
cercado y con pozo en medio. 
En los cuadros de él había 
una yerba de discretos, 
que para memorias tristes 
valía cualquier dinero. 
De cerezas garrafales 
un muy hermoso cerezo, 
golosina de las mozas 
que cogen en mayo el trébol. 
Un cardillo de beatas 
para revelar secretos, 
cuyo azucarado troncho 
agua se hace de tierno. 
Las cabezas de los ajos 
parecen de monasterio; 
cebollas y rabanicos 
y los nabos del adviento; 
calabazas de las Indias 
que no tienen agujero; 
cohombros de regadío, 
retorcidos y derechos. 
Lo que más gusto le daba 
de la hortaliza del huerto, 
era, según imagino, 
un colorado pimiento, 
planta que su malogrado 
tuvo en el mayor aprecio. 
¡Ay pimiento quemador, 
le decía por requiebro, 
colorado estáis agora, 




POBRE BARQUILLA MÍA 



277 



y nacisteis verdinegro! 
Natura os vistió de grana, 
color grave, alegre y bueno; 
a los ojos os venís, 
y entráis por ellos al cuerpo. 
Si la olla pongo tarde, 
vos cocéis la carne luego; 
y si no puedo comer, 
me abrís la gana de presto. 
Si descolorida estoy, 
me prestáis el color vuestro ; 
alegráisme el corazón, 
que sin vos nunca me ale- 
Si fuera poeta yo, [gro. 
;más que os hiciera de ver- 
[sos! 
Si caballera me armare., 
seréis penacho del yelmo. 
Lo que pudiere haré, 
que es daros a tiempo riego, 
porque no se me marchite 
la cosa que tanto quiero. 

POBRE BARQUILLA MÍA 

(De Lope de Vega Carpió.) 

¡Pobre barquilla mía, 
entre peñascos rota, 
sin velas desvelada, 
y entre las olas sola! 
¿Adonde vas, perdida? 
¿Adonde, di, te engolfas? 
Que no hay deseos cuerdos 
con esperanzas locas. 
Como las altas naves 
te apartas animosa 
de la vecina tierra, 
y al fiero mar te arrojas. 
Igual en las fortunas, 
mayor en las congojas, 



pequeña en las defensas, 
incitas a las ondas. 
Advierte que te llevan 
a dar entre las rocas 
de la soberbia envidia, 
naufragio de las honras. 
Cuando por las riberas 
andabas costa a costa, 
nunca del mar temiste 
las iras procelosas. 
Segura navegabas, 
que por la tierra propia 
nunca el peligro es mucho 
adonde el agua es poca. 
Verdad es que en la patria 
no es la virtud dichosa, 
ni se estima la perla 
hasta dejar la concha. 
Dirás que muchas barcas 
con el favor en popa, 
saliendo desdichadas, 
volvieron venturosas. 
No mires los ejemplos 
de las que van y tornan; 
que a muchas ha perdido 
la dicha de las otras. 
Para los altos mares 
no llevas cautelosa, 
ni velas de mentiras, 
ni remos de lisonjas. 
¿Quién te engañó, barquilla? 
Vuelve, vuelve la proa; 
que presumir de nave 
fortunas ocasiona. 
¿Qué jarcias te entretejen? 
¿Qué ricas banderolas 
azote son del viento 
y de las aguas sombra? 
¿En qué gavia descubres 
del árbol la alta copa, 



278 



ROMANCES VAHÍOS 



la tierra en perspectiva 
del mar incultas orlas? 
¿En qué celajes fundas 
que es bien echar la sonda, 
cuando, perdido el rumbo, 
erraste la derrota? 
Si te sepulta arena, 
¿qué sirve fama heroica? 
Que nunca desdichados 
sus pensamientos logran. 
¿Qué importa que te ciñan 
ramas verdes o rojas, 
que en selvas de corales 
salado césped brota? 
Laureles de la orilla 
solamente coronan 
navios de alto bordo 
que jarcias de oro adornan. 
No quieras que yo sea, 
por tu soberbia pompa, 
Faetonte de barqueros 
que los laureles lloran. 
Pasaron ya los tiempos, 
cuando lamiendo rosas 
el céfiro bullía 
y suspiraba aromas. 
Ya fieros huracanes 
tan arrogantes soplan, 
que salpicando estrellas, 
del sol la frente mojan. 
Ya los valientes rayos 
de la vulcana forja, 
en vez de torres altas, 
abrasan pobres chozas. 
Contenta con tus redes, 
a la playa arenosa 
mojado me sacabas; 



pero vivo, ¿qué importa? 
Cuando de rojo nácar 
se afeitaba la aurora, 
más peces te llevaba 
que ella lloraba alfójar, 
al bello sol que adoro, 
enjuta ya la ropa, 
nos daba una cabana 
la cama de sus hojas. 
Esposo me llamaba, 
yo la llamaba esposa, 
parándose de envidia 
la celestial antorcha. 
Sin pleito, sin disgusto, 
la muerte nos divorcia: 
¡Ay de la pobre barca 
que en lástimas se ahoga! 
Quedad sobre la arena, 
inútiles escotas, 
que no ha menester velas 
quien a su bien no torna. 
3i con eternas plantas, 
las fijas luces doras, 
¡oh dueño de mi barca! 
Y en dulce paz reposas, 
merezca que le pidas 
al bien que eterno gozas, 
que adonde estás me lleve, 
más pura y más hermosa. 
Mi honesto amor te obligue; 
que no es digna victoria 
para quejas humanas 
ser las deidades sordas. 
¡Mas ay que no me escu- 
Pero la vida es corta: [chas! 
viviendo todo falta; 
muriendo, todo sobra. 




BELLA ZAGALEJA 



BELL 

(De Cristóbal Suárez de Fi- 
gueróa.) 

Bella zagaleja 
del color moreno, 
blanco milagroso 
de mi pensamiento; 
gallarda trigueña 
de belleza extremo, 
ardor de las almas, 
y de amor trofeo; 
suave sirena, 
que con tus acentos 
detienes el curso 
de los pasajeros: 
desde que te vi, 
tal estoy, que siento 
preso el albedrío, 
y abrasado el pecho. 
Hasta donde estás 
vuelan mis deseos 
llenos de afición, 
y de miedo llenos, 
viendo que te ama 
más digno sujeto, 
dueños de tus ojos 
de tu gusto cielo. 
Mas ya que se fué 
dando al agua remos, 
sienta de mudanza 
el antiguo fuero. 
Al presente olvidan; 
y quien fuere cuerdo, 
en estando ausente 
téngase por muerto. 
Y pues vive el tuyo 
en extraño reino, 
por ventura esclavo 
de rubios cabellos, 



bella niña 279 

antes que los tuyo* 
se cubran de hielo, 
con piedad acoge 
suspiros y ruegos. 
Permite a mis brazos 
que se miren hechos 
yedras amorosas 
de tu airoso cuerpo, 
que a tu fresca boca 
robaré el aliento, 
y en ti transformado 
moriré, viviendo. 
Himeneo haga 
nuestro amor eterno; 
nazcan de nosotros 
hermosos renuevos; 
tu beldad celebren 
mis sonoros versos, 
por quien no te ofendan 
. olvido ni tiempo. 

LA MAS BELLA NIÑA 

(De Don Luis de Gong ora ) 

La más bella niña 
de nuestro lugar 
hoy es viuda y sola, 
y ayer por casar. 
Viendo que sus ojos 
a la guerra van, 
a su madre dice 
qu'escucha su mal : 
tDejadme llorar, 
orillas del mar.» 

Pues me diste, madre, 
en tan tierna edad 
tan corto placer, 
tan largo pesar, 
y me cativaste 
de quien hoy se va, 



280 



ROMANCES VARIOS 



y lleva las llaves 
de mi voluntad: 
«Dejadme llorar, 
orillas del mar.» 

En llorar conviertan 
mis ojos de hoy más 
el sabroso oficio 
del dulce mirar, 
pues que no se pueden 
de hoy más ocupar, 
yéndose a la guerra 
quien era mi paz: 
«Dejadme llorar, 
orillas del mar.» 

No me pongáis freno, 
ni queráis culpar, 
que lo uno es injusto 
l'otro por demás. 
Si me queréis bien, 
no me hagáis mal: 
¡Harto peor fuera 
morir y callar! 
«Dejadme llorar, 
orillas del mar.» 

¡Dulce madre mía! 
¿Quién no llorará, 
aunque tenga el pecho 
como pedernal, 
y no dará voces 
viendo marchitar 
los más verdes años 
de mi mocedad? 
«Dejadme llorar, 
orillas del mar.» 

Vayanse las noches, 
pues ido se han 
los ojos que hacían 
los míos velar: 
Vayanse y no vean 
tanta soledad, 



después que en mi lecho 
sobra la mitad. 
«Dejadme llorar, 
orillas del mar.» 

JUEVES ERA, JUEVES 

(De Don Luis de Gong ora ) 

Jueves era, jueves, 
despertóme al alba 
la inquietud confusa 
de una triste causa. 
Como enfermo hice, 
nunca tal pensara, 
agasajo al día, 
desprecio a l a cama: 
Troquela en vestido, 
y vi lo que llaman 
risa del aurora 
por labios de grana. 
Aunque amanecía 
la luz embozada, 
con hocico el cielo, 
el sol con lagañas, 
de arriba decían 
unas voces pardas: 
— Agua va, señores, 
que las nubes vacían. — 
Cuando Anica en corto 
por mi calle baja, 
huyendo el aviso, 
flechando la aljaba, 
cubriendo el semblante 
la linda rapaza, 
lo lascivo enseña, 
lo divino tapa. 
Al tiempo que aplica 
su embozo a la cara, 
por celajes mira, 
por tronera mata. 




LA MOZA GALLEGA 



281 



Cuando airosa pisa, 
parece que calza 
chapín de granizo 
que cayendo salta 
picante y menudo; 
su paso imitaba 
mucho a la pimienta, 
algo a la mostaza. 
Vístese a lo cielo, 
tápase a lo falsa, 
lo celoso ofrece, 
lo amoroso guarda; 
con bizarro talle 
ostenta gallarda, 
alma en las acciones, 
azogue en el alma. 
Yo la vi, señores, 
yo vi que mostraba 
nieve en sus muñecas 
y nieve sus llamas. 
No pensé que fuera 
tan bella y honrada, 
tan briosa y noble, 
tan hermosa y casta. 
Con sólo un ceceo 
intenté llamarla, 
pues vi que mi afecto 
bosquejó mis ansias; 
pero sus desdenes 
mi engaño declaran, 
y al desdén entregan 
tanta confianza. 
Llámela corrido, 
no por enojarla, 
lo que dice el vulgo 
nombre de las pascuas. 
De vergüenza dicen 
que vistió la cara; 
aumentó rigores, 
prometió venganzas; 



hallé, aunque jamás 
verlo imaginaba, 
hermoso el enojo, 
discreta la rabia. 



LA MOZA GALLEGA 

(De Juan Salinas.) 

La moza gallega 
qu'está en la posada 
subiendo maletas 
y dando cebada, 
llorosa se sienta 
encima de un arca 
por ver a su huéped 
que tiene en el alma, 
mocito espigado 
con trenza de plata, 
que canta bonito 
y tañe guitarra, 
en lágrimas vivas 
que al suelo derrama, 
con tristes suspiros 
y quejas amargas, 
del rabioso pecho 
descubre las ansias. 
« ¡ Mal haya quien fia 
de gente que pasa!» 

Pensé qu'estuviera 
dos meses de estancia 
y que al cabo d'ellos 
con él" me llevara ; 
pensé qu'el amor 
y fe que cantaba, 
supiera rezado 
tenella y guardalla; 
pensé qu'eran firmes 
sus falsas palabras: 
«¡Mal haya quien fia 
do gente que pasa!» 



282 



ROMANCES VAHÍOS 



Diérale mi cuerpo, 
mi cuerpo de grana, 
para que sobre él 
la mano probara, 
y jugara a medias, 
perdiera o ganara. 
Hámelo rasgado 
y henchido de manchas, 
y de los corchetes 
el macho me falta. 
« ¡ Mal haya quien fia 
de gente que pasa!» 

¡Hámelo parado, 
qu'es vergüenza amarga! 
¡Ay Dios! si lo sabe, 
¿qué dirá mi hermana? 
d ir ame que soy 
una perdularia, 
pues di de mis prendas 
la más estimada; 
¡y él va tan alegre 
y más que la pascua! 
«Mal haya quien fia 
en gente que pasa!» 

¿Qué pude hacer más 
que darle polainas 
poniendo en sus puntas 
encaje de Holanda; 
cocelle su carne, 
hacelle su salsa, 
encender su vela 
de noche, si llama. 
y por dalle gusto, 
soplalla y matalla? 
« ¡ Mal haya quien fia 
en gente que pasa!» 

Llévame contigo, 
serviré en la farsa 
de hacer mi figura 
en la zarabanda, 



sólo por no verme 
fuera de tu alma. — 
En esto ya el huésped 
las cuentas remata; 
el pie en el estribo 
furioso cabalga, 
y ella que le vido 
volver las espaldas, 
con mayores llantos 
que la vez pasada, 
dice, sin poder 
refrenar sus ansias 
« ¡ Mal haya quien fia 
de gente que pasa!» 

EL PASTOR MAS TRISTE 

(De Baltasar de Alcázar.) 

El pastor más triste 
qu'en el valle y sierra 
pace su ganado 
la fragante yerba, 
con lágrimas dice 
a la causa d'ellas 
sus ansias mortales 
que mucho le aquejan: 
«Morena bella, 
tóquete de mi fuego 
una centella.» 

Del alado dios 
un rayo te encienda, 
pues al de tus ojos 
no hallo defensas, 
aunque para verte 
en ceniza vuelva 
lo que más deseo 
y menos deseas. 
«Morena bella, etc.» 

Me llamas, Belisa, 
más falso que Eneas, 




MADRE, UN CABALLERO 



283 



y sin conocerme 

por tal me condenas; 

si a otro cielo adoro, 

fálteme la tierra; 

y el de tu hermosura 

me falte en ausencia. 

«Morena bella, etc.» 

La luz de tu rostro 
que. mis ojos ciega, 
destierre del mío 
las tristes tinieblas; 
hasta que te ablandes 
crezcan mis endechas, 
crezcan mis suspiros, 
mis lágrimas crezcan. 
«Morena bella, etc.» 

Y que cuando caigan 
de las altas sierras 
las escuras sombras 
de la noche negra, 
hacia su majada 
el pastor da vuelta, 
y en el monte y valle 
el eco resuena: 
«Morena bella, 
tóquete de mi fuego 
una centella.» 

MADRE UN CABALLERO 

Madre, un caballero 
que a las fiestas sale, 
que mata los toros 
sin qu'ellos le maten, 
más de cuatro veces 
pasó por mi calle 
mirando mis ojos 
porque le mirase. 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Músicas me daba 



para enamorarme, 
papeles y cosas 
que las lleva el aire: 
siguióme a la Iglesia, 
siguióme en el baile 
de día y de noche, 
sin querer dejarme. 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Y de mis colores 
dio en vestir sus pajes 
al uso moderno, 
qu'es corto de talle, 
si como mis bienes 
¡ay! fueran sus males, 
nunca aquestas cosas, 
madre, fueran tales, 
ni jamás lo fueran 
para enamorarme. 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Viéndome tan dura 
procuró ablandarme 
por otro camino 
más dulce y suave: 
dióme unos anillos 
con unos corales, 
zarcillos de plata, 
botillas y guantes; 
dióme unos corpinos 
con unos cristales: 
¡negros fueron ellos, 
pues negros me salen! 
« ¡ Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Perdí el desamor 
con las libertades, 
quísele bien luego, 
bien le quise, madre. 
Empecé a quererle, 



284 



ROMANCES VARIOS 



empezó a olvidarme; 
muérome por él, 
no quere él mirarme. 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Pensé enternecerle. 
¡Mejor mala landre! 
¡Hállele más duro 
que unos pedernales! 
Anda enamorado 
de otra de buen talle, 
que al primer billete 
le quiso de balde. 
« ¡ Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

¡Nunca yo le fuera, 
madre, miserable, 
pues no hay interés 
que al fin no se pague! 
¡Mal haya el presente 
que tan caro sale! 
¡y mal haya él, 
que tanto mal sabe! 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Y al correr los toros 
mañana en la tarde, 

no haga las suertes 
que mi alma sabe: 
fáltele la lanza 
y el rejón le falte 
con que antaño hizo 
tan vistosos lances; 
y cuando en las cañas 
más gallardo ande, 
cañazo le den 
que le descalabre. 
« ¡ Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

Y al correr la plaza 



con otros galanes, 
caída dé él sólo 
que no se levante; 
salga de las fiestas 
tal, que otros le saquen, 
y cuando estas cosas, 
madre, no le alcancen, 
«¡Rabia le dé, madre, 
rabia que le mate!» 

A LA CHINIGALA 

(De Rodrigo de Reinosa.j 

A la chinigala 
la gala chinela 
damas cortesanas 
arman una galera: 
Isabel de Torres 
pongo la primera, 
porqu'es más anciana, 
porqu'es la más vieja; 
de putas ceviles 
no me hago cuenta. 
Pongo por segunda 
Isabel de Herrera, 
y esa la Mendoza 
era la tercera. 
Ceso de contallas; 
que no basta cuenta. 
Ana de Quintos, 
la gorda tornera ; 
Anica Rodríguez, 
Isabel de Leiva, 
y Juanica Gómez, 
y María de Heredia, 
y Marina Juárez, 
y María Montesa, 
Elvira Ramírez, 
la Rivadeneyra, 
la beata Bustilla, 




ANGÉLICA Y MEDORO 



285 



y Gracia la prieta, 

y la valenciana 

Isabel de Vega, 

Violante de Vélez, 

y la Trapaceja, 

y la Toledana, 

con la Cordobesa; 

no entra la Luisa 

en aquesta cuenta; 

menos Mari- Vázquez, 

que baja su renta, 

y no sabe como; 

Francisca de Vega, 

Leonor Ortiz, 

Marina la negra, 

y la Vizcaína, 

qu'es dama de feria, 

y esotra Carrasca, 

qu'era costurera. 

Todas estas damas 

arman una galera. 

Dejaron a España. 

y van tierra ajena. 

Cargaron de vino 

para la Gomera. 

Vía, vía, putas; 

vía., a la galera: 

entrad todas juntas, 

no quedéis defuera, 

qu'el tiempo es muy bueno, 

y el viento de tierra. 

Ya s'embarcan todas; 

ya ponen bandera; 

ya alcanzan los remos 

y tienden las velas. 

Parten de Sanlúcar 

el de Barrameda: 

sobre el aposento 

movieron pelea 

entre la Mendoza 



y Isabel de Herrera. 
Disputan linajes, 
disputan manera. 
Habló la Mendoza, 
habló la primera: 
— N'os toméis conmigo; 
que sois abacera. — 
Respondió enojada 
Isabel de Herrera: 
— N'os toméis conmigo; 
que no soy quien quiera, 
que hoy ha veinte años 
que soy cantonera. — 
Puso entr'ellas paz 
Isabel de Vega: 
díceles : — Hermanas, 
cese esta pelea. — 
Y ellas en aquesto, 
vínoles tormenta: 
llaman a San Telmo 
y a la Magdalena; 
hincan las rodillas, 
híncanlas en tierra, 
y promesa hacen 
de tornarse buenas, 
d'ellas mandan lino, 
d'ellas mandan cera, 
d'ellas ser casadas, 
y ninguna buena. 

ANGÉLICA Y MEDORO 

(De Don Luis de Góngora.) 

En un pastoral albergue 
que la guerra entre unos ro- 
lo dexó por escondido [bles 
o lo perdonó por pobre, 
do la paz viste pellico 
y conduce entre pastores 
ovejas del monte al llano 



286 



KOMANCES VAHÍOS 



y cabras del llano al monte, 
mal herido y bien curado, 
se alberga un dichoso joven, 
que sin clavarle Amor flecha 
le coronó de favores. 

Las venas con poca san- 

[gre, 

los ojos con mucha noche, 

lo halló en el campo aquella 

vida y muerte de los hom- 

[bres. 

Del palafrén se derriba, 
no porque al moro conoce, 
sino por ver que la yerba 
tanta sangre paga en flores. 

Limpíale el rostro y la ma- 

[no 

siente al Amor que se escon- 

[de 

tras las rosas, que la muerte 

va violando sus colores. 

Escondióse tras las rosas, 
porque labren sus arpones 
el diamante del Catay 
con aquella sangre noble. 

Ya le regala los ojos, 
ya le entra, sin ver por don- 
una piedad mal nacida [de, 
entre dulces escorpiones. 

Ya es herido el pedernal, 
ya despide el primer golpe 
centellas de agua, ¡oh pie- 
Edad, 
hija de padres traidores! 

Yerbas le aplica a sus 11a- 
[gas, 
que si no sanan entonces 
en virtud de tales manos 
lisonjean los dolores. 



Amor le ofrece su venda, 
mas ella sus velos rompe 
para ligar sus heridas; 
los rayos del sol perdonen. 

Los últimos nudos daba 
cuando el cielo la socorre 
de un villano en una yegua 
que iba penetrando el bos- 
[que. 

Enfrénale de la bella 
las tristes piadosas voces, 
que los firmen troncos mue- 
[ven 
y las sordas piedras oyen; 

y la que mejor se halla 
en las selvas que en la corte, 
simple bondad, al pío ruego 
cortésmente corresponde. 

Humilde se apea el villano 
y sobre la yegua pone 
un cuerpo con poca sangre, 
pero con dos corazones. 

A su cabana los guía; 
que el sol deja su horizonte 
y el humo de su cabana 
le va sirviendo de norte. 

Llegaron temprano a ella, 
do una labradora acoge 
un mal vivo con dos almas, 
una ciega con dos soles. 

Blando heno en vez de plu- 

para lecho les compone, [ma 

que será tálamo luego 

do el garzón sus dichas lo- 

[gre. 

Las manos, pues, cuyos de- 
Idos 
desta vida fueron dioses, 
restituyen a Medoro 
salud nueva, fuerzas dobles, 




HERMANA MARICA 



287 



le entregan, cuando me- 
[nos. 
su beldad y un reino en dote, 
segunda envidia de Marte, 
primera dicha de Adonis. 

Corona un lascivo enjam- 
de cup idilios menores [bre 
la choza, bien como abejas 
hueco tronco de alcornoque. 
¡Qué de nudos le está dan- 
[do 
a un áspid la envidia torpe, 
contando de las palomas 
los arrullos gemidores! 
¡Qué bien la destierra 
[Amor, 
haciendo la cuerda azote, 
porque el caso no se infame 
y el lugar no se inficione! 

Todo es gala el africano, 
su vestido espira olores, 
el lunado arco suspende 
y el corvo alfange depone. 

Tórtolas enamoradas 
son sus roncos atambores 
y los volantes de Venus 
sus bien seguidos pendones. 
Desnuda el pecho anda 
[ella, 
vuela el caballo sin orden; 
si lo abrocha, es con clave- 
con jazmines si lo coge [les. 
El pie calza en lazos de 
[oro, 
porque la nieve se goce, 
y no se vaya por pies 
la hermosura del orbe. 

Todo sirve a los amantes, 
plumas le baten veloces, 
airecillos lisonjeros, 



si no son murmuradores. 
Los campos les dan alfom- 
bras, 
los árboles pabellones, 
la apacible fuente sueño, 
música los ruiseñores. 

Los troncos les dan corte- 
izas 
en que se guarden sus nom- 
bres 
mejor que en tablas de már- 
[mol 
o que en láminas de bronce. 
No hay verde fresno sin 
[letra, 
ni blanco chopo sin mote; 
si un valle Angélica suena, 
otro Angélica responde. 
Cuevas do el silencio ape- 
[nas 
deja que sombras las moren, 
profanan con sus abrazos 
a pesar de sus horrores. 
Choza, pues, tálamo y le- 
[cho, 
contestes destos amores, 
el cielo os guarde, si puede, 
de las locuras del Conde. 

HERMANA MARICA 

(De Don Luis de Góngora.) 

Hermana Marica, 
mañana, que es fiesta, 
no irás tú a la amiga 
ni yo iré a la escuela: 
pondránte el corpino 
y la saya buena; 
cabezón labrado, 
toca y albanega, 
y a mí me pondrán 



288 



ROMANCES VARIOS 



mi camisa nueva, 
sayo de palmilla, 
calza de estameña; 
y si hace bueno, 
traeré la montera 
que me dio la pascua 
mi señora abuela, 
y el estadal rojo 
con lo que le cualga, 
que trajo el vecino 
cuando fué a la feria. 
Iremos a misa; 
veremos la Iglesia: 
darános un cuarto 
mi tía la ollera; 
compraremos del, 
que nadie lo sepa, 
chochos y garbanzos 
para la merienda, 
y en la tardecica, 
en nuestra plazuela 
jugaré yo al toro, 
y tú a las muñecas 
con las dos hermanas 
Juana y Madalena, 
y las dos primillas 
Marica y la Tuerta; 
y si quiere madre 
dar las castañetas, 
podrás, tanto dello. 
bailar en la puerta, 
y al son del adufe 
cantará Andregüela: 
«no me aprovecharon 
mi madre, las yerbas.» 
Y yo de papel 
haré un a librea 
teñida con moras 
porque bien parezca, 
y una caperuza 



con muchas almenas: 
pondré por penacho 
las dos plumas negras 
del rabo del gallo 
que acullá en la huerta 
anaranjeamos 
las carnestolendas; 
y en la caña larga 
pondré una bandera 
con dos borlas blancas 
en sus tranzaderas; 
y en mi caballito 
pondré una cabeza 
de guadamacil, 
dos hilos por riendas, 
y entraré en la calle 
haciendo corvetas, 
yo y otros del barrio, 
que son más de treinta ; 
jugaremos cañas 
junto a la plazuela, 
porque Bartolilla 
salga acá y nos vea: 
Bartola, la hija 
de la panadera, 
la que suele darme 
tortas con manteca; 
porque algunas veces 
hacemos yo y ella 
mil bellaquerías 
detrás de la puerta. 



HERMANO PERICO 

Hermano Perico, 
que estás a la puerta 
con camisa limpia 
y montera nueva, 
sayo alagartado, 



HERMANA JULIANA 



239 



jubón de las fiestas, 
zapatos de dura, 
de lazos y orejas; 
calzas atacadas 
de gamuza, y medias 
de color de bayo 
con sus rodilleras : 
mi hermano Bartolo 
se va a Inglaterra 
a matar al Draque 
y a prender la reina, 
y a los luteranos 
de la Bandomesa ; 
tiene de traerme 
a mí de la guerra 
un luteránico 
con una cadena; 
y una luterana 
a señora agüela. 
Vamonos yo y tú 
para la azotea: 
desde allí veremos 
a las lejas tierras, 
los montes y valles, 
los campos y sierras; 
más, si allá nos vamos, 
diré una conseja 
de la blanca niña 
que tomó la griega. 
Yo tengo una poca 
de miel y manteca; 
turrón de Alicante 
y una pina nueva, 
haremos de todo 
cochaboda y buena. 
— Dorotea, vamos 
a pasar la siesta, 
y allá jugaremos 
donde no nos vean : 
harás tú la nina, 



y yo la maestra; 
veré tu dechado, 
labor y tarea; 
haré lo que suele 
hacer la maestra 
con la mala niña 
que su labor yerra. 
Tengo yo un cochito 
con sus cuatro ruedas, 
en que tú rodando 
lleves tus muñecas; 
un peso de limas, 
hecho de dos medias, 
y un corre-verás 
que compré en la feria. 
Cuando yo sea grande, 
seña Dorotea, 
tendré un caballito, 
daré mil carreras; 
tú saldrás a verme 
por entre las rejas, 
y nos casaremos, 
y habrá boda y Besta. — 

HERMANA JULIANA 

Hermana Juliana, 
entremos en cuentas: 
dime, ¿quién te dio 
esa saya nueva? 
que si ayer andabas 
las carnes de fuera, 
en tan poco espacio 
no se adquieren prendas. 
Tú no juegas dados, 
parar, ni carrera, 
para que digamos 
que ganaste hacienda. 
Tienes gargantillas, 
cintas y agujetas, 



10 



290 



ROMANCES VARIOS 



guantes de polvillo, 

valón y arandela. 

Di, ¿quién de fregona 

te hizo callejera? 

¿Quién te puso en toldo? 

¿Quién te dio chinelas? 

Las de toldo y rumbo 

en aquestas ferias 

no ganarán mucho, 

si hay tantas rameras: 

abarata el pan 

si hay mucho en la tierra, 

y en lo más barato 

la gente se ceba. 

Digo que estás linda; 

mas recelo aun huelas 

al sucio estropajo 

con que siempre friegas. 

¡Tú toca, Juanilla! 

¡Tú sortijas puestas! 

¿Tú te pones blanco? 

¿con color te afeitas? 

Pues a fe que tienes, 

si anda bien la cuenta, 

encima de tí 

una cuarentena. 

No sé qué te han visto, 

que no eres Lucrecia, 

mas eres Medusa, 

o astuta Medea. 

¡Maldito sea el gusto 

que a ti se sujeta; 

Mas al fin en gustos 

hay mil diferencias. 

Baja un poco el toldo; 

gravedad afuera, 

que para conmigo 

serás la que eras. 

A quien no conoce 

tus infames prendas, 



te haz Penelope, 
o casta Minerva. 
Déjate de cuentos, 
afable te muestra, 
que el mudar de estado 
no es razón te vuelva. 
Nunca estás en casa, 
mil calles paseas, 
poniéndote, Juana, 
casi en almoneda ; 
mas pues no respondes 
a tantas arengas, 
doyte por culpada, 
que quien calla acepta. 

DON SANCHO EN ZAMORA 

(De Nicolás Fernández de 
Moratín.) 

Por la ribera del Duero 
tres jinetes cabalgaban, 
caballeros castellanos 
de gran nombradla y fama. 
Trotones llevan ligeros 
y ganosos de batalla 
de acero luciente armados 
desde la frente a las ancas. 
El aire manso tremola 
pendoncillos de sus lanzas, 
la de enmedio va en la cuja 
los del lado la enristraban. 
Martinetes y garzotas 
en las penacheras altas 
coronan dorados yelmos, 
que al rayo del sol brillaban. 
Sobre los quijotes prenden 
de los tiros las espadas, 
y al mover de los caballos 
iban sonando las armas. 
Con escarces y bravura 






DON SANCHO, EN ZAMORA 



29 



llegan batiendo la estrada: 
mirando van a Zamora, 
a Zamora y sus murallas. 
En ellas la plebe observa, 
los ricos hombres y damas, 
que quedan, aunque contra- 
Crios, 
de su apostura prendadas. 
De todos son conocidos 
cuando las viseras alzan, 
que ese noble rey don San- 
[cho 
es el que en el medio mar- 
[cha. 

Y los que van a sus lados, 
puestos a son de batalla, 
eran la flor de Castilla: 

el de Vivar y el de Lara. 
De pechos sobre una almena 
mira y llora doña Urraca; 
con un delgado alfareme 
está cubriendo la cara. 
Por la muerte de su padre 
que ya en el cielo descansa, 
leonado color viste 
y negro mojil arrastra. 
Sus escuderos y dueñas 
mesurados la acompañan : 
ellas traen ricas patenas, 
ellos flojas martingalas. 

Y quitando en antifaz, 
la voz un poco levanta, 
y a su hermano le decía, 
que se detiene a escucharla: 
«Rey don Sancho, rey don 

[Sancho, 
el ardido en las batallas, 
valiente contra una débil 
mujer, sin culpa, y tu her- 
[mana. 



¿Así del rey nuestro padre 
la disposición se guarda? 
¡Oh mal haya el caballero 
que al finado no le acata! 
Sufren Elvira y Gracia 
los rigores de tus armas, 
y allá en Toledo a los moros 
favor Alfonso demanda. 
Cuando debiera Castilla 
libertar a toda España, 
con foso cercas mi muro, 
tu hueste mis campos tala. 

Y azarques y sarracinos 
en Segovia juegan cañas, 
y en Zocodover con cifras 
resplandecen sus adargas. 

Y guarte, no llegue el día 
que dándoles tú la causa, 
vengan a beber sus yeguas 
del Duratón y el Arlanza. 
Ambicionando lo ajeno 

que tu padre nos dejara, 
con los cristianos aceros 
viertes la sangre cristiana. 
¡Oh, cuanto fuera mejor 
esas iras emplearlas 
contra quien viera lo que es 
unido el poder de España!» 
«Eso mismo quiero yo, 
responde don Sancho, infan- 
[ta. 
Mi padre erró, juzgue el 
[mundo. 
Soy rey . Esto digo, y basta.» 
Entonces ella quejosa 
prosiguió con voces altas: 
«¡Ah, soberbio castellano 
el de la amarilla banda, 
el de grabado gorjal 
y rapacejos de plata. 



292 



ROMANCES VARIOS 



el de la dorada espuela 
que yo le calcé, cuitada! 
¿Quién creyera que Tizona 
contra mí se desnudara, 
cuando cabezas de reyes 
pensé me diera por anas? 
Esto espera del amor 
la mujer apasionada; 
bien sé lo que merecí, 
bien sé como se me paga.» 
Don Rodrigo de Vivar 
con la color demudada, 
turbado la respondiera, 
formando mal las palabras: 
«Señora, sirvo a mi rey, 
tu afán me pesa en el alma ; 
lo demás hízolo amor, *. 
contra amor ninguno basta.» 
Entre multitud plebeya 
Bellido Dolfos estaba, 
hijo de Dolfos Bellido, 
muy artero de asechanzas. 
Y dijo: «A pesar del Cid 
no irá a sus tiendas mañana 
el rey don Sancho con vida, 
si mil vidas me costara.» 
Oyendo tales razones, 
con semblante y vista airada, 
arremetió su caballo 
don Diego Ordóñez de Lara. 
«Traidores sois, zamoranos, 
dice en voz trémula y alta, 
y os lo haré bueno en el cam- 
[po, 
cuerpo a cuerpo y lanza a 
Arias Gonzalo al oir [lanza.» 
que a su ciudad denostaban 
«Caballeros, los del rey, 
gritó, no digáis infamia; 
que hay hidalgos en Zamora 



de nobleza tan preciada, 
que ni en virtud ni en va- 
otro alguno los iguala, [lor 

Y en cuanto al reto, mis hi- 

[jos 
viven, y si honor los llama, 
caballeros de mi sangre 
estiman la vida en nada». 
Esto dijo Arias Gonzalo; 
y con astucia villana 
el traidor Bellido Dolfos 
se apartó de la muralla. 

ROSANA EN LOS FUEGOS 

(De Juan Meléndez Valdés.) 

Del sol llevaba la lumbre 
y la alegría del alba, 
en sus celestiales ojos 
la hermosísima Rosana, 
una noche que á los fuegos 
salió la fiesta de Pascua 
para abrasar todo el valle 
en mil amorosas ansias. 
Por doquiera que camina 
lleva tras sí la mañana, 
y donde se vuelve rinde 
la libertad de mil almas. 
El Céfiro la acaricia 
y mansamente la halaga., 
los Amores la rodean 
y las gracias la acompañan. 

Y ella, así como en el valle 
descuella la altiva palma 
cuando sus verdes pimpollos 
hasta las nubes levanta; 

o cual vid de fruto llena 
que con el olmo se abraza, 
y sus vastagos extiende 
al arbitrio de las ramas; 






ROSANA EN LOS FUEGOS 



293 



asi entre sus compañeras 
el nevado cuello alza, 
sobresaliendo entre todas 
cual fresca rosa entre zarzas. 
Todos los ojos se lleva 
tras sí, todo lo avasalla; 
de amor mata a los pastores 
y de envidia a las zagalas. 
Ni las músicas atienden, 
ni se gozan las lumbradas; 
que todos corren por verla 
y al verla todos se abrasan. 
¡Qué de suspiros se escu- 
chan! 
¡Qué de vivas y de salvas! 
No hay zagal que no la ad- 
[mire 
y no se esmere en loarla. 
Cuál, absorto la contempla 
y a la aurora la compara 
cuando más alegre sale 
y el cielo de su albor baña; 
cuál, al fresco y verde aliso 
que crece al margen del agua 
cuando más pomposo en ho- 
[jas 
en su cristal se retrata; 
cuál, a la luna, si muestra 
llena su esfera de plata, 
y asoma por los collados 
de luceros coronada. 
Otros pasmados la miran 
y mudamente la alaban, 
y cuanto más la contemplan 
muy más hermosa la hallan. 
Que es como el cielo su ros- 
ero 
cuando en l a noche callada 
brilla con todas sus luces 
y los ojos embaraza. 



¡Ay, qué de envidias se en- 
cienden! 

¡Ay, qué de celos que causa 
en las serranas del Tormes 
su perfección sobrehumana! 
La más hermosas la temen, 
mas sin osar murmurarla; 
que como el oro más puro 
no sufre una leve mancha. 
«Bien haya tu gentileza, 
una y mil veces bien haya, 
y abrase la envidia al pueblo 
hermosísima aldeana. 
Toda, toda eres perfecta, 
toda eres donaire y gracia, 
el amor vive en tus ojos 
y la gloria está en tu cara. 
La libertad me has robado, 
yo la doy por bien robada; 
mas recibe el don benigna 
que mi humildad te consa- 
[gra.» 
Esto un zagal la decía 
con razones mal formadas, 
que salió libre a los fuegos 
y volvió cautivo a casa. 
Y desde entonces perdido 
el día a sus puertas le halla ; 
ayer le cantó esta letra 
echándole la alborada : 

«Linda zagaleja 
de cuerpo gentil, 
muérome de amores 
desde que te vi. 

Tu talle, tu aseo, 
tu gala y donaire, 
no tienen, serrana, 
igual en el valle. 
Del cielo son ellos 
y tú un serafín : 



29 \ 



ROMANCES VARIOS 



rome de amores 
desde que te vi. 

De amores me muero, 
sin que nada baste 
a darme la vida 
que allá te llevaste, 
si ya no te dueles 
benigna de mí: 
que muero de amores 
desde que te vi.i 

LA FUENTE ENCANTADA 

(De Manuel José Quintana.) 

Oye, Silvio, ya del campo 
se va a despedir la tarde; 
y no es bien que aquí la no- 
[che 
con sus sombras ños" alcance. 
Ya el redil busca el ganado, 
ya se retiran las aves, 
y en pavoroso silencio 
se ven envueltos los valles. 
Y tú, en tanto, embebecido, 
sin atender ni escucharme, 
las voces con que te llamo 
dejas que vayan en balde. 
¿Qué haces, Silvio, en esa 
[fuente? 
¿Tan presto, acaso, olvidaste 
que los padres nos la vedan, 
que la maldicen las madres? 
Mira que llega la hora; 
huye veloz y no aguardes 
a que el encanto se forme 
y que esas ondas te traguen. 
¡Vete!... Mas ya no era tiem- 
la fascinadora imagen [po: 
reverberaba en las aguas 
con sus encantos mortales. 



Como ilusión entre sueños, 
como vislumbre en los aires, 
incierta al principio y vaga 
se confunde y se deshace. 
Hasta que al fin más distinta, 
en su apacible sembante, 
de sus galas la hermosura 
hace el más vistoso alarde. 
La media luna que ardía 
cual exhalación radiante 
entre las crespas madejas 
de sus cabellos suaves, 
mostraba su antiguo origen 
y el africano carácter 
de los que a España trajeron 
el alcorán y el alfanje. 
Mora bella en sus facciones, 
mora bizarra en su traje, 
y de labor también mora 
la rica alfombra en que yace, 
toda ella encanta y admira, 
toda suspende y atrae, 
embargando los sentidos 
y obligando a vasallaje. 
Mirábala el pastorcillo, 
entre animoso y cobarde, 
queriendo a veces huirla 
y a veces queriendo hablar- 
Pe; 
mas ni los pies le obedecen 
cuando pretende alejarse, 
ni acierta a formar palabras 
la lengua helada en las fau- 
Sólo la vista le queda, [ees. 
para mirar, para hartarse 
en el hermoso prodigio 
que allí contempla delante. 
Ella al parecer dormía; 
mas de cuando en cuando al 
unos suspiros exhala [aire 



\STELLANO LEAL 



295 



de su seno palpitante, 
que en deliciosa ternura 
convierten luego y deshacen 
el asombro que su vista 
causó en el primer instante. 

Y abriendo los bellos ojos, 
tan bellos como falaces, 

a él se vuelve y quien llora 
le dice con voz suave: 
— «¿Viniste al fin? ¡qué de 
[siglos 
de esperanzas y de afanes 
me cuestas! ¿Dónde estuvis- 
te 
que tanto tiempo tardaste? 
Mírame aquí encadenada 
por la maldición de un padre 
a quien dieron las estrellas 
el poder para encantarme. 
«Vive ahí, me dijo irritado, 
ten ese puente por cárcel, 
sé rica, pero sin gustos; 
sé hermosa, pero sé en balde. 
Enciéndante los deseos, 
consúmante los pesares, 
de noche sólo te muestres 
y el que te viese se espante. 

Y pena así hasta que encuen- 

tres, 
si es posible que le halles, 
quien ahí osado se arroje 
y entre esas ondas te abra- 

[ce». 
Ya otros antes han venido 
que, pasmados al mirarme, 
el bien con que les brindaba 
lo perdieron por cobardes. 
No lo seas tú: aquí te espe- 
mil delicias celestiales [ran 
que en ese mundo que vives 



jamás se dan ni se saben, 
ven...» Y los brazos tendía 
mi esposo,' mi bien, mi amán- 
ete; 
ven... «Y los brazos tendía 
como queriendo abrazarle. 
A este ademán, no pudiendo 
ya el infeliz refrenarse, 
en sed de amor abrasado, 
se arroja al pérfido estanque. 
En remolinos las ondas 
se alejan, la víctima cae, 
y el ¡ay! que exhaló alia 
[dentro 
lo oyó con horror el valle. 



UN CASTELLANO LEAL 

(De Don Ángel Saavedra, du- 
que de Rivas.) 

ROMANCE PRIMERO 

«Hola, hidalgos y escude- 
mos 
de mi alcurnia y mi blasón, 
mirad como bien nacidos 
de mi sangre y casa en pro. 
»Esas puertas se defien- 
dan; 
que no ha de entrar, vive 
[Dios, 
por ellas quien no estuviere 
más limpio que lo está el sol. 

»Xo profane mi palacio 
un fementido traidor 
que contra su rey combate 
y que a su patria vendió. 
»Pues si él es de reyes 
[primo, 
primo de reyes soy yo; 



296 



ROMANCES VARIOS 



y conde de Benavente 
si él es duque de Borbón. 

»Llevándole de ventaja 
que nunca jamás manchó 
la traición mi noble sangre 
y haber nacido español.» 

Así atronaba la calle 
una ya cascada voz, 
que de un palacio salía 
cuya puerta se cerró; 

y a la que estaba a caballo 

sobre un negro pisador, 

siendo en su escudo las lises, 

más bien que timbre, bal- 

[dón; 

y de pajes y escuderos 
llevando un tropel en pos 
cubiertos de ricas galas, 
el gran duque de Borbón; 

el que lidiando en Pavía, 
más que valiente, feroz, 
gozóse en ver prisionero 
a su natural señor; 

y que a Toledo ha venido, 
ufano de su traición, 
para recibir mercedes 
y ver al Emperador. 

ROMANCE SEGUNDO 

En una anchurosa cuadra 
del Alcázar de Toledo, 
cuyas paredes adornan 
ricos tapices flamencos, 

al lado de una gran mesa, 
que cubre de terciopelo, 
napolitano tapete 
con bebones de oro y flecos'; 

ante un sillón de respaldo 
que entre bordado arabesco 



los timbres de España osten- 
y el águila del Imperio, [ta 

en pie estaba Carlos Quin- 
eto, 
que en España era primero, 
con gallardo y noble talle, 
con noble y tranquilo aspec- 
[to. 

De brocado de oro y blan- 
viste tabardo tudesco, [co 
de rubias martas orlado, 
y desabrochado y suelto, 

dejando ver un justillo 
de raso jalde, cubierto 
con primorosos bordados 
y costosos sobrepuestos. 

y la excelsa y noble insig- 
[nia 
del Toisón de Oro, pendiendo 
de una preciosa cadena, 
en la mitad de su pecho. 

Un birrete de velludo 
con un blanco airón, sujeto 
por un joyel de diamantes 
y un antiguo camafeo, 

descubre por ambos lados 
tanta majestad cubriendo, 
rubio, cual barba y bigote, 
bien atusado el cabello. 

Apoyada en la cadera 
la potente diestra ha puesto, 
que aprieta dos guantes de 
[ámbar 
y un primoroso mosquero, 

y con la siniestra halaga 
de un mastín muy corpulen- 
to, 
blanco y las orejas rubias, 
el ancho y carnoso cuello. 

Con el Condestable insigne, 



IX CASTELLANO LEAL 



297 



apaciguador del reino, 
de los pasados disturbios 
acaso está discurriendo; 

o del trato que dispone 
con el rey de Francia preso, 
o de asuntos de Alemania, 
agitada por Lutero, 

cuando un tropel de caba- 
oye venir a lo lejos [líos 
y ante el alcázar pararse, 
quedando todo en silencio. 
En la antecámara suena 
rumor impensado luego, 
ábrese al fin la mampara 
y entra el de Borbón sober- 
bio, 
con el semblante de azufre 
y con los ojos de fuego, 
bramando de ira y de rabia 
que enfrena mal el respeto; 
y con balbuciente lengua, 
y con mal borrado ceño, 
acusa al de Benavente 
un desagravio pidiendo. 

Del español Condestable 
latió con orgullo el pecho, 
ufano de la entereza 
de su esclarecido deudo. 

Y aunque, advertido, pro- 

[cura 
disimular cual discreto, 
a su noble rostro asoman 
la aprobación y el contento. 

El Emperador un punto 
quedó indeciso y suspenso, 
sin saber qué responder 
al francés, de enojo ciego. 

Y aunque en su interior se 

[goza 
con el proceder violento 



del conde de Benavente, 
de altas esperanzas lleno, 

por tener tales vasallos 
de noble lealtad modelos, 
y con los que el ancho mun- 
ido 
será a sus glorias estrecho. 

Mucho al de Borbón le de- 
y es fuerza satisfacerlo: [be 
le ofrece para calmarlo 
un desagravio completo. 

Y llamando a un gentil- 
hombre 
con el semblante severo, 
manda que el de Benavente 
venga a su presencia presto. 

ROMANCE TERCERO 

Sostenido por sus pajes 
desciende de su litera 
el conde de Benavente 
del alcázar a la puerta. 

Era un viejo respetable, 
cuerpo enjuto, cara seca, 
con dos ojos como chispas, 
cargados de largas cejas, 

y con semblante muy no- 
[ble, 
mas de gravedad tan seria, 
que veneración de lejos 
y miedo causa de cerca. 

Eran su traje unas calzas 
de púrpura de Valencia, 
y de recamado ante 
un coleto a la leonesa. 

De fino lienzo gallego 
los puños y la gorguera, 
unos y otra guarnecidos 
con randas barcelonesas. 

Un birretón de velludo 



298 



ROMANCES VARIOS 



con su cintillo de perlas, 
y el gabán de paño verde 
con alamares de seda. 

Tan sólo de Calatrava 
la insignia española lleva; 
que el Toisón ha despreciado 
por ser Orden extranjera. 

Con paso tardo, aunque 
[firme, 
sube por las escaleras, 
y al verle, las alabardas 
un golpe dan en la tierra. 

Golpe de honor y de aviso 

de que en el alcázar entra 

un Grande, a quien se le 

[debe 

todo honor y reverencia. 

Al llegar a la antesala, 
los pajes que están en ella 
con respeto le saludan 
abriendo las anchas puertas. 

Con grave paso entra el 
[conde 
sin que otro aviso preceda, 
salones atravesando 
hasta la cámara regia. 

Pensativo está el monarca, 
discurriendo cómo pued ■> 
componer aquel disturbio 
sin hacer a nadie ofensa. 

Mucho al de Borbón le de- 
[be, 
aun mucho más del espera, 
y al de Benavente mucru 
considerar le interesa 

Dilación no admite el caso, 
no hay quien dar cons^io 
y Villalar y Pavía [pueda, 
a un tiempo se le recuerdan. 

En el sillón asentado 



y el codo sobre la mesa. 
al personaje recibe, 
que comedido se acerca. 

Grave el conde le saluda 
con una rodilla en tierra, 
mas como Grande del reino 
sin descubrir la cabeza. 

- El Emperador, benigno 
que alce del suelo le crdor.i, 
y la plática difícil 
con sagacidad empieza. 

Y entre severo y afable 
al cabo le manifiesta 
que es el que a Borbón aloje 
voluntad suya resuelta. 

Con respeto muy profun- 
pero con la voz entera, [do, 
respóndele Benavente, 
destocando la cabeza: 

«Soy, señor, vuestro vu&a- 
[11o: 
vos sois mi rey en la tierra : 
a vos ordenar os cumple 
de mi vida y de mi hacien- 
da. 

» Vuestro soy, vuestra mi 
[casa ; 
de mí disponed y de ella ; 
pero no toquéis mi honra 
y respetad mi conciencia. 

»Mi casa Borbón ocupe, 
puesto que es voluntad vues- 
contamine sus paredes, [tra ; 
sus blasones envilezca ; [do 

que a mí me sobra en Tole- 
donde vivir, sin que tenga 
que rozarme con traidores, 
cuyo solo aliento infesta. 

»Y en cuanto él deje mi 
[casa, 




A BUEN JUEZ. MEJOR TESTIGO 



299 



antes de tornar yo a ella, 
purificaré con fuego 
sus paredes y sus puertas.» 
Dijo el conde, la real ma- 
besó, cubrió su cabeza [no 
y retiróse bajando 
a do estaba su litera. 

Y a casa de un su pariente 
mandó que le condujeran, 
abandonando la suya 

con cuanto dentro se encie- 
rra. 
Quedó absorto Carlos 
[Quinto 
de ver tan noble firmeza, 
estimando la de España 
más que la imperial dia- 
[dema. 

ROMANCE CUARTO 

Muy pocos días el duque 
hizo mansión en Toledo 
del noble conde ocupando 
los honrados aposentos. 

Y la noche en que el pala- 
dejó vacío, partiendo [ció 
con su séquito y sus pajes 
orgulloso y satisfecho, 

turbó la apacible luna 
un vapor blanco y espeso 
que de las altas techumbres 
se iba elevando y creciendo. 

A poco rato tornóse 
en humo confuso y denso, 
que en nubarrones oscuros 
ofuscaba el claro cielo. 

Después, en ardientes chis- 
[pas 
y en un resplandor horrendo 
que iluminaba los valles, 



dando en el Tajo reflejos, 

y al fin su furor mostran- 
en embravecido incendio [do 
que devoraba altas torres 
y derrumbaba altos techos. 

Resonaron las campanas, 
conmovióse todo el pueblo, 
de Benavente el palacio 
presa de las llamas viendo. 

El Emperador, confuso, 
corre a procurar remedí <> 
en atajar tanto cYño 
mostrando tenaz empeño. 

En vano todo ; tragóse 
tantas riquezas el fuego, 
a la lealtad castellana 
levantando un «b'-miHicJito. 

Aun hoy unos viejos mu- 
rros 
del humo y las llamas negros 
recuerdan acción tan g'ónde 
en la famosa Toledo 

A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO 

(De don José Zorrilla) 
I 
Entre pardos nubarrones 
pasando la blanca luna, 
con resplandor fugitivo, 
la baja tierra no alumbra. 
La brisa con frescas alas 
juguetona no murmura, 
y las veletas no giran 
entre la cruz y la cúpula 
Tal vez un pálido rayo 
la opaca atmósfera cruza, 
y unas en otras las sombras 
confundidas se dibujan. 
Las almenas de las torres 
un momento se columbran, 



300 



ROMANCES VARIOS 



como lanzas de soldados 
apostados en la altura. 
Reverberan los cristales 
la trémula llama turbia, 
y un instante entre las ro- 
riela la fuente oculta, [cas 
Los álamos de la vega 
parecen en la espesura 
de fantasmas apiñados 
medrosa y gigante turba; 
y alguna vez desprendida 
gotea pesada lluvia, 
que no despierta a quien 
[duerme, 
ni a quien medita importuna. 

Yace Toledo en el sueño 
entre las sombras confusa, 
y el Tajo a sus pies pasando 
con pardas ondas lo arrulla. 

El monótono murmullo 
sonar perdido se escucha, 
cual si por las hondas calles 
hirviera del mar la espuma. 
¡Qué dulce es dormir en cal- 
fina 
cuando a lo lejos susurran 
los álamos que se mecen 
las aguas que se derrum- 
ban! 
Se sueñan bellos fantasmas 
que el sueño del triste en- 
dulzan, 
y en tanto que sueña el tris- 
[te, 
no le aqueja su amargura. 

Tan en calma y tan som- 

[bría 

como la noche que enluta 

la esquina en que desembo- 

una callejuela oculta. [ca 



se ve de un hombre que 
[aguarda 
la vigilante figura, 
y tan a la sombra vela 
que entre 1 a s sombras se 
[ofusca. 
Frente por frente a sus ojos 
un balcón a poca altura 
deja escapar por los vidrios 
la luz que dentro le alum- 
[b.'-a; 
mas ni en el claro aposento, 
ni en la callejuela oscura 
el silencio de la noche 
rumor sospechoso turba. 

Pasó así tan largo tiempo, 
que pudiera haberse duda 
de si es hombre o Bolamente 
mentida ilusión nocturna; 
pero es hombre, y bien .-=e ve, 
porque con planta segura, 
ganando el centro a la calle, 
resuelto y audaz pregunta : 

— ¿Quién va? — y a corta 
[distancia 
el igual compás escucha 
de un caballo que sacude 
las sonoras herraduras. 

— ¿Quién va? — repite, y 

[cercana 

otra voz menos robusta 

responde: — Un hidalgo, ¡ca- 

[lle! 

Y el paso el bulto apresura. 

— Téngase el hidalgo — el 

[hombre 

replica, y la espada empuña. 

— Ved más bien si me haréis 

[calle 

(repitiendo con mesura). 



A BUEN JUEZ. MEJOR TESTIGO 



301 



que hasta hoy a nadie se tu- 
[vo 
Iban de Vargas y Acuña. 
— P a s e el Acuña y perdo- 

[ne — 
dijo el mozo en faz de fuga, 
pues teniéndose el embozo 
sopla un silbato y se oculta. 
Paró el jinete a una puerta, 
y con precaución difusa 
salió una niña al balcón 
que llama interior alumbra. 
— ¡Mi padre! — clamó en voz 

[baja, 
y el viejo en la cerradura 
metió la llave pidiendo 
a sus gentes que le acudan. 
Un negro por ambas bridas 
tomó la cabalgadura, 
cerróse detrás la puerta 
y nuedó la caUe muda. 
En esto desde el balcón, 
como quien tal acostumbra, 
un mancebo por las rejas 
de la calle se asegura. 
Asió al brazo al que aposta- 
[do 
hizo cara a Iban de Acuña, 
y huyeron en el embozo 
velando la catadura." 

II 

Clara, apacible y serena 
pasa la siguiente tarde, 
y el sol tocando su ocaso 
apaga su luz gigante: 
se ve la imperial Toledo 
dorada por los remates, 
como una ciudad de grana 
coronada de cristales. 



El Tajo por entre rocas 
sus anchos cimientos lame, 
dibujando en las arenas 
las ondas con que las bate. 
Y la ciudad se retrata 
en las ondas desiguales, 
como en prenda de que el 
tan afanoso la bañe. [río 
A lo lejos en la vega 
tiende galán por sus márge- 
nes, 
de sus álamos y huertos 
el pintoresco ropaje; 
y porque su altiva gala 
más a los ojos halague, 
la salpica con escombios 
de castillos y de alcázares. 
Un recuerdo es cada piedra 
que toda una historia vale, 
cada colina un secreto 
de príncipes o galanes. 
Aquí se bañó la hermosa 
por quien dejó un rey cul- 
[pable 
amor, fama, reino y vida 
en manos de musulmanes. 
Allí recibió Galiana 
a su receloso amante, 
en es a cuesta que entonces 
era un plantel de azahares. 
Allá por aquella torre, 
que hicieron puerta los ara- 
ibes, 
subió el Cid sobre «Babieca» 
con su gente y su estandarte. 
Más lejos se ve el castillo 
de San Servando, o Cervan- 
tes, 
donde nada se hizo nunca 
y nada al presente se hace, 



302 



ROMANCES VARIOS 



A este lado está la almena 
por do sacó vigilante 
el conde don Peranzules 
al rey, que supo una tarde 
fingir tan tenaz modorra, 
que, político y constante, 
tuvo siempre el brazo quedo 
las palmas al horadarle. 
Allí está el circo romano, 
gran cifra de un pueblo 
[grande, 
y aquí la antigua basílica 
de bizantinos pilares, 
que oyó en el primer Conci- 
[lio 
las palabras de los Padres 
que velaron por -la Iglesia 
perseguida o vacilante. 
La sombra en este momento 
tiende sus turbios cendales 
por todas esas memorias 
de las pasadas edades; 
y del Cambrón y Bisagra 
los caminos desiguales, 
camino a los toledanos 
hacia las murallas abren. 
Los labradores se acercan 
al fuego de sus hogares, 
cargados con sus aperos, 
cansados con sus afanes. 
Los ricos y sedentarios 
se tornan con paso grave, 
calado el ancho sombrero, 
abrochados los gabanes; 
y los clérigos y monjes 
y los prelados y abades, 
sacudiendo el leve polvo 
de capelos y sayales. 
Quédase solo un mancebo 
de impetuosos ademanes, 



que se pasea ocultando 
entre la capa el semblante. 
Los que pasan le contemplan 
con decisión de evitarle, 
y él contempla a los que pa- 
[san 
como si alguien aguardase. 
Los tímidos aceleran 
los pasos al divisarle, 
cual temiendo de seguro 
que les proponga un com- 
[bate; 
y los valientes le miran 
cual si sintieran dejarle 
sin que libres sus estoques 
en riña sonora dancen. 
Una mujer, también sola, 
se viene el llano adelante, 
la luz del rostro escondida 
en tocas y tafetanes. 
Mas en lo leve del paso 
y en lo flexible del talle 
puede a través de los velos 
una hermosa adivinarse. 
Vase derecha al que aguarda, 
y él al encuentro la sale 
diciendo... cuanto se dicen 
en las citas los amantes. 
Mas ella, galanterías 
dejando severa aparte, 
así al mancebo interrumpe 
con voz decidida y grave: 
— Abreviemos de razones. 
Diego Martínez; mi padre, 
que un hombre ha entrado 
[en su ausencia 
dentro mi aposento sabe, 
y así quien mancha mi hon- 
[ra 
con lo suya me la lave; 



A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO 



303 



o dadme mano de esposo, 
o libre de vos dejadme. 
Miróla Diego Martínez 
atentamente un instante, 
y echando a un lado el em- 
repuso palabras tales: [bozo 
— Dentro de un mes, Inés 

[mía, 
parto a la guerra de Flan- 

[des; 
al año estaré de vuelta 
y contigo en los altares. 
Honra que yo te desluzca 
con honra mía se lave, 
que por honra vuelven honra 
hidalgos que en honra na- 

[cen. 
— Júralo — exclama la niña. 
— Más que mi palabra vale 
no te valdrá un juramento. 
— Diego, la palabra es aire. 

— ¡Vive Dios, que estás te- 

[naz ! 

Dalo por jurado y baste. 

— No me basta, que olvidar 

puedes la palabra en Flan- 

[des. 

— ¡Voto a Dios! ¿Qué más 

[pretendes? 
— Que a los pies de aquella 
[imagen 
lo jures como cristiano 
del Santo Cristo delante. 
Vaciló un punto Martínez 
mas porfiando que jurase, 
llevóle Inés hacia el templo 
que en medio la Vega yace. 
Enclavado en un madero, 
en duro y postrero trance, 
ceñida la sien de espinas, 



descolorido el semblante, 
víase allí un crucifijo 
teñido de negra sangre, 
en quien Toledo devota 
acude hoy en sus azares. 
Ante sus plantas divinas 
llegaron ambos amantes, 
y haciendo Inés que Martí- 
nez 
los sagrados pies tocase, 
preguntóle : 

— Diego, ¿juras 
a tu vuelta desposarme? 
Contestó el mozo: 

— ¡Sí, juro! 
Y ambos del templo salen. 

III 

Pasó un día y otro día, 
un mes y otro mes pasó, 
y un año pasado había, 
mas de Flandes no volvía 
Diego, que a Flandes partió. 

Lloraba la bella Inés 
su vuelta aguardando en va- 
[no, 
oraba un mes y otro mes 
del crucifijo a los pies 
do puso el galán su mano. 

Todas las tardes venía 
después de traspuesto el sol, 
y a Dios llorando pedía 
la vuelta del español, 
y el español no volvía. 

Y siempre al anochecer, 
sin dueña y sin escudero, 
en un manto de mujer 
el campo salía a ver 
al alto del Miradero. 



3U-J 



ROMANCES VARIOS 



¡Ay del triste que consu- 
[me 
su existencia en esperar! 
¡Ay del triste que presume 
que el duelo con que él se 
[abrume 
al ausente ha de pesar! 

La esperanza es de los cie- 
precioso y funesto don, [los 
pues los amantes desvelos 
cambian la esperanza en ce- 
pos 
que abrasan el corazón. 

Si es cierto lo que se es- 
[pera 
es un consuelo en verdad; 
pero siendo* una quimera., 
en tan frágil realidad 
quien espera desespera. 

Así Inés desesperaba 
sin acabar de esperar, 
y su tez se marchitaba, 
y su llanto se secaba 
para volver a brotar. 

En vano a su confesar 
pidió remedio o consejo 
para aliviar su dolor; 
que mal se cura el amor 
con las palabras de un viejo. 

En vano a Iban acudía, 
llorosa y desconsolada; 
el padre no respondía, 
que la lengua le tenía 
su propia deshonra atada. 

Y ambos maldicen su es- 
trella, 
callando el padre severo 
y suspirando la bella, 
porque nació mujer ella, 
y el viejo nació altanero. 



Dos años al fin pasaron 
en esperar y gemir, 
y las guerras acabaron, 
y los de Flandes tornaron 
a sus tierras a vivir. 

Pasó un día y otro día, 
un mes y otro mes pasó, 
y el tercer año corría; 
Diego a Flandes se partió, 
mas de Flandes no volvía. 

Era una tarde serena, 
doraba el sol de Occidente 
del Tajo la vega amena, 
y apoyada en una almena 
miraba Inés la corriente. 

Iban las tranquilas olas 
las riberas azotando 
bajo las murallas solas, 
musgo, espigas y amapolas 
ligeramente doblando. 

Algún olmo que escondido 
creció entre la hierba blanda, 
sobre las aguas tendido 
se reflejaba perdido 
en su cristalina banda. 

Y algún ruiseñor colgado 
entre su fresca espesura 
daba al aire embalsamado 
su cántico regalado 
desde la enramada oscura. 

Y algún pez con cien colo- 
tornasolada la escama, [res, 
saltaba a besar las flores; 
que exhalan gratos olores 

a las puntas de una rama. 

Y allá, en el trémulo f f n- 
el torreón se dibuja [do. 
como el contorno redondo 
del hueco sombrío y hondo 
que habita nocturna bruja 



A BUEN JUEZ. MEJOR TESTIGO 



305 



Así la niña lloraba 
el rigor de su fortuna. 
y así la tarde pasaba 
y al horizonte trepaba 
la consoladora luna. 

A lo lejos, por el llano, 
en confuso remolino, 
vio de hombres tropel lejano 
que en pardo polvo liviano 
dejan envuelto el camino. 

Bajó Inés del torreón, 
y llegando recelosa 
a las pueras del Cambrón, 
sintió latir zozobrosa 
más inquieto el corazón. 

Tan galán como altanero 
dejó ver la escasa luz 
por bajo el arco primero 
un hidalgo caballero 
en un caballo andaluz. 

Jubón negro acuchillado, 
banda azul, lazo en la hom- 
[brera 
y sin pluma al diestro lado, 
el sombrero derribado 
tocando con la gorguera. 

Bombacho gris guarnecido, 
bota de ante, espuela de oro, 
hierro al cinto suspendido 
y a una cadena prendido 
agudo cuchillo moro. 

Vienen tras este jinete 
sobre potros jerezanos 
de lanceros hasta siete, 
y en adarga y coselete 
diez peones castellanos 

Asióse a su estribo Inés, 
gritando: — ¡Diego, eres tú! 
Y él viéndola de través, 



dijo: — ¡Voto a Belcebú, 
que no me acuerdo quién es! 

Dio la triste un alarido 
tal respuesta al escuchar, 
y a poco perdió el sentido, 
sin que más voz ni gemido 
volviera en tierra a exhalar. 

Frunciendo ambas a dos 
[cejas 
encomendóla a su gente, 
diciendo: — ¡Malditas viejas, 
que a las mozas malamente 
enloquecen con consejas! 

Y aplicando el capitán 
a su potro las espuelas, 
el rostro a Toledo dan, 
y a trote cruzando van 
las oscuras callejuelas. 

IV 

Así por sus altos fines 
dispone y permite el cielo 
que puedan mudar al hom- 
[bre 
fortuna, poder y tiempo. 
A Flandes partió Martínez 
de soldado aventurero, 
y por su suerte y hazañas 
allí capitán le hicieron. 
Según alzaba en honores 
alzábase en pensamientos, 
y tanto ayudó en la guerra 
con su valor y altos hechos, 
que el mismo rey a su vuelta 
le armó en Madrid caballero, 
tomándole a su servicio 
por capitán de lanceros. 
Y otro no fué que Martínez 
quien ha poco entró en To- 
tan orgulloso y ufano [ledo, 



30b 



ROMANCES VARIOS 



cual salió humilde y peque- 
[ño. 
Ni es otro a quien se dirige, 
cobrando el conocimiento, 
la amorosa Inés de Vargas, 
que vive por él muriendo. 
Mas él, que olvidando todo 
olvidó su nombre mesmo, 
puesto que Diego Martínez 
es el capitán don Diego, 
ni se ablanda a sus caricias 
ni cura de sus lamentos, 
diciendo que son locuras 
de gentes de poco seso; 
que ni él prometió casarse _ 
ni pensó jamás en ello. 
¡ Tanto mudan a los hombres 
fortuna, poder y tiempo! 
En vano porfía Inés 
con amenazas y ruegos; 
cuanto más ella importuna 
está Martínez severo. 
Abrazada a sus rodillas, 
enmarañado el cabello, 
la hermosa niña lloraba 
prosternada por el suelo. 
Mas todo empeño es inútil, 
porque el capitán don Diego 
no ha de ser Diego Martínez, 
como lo era en otro tiempo. 
Y así llamando a su gente, 
de amor y piedad ajeno, 
mandóles que a Inés lleva- 
Eran 
de grado o de valimiento. 
Mas ella, antes que la asie- 
[ran, 
cesando un punto en su due- 
[lo, 
así habló, el rostro lloroso 



hacia Martínez volviendo: 
— Contigo se fué mi honra, 
contigo tu juramento; 
pues buenas prendas son am- 
[bas, 
en buen fiel las pesaremos. 
Y la faz descolorida 
en la mantilla envolviendo, 
a pasos desatentados 
salióse del aposento. 



Era entonces de Toledo 
por el rey gobernador 
el justiciero y valiente 
don Pedro Ruiz de Alarcón. 
Muchos años por su patria 
el buen viejo peleó; 
cercenado tiene un brazo, 
mas entero el corazón. 
La mesa tiene delante, 
los jueces en derredor, 
los corchetes a la puerta 
y en la derecha el bastón. 
Está, como presidente 
del tribunal superior, 
entre un dosel y una alfom- 
reclinado en su sillón, [bra, 
escuchando con paciencia 
la casi asmática voz 
con que un tétrico escribano 
solfea una apelación. 
Los asistentes bostezan 
al murmullo arrullador; 
los jueces, medio dormidos, 
hacen pliegues al ropón; 
los escribanos repasan 
sus pergaminos al sol, 
los corchetes a una moza 
guiñan en un corredor, 




A BUEN JUEZ. MEJOR TESTIGO 



307 



y abajo, en Zocodover, 
gritan en discorde son 
los que en el mercado ven- 
lo vendido y el valor, [den 
Una mujer en tal punto, 
en faz de grande aflicción, 
rojos de llorar los ojos, 
ronca de gemir la voz, 
suelto el cabello y el manto, 
tomó plaza en el salón 
diciendo a gritos: «¡Justicia, 
jueces; justicia, señor!» 
Y a los pies se arroja hu- 
[milde 
de don Pedro de Alarcón, 
en tanto que los curiosos 
se agitan alrededor. 
Alzóla cortés don Pedro, 
calmando la confusión 
y el tumultuoso murmullo 
que esta escena ocasionó, 
diciendo: 

—Mujer, ¿qué quie- 
[res? 
— Quiero justicia, señor. . 
—¿De qué? 

— De una pren- 
[da hurtada. 
— ¿Qué prenda? 

— Mi corazón. 
—¿Tú lo diste? 

— Lo presté. 
--¿Y no te le han vuelto? 

—No. 
— ¿Tienes testigos? 

— Ninguno 
— ¿Y promesas? 

— ¡Sí, por Dios! 
Que al partirse de Toledo 
un juramento empeñó. 



— ¿Quién es él? 

— Diego Mar- 
tínez. 
—¿Noble? 

— Y capitán, señor. 
— Presentadme al capitán, 
que cumplirá si juró. 
Quedó en silencio la sala, 
y a poco en el corredor 
se oyó de botas y espuelas 
un acompasado son. 
Un portero, levantando 
el tapiz, en alta voz 
dijo: — El capitán don Diego. 
Y entró luego en el salón 
Diego Martínez, los ojos 
llenos de orgullo y furor. 
— ¿Sois el capitán don Diego 
— di jóle don Pedro — vos? 
Contestó altivo y sereno 
Diego Martínez: 

— Yo soy. 
— ¿Conocéis a esta mucha- 
cha? 
— Ha tres años, salvo error. 
— ¿Hicísteisla juramento 
de ser su marido? 

—No. 
— ¿Juráis no haberlo jurado? 
— Sí lo juro. 

— P u e s id con 
[Dios. 
— ¡Miente! — clamó Inés 11o- 
[rando 
de despecho y de rubor. 
— Mujer, ¡piensa lo que di- 
[ces!... 
— Digo que miente: juró. 
— ¿Tienes testigos? 

— Ninguno. 



303 



ROMANCES VARIOS 



— Capitán, idos con Dios, 
y dispensad que acusado 
dudara de vuestro honor. 
Tornó Martínez la espalda 
con brusca satisfacción, 
e Inés, que le vio partirse, 
resuelta y firme gritó: 
— Llamadle, tengo un tes- 
tigo. 
Llamadle otra vez, señor. 
Volvió el capitán don Diego, 
sentóse Ruiz de Alarcón, 
la multitud aquietóse 
y la de Vargas siguió: 
— Tengo un testigo a quien 
[nunca 
faltó verdad ni razón. 
—¿Quién? 

— Un hombre que 
[de lejos 
nuestras palabras oyó ; 
mirándonos desde arriba. 
— ¿Estaba en algún balcón? 
— No, que estaba en un su- 
[plicio 
donde ha tiempo que expiró. 
— ¿Luego es muerto? 

— No, que vive. 
— Estáis loca, ¡vive Dios! 
¿Quién fué? 

— El Cristo de la 
[Vega, 
a cuya faz perjuró. 

Pusiéronse en pie los jue- 
[ces 
al nombre del Redentor, 
escuchando con asombro 
tan excelsa apelación. 
Reinó un profundo silencio 
de sorpresa y de pavor. 



y Diego bajó los ojos 

de vergüenza y confusión. 

Un instante con los jueces 

don Pedro en secreto habló, 

y levantóse diciendo 

con respetuosa voz: 

— La ley es ley para todos, 
tu testigo es el mejor, 
mas para tales testigos 
no hay más tribunal que 
[Dios. 
Haremos... lo que sepamos; 
escribano, al caer el sol 
al Cristo que está en la Vega 
tomaréis declaración. 

VI 

Es una tarde serena, 
cuya luz tornasolada 
del purpurino horizonte 
blandamente se derrama. 
Plácido aroma las flores 
sus hojas plegando exhalan, 
y el céfiro entre perfumes 
mece las trémulas alas. 
Brillan abajo en el valle 
con suave rumor los aguas, 
y las aves en la orilla 
despidiendo al día cantan. 

Allá por el Miradero, 
por el Cambrón y Bisagra, 
confuso tropel de gente 
del Tajo a la Vega baja. 
Vienen delante don Pedro 
de Alarcón. Iban de Vargas, 
su hija Inés, los escribanos, 
los corchetes y los guardias; 
y detrás, monjes, hidalgos, 
mozas, chicos y canalla. 
Otra turba de curiosos 




A BUEN JUEZ. MEJOR TESTIGO 



309 



Vega les aguarda, 
cada cual comentariando 
el caso según le cuadra. 
Entre ellos está Martínez 
en apostura bizarra, 
calzadas espuelas de oro : 
valona de encaje blanca, 
bigote a la borgoñesa, 
melena desmelenada, 
el sombrero guarnecido 
con cuatro lazos de plata, 
un pie delante del otro, 
y el puño en el de la espada. 
Los plebeyos, de reojo, 
le miran de entre las capas, 
los chicos al uniforme 
y las mozas a la cara. 
Llegado el gobernador 
y gente que le acompaña, 
entraron todos al claustro 
que iglesia y patio separa. 
Encendieron ante el Cristo 
cuatro cirios y una lámpara 
y de hinojos un momento 
le rezaron en voz baja. 

Está el Cristo de la Vega 
la cruz en tierra posada, 
los pies alzados del suelo 
poco menos de una vara; 
hacia la severa imagen 
un notario se adelanta 
de modo que con el rostro 
al pecho santo llegaba. 
A un lado tiene a Martínez, 
a otro lado a Inés de Vargas, 
detrás el gobernador 
con sus jueces y sus guar- 
dias. 
Después de leer dos veces 
la acusación entablada. 



el notario a Jesucristo, 
así demandó en voz alta : 

Jesús, Hijo de María, 
ante nos esta mañana, 
citado como testigo 
por boca de Inés de Vargas, 
¿juráis ser cierto que un día 
a vuestras divinas plantas 
juró a Inés Diego Martínez 
por su mujer desposarla? 

Asida a un brazo desnudo 
una mano atarazada 
vino a posar en los autos 
la seca y hendida palma, 
y allá en los aires « ¡ Sí ju- 
[ro!» 
clamó una voz más que hu- 
[mana. 
Alzó la turba medrosa 
la vista a la imagen santa... 
Los labios tenía abiertos 
y una mano desclavada. 



CONCLUSIÓN 

Las vanidades del mundo 
renunció allí mismo Inés, 
y espantado de sí propio 
Diego Martínez también. 
Los escribanos, temblando 
dieron de esta escena fe, 
firmando como testigos 
cuantos hubieron poder. 
Fundóse un aniversario 
y una capilla con él, 
y don Pedro de Alarcón 
el altar ordenó hacer, 
donde hasta el tiempo que 
[corre, 
y en cada año una vez, 



310 



ROMANCES VARIOS 



con la mano desclavada 
el crucifijo se ve. 



A LA ORILLA DEL ARROYO 

(De Antonio de Trueba.) 

I 

Una mañana de mayo, 
una mañana muy fresca, 
éntreme por estos valles, 
éntreme por estas vegas. 
Cantaban los pajaritos, 
olían las azucenas, 
eran azules los cielos 
y claras las fuentes eran. 
Cabe un arroyo más claro 
que un espejo de Venecia, 
hallara una pastorcica, 
una pastorcica bella. 
Azules eran sus ojos, 
dorada su cabellera, 
sus mejillas como rosas 
y sus dientes como perlas. 
Quince años no más tendría 
y daba placer el verla, 
«lavándose las sus manos, 
peinándose las sus trenzas». 

II 

— Pastorcica de mis ojos 
— admirado la dijera—, 
Dios te guarde por hermosa ; 
bien te lavas, bien te peinas. 
Aquí te traigo estas flores 
cogidas en la pradera; 
sin ellas estás hermosa, . 
y estáraslo más con ellas. 
— No me placen, mancebico 



— respondióme la doncella — ; 
no me placen que me bastan 
las flores que Dios me diera. 
— ¿Quién te dice que las tie- 
[nes? 
— ¿Quién te dice que eres be- 
[11a? 
■ — Me lo dicen los zagales 
y las fuentes de estas vegas. 
Así habló la pastorcica 
entre enojada y ruisueña, 
«lavándose las manos, 
peinándose las sus trenzas». 

III 

— Si no te placen las flores, 
vente conmigo siquiera, 
y allá, bajo las encinas, 
sentadicos en la hierba, 
contaréte muchos cuentos, 
contaréte cosas buenas. 

— Pues eso menos me pla- 
[ce, 
porque el cura de la aldea 
no quiere que con mancebos 
vayan al campo doncellas. 
Tal dijo la pastorcica, 
y no pude convencerla 
con esta y otras razones, 
con esta y otras promesas. 
Partíme desconsolado., 
y prorrumpiendo en quere- 
[llas. 
lloré por la pastorcica, 
que, sin darme otra respues- 
ta, 
siguió cabe el arroyuelo 
entre enojada y contenta, 
«lavándose las sus manos, 
peinándose las sus trenzas». 




KOMANCE DE LA MANO MUERTA 



311 



IV 



itréme por estos valles, 
éntreme por estas vegas; 
mas... ¡mi corazón estaba 
muñéndose de tristeza, 
que odiosas me eran las no- 
Oes 
y odiosas las fuentes me 
[eran! 
Torné cabe el arroyuelo 
donde a la doncella viera... 
El arroyuelo encontré al 
punto, 
¡mas no encontré la donce- 
Pasaron días y días, [lia! 
y hasta semanas enteras, 
y yo no paso ninguna 
sin que al arroyuelo vuelva; 
pero, ¡ay!, que la pastcrcica 
mis ojos aquí no encuentran, 
«lavándose las sus manos, 
peinándose las sus trenzas». 



ROMANCE DE LA MANO MUERTA 

(De Gustavo Adolfo Bec- 
quer.) 



La niña tiene un amante 
que escudero se decía; 
el escudero le anuncia 
que a la guerra se partía. 
— Te vas y acaso no tornes 
— Tornaré por vida mía. 
Mientras el amante jura, 
diz por el viento repetía: 
¡Mal haya quien en prome- 
de hombre fía! [sas 



11 



El conde con la mesnada 
de su castillo salía; 
ella que le ha conocido 
con grande aflicción gemía: 
— ¡Ay de mí, que se va el 
[conde 
y se lleva la honra mía! 
Mientras la cuitada llora, 
diz que el viento repetía: 
¡Mal haya quien en prome- 
de hombre fía! [sas 

III 

Su hermano, que estaba 
estas palabras oía: [allí. 

— Nos has deshonrado, dice 
— Me juró que tornaría. 
— No te encontrará si torna 
donde encontrarte solía. 
Mientras la infelice muere, 
diz que el viento repetía : 
¡Mal haya quien en prome- 
de hombre fía! [sas 

IV 

Muerta la llevan al soto, 
la han enterrado en la um- 
bría; 
por más tierra que la echa- 
[ban, 
la mano no se cubría: 
la mano donde un anillo 
que le dio el conde tenía. 
De noche sobre la tumba 
diz que el viento repetía: 
¡Mal haya quien en prome- 
sas 
de hombre fía! 



312 



NCES VARIOS 



ROMANCE DEL TANGO 

(De Salvador Rueda.) 

Coplas de Narciso Diaz 
está cantando la «Nena» 
con una voz que recala 
los tuétanos de tristeza, 
mientras un mozo de rumbo 
con los dedos despuntea 
formando ricos bordados 
la quejumbrosa vihuela. 
Vasijas acristaladas 
le ponen colmo a la mesa 
y frescos ramos que copian 
los senos de las botellas. 
— Canta coplas de Narciso; 
las más bonitas que sepas ; 
se pegan a la guitarra 
como si fuesen sus cuerdas. 
Y con voz de terciopelo 
que se abrió en el aire lenta, 
esta copla trinitaria 
cantó llorando la «Nena»: 
«Mi corazón dice, dice, 
que se muere, que se muere, 
y yo le digo, le digo, 
que se espere, que se espere.» 
Entró la voz en el alma 
con una angustia suprema 
y removió el sentimiento 
con su llorosa cadencia, 
y se quedó goteando 
la voz como si lloviera 
y soltase en cada nota 
un a punzada de pena. 
Hizo hablar a la guitarra 
el tocador con violencia, 
cual si por ella cruzase 
un retemblor de tragedia, 
y luego dulcificando 



fué el arranque ele soberbia, 
hasta que acabó la ira 
en un suspiro que besa 
Y tornó la cantadora 
a preludiar malagueñas 
templándose en la salida 
que hizo con larga pereza. 
«Al Cristo que hay en mi 
le referí mi dolor: [cuarto 
qué penas no le diría 
que el Cristo se extremeció». 
En esto, pasó las flores 
hulusmeando una abeja 
en torno a las campanillas 
de la azul enredadera, 
y de la «Nena» tomando 
por una ros a la oreja, 
entró, y arrancóle un grito 
que alzó un tumulto en la 
[fiesta. 
— La toman a usté por cáliz 
hasta los bichos que vuelan. 
— O por panal de miel rubia. 
— O por divina colmena: 
fueron diciendo las voces 
en galante competencia, 
tirando al aire encendido 
madrigales por docenas 
— Con esa voz de * ro puro 
cante usté otra copla, reina, 
pero antes beba esta caña 
llena de sol y de esencia. 
Colmó el vino sanluqueño 
la copa larga y estrecha 
cual si echara en un estuche 
ramalazos de candela, 
y se saturó de aroma 
como una esponja la siesta, 
ya borracha de claveles 
abiertos en las macetas. 



ROMANCE DEL TANGO 



313 



La apuró la cantadora 
cual si un topacio bebiera, 
y echó al aire su gargarita 
esta proclama de guerra: 
«De sangre y oro se viste 
nuestra española bandera; 
no hay oro para comprarla 
ni sangre para vencerla». 
Templó su voz el canario 
al oir la voz maestra, 
limpióse el pico en dos pases 
dados de izquierda a derecha, 
y desrizó una cantata 
más cristalina y más bella 
que si cayese en un vaso 
deshecho un sartal de perlas. 
— ¡Muy bien por los cantao- 
dijo la mujer risueña, [res! 
y alzóse y fuese a la jaula 
luciendo su estatua egregia. 
Sujetó un terrón de azúcar 
entre dos alambres diestra, 
y en pago del dulce mimo 
soltó el canario otra ende- 
[cha, 
como un raudal de granizos 
que en un tímpano cayeran. 
— Ya que está de pie, gracio- 
la, 
suba de un brinco a la mesa, 
y baile un tango rumboso 
que alegre el cielo y la tie- 
[rra. 
— Que baile, sí, — redoblaron 
las mujeres de la «juerga» 
promoviendo una algaraza 
de piropos a la «Nena» 
y el tocador marcó un tango 
sobre el temblor de las cuer- 
como marea de fuego [das, 



que se subió a las cabezas. 
Se rebosaron las cañas, 
hirvió el sol metido en ellas, 
se apuró la manzanilla 
que lleno el aire de esencia, 
e incitada por los locos 
compases de la vihuela 
que pedían zaragata 
remolinos y vehemencia, 
se arrancó el chai de Manila 
con más luz que una paleta, 
con más flecos que la lluvia, 
con más rosas que Valencia, 
y pasándolo arrogante 
sobre el colmo de la mesa 
que rayó en chorros de oro 
el vino de las botellas, 
mientras rondaron las copas 
en catarata soberbia, 
arrojó el mantón de flores 
como una real primavera. 
Intercaló a sus cabellos 
claveles como ascuas fieras, 
se clavó rosas ardientes 
igual que llamas que tiem- 
[blan, 
y enloquecida de fuego 
subió de un brinco a la mesa 
y al aire ondeó los brazos 
lo mismo que dos banderas. 
Dispúsose el auditorio 
a ver la danza soberbia 
y oyó dar a la guitarra 
trastornadoras cadencias, 
gritos enloquecedores, 
armonías gitanescas 
que arrebataron la sangre 
de la ardiente concurrencia 
y prorrumpió en alaridos 



314 



ROMANCES VARIOS 



como una encelada fiera. 
Trazó un remolino airoso 
sobre el tablado la «Nena», 
con un desgozne de huesos 
como si fuese una rueca, 
y semejó desliando 
la espiral cálida y bella, 
que devanando estuviese 
ovillos con las caderas. 
Se fué después elevando 
lo mismo que una culebra, 
y lióse y deslióse 
en largas series de vueltas, 
hasta romper en palmadas 
con taconar de tormenta, 
y alzóse amenazadora 
de triunfal y de soberbia. 
Tan alta subió bailando, 
que tropezó su cabeza 
con un hermoso racimo 
como un colgante de perlas, 
y el parral tembló un instan- 
te 
con sus pámpanas espléndi- 
haciendo volar avispas, [das, 
mariposas y libélulas. 
Con las yemas de los dedos 
tocando las castañuelas, 
iba y venía trazando 
molinetes y sorpresas, 
y a veces marcando un quie- 
con bizarra gentileza, [bro 
fingía clavar al aire 
dos banderillas esbeltas. 
Otras veces pregonaba, 
la mano en la boca puesta, 
un largo pregón de flores 
como una lírica estela. 
De un rudo soldado en mar- 
luego imitó la torpeza [cha 



entre un bronco taconeo 
que fingió un rumor de gue- 
[rra. 
Después remedó a un ciclista 
montado en su biciclea, 
moviendo los dos pedales 
con posturas charranescas. 
Y por último, rendida 
de pintar tipos y escenas 
entre un derroche de gracias 
y otro derroche de vueltas 
el remolino primero 
quiso trazar a la inversa, 
empezando desde arriba 
la loca devanadera. 
Describió con los dos brazos 
un gran lío de banderas 
girando en el aire rubio 
el alto busto de reina. 
Movió, después, la cintura 
al ir descendiendo lenta, 
y casi al poner gallarda 
las dos rodillas en tierra, 
imitó el canto del gallo 
y a cada cimbrar la cresta, 
fué lanzando en llamaradas 
claveles de su cabeza. 
«Qui-qui-ri-quí», rosa al aire; 
«qui-qui-ri-quí», rosa suelta; 
como si bombas de luces 
lanzara su cabellera. 
A cada «qui-qui-ri-quí» 
daba al viento una candela, 
un clavel como un chispazo 
de luz, color y belleza. 
Hasta que dio la guitarra 
golpe final a la «juerga», 
¡y entre un delirio de vivas 
se alzó triunfante la «Nena»! 



LA FLOR DEL ESPINO 



LA FLOR DEL ESPINO 

(De José María Gabriel y 
Galán.) 

I 

El padre es un tosco 
labriego fornido, 
áspero y velludo, 
gigante broncíneo. 
¡La madre, una hembra 
con hombrunos brios, 
desgarradas formas, 
groseros aliños! 
¡Y ved el misterio!... 
La niña ha nacido 
pequeñita y blanca 
como flor de espino. 
¡La teta es tan grande 
como el angelito! 
Parecen el bronce 
y el mármol unidos. 
Me da mucha pena 
que aquel hociquillo 
tan tierno, tan puro, 
tan fresco, tan rico, 
toque el pezón ^negro 
del pechazo henchido. 
Y ¡siento una lástima 
y un miedo y un fríio 
cuando el gigantesco 
labriego fornido 
coge en sus manazas 
aquel cuerpecito 
blanco como el mármol 
tierno como un lirio!... 
Como es tan pequeño, 
tan blando, tan fino, 
temo que las zarpas 
del león broncíneo 
lo hieran, lo quiebren... 



¡Me da miedo y frío! 
Y luego, ¡qué ira 
cuando le hace mimos 
con aquellos dedos 
callosos y heridos 
y cuando le pone 
con brutal cariño 
los labiazos ásperos 
sobre el hociquillo, 
que parece un fresco 
clavel con rocío!... 

II 

¡Eran aprensiones! 
Después lo he sabido. 
El pezón negruzco 
del pechazo henchido 
no mancha los labios 
de los angelitos. 
Es moreno y tosco, 
¡pero está tan tibio!... 
¡Tan tibia y tan pura 
derrama en hilillos 
la leche purísima 
del pechazo henchido! 
que ¡pobre de aquella 
sin ese venero 
de vida tan rico! 
¡Por eso aquel ángel 
lo quiere tantísimo 
que cuando se aparta 
cansado y ahito 
del pezón moreno 
rebosante y udio, 
lo mira y sonríe, 
le quiere hacer mimos. 
lo dobla y lo estruja 
con el hociquillo, 
lo coge y lo suelta 
le da golpecitos, 



316 



ROMANCES VARIOS 



y poquito a poco 
se queda dormido 
de hartura y de gusto 
junto al calorcillo! 
Ni aquellas manazas 
del padre sombrío 
lastiman al ángel... 
¡Ya lo he comprendido! 
¿Qué es lo que no torna 
suave el cariño? 
Cogerá a su hija 
como yo a mi hijo, 
que dice su madre 
cuando se lo quito 
desnudo del halda 
para hacerle mimos: 
— ¡Me da gusto verte 
levantar al niño, 
porque lo levantas 
lo mismo, lo mismo 
que los sacerdotes 
el cuerpo de Cristo! 

III 

Eran aprensiones 
¡ya lo he comprendido! 
Mas queda el enigma 
recóndito, vivo... 
El hombre es velloso, 
grosero, cetrino ; 
la madre es hombruna 
de ceños sombríos; 
la débil niñita 
¿por qué habrá nacido 
blanca como el mármol, 
tierna como el lirio? 
Pues es un misterio 
lo mismo, lo mismo 
que el que nos ofrece 
la flor del espino... 



LA PRESEA 

(De José María Gabriel y 
Galán.) 

Al señor de Salvatierra, 
don Diego Alvar de León, 
mancebo en la paz prudente 
como en guerra lidiador, 
requiere con estas letras, 
que honor de sangre dictó, 
la que es hija bien nacida 
del señor de Monleón: 
«De aquella ciudad de Baza 
que el moro ha tiempo ocupó 
asaz tristes nuevas vienen 
para el castellano honor 
que así puro siempre ha sido 
como la llama del sol. 
Cabe aquellos fuertes muros 
que en vano abatir trató 
la nuestra aguerrida hueste 
con asaltos de león, 
defiéndese la morisma 
tal como tigre feroz 
que entre las garras oprime 
la corza que* aprisionó. 
El nuestro rey don Fernan- 
[do, 
el grande, el conquistador, 
el que la cruz lleva enhiesta 
sobre el morado pendón, 
desde Medina del Campo 
para Jaén se partió 
con la nuestra amada Reina, 
la del noble corazón; 
y haciendo alarde de gente 
que al llamamiento acudió, 
allega al cerco de Baza 
gente de cuenta y valor, 



tESEA 



no es bien que aquella 
deste solar español [joya 
captiva en manos de infieles 
Castilla la pierda y Dios. 
Yo vos requiero por esta, 
don Diego Alvar de León, 
porque siéndovos tan caro 
como decís el mi amor, 
a los sus requerimientos 
esquivo no seréis vos. 
Y ya que al mi amor queréis 
que le ponga precio yo, 
decirvos he, buen mancebo, 
que vale más su valor 
que la vuestra Salvatierra 
y el mi fuerte Monleón; 
que vale un joyel que quiero 
en mis bodas lucir yo, 
hecho de piedras preciosas 
que arranque vuestro valor 
del puño del rico alfanje 
de algún árabe feroz 
de aquellos que en Baza fin- 
tean 
con mengua de nuestro ho- 
[nor. 
Esto tan sólo vos digo., 
don Diego Alvar de León: 
¡En Baza está la presea 
y en el mi castillo yo!» 
Así doña Luz, la hija 
del señor de Monleón, 
escribe y manda sus letras 
con un jinete veloz 
al señor de Salvatierra, 
que arde por ella en amor. 

II 

Por los campos castellanos, 
cargada de majestad, 



pasando va dulcemente 
la tarde primaveral ; 
una tarde tibia y pura 
que infunde al ánimo paz 
con los amables silencios 
de su dulce resbalar, 
con las tristezas que embe- 
y las tristezas que dan [ben 
los montes rubios teñidos 
en oro crepuscular. 
Allá, por aquel camino 
que viene del Endrinal 
y va las fuertes murallas 
de Monleón a rasar, 
cabalgan a media rienda 
con apostura marcial 
hasta cuarenta lanceros 
formando apretado haz, 
cuyo avanzar vigoroso 
la tierra hace trepidar. 
Al frente del haz guerrero 
cabalga firme y audaz 
el señor de Salvatierra 
sobre alterado alazán 
de rica sangre española 
tan fiera como leal, 
negras pupilas de toro 
que radian ferocidad, 
eréctil musculatura 
que treme al manotear, 
relincho de agudo timbre, 
clarín de guerra en la paz, 
crines blondas que lo ciegan, 
curvas que gracia le dan, 
casco duro, piel nerviosa 
y amplia traza escultural; 
con un alterar de fuego 
como hálito de volcán, 
con un marchar armonioso 
que encanto a los ojos da, 



318 



ROMANCES VAHÍOS 



con un galopar hermano 
del más veloz huracán. 
Cabe los muros se paran 
de la mansión señorial, 
dorada con oro viejo 
del cielo crepuscular. 
Alza don Diego los ojos, 
que avaros de luz están, 
y déjalos casi ciegos 
la luz de aquella beldad. 
Tal como imagen hermosa 
compuesta en dorado altar, 
en un ajimez dorado 
la hermosa doncella está. 

— ¡En Baza está la presea! — 
gritó la dama al galán; 

y así contestó el mancebo: 

— ¡Y en Baza mi honor está! 
Y saludando rendido 

con apostura marcial, 
al frente de sus lanceros 
partió el gentil capitán. 
Cerró el ajimez la dama 
y el sol ocultó su faz... 
y como todo oscurece 
cuando los soles se van, 
sobre el alma del guerrero 
cayó una noche ideal, 
y sobre el campo tranquilo 
cayó una noche de paz... 
¡Plegué a Dios que dos au- 
[roras 
las tornen pronto a ahuyen- 
tar! 
III 

Es sangrienta la defensa, 
sangriento el asalto es, 
que están adentro los tigres 
de ágil cuerpo y alma infiel, 
v afuera están los leones 



que asaltan con altivez; 
y adentro batirse saben, 
y afuera saben vencer; 
y a aquellos la rabia encien- 
de 
y a aquestos la intrepidez... 
¡ Hermosa ciudad de Baza : 
caro tu rescate es¡ 
Acosados una tarde 
por nuestro ejército fiel, 
salieron los defensores 
a sucumbir o a vencer 
ardiendo en rabia de locos, 
ardiendo en sangrienta sed. 
Ante los mismos reales 
se traba el combate aquel 
en que el oído ensordece, 
los turbios ojos no ven 
y la cólera es demencia, 
y es el ardor embriaguez, 
y es la sangre lava roja 
que quema hasta enloquecer 
y es un rayo cada ataque, 
y un bloque cada hombre es, 
y el herir es siempre hondo 
y es mortal siempre el caer... 
Espanto pone a los ojos 
y al alma pena cruel 
ver tantos mozos gentiles 
en tierra muertos yacer; 
tantos nobles caballeros, 
dechados de intrepidez, 
luchando tan mal heridos 
que pronto habrán de caer, 
cristianos, por Dios murien- 
[do; 
y españoles por su rey; 
caballeros por su dama; 
guerreros, por honra y prez. 
¡Morir de muerte gloriosa 




LA PRESEA 



319 



nacer en la Historia es! 
En lo recio de la lucha 
combate un moro cruel, 
que por sus ricos arreos 
y su bravura también, 
capitán el más famoso 
de los de Baza ha de ser. 
Al punto violo don Diego, 
y así se dirige a él, 
como león que de pronto 
la presa buscada ve. 
Correr el moro lo ha visto 
y entre su gente romper, 
así como si rompiera 
por bosques de frágil mies. 
Tal como los bravos toros 
que antes del duelo cruel 
de hito en hito se contem- 
[plan 
con ojos que apenas ven, 
y como nubes preñadas 
de rayos chocan después, 
así los dos capitanes 
viniéronse a acometer, 
astillas hechas dejando 
las lanzas bajo sus pies 
y mal por don Diego herido 
del bravo moro el corcel. 
Alfanje y espada vibran 
sobre crujidos de arnés, 
truenos estos de la nube 
y aquellos rayo cruel, 
combate don Diego herido 
y herido el moro también, 
y éste no quiere rendirse, 
y aquel no sabe ceder, 
y muertos ya los caballos, 
prosigue la lucha a pie. 
De pronto el bravo don Die- 
[go. 



cual si su mente al caer 
alguna amante memoria 
doblara su intrepidez, 
así como un torbellino 
de incontrastable poder, 
cayó sobre el bravo moro, 
que herido rodó a sus pies 
gimiendo: — ¡Noble cristiano! 
¡Sólo es vencer tu vencer! 
¡Toma el alfanje de un hom- 
vencido sólo una vez! [bre 

IV 

Sobre las torres de Baza 
que alumbra radiante el sol, 
tremola al beso del viento 
nuestro morado pendón. 

En un salón del castillo 
donde el rey lo aposentó, 
cabe el rey está expirando 
don Diego Alvar de León 
de las sangrientas heridas 
que en el combate ganó. 

El rey ha escrito una carta 
que don Diego le dictó, 
y con estas sus palabras 
entrégala a un servidor: 

tA los lanceros que trajo 
don Diego Alvar de León 
dais este alfanje, que todcs 
custodiarán con amor., 
y estas letras, y que cumplan 
lo que en ellas se ordenó.» 

Y una tarde, una doliente 
tarde de invierno, sin sol, 
oscura como el que llevan 
de luto enhiesto pendón, 
aquellos veinte lanceros 
que de Baza el rey mandó 



320 



ROMANCES VARIOS 



llegando van al famoso 
castillo de Monleón. 
Desde un ajimez al verlos 
la dama que lo cerró 
la tarde aquella de mayo 
que tuvo radiante sol, 
al interior del castillo 
llorando se retiró, 
y al poco rato, enlutada, 
del castillo en un salón, 
una joya y estas letras 
de sus manos recogió: 
«A doña Luz de Mendoza, 
el mí más amable amor, 
desde el castillo de Baza, 
que ya la cruz coronó, 
por la misma mano escrita 
de nuestro rey y señor 
esta carta vos envía 
don Diego Alvar de León, 
que en duro trance de muer- 
decirvos pretende adiós, [te 

Con estas letras, señora, 
lleva un leal servidor 
la venturosa prese a 
que hubiese prendido yo 
sobre el vuestro noble pecho 
del lado del corazón, 
para que vieran mis ojos 
sobre tal cielo tal sol. 
Dios y el vuestro amor, se- 
[ñora, 
hanme dado el grande honor 
de que mi vida al tablero 
por El pusiera y por vos; 
y fuera yo mal nacido 
y mal caballero yo 
si desta merced no fuese 
rendido conocedor. 

Mi feudo de Salvatierra 



queda, doña Luz, por vos, 
que así a nuestro rey plació- 
cuando dispúselo yo; [le 
y ya que a Dios no pluguie- 
la nuestra feliz unión [ra 
luzcan en la misma piedra 
por siempre, juntos los dos 
el vuestro blasón honrado 
y el mi preciado blasón. 
No derraméis de los ojos 
llanto que no empuje amor, 
porque si sólo lo empuja 
tristeza del corazón 
que en el honor no repara 
del que por este finó, 
fuera un llorar muy mengua- 
que lastimase el honor, [do 

Maguer la memoria mía 
rompa el vuestro corazón, 
así verteréis el llanto 
que vos arranque el dolor 
como yo vierto mi sangre, 
sin plañir lamentación, 
porque firmeza y no cuitas 
nos piden Dios y el amor. 
¡Adiós, y guardad el mío 
donde el vuestro llevo yo, 
que así os lo pide expirando 
don Diego Alvar de León!» 

Desta manera muy triste 
la hermosa dama leyó 
ante los veinte lanceros, 
ante su padre y señor. 
Prendióse el joyel precioso 
del lado del corazón, 
guardó en el seno la carta 
y así diciendo acabó: 
— ¡Lanceros de Salvatierra! 
Esta noche en Monleón, 
y a Salvatierra conmigo 



HASTA MAS ALLÁ DE LA MUERTE 



321 



mañana, al salir el sol. 
Al salir el sol mañana 
vos dejo, buen padre, a vos. 
Labrad pronto, cabe el nues- 
tro, 
de Salvatierra el blasón. 
Eso vos manda, leales, 
y esto vos ruega, señor, 
la viuda del valiente 
don Diego Alvar de León! 



HASTA MAS ALLÁ DE LA MUERTE 

(De Marcos Rafael Blanco 
Belmonte.) 



i _™ 

[lias, 
hay estrellas que son almas, 
y almas de luz y de aroma 
que iluminan y embalsaman. 
Pero las flores se mustian 
y las estrellas se apagan, 
y el barro vuelve a la tierra 
y eterna sólo es el alma. 

Reprimiendo los sollozos, 
Castilla teje plegarias, 
y al parigual de Castilla 
todo el solar de la raza; 
y más allá de los mares, 
bajo el pendón de la patria, 
sobre la cuna de un mundo 
que ya por la Cruz se ampa- 
ra, 
hay capitanes muy recios 
y gente muy veterana 
con rostro de pesadumbre 
y disimulo de lágrimas. 

Todo el pueblo de Medina 

Íse apelotona en la plaza. 



y es el silencio fragancia 
de amores y gratitudes 
que con la angustia se exal- 
Agoniza la gran reina [tan. 
y es gran dolor no salvarla; 
se está muriendo la Madre 
— vaso de virtud magnáni- 
[ma — 
que, por Dios y por Castilla, 
labró la gloria de España. 
Lleno de mortal congoja 
tiene Medina su Alcázar. 

Los bravos arcabuceros 
que aseguran las entradas, 
los pajes que el zaguán cru- 
[zan, 
los magnates y las damas, 
que como sombras dolientes 
recorren las antecámaras, 
todos parecen de piedra, 
todos semejan estatuas, 
que en bloques de patriotis- 
el dolor a golpes labra, [mo 

Como una flor que se mus- 
[tia, 
como un astro que se apaga... 
mostrando el rostro de nieve 
ceñido con toca blanca, 
bajo el pabellón de seda 
que al blanco lecho resguar- 
yace Isabel de Castilla [da> 
y da consuelo mirarla: 
ni quejumbres ni suspiros 
el sufrimiento le arranca, 
todo flaqueza es el cuerpo, 
todo reciedumbre el alma, 
y el alma sabe que llega 
tras la noche la alborada. 

Mudo está el rey don Fer- 
[nando ; 

I l 



322 



ROMANCES VAHÍOS 



mudos, en la regia estancia : 
vense al cardenal Cisneros 
y varones de prosapia: 
Deza, Velázquez Fonseca. 
y el secretario Carraga. 

Con luz de cielo en los ojos 
y ternura en las palabras 
va dictando la gran reina 
su voluntad soberana: 
— Con hábito franciscano 
que pido para mortaja 
lleven mi cuerpo a la tierra 
y allí tiendan losa llana; 
y allí donde el rey mi esposo 
tenga su postrer morada 
pongan juntos nuestros cuer- 
[pos, 
que bien es que juntos yaz- 
[gan. 
Háganme exequias sencillas 
sin muchos lutos ni hachas, 
y apliqúense dos millones 
para socorro de lástimas. 
Suprímanse los oficios, 
que sobran en la real casa, 
revóquense las mercedes 
mal hechas y mal usadas; 
ni agora ni en ningún tiem- 
[po 
sufran merma y desmem- 
[branza 
los reinos y los dominios 
que juntos forman a Espa- 
[ña, 
que Gibraltar siempre sea 
fortaleza de la patria; 
que oficios y beneficios 
a extranjeros nunca vayan; 



que los reinos se gobiernen 
por las leyes castellanas; 
que el rey mi señor disponga 
como más mejor le plazca 
de la mitad de mis bienes 
y de todas mis alhajas... 

Por besar el crucifijo 
hace Isabel una pausa. 
Luego añade sonriendo 
con la voz algo quebrada: 
— Si nos moviesen a guerra, 
fuera ventura muy alta 
llevar la Cruz redentora 
a las tierras africanas. 
Y ruego, mando y ordeno 
que en nuestras Indias ama- 
[das 
los agravios se remedien, 
se castigue a los que agra- 
cian 
y tengan aquellos subditos 
trato igual que los de Espa- 
[ña... 

Y dando el cuerpo a la tie- 
[rra, 
y entregando a Dios el alma, 
finó la mujer sublime 
de virtudes tan preclaras 
que vivió cual santa reina 
y murió cual reina santa. 

¡Cúmplase su testamento., 
lo mal hecho se desfaga! 
¡Y que. ni agora ni nunca 
sufran merma o desmem- 
[branza 
los reinos y los dominios 
que juntos forman a España! 



LA SOMBRA ÜE LAS MANOS 



323 



LA SOMBRA DE LAS MANOS 

(De Francisco Villaespesa.) 

¡ Oh, enfermas manos du- 
[cales, 
olorosas manos blancas!... 

¡Qué pena me da miraros, 
inmóviles y enlazadas 
entre los mustios jazmines 
que cubren la negra caja! 

¡Mano de marfil antiguo, 
mano de ensueño y nostal- 
gia, 
hecha con rayos de luna 
y palideces de nácar!... 

¡Vuelve a suspirar amores 
en las teclas olvidadas!... 

¡Oh, piadosa mano místi- 
[ca!... 
¡Fuiste bálsamo en la llaga 
de los leprosos; peinaste 
las guedejas desgreñadas 
de los pálidos poetas; 
acariciaste la barba 
florida de los apóstoles 
y los viejos patriarcas; 
y en las fiestas de la carne, 
como una azucena pálida, 
quedaste en brazos de un be- 
de placer extenuada!... [so 

¡Oh manos arrepentidas!... 
¡Oh manos atormentadas!... 

¡En vosotras han ardido 
los carbones de la Gracia! 
¡En vuestros dedos de nieve 
soñó amores la esmeralda; 
fulguraron los diamantes 
como temblorosas lágrimas 
y entreabrieron los rubíes 
sus pupilas escarlata! 



Junto al tálamo florido 
de la noche epitalámica 
temblorosas desatasteis 
de una virgen las sandalias. 
¡Encendisteis en el templo 
los incensarios de plata; 
y al pie del altar, inmóviles, 
os elevasteis cruzadas, 
como un manojo de lirios ' 
que rezase una plagaria! 
¡Oh, mano exangüe, dor- 
[mida 
entre flores funerarias!... 

¡Los ricos trajes de seda, 
esperando tu llegada, 
envejecen en las sombras 
de la alcoba solitaria!... 
¡En la argéntea rueca, 
[donde 
áureos ensueños hilabas, 
hoy melancólicas tejen 
sus tristezas las arañas! 

Abierto te espera el clave, 
y sus teclas empolvadas 
aun de tus pálidos dedos 
las blancas señales guardan. 
En el jardín, las palomas 
están tristes y calladas, 
con la cabeza escondida 
bajo el candor de sus alas. 

Sobre la tumba el poeta 
inclina la frente pálida, 
y sus pupilas vidriosas 
en el fondo de la caja 
aun abiertas permanecen, 
esperando tu llegada. 

¡Blancas sombras, blancas 

[sombras 

de aquellas manos tan blan- 

[cas, 



324 



ROMANCES VARIOS 



que en las sendas florecidas 
de mi juventud lozana 
deshojaron la impoluta 
margarita de mi alma... 
¿Por qué oprimís en la no- 
[che 
como un dogal mi garganta? 
¡Blancas manos!... Azuce- 
[nas 
por mis manos deshojadas... 
¿Por qué vuestras finas uñas 
en mi corazón se clavan? 

¡Oh. enfermas manos du- 
[cales, 
olorosas manos blancas!... 

¡Qué pena me da miraros 
inmóviles y enlazadas 
entre los mustios jazmines 
que cubren la negra caja! 



que cuando la oye el oído 
ya no la ve l a mirada. 

Bajo los cascos del potro, 
de Bibarrambla en la plaza, 
lanzando chispas de fuego 
las piedras rotas saltaban. 
— ¿A qué vienes, Aliatar? — 
el rey, colérico, exclama. 
— ¡Vengo a salvar con tu 
[muerte, 
la vida de la sultana! 

Y desenvainando el corvo 
hierro de su cimatarra, 

de un tajo le segó el cuello 
al rey moro de Granada. 

Y la cabeza del rey 

en la punta de una lanza 
goteaba sangre, a la aurora, 
en las torres de la Alhambra. 



ROMANCE MORISCO 

(De Francisco Villaespesa.) 

Una horca están poniendo, 
en las torres de la Alhambra 
para colgar, en la aurora, 
a Moraima, la sultana. 

En un potro jerezano, 
armado de todas armas, 
por el camino de Atarfe 
el bravo Aliatar cabalga. 

Ante sus ojos, cual nubes 
álamos y olivos pasan, 
y es tan densa y tan oscura 
la polvareda que alza, 
que las gentes del camino 
no logran verle la cara. 

Cruzando va Puerta Elvi-! 
[ra,| 
y es su carrera tan rápida, 



i 



CAMPOS DE MEDINACÉLI... 

(De Enrique de Mesa.) 

Campos de Medinaceli, 
ruta de la heroica gesta, 
terrón duro, blasonado 
por el casco de Babieca; 
donde en la llana albariza, 
muelles labranzas rojean 
y con barbas de pajones 
se enrubian las rastrojeras. 
De las aradas y eriazos 
se alzan parduscas terreras, 
en los añojales crecen 
matojos entre las piedras. 
Bajo la parda anguarina 
transflorando el alma seca, 
cruzan pastores ceñudos 
tras esmirriadas ovejas. 
Van trajinantes y arrieros 



DILIGENCIA DE CARMONA 



;ras de sus cansinas bestias, 
caminando, embrutecidos 
con el vino de las ventas. 
Ni un cantar. Sólo se escu- 
en lejanas tolvaneras, [chan, 
los sonidos graves, lentos 
de las zumbas de las recuas. 
¡Pobre terruñero, «exido» 
de tu chozo y de tu hacien- 
da! 
¿Dónde tu clara mañana? 
¿Cuya la «gentil Castiella»? 
Ya tu pecho no trasvina 
caldo de la antigua cepa; 
hoy tan sólo hieles mana, 
podredumbres y miseria. 
¿Tendrás el corazón pardo 
como tu capa de yesca 
y el alma gris, sin verdores, 
como tu llanura muerta? 
Viejo Cid, ¿acaso nunca 
resurgirás de la huesa, 
a un empujón de tus hom- 
[bros 
despelmazando la tierra? 
Mira del tosco villano 
las cortesanas zalemas, 
al señor, sin señorío, 
y alcorzada la realeza. 
Blande tu lanza buida, 
de polvo y sangre orinienta ; 
húndela en los pobres cucr- 
amarillos de miseria. [pos 
Sangre de la sangre ardida 
con que empapaste las glc- 
[bas 
suba a los nuevos racimos 
desde tu cárcava vieja. 
Que a un rojo sol de justicia 
los verdes frutos enveran. 



y ha de fermentar su mosto 
dentro de las odres nuevas... 
En el camino, señero, 
por la llana polvorienta, 
mi corazón castellano 
ama, duda, sufre y sueña. 



DILIGENCIA DE CARMONA 

(De Fernando Villalón.) 

I 

Diligencia de Carmona, 
la que por la vega pasas 
caminito de Sevilla 
con siete muías castañas, 
cruza pronto los palmares, 
no hagas alto en las posadas, 
mira que tus huellas huellan 
siete ladrones de fama. 
Diligencia de Carmona, 
la de las muías castañas. 

II 

Remolino en el camino 
siete bandoleros bajan 
de los Alcores del Viso 
con sus hembras en las an- 
teas. 
Catites, rojos pañuelos, 
patillas de boca de hacha. 
Ellas, navaja en la liga; 
ellos, la faca en la faja; 
ellas, la Arabia en los ojos; 
ellos, el alma a la espalda. 
Por los Alcores del Viso 
siete bandoleros bajan. 

III 

Siete caballos caretos, 
siete retacos de plata, 



326 



ROMANCES VAHÍOS 



siete chupas de caireles 
siete mantas jerezanas. 
Siete pensamientos puestos 
en siete locuras blancas. 
Tragabuches, Juan Repiso, 
Satanás y Mala-Facha, 
José Claudio y el Cencerro 
y el capitán, Luis de Vargas, 
de aquellos más naturales 
de la Vega de Granada. 
Siete caballos caretos 
los Siete Niños llevaban. 

IV 
— Echa vino, montañés, 
que lo paga Luis de Vargas, 
el que a los pobres socorre 
y a los ricos avasalla. 
Ve y dile a los milicianos 
que la posta está robada 
y vamos con nuestras novias 
hacia Ecija la llana. 
Echa vino, montañés, 
que lo paga Luis de Vargas. 

ROMANCE DEL MARQUESITO BUR- 
LADOR 

(De Emilio Carrere.) 

Marquesito, marquesito, 
galán marqués de Perales, 
el que se iba de aventuras 
con las manólas de plante. 
¡Marquesito burlador, 
no encontrarás quien te sal- 
[ve! 
Por las calles de la villa „ 
mañana dirá el romance: 
«Por la honra de una mano- 
Ha. 



en la procesión del Carmen 
mataron al marquesito... 
¡cómo lloraba su madre!» 
Espuma de barrios bajos 
fué el marquesito galante; 
del Avapiés al Barquillo 
iba sembrando pesares. 
Llevaba el traje de majo 
con muy garboso donaire, 
la redecilla de seda 
y la chorrera de encajes. 
Marqués enamorador, 
famoso por tus desplantes, 
al viento la capa roja 
y la apostura arrogante, 
¡malhaya el majo marqués!, 
mañana dirá el romance 
por las plazas de la villa: 
«En la procesión del Carmen 
mataron al marquesito... 
¡cómo lloraba su madre!» 
Del Barquillo al Avapiés 
siembras tus deslealtades, 
y el rencor de cada maja 
perdida que abandonaste 
adorna tu vanidad 
de aventurero arrogante. 
Era la «Zaina» una maja 
emperatriz del donaire; 
por burlar a esta manóla 
murió el marqués de Perales 
Ya por las calles y plazuelas 
los ciegos cantan el lance; 
cerrado está su palacio; 
de luto, sus familiares; 
fué la venganza del pueblo 
la que escribió este roman- 
cee: 
«Por la honra de una mano- 
Cía, 



PASTORAL 



327 



en la procesión del Carmen, 
mataron al marquesito. . . 
¡cómo lloraba su madre!» 

PASTORAL 

(De Juan Ramón Jiménez ) 

Ya están ahí las carretas... 
— Lo han dicho el pinar y el 
[viento, 
lo ha dicho la luna de oro, 
lo han dicho el humo y el 
[eco... — 
Son las carretas que pasan 
estas tardes, al sol puesto; 
las carretas que se llevan 
del monte los troncos muer- 
dos. 
¡Cómo lloran las carretas, 
camino de Pueblo Nuevo! 

Los bueyes vienen soñan- 
a la luz de los luceros, [do, 
en el establo caliente, 
que sabe a madre y a heno. 

Y detrás de las carretas, 
caminan los carreteros, 

con la aijada sobre el hom- 
y los ojos en el cielo, [bro 
¡Cómo lloran las carretas, 
camino de Pueblo Nuevo! 

En la paz del campo van 
dejando los troncos muertos 
un olor fresco y honrado 
a corazón descubierto. 

Y cae el «Ángelus» desde 
la torre del pueblo viejo, 
sobre los campos talados, 
que huelen a cementerio. 
¡Cómo lloran las carretas, 
onmlno de Pueblo Nuevo! 



LOS OJOS DEL HUERFANITO 

(De Marciano Zurita.) 

Más que sus pálidas car- 
ateridas por el frío, [nes, 
me causan honda amargura 
los ojos del huerfanito. 

Son unos ojos azules 
luminosos y tranquilos, 
con inquietud de luceros 
y solemnidad de cirios; 
ojos llenos de sonrisas 
y llenos de regocijo, 
como hechos para las cum- 
[bres 
y no para los abismos; 
para ser aurora, no 
crepúsculos vespertinos. 

Menos los ojos, todo es 
muy triste en el pobre niño, 
tristes son las manos blan- 
[cas, 
sus blancas manos de lino, 
que no acariciaron nunca 
con sus rosados deditos 
el misterio de un juguete 
ni las páginas de un libro; 
tristes sus labios, que nunca 
gustaron agradecidos, 
ni besos como los hombres 
ni dulces como los niños; 
y su frente, donde nadie 
puso ternuras y mimos 
y su corazón, que dentro 
de su pecho es como un nido 
donde jamás gorjeara 
el ruiseñor del cariño. 

•¿Por qué, pues si todo es 
[triste 
en el pobre huerfanito. 



328 



ROMANCES VARIOS 



sus grandes ojos azules 
luminosos y tranquilos 
están llenos de sonrisas 
y llenos de regocijo? 

¡Ay, cuánta pena me cau- 
[san 
los ojos del huerfanito! 

ROMANCE DEL DUERO 

(De Gerardo Diego.) 

Río Duero, río Duero, 
nadie a acompañarte baja; 
nadie se detiene a oír 
tu eterna estrofa de agua. 

Indiferente o cobarde, 
la ciudad vuelve la espalda. 
No quiere ver en tu espejo 
su muralla desdentada. 

Tú, viejo Duero, sonríes 
entre tus barbas de plata, 
moliendo con tus romances 
las cosechas mal logradas. 

Y entre los santos de pie- 

[dra 

y los álamos de magia 

pasas llevando en tus ondas 

palabras de amor, palabras. 

Quien pudiera., como tú, 
a la vez quieto y en marcha, 
cantar siempre el mismo ver- 
pero con distinta agua, [so, 

Río Duero, río Duero, 
nadie a estar contigo baja, 
ya nadie quiere atender 
tu eterna estrofa olvidada, 

sino los enamorados 
que preguntan por sus almas 
y siembran, en tus espumas 
palabras de amor, palabras. 



HOY ES DOMINGO DE PASCUA 

(Huberto Pérez de la Osa.) 

Hoy es domingo de Pascua 
y yo no tengo un amor. 
Apoyado en cada esquina 
se quedó un rayo de sol, 
un galán en cada puerta 
y una palma en cada balcón. 
Este domingo de Pascua, 
¿adonde iré solo yo, 
si hasta la calleja estrecha 
llega la Resurrección? 

El tenderete de flores 
hoy tiene carga mayor, 
y hay una vara de nardos 
para ir en anunciación 
con la palabra de nupcias 
y un arcángel en la voz. 
¿Si yo comprase los nardos? 
Pero no... 

que no hay oídos de doncella 
para escuchar el temblor 
con que se agita mi sangre 
en esta Resurrección. 
— Esperaré en una esquina 
bajo algún rayo de sol. 
Van las doncellas a misa; 
alguna no tendrá amor 
y querrá que yo la engañe 
ror engañar su ilusión. 
Yo le compraré los nardos 
y me temblará la voz 
cuando le diga la eterna 
frase de declaración. 

Hoy es domingo de Pas- 
tocan a misa mayor, [cua. 
y se h a muerto el hombre 

viejo 
dentro de mi corazón. 



I 






ROMANCES DEL HIJO 



329 



v 



ROMANCES DEL HIJO 

(De José María Pemán.) 

I 

¡Yo he puesto mi eterni- 
[dad 
en un capullo tan tierno, 
que parece que se fuera, 
con sólo verlo, a tronchar! 
En una vida tan frágil 
entera mi vida está. 
Ya la fuente brava y turbia 
de mi vida no se pierde 
por las breñas al saltar. 
Ya la recogió, entre flores, 
un arroyo de cristal. 
Ya se la lleva cantando 
no sé qué canción de paz. 
¡Hijo de mi alma y de mi 
[carne! 
¡Vida nueva, arroyo claro, 
capullo de mi rosal! 
Toma en tus días que llegan 
estos días que se van. 
Unidas mis aguas turbias 
a las tuyas de cristal, 
vamos, como al mar los ríos, 
los dos a una eternidad. 
Yo. el fuerte y ei orgulloso, 
no sé a solas caminar. 
Se viene encima la noche, 
se me acaban los caminos 
y las fuerzas se me van. 
¡Ven, rama nueva y florida, 
que se me acaba la senda 
y yo los quiero alargar 
apoyando mi cansancio 
sobre tu fragilidad! 
Ven. vida nueva, tesoro 
e sol, de luz, de ideal... 



Dame un poco de esas cosas 
que yo perdí por la senda 
a fuerza de derrochar. 
Volveré por ti a ser rico 
cuando estaba pobre ya. 
¡Vida nueva! ¡Arroyo claro! 
¡Capullo de mi rosal! 
Sin ti, que eres todo mío, 
¿qué dejaré yo detrás? 
Yo soy aquel que soñaba 
eternizarse y triunfar, 
con no sé qué pobres cosas, 
henchidas de vanidad: 
versos, palabras, rumores, 
olas que vienen y van... 
¡Y ahora tengo en un capu- 
cifrada mi eternidad! [lio 



II 



Un hijo es como una es- 
trella 
a los lejos del camino: 
una palabra muy breve 
que tiene un eco infinito. 
Un hijo es una pregunta 
que le hacemos al destino. 
Hijo mío, brote nuevo, 
en mi tronco florecido, 
si no sé lo que será 
de ti cuando me haya ido; 
si no es mío tu mañana, 
¿por qué te llamo hijo mío? 
El tiempo, como un ladrón, 
quiere robarme a mi hijo 
y llevárselo muy lejos, 
hacia un mañana indeciso, 
donde no pueda abrigarle 
con el sol de mi cariño. 
¡Es mío!, le grito al Tiempo, 



330 



ROMANCES VAHÍOS 



y el Tiempo responde: — ¡Es 
[mío! 
Y así me lo va llevando 
poco a poco de mí mismo, 
igual que a una rama el vien- 
do, 
igual que a una flor el río. 
¡Mano cerrada y cruel 
del porvenir indeciso; 
abre un poco, que yo vea 
lo que traes a mi hijo! 
El es en mi vida toda 
lo que tengo por más mío, 
¡y no puedo ni quitarle 
una piedra en su camino! 
¡Que vana cosa es el hom- 
[bre! 
¡Que vano es su poderío! 
A eso que es toda su vida 
y que es todo su cariño, 
¿por qué con tan loco orgu- 
llo 
le llama el hombre hijo mío? 
¿Acaso es suyo el mañana? 
¿Acaso es suyo el destino? 

ALFONSO XII 

(De Agustín de Foxá.) 

Alfonso Doce venía 
pálido de altos jacintos, 
patilla, aleluya y toros 
entre alabardas y cirios. 
Madrid de churros y alcobas 
lo espera moderno y limpio; 
plazas untadas dé asfalto 
y estatuas con gorro frigio. 
Alfonso Doce venía 
entre damascos y obispos, 
faroles, reló, tapices 



y generales mullidos. 
Miraban calles del Corpus 
sillones isabelinos. 
Araña de verdes velas, 
disuelta en vaso de vino. 
Con plebeyez de tortilla, 
olor de pescado frito, 
faroles de gas borrachos 
y el Manzanares podrido. 
El rey venía tosiendo, 
tuberculoso, amarillo, 
a muerto oliendo sus manos 
y a naftalina el vestido. 
«Madrid, Madrid de mi alma, 
¿por qué arrojaste a los 
[míos?» 
«¿Donde vas Alfonso Doce?» 
cantan en rueda los niños. 
«En un Escorial de rocas 
tengo una alcoba de cirios.» 

Alfonso Doce venía, 
pálido de altos jacintos, 
buscando combas y diábolos 
fantasma sobre el Retiro... 

LATITUDES 

(De Agustín de Foxá.) 

Muchacha rubia que das 
candorosamente un beso, 
como vuela la gaviota, 
como da el sol en tus puer- 
[tos. 
Nos iremos a Estocolmo 
en el mes de los cangrejos. 
Tu mirada azul tranquila 
bajo el oro de tu pelo. 
En tu blusa marinera 
pega alegremente el viento. 
Mi malicia de latino 



l.A CASADA INFIEL 



331 






ve la forma de tus senos. 
Tú no sabes, en el Sur, 
lo importante que es un be- 
[so, 
lo importante de una boca 
que nos llena de sonetos. 
El Palacio Real reluce 
con la luz del Archipiélago. 
¡Oh pureza de un verano 
tan mojado de deshielo! 
Te desnudas en las rocas, 
y se ve tu muslo terso 
cuando vas en bicicleta 
junto al prado con abetos. 
Retratando tu hermosura, 
que es gimnasia, espuma y 
[viento, 
ven mis ojos de latino 
el pecado de tu cuerpo. 
En el Norte es la alegría. 
En el Sur lloran los celos. 
En tu beso es la gaviota. 
La guitarra en nuestro beso. 
En tu beso está la calma, 
sana y simple como un vue- 
[lo; 
pero el beso de Beatriz 
hizo un cielo y un infierno. 

LA CASADA INFIEL 

(De Federico García horca.) 

Y que yo me la llevé al río 
creyendo que era mozuela, 
pero tenía marido. 
Fué la noche de Santiago, 
y casi por compromiso. 
Se apagaron los faroles 
y se encendieron los grillos. 
En las últimas esquinas 



toqué sus pechos dormidos, 
y se me abrieron de pronto 
como ramos de jacintos. 
El almidón de su enagua 
me sonaba en el oído, 
como una pieza de seda 
rasgada por diez cuchillos. 
Sin luz de plata en sus copas 
los árboles han crecido 
y un horizonte de perros 
ladra muy lejos del río. 
Pasadas las zarzamoras, 
los juncos y los espinos, 
bajo su mata de pelo 
hice un hoyo sobre el limo. 
Yo me quité la corbata. 
Ella se quitó el vestido. 
Yo el cinturón con revólver. 
Ella sus cuatro corpinos. 
Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino, 
ni los cristales con luna 
relumbran con ese brillo. 
Sus muslos se me escapaban 
como peces sorprendidos, 
la mitad llenos de lumbre, 
la mitad llenos de frío. 
Aquella noche corrí 
el mejor de los caminos, 
montado en potra de nácar, 
sin bridas y sin estribos. 
No quiero decir, por hombre, 
las cosas que ella me dijo. 
La luz del entendimiento 
me hace ser muy comedido. 
Sucia de besos y arena 
yo me la llevé del río. 
Con el aire se batían 
las espadas de los lirios. 
Me porté como quien soy. 



332 



ROMANX'ES VARIOS 



Como un gitano legítimo. 
La regalé un costurero 
grande, de raso pajizo, 
y no quise enamorarme, 
porque teniendo marido 
me dijo que era mozuela 
cuando la llevaba al río. 



ROMANCE DE LA LUNA, LUNA 

(De Federico García horca.) 

La luna vino a la fragua 
con su polisón de nardos. 
El niño la mira, mira. 
El niño la está mirando. 
En el aire conmovido 
mueve la luna sus brazos, 
y enseña, lúbrica y pura, 
sus senos de duro estaño. 
Huye, luna, luna, luna. 
Si vinieran los gitanos, 
harían con tu corazón 
collares y anillos blancos. 
Niño, déjame que baile. 
Cuando vengan los gitanos, 
te encontrarán sobre el yun- 
[que 
con los ojillos cerrados. 
Huye, luna, luna, luna, 
que ya siento sus caballos. 
Niño, déjame, no pises 
mi blancor almidonado. 
El jinete se acercaba 
tocando el tambor del llano. 
Dentro de la fragua el niño 
tiene los ojos cerrados. 
Por el olivar venían, 
bronce y sueño, los gitanos, 
las cabezas levantadas 



y los ojos entornados. 
Cómo canta la zumaya, 
¡ay, cómo canta en el árbol! 
Por el cielo va la luna 
con un niño de la mano. 
Dentro de la fragua lloran, 
dando gritos, los gitanos. 
El aire la vela, vela. 
El aire la está velando. 

ALBA 

(De Federico García Lorca.j 

Mi corazón oprimido 
siente junto a la alborada 
el dolor de sus amores 
y el sueño de las distancias. 
La luz de la aurora lleva 
semilleros de nostalgias 
y la tristeza sin ojos 
de la médula del alma. 
La gran tumba de la noche 
su negro velo levanta 
para ocultar con el día 
la inmensa cumbre estrella- 
ba. 
¡Que haré yo sobre estos 
[campos 
cogiendo nidos y ramas 
rodeado de la aurora 
y llena de noche el alma! 
¡Que haré si tienes tus ojos 
muertos a las luces claras 
y no ha de sentir mi carne 
el calor de tus miradas! 
¿Por qué te perdí por siem- 
[pre 
en aquella tarde clara? 
Hoy mi pecho está reseco 
como una estrella apagada. 







ROMANCE DEL COMUNERO 



333 



ROMANCE DE LA REYERTA 

(De Federico García horca ) 

En la mitad del barranco 
las navajas de Albacete, 
bellas de sangre contraria, 
relucen como los peces. 
Una dura luz de naipe 
recorta en el agrio verde 
caballos enfurecidos 
y perfiles de jinetes. 
En la copa de un olivo 
lloran dos viejas mujeres. 
El toro de la reyerta 
se sube por las paredes. 
Angeles negros traían 
pañuelos y agua de nieve. 
Angeles con grandes alas 
de navajas de Albacete. 
Juan Antonio el de Montilla 
rueda muerto la pendiente, 
su cuerpo lleno de lirios 
y una granada en las sienes. 
Ahora monta cruz de fuego 
carretera de la muerte. 
* * * 

El juez, con guardia civil. 
por los olivares viene. 
Sangre resbalada gime 
muda canción de serpiente. 
Señores guardias civiles: 
aquí pasó lo de siempre. 
Han muerto cuatro romanos 
y cinco cartagineses. 



La tarde loca de higueras 
y de rumores calientes 
cae desmayada en los muslos 
heridos de los jinetes. 



y ángeles negros volaban 
por el aire de poniente. 
Angeles de largas trenzas 
y corazones de aceite. 

ROMANCE DEL COMUNERO 

(De Federico de Mendizá- 
bal.) 

Al viento heroico se yer- 
[gue 
por aquel viento revuelta, 
bajo la luz de Castilla, 
la corta y joven melena, 
que, de Juan Bravo, corona 
gallarda y alta cabeza, 
donde los ojos de fuego, 
de frente a frente contení 
[plan. 

Para el combate le cubre 
media armadura de guerra, 
de viva forja española 
que a España darse va en 
[prenda, 

Por correajes y hebillas 
las botas de ante, sujetas; 
y al pie se ciñen limados 
los arandeles de espuelas. 

De arriaz de brazos, la es- 
Tpada 
en guarnición ancha y fé- 
[rrea. 
suspende al cinto, apoyando 
al pomo la mano izquierda, 
mientras con gesto de reto 
levanta altiva su diestra 
para Segovia y Castilla 
la brava y fuerte bandera, 
de tafetán terso y grana 
con fleco y borlan rio seda 



334 



KOMANCES VARIOS 



y los cordones trenzados, 
para abrazar su lancera. 

Del del Clavijo la imagen 
bordada en oro, va en ella 
y «Santiago y Libertad» 
sobre su lienzo, por lema. 

Y sostenido en tenantes 
un escudo en que campea, 
junto al blasón de Castilla, 
la roja cruz comunera. 

¿Adonde va del hidalgo 
la potestad noble y recia? 
¿Quién habrá herido al colo- 
[so 
para que heroico revuelva, 
como caudillo, su espada; 
como español, su grandeza; 
como ultrajado, su orgullo; 
como león, su melena?... 

¡ Traidor al rey, dicen unos 
y miente aleve su lengua, 
que al rey acata Juan Bravo, 
mas no a la chusma extranje- 
ra! 

La libertad castellana 
pisada y mísera rueda 
por el osado pillaje 
de aquellas gentes flamen- 
Ceas; 
y lucen mitras hispanas 
en las adrianas cabezas; 
los Concejos de Castilla 
están viniéndose a tierra. 

En torno al rey los pode- 

[res 

de intrusos mandos gobier- 

[nan 

y hasta el rey Carlos de Gan- 

[te 

no se ve ni en la moneda, 



que rapaces y sedientos 
la plata y oro se llevan 
y los ducados «de dos» 
no dan ruido en la escarcela. 

Ya Castilla lo ha juzgado 
y su honor lo juzgó afrenta. 
¡ Y fué Castilla en sus juicios 
tan audaz como certera! 

Por eso en armas levanta 
ley por ley, su ley de heren- 
[cia; 
para el rey, acatamiento; 
para el tirano, la guerra. 

¡Villalar!... Allí chocaron 
contra don Carlos sus quejas 
en relámpagos de espadas 
y entre rayos de tormenta. 

Se atascó su artillería 
de lluvia y barro en las cuen- 
[cas 
y entregaron los hidalgos 
al verdugo sus cabezas. 

Cuando al borde del supli- 
al cadalso los acercan [ció 
y la voz del pregonero 
de traidores los moteja, 

— ¡ Mi entes ! — grítale Juan 

[Bravo—. 

¡ Mientes tú y el que te orde- 

[na 

llamar traidor al que muere 

de su raza en la defensa! 

Y respóndele Padilla: 
— Tened, Juan Bravo, la len- 
[gua; 
si ayer día fué tan sólo 
de luchar en la pelea 
como cumple a caballeros, 
hoy el día tan bien llega 
de morir como cristianos., 



ROMANCE DE LOS CONTRABANDISTAS 



335 



Y, calló, baja su testa... 

Cortó el hacha del verdu- 
go, 
del cuello, troncos y verte- 
Coras, 
que crujieron al hachazo 
como robles que se quiebran. 

Mas quiso Dios que las al- 
[mas 
de toda España en la tierra, 
fuesen crisol del ayer 
y del mañana la hoguera. 

¡Por eso flota en Castilla 
este airón de independencia, 
que es consigna de sü gloria 
y en su Libertad emblema! 

Luchar como caballeros, 
por España y su grandeza; 
¡y morir como cristianos, 
dando a Dios vidas y hacien- 
das!... 

ROMANCE DE LOS CONTRABAN- 
DISTAS 

(De Luis Guarner.) 

Contrabandistas valientes 
los de la sierra de Ronda; 
con retaco en bandolera 
y en el cinto dos pistolas, 
patillas de boca de hacha 
y manta de vivas borlas, 
ya sois figuras perdidas 
de vieja estampa barroca 
de una España isabelina, 
y habéis pasado a la Histo- 
[ria. 



¡Se acabó ya el contrabando 
por estas sierras de Ronda, 
que ya no existen valientes 
con catite y con pistola!... 

En el «cabaret» del puerto 
mientras un «jazz» atolondra 
con la locura de un «fox» 
de los pasados de moda, 
fumando tabaco inglés 
y haciendo mesa redonda, 
beben vinos andaluces 
unas extrañas personas 
con gabardinas de «extran- 
y miradas recelosas, [jis» 
mientras hablan una jerga 
de diferentes idiomas 
en los que nombran a Cádiz, 
Tánger, Jibraltar y Córdoba 
en geografía imposible 
de quedar en la memoria. 



Van por .as playas abier- 
carabineros de ronda [tas 
fumando tabaco rubio, 
mirando batir las olas, 
mientras que por la ciudad, 
embozándose en las sombras, 
pasan los contrabandistas 
bajo la luna redonda 



¡Por toda la brava sierra, 
desde Aljeciras a Ronda, 
no quedan contrabandistas, 
que pasaron a la Historia! 



336 



ROMANCES VARIOS 



POR LOS CAMPOS DE MONTIEL 

(De Torcuato Luca de Tena 
y Brunet.) 

(El sol en el horizonte 
sus rayos desmelenaba.) 

Armado de punta en hierro 
desde el grebón a la adarga, 
del bracil a la babera, 
de la gola a la celada, 
Don Quijote, el bien nacido 
— morrión, coselete y lanza — , 
sale a desfacer entuertos 
al alba dorada, al alba. 

— Ricos sayos de velarte. 
Terciopelo de mis calzas, 
mis pantuflos de velludo 
y mi golilla rizada... 
No visten los caballeros 
andantes sedas ni gasas, 
sino arneses azulados 
y encajes recios de malla; 
ni guantes barceloneses, 
sino manoplas de plata; 
ni pantuflos de velludo, 
sino espuelas estrelladas, 
que para matar gigantes, 
desencantar encantadas 
princesas, y reparar 
a doncellas agraviadas; 
para redimir cautivos 
y vencer en las batallas... 
¡estorban los terciopelos, 
las plumas y las holandas! 

(El sol en el horizonte 
clavaba en el fuego lanzas. 
El aire ardía en el aire. 



El polvo se despolvaba 
y un mundo de lagartijas 
sobre las piedras soñaba 
letargos de cocodrilos 
en grandes cristales de 
[agua.) 

«Rocinante», arrocinado, 
largas las orejas gachas, 
arquiseco, boquihundido, 
el paso desperazaba. 

¿Adonde vas, Don Quijote, 
flor de acero de tu raza, 
quién te llama a redentor 
de sinrazones e infamias? 
Mira bien que no es castillo 
lo que ves en lontananza, 
ni almenas, ni chapiteles, 
paredes desmanteladas, 
ni doncellas las rameras 
que a las puertas se solazan. 

(Atardecía. En el campo 
los grillos alborotaban.) 

Don Quijote oyó a un enano 
que su llegada anunciaba 
al son de aguda trompeta 
desde la torre más alta, 
y con gentil continente 
y voz amable y pausada, 
le pidió venia al alcaide 
para entrar en el alcázar. 

(Horizonte de molinos. 
El sol de de azufre y de plata 
en las aspas de un gigante 
sus rayos desenredaba.) 



MADEJAS ÜE A1HL 



337 






MADEJAS DE AIRE 

)e Torcuato Luca de Tena 
y Brunet.) 

Mira bien, Sancho, que 
[Amor 
no acepta frenos ni riendas 
el prudente Pensamiento, 
el Deseo lo espolea, 
ira bien, que ya se han 
[roto 
los frenos de mi Prudencia, 
y es azogue tu silencio, 
y son mis cuitas espuelas 
que hieren el corazón 
y desbocan la impaciencia. 
No olvides ni añadas nada 
de lo que tú viste y sepas. 
No desfigures verdades 
que en mentiras se convier- 
tan, 
ni agrandes lo que me alegre, 
ni escondas lo que me duela, 
que más quiero un verdad 
desnuda , aunque triste sea, 
que la feliz fantasía 
de una mentira encubierta. 
— Pues... es el caso, señor... 
— Tu emoción y tu torpeza, 
amigo Sancho, disculpo, 
pues es justo que no sepas 
expresar belleza tanta 
que trovadores no expresan, 
pues enmudecen las liras, 
y se apagan las estrellas, 
y se avergüenzan las rosas 
al lado de su belleza. 
No es, pues., de extrañar te 
[turbes 
cuando se turban al verla 



los trovadores, las liras, 
las rosas y las estrellas... 
— Pues, señor, éste es el caso, 
que mi reina Dulcinea, 
a quien Dios guarde, y el 
[sol... 
— Me consume la impacien- 
cia. 
Cuando llegó «Rocinante» 
de su palacio a las puertas, 
¿qué rubio palafrenero 
le tuvo, cortés, las riendas? 
¿Fué un paje de seda y oro 
o ceremoniosa dueña 
quien, por laberintos llenos 
de alfombras ricas de Persia 
y curiosos gobelinos, 
te condujo a su presencia? 
— Pues es el caso, señor... 
— ¿En qué bastidor con per- 
bordaban mis iniciales [las 
sus dos manos de azucena? 
¿Qué perfumes despedía 
de bálsamos de violetas? 
¿Algalia, civeto, nardo 
o aromas de rosa era? 
Agradezco tu silencio, 
pues ya sé que Dulcinea . 
huele a ámbar desleído 
y a celestiales esencias. 
¿Qué broche de oro te dio 
o qué joya en recompensa? 
Es liberal en extremo, 
y si no te dio mil piedras 
preciosas al despedirte, 
fué por no tenerlas cerca, 
que si a mano las tuviese, 
vive Dios, que te las diera... 
— Pues es el caso, señor... 



338 



ROMANCES VAHÍOS 



que yo no vi a Dulcinea. 
— ¡Traidor, blasfemo! 

(En la altura 
unas golondrinas juegan 
haciendo madejas de aire. 



que el viento desenmadeja.) 

i Quién viviera de ilusiones, 

aunque al perderlas murie- 

[ra! 







ÍNDICE 



Noticia preliminar 5 

ROMANCES CABALLERESCOS 

Vergilios 17 

La Infantina 17 

El conde Arnaldos 18 

El conde don Martín y doña Beatriz 19 

El Infante vengador 19 

El adúltero castigado 20 

La constancia 20 

La dama del conde alemán 21 

Gerineldo 21 

El Infante Troco 22 

El conde Sol 22 

Cordura de Aliarda 24 

El traidor Marquillos y Blanca-Flor 25 



ROMANCES CABALLERESCOS DE LAS CRÓNICAS 
GALESAS 



Amadís de Gaula 

El caballero del Febo (de Lucas Rodríguez) 



25 
26 



ROMANCES CABALLERESCOS DE LAS CRÓNICAS 
BRETONAS 

Lanzarote del Lago. — I 27 

Lanzarote del Lago. — II 28 

Tristán de Leonís 28 



340 índice 

Pág. 



ROMANCES DE LAS CRÓNICAS CABALLERESCAS DE 
CARLOMAGNO Y LOS DOCE PARES DE FRANCIA 

El conde Dirlos 29 

Valdovinos 47 

El conde Claros 48 

Roldan y el trovador 50 

El moro Calaynos 50 

Gayferos 56 

Montesinos y Rosaflorida '. 58 

Durandarte moribundo 59 

Doña Alda llora la muerte de Roldan 60 

El almirante Guarinos 60 



ROMANCES HISTÓRICOS REFERENTES 
A LA HISTORIA SAGRADA 

Josué detiene el curso del sol (de Lorenzo de Sepúl- 

veda) 63 

Amon y Tamar 63 



ROMANCES HISTÓRICOS REFERENTES A LOS TIEMPOS 
MITOLÓGICOS Y HEROICOS DE GRECIA 

Jason y el vellocino (de Lorenzo de Sepúlveda) 64 

Píramo y Tisbe 65 

Leandro y Hero 66 

Eneas y Dido 66 



ROMANCES HISTÓRICOS CONCERNIENTES 
A LA HISTORIA DE ROMA 

El rapto de las Sabinas 67 

El cadáver de Servio Tulio hollado p° r su hija 68 



índice 341 

ES HISTÓRICOS RELATIVOS A LA HISTORIA 
Y TRADICIONES DE ESPAÑA 

ÉPOCA DE LA DOMINACIÓN ROMANA 

Aníbal sobre Sagunto (de Juan de la Cueva) 67 

Sitio e incendio de Numancia 70 

ÉPOCA DE ATANAGILDO 

Milagro de un crucifijo a quien ultrajó un judío (de 
Lorenzo de Sepúlveda) 71 

» ÉPOCA DE VAMBA 
ntrada de Vamba en Toledo para coronarse rey 72 

ÉPOCA DEL REY DON RODRIGO 

Rodrigo viola a la Cava 72 

El conde Julián jura vengar de Rodrigo la violencia 

hecha a su hija 7". 

De cómo el rey Rodrigo perdió la batalla del Guada- 

lete y los moros ganaron la España 74 

Rodrigo, fugitivo y derrotado 75 

Lamento sobre la pérdida de España 75 

ÉPOCA DEL REY DON PELAYO 

De cómo Don Pelayo venció a los moros en Covadon- 
ga (de Gabriel Lobo Laso de la Vega) 75 

ÉPOCA DE LOS REYES DON FAVILA Y RAMIRO I DE LEÓN 

Muerte de Favila (de Lorenzo de Sepúlveda) 77 

Ramiro I quita el feudo de las cien doncellas 77 

ROMANCES SOBRE BERNARDO DEL CARPIÓ 

Nacimiento de Bernardo del Carpió 78 

Cuentan a Bernardo el secreto de su nacimiento 79 

Bernardo vencedor en Roncesvalles, con la muerte de 

Roldan y los Doce Pares de Francia SO 



342 INDI C K 

Pág 



Logra Bernardo que le entreguen su padre, mas cuan- 
do ya era cadáver SI 

Bernardo increpa al rey por su ingratitud 81 

ROMANCES SOBRE LOS INFANTES DE LARA Y EL BASTARDO MUDARRA 

Bodas de Ruy Velázquez con doña Lambra y odios 
contra los Laras 82 

Doña Lambra injuria a los Laras (de Lorenzo de Se- 
púlveda) 84 

Muerte de los Laras 85 

Presenta Almanzor a Gustios las cabezas de sus hijos. 86 

Gustios parte de Córdoba para Salas, dejando preñada 
a Axa, hermana de Almanzor (de Lorenzo de Se- 
púlveda) ■. 87 

Mudarra, hijo bastardo de Gustios y de Axa, conoce 
el secreto de su nacimiento y parte a vengar a su 
padre y a sus hermanos 87 

Mata Mudarra a Ruy Velázquez 88 

ROMANCES SOBRE FERNÁN GONZÁLEZ Y LOS CONDES DE CASTILLA 

Profetiza un monje a Fernán González su suerte y sus 
victorias, y el conde hace voto de fundar el monas- 
terio de Arlanza 89 

El caballo y el azor y la libertad del feudo de Castilla, 
por Fernán González 91 

Muerte de los traidores Velas 92 

ÉPOCA DE ALFONSO V DE LEÓN 

Alfonso V casa a su hermana Terea con Audalla, rey 
moro de Toledo, quien, castigado por un ángel por 
haberla gozado, la devuelve a su hermano 93 

ROMANCES DEL CID 

Prueba Diego Laínez a sus hijos para saber a cuál 
fiará la venganza de la afrenta que le hizo el conde 

Lozano 94 

Reto del Cid al conde Lozano y muerte de éste 95 

Casamiento del Cid con Jimena ...... 96 



índice 34J 

P*g- 

Jimena sale a misa de parida 97 

Muere Don Sancho sobre Zamora a manos del traidor 

Bellido Dolfos 98 

Toma el Cid la jura al rey Alfonso, y éste, enojado, 

destierra al caballero 98 

Cosas tenedes, el Cid 99 

Destierro del Cid 101 

El Cid, para pagar su gente, saca con astucia dinero a 

unos judíos 101 

El Cid conquista de los moros a Alcocer, por medio 
de una estratagema (de Gabriel Lobo Laso de la 

Vega) 102 

Consejos y encargos del Cid a su esposa, al partir para 

la guerra 103 

Predice un moro a los suyos la perdición de Valencia. 104 
Ganada Valencia, el Cid va a dar gracias a Dios en 

San Pedro de Cárdena 105 

Galantea Búcar a Urraca, hija del Cid 106 

Historia de los condes de Carrión con el Cid y sus 

hijas 107 

Testamento del Cid 113 

Muerte del Cid (de Lorenzo de Sepúlveda) 114 

Los del Cid, llevando su cuerpo sobre Babieca, ven- 
cen a Búcar, que sitiaba Valencia 115 

ÉPOCA DE DOÑA URRACA, HIJA DE ALFONSO VI 

Lealtad de Pedro Anzures (de Lorenzo de Sepúlveda). 116 

ÉPOCA DE SANCHO III EL DESEADO 

Don Pedro Vélez, sorprendido en lance de amores con 
la prima de Sancho III, es condenado a prisión per- 
petua y a ser lentamente muerto 117 

ÉPOCA DE ALFONSO VIH EL NOBLE 

Batalla de Alarcos, perdida por Alfonso VIII, contra 
el moro Abenyuza, y muerte del adelantado don 
Ñuño (de Lorenzo de Sepúlveda) 118 

Batalla de las Navas 118 



344 índice 

_Pág_ 
ÉPOCA DE FERNANDO III EL SANTO 

Conquista de Córdoba por el rey don Fernando III 
(de Lorenzo de Sepúlveda) 119 

Cerco de Jerez, donde Diego Pérez de Vargas gana 
el apellido de Machuca (de Lorenzo de Sepúlveda). 121 

ÉPOCA DE ALFONSO X EL SABIO 

Alfonso X dice a su Merino cómo han de mandar los 
reyes para ser obedecidos y amados 122 

Alfonso X y la duquesa de Lorena 123 

Huye Enrique de su hermano Alfonso X (de Loren- 
zo de Sepúlveda) 124 

Lígase Alfonso X con el rey moro Abenyuza (de Lo- 
renzo de Sepúlveda) 126 

ÉPOCA DE SANCHO IV EL BRAVO 

Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno (de Lucas Ro- 
dríguez) 127 

ÉPOCA DE FERNANDO IV EL EMPLAZADO 

Muerte de los Carvajales 12S 

ÉPOCA DE DON PEDRO I DE CASTILLA, LLAMADO EL CRUEL 

Mata Don Pedro a su hermano Don Fadrique y pren- 
de a Doña María, su tía, porque lloraba la muerte 
del Maestre 129 

Llora Doña Blanca el rigor con que la trata su es- 
poso el rey Don Pedro, atribuyéndolo a hechizos 
que le dio la Padilla 131 

A ruego de la Padilla hace el rey Don Pedro matar a 
su esposa Doña Blanca 132 

Lamentan los leales castellanos la muerte de su rey 
Don Pedro, y los traidores partidarios del bastardo 
Don Enrique la celebran (atribuido a don Luis de 
Góngora) 133 

Resumen de la historia del rey Don Pedro el Cruel 
(de Lorenzo de Sepúlveda) 134 

I 




Pr 



índice 345 

Pág. 

ÉPOCA DEL REY DON JUAN II, CON LOS ROMANCES DEL DUQUE 
DE ARJONA Y DE DON ALVARO DE LUNA 

Prisión del duque de Arjona ... 136 

Presentimientos que anuncian a don Alvaro de Luna 

su caída de la privanza del rey 137 

n paje de don Alvaro le aconseja que huya de las 
iras de sus enemigos y del rey, mas él desdeña el 

aviso 137 

Prisión de don Alvaro 139 

Sentencia, a su pesar, el rey a don Alvaro 140 

El rey firma vacilante la sentencia de muerte contra 

don Alvaro de Luna 141 

Descríbese el aparato y concurso que hubo en el su- 
plicio de don Alvaro de Luna (de don Francisco de 

Quevedo) 142 

Muerte de don Alvaro de Luna 143 

I Entierro de don Alvaro de Luna 144 



ÉPOCA DE ENRIQUE IV EL IMPOTENTE 

Cásase la Infanta Isabel de Castilla con Fernando V 
de Aragón 146 






ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS DON FERNANDO Y DONA ISABEL 

Un loco hiere en Barcelona al Rey Católico Don Fer- 
nando V 147 

Las cuentas del Gran Capitán L48 

ÉPOCA DE CARLOS I DE ESPAÑA 

La batalla de Pavía y la prisión del rey Francisco I 
de Francia 149 

Hernán Cortés quema sus naves para no dejar a los 
suyos otra esperanza que la victoria 150 

Romance del saco de Roma por las tropas del condes- 
table de Borbón 151 

ÉPOCA DE FELIPE II 

Don Juan de Austria sale de Granada con el duque 



346 l N D 1 C E 



<R 



de Sesa, contra las Alpujarras (de Ginés Pérez de 
Hita) 153 

Descríbese la batalla naval de Lepanto 154 

Don Juan de Austria noticia a Felipe II el éxito feliz ' 
de la batalla naval 158 

El duque de Alba, vencedor de los rebeldes de Flan- 
des, les impone duras condiciones 159 

De cómo el rey Don Felipe II murió 160 

ÉPOCA DE FELIPE III 

De cómo y por qué el rey Don Felipe III expelió a 
los moriscos de España y de la pena que les causó 
este destierro 164 

ÉPOCA DE FELIPE IV 

Preso don Rodrigo Calderón, declara haber sido homi- 
cida de muchos, pero no de la reina, de cuya muer- 
te le acusaban 167 

Prepárase a la muerte don Rodrigo Calderón 167 

De cómo murió don Rodrigo Calderón en el patíbulo. 169 

ROMANCES REFERENTES A LAS CRÓNICAS Y TRADICIONES 
DE NAVARRA, ARAGÓN, CATALUÑA Y PORTUGAL 

Milagro de San Antolín con Don Sancho el Mayor, 

rey de Navarra (de Lorenzo de Sepúlveda) 170 

La campana de Huesca 171 

El conde de Barcelona y la emperatriz de Alemania. 172 
Don Pedro I de Portugal y doña Inés de Castro. — I. 

(de Gabriel Lobo Laso de la Vega) 175 

Don Pedro I de Portugal y doña Inés de Castro. — II. 

(de Gabriel Lobo Laso de la Vega) ". 176 

Don Pedro I de Portugal y doña Inés de Castro. — III. 177 

ROMANCES DE LA HISTORIA DE ITALIA 

Juan Borja, primer duque de Gandía, hijo del Papa 
Alejandro' VI y de su concubina Vanosia, muere 
asesinado por su hermano César en el año 1492 ... 177 



347 



ROMANCES JUDÍOS 






Un hijo tiene el buen conde 179 

Ir me quero, la mi madre 179 

ROMANCES FRONTERIZOS O DE LAS GUERRAS Y BATALLAS ENTRE LOS 

CRISTIANOS Y LOS MOROS DE LAS FRONTERAS DESDE LA ÉPOCA 

DEL REY DON JUAN I DE CASTILLA AL FIN DE LA DE LOS REYES 

CATÓLICOS DOÑA ISABEL Y DON FERNANDO 

Romance de Abenámar 180 

Mahomad, rey de Granada, sitia a Baeza, que está de- 
fendida por Pero Díaz 181 

Batalla de los Alporchones 181 

La pérdida de Antequera 182 

Salen los moros de Granada con Muza y Boabdil 

a recobrar Jaén 183 

Prisión del alcaide de Jaén 184 

Muerte de los Abencerrajes 184 

Romance del rey moro que perdió Alhama 185 

El rey Chico prisionero del conde de Cabra 18íi 

Sitio y toma de Loja (de Gabriel Lobo Laso de la 

Vega) 187 

El cerco de Málaga 187 

Entrada triunfal de los Reyes Católicos en Granada 

(de Lorenzo de Sepúlveda) 189 

Cuéntanse dos actos de humildad del rey Chico cuan- 
do salió vencido de Granada, y la áspera reconven- 
ción que su madre le hizo increpándole de cobardía. 190 

Muerte de don Alonso de Aguilar 191 

Historia de Abindarráez, Jarifa y Rodrigo de Narváez 

(de Juan de Timoneda) 193 

Romance del maestre de Calatrava 204 

Muerte del maestre de Calatrava don Rodrigo Téllez 

de Girón, en el sitio de Loja 205 

Pulgar clava el rótulo del Ave-María en la mezquita 

de Granada 206 

Escándalo en Granada porque Pulgar clavó el rótulo 
del Ave-María en la puerta de la mezquita (de Ga- 
briel Lobo Laso de la Vega) 209 



318 índice 

Pág 



Sale Garcilaso de la Vega contra el moro Tarfe y 

triunfa de él (de Gabriel Lobo Laso de la Vega) ... 209 

Celébrase por la reina Doña Isabel la victoria de Gar- 
cilaso contra Tarfe.. y el triunfo del Ave-María 210 

Cómo don Manuel de León sacó el guante de su dama 

de entre los leones 211 

Reto y duelo entre don Manuel Ponce de León y el 

alcaide moro de Ronda (de Lucas Rodríguez) 212 

ROMANCES MORISCOS 

Almanzor y Bobalías 211 

Bobalías el Pagano 215 

La morilla burlada 215 

La Infanta Sevilla y Peranzules 215 

Moriana y Galván 216 

Abenámar 217 

Azarque el granadino 218 

Gazul desdeñado por Zaida 219 

Gazul en las fiestas de Almanzor 219 

Abenumeya 220 

Zaide en las fiestas 222 

Mira, Zaide, que te aviso (atribuido a Lope de Vega). 223 

Tarfe 224 

Romance de Abenzulema (de don Luis de Góngora). 226 

Amores de Muza 228 

Reduán 228 

Boabdil y Zara 229 

Boabdil y Vindaraja 230 

Audalla 231 

Zulema 232 

Aliatar 234 

Almoralife 234 

Jarife 235 

Azarque de Ocaña 236 

Romance de Hamete y Tartagona en la Peña de los 

Enamorados 237 

El español de Oran. — í (de don Luis de Góngora) ... 238 

El español de Oran. — II (de don Luis de Góngora)... 239 



índice 349 



El torneo 240 

Juego de cañas 242 

Parodia de un romance morisco (de don Luis de Gón- 

gora) 244 

ROMANCES DE CAUTIVOS Y FORZADOS 

El cautivo 245 

El forzado de Dragut. — I (de don Luis de Góngora)... 245 

El forzado de Dragut. — II (de don Luis de Góngora). 246 

Él cautivo de Ochalí 247 

El cautivo de Mahamí 247 



Rom 



ROMANCES VARIOS 

(Novelescos, amatorios, líricos, descriptivos, 
burlescos, etc., etc.) 






omance del conde Alarcos (de Pedro de Riaño) 249 

A mis soledades voy (de Lope de Vega Carpió) 255 

Por el ancho mar de España 256 

Yo me estaba reposando (de Juan del Encina) 257 

Cuando yo, triste, nací (de Jorge de Montemayor) ... 257 
Describe la hermosa boca de una dama (de Pérez de 

Montalbán) 258 

Rosa fresca, rosa fresca 269 

Fonte-frida, Fonte-frida 259 

Blanca Flor y Filomena 259 

La doncella guerrera 261 

Romance de Delgadina 263 

El prisionero 264 

Yo me adamé una amiga 265 

La bella mal maridada 265 

Levantóse la casada 266 

Despertad, hermosa Celia 266 

Romance de los celos (atribuido a Miguel de Cervan- 
tes) 267 

¿Dónde estás, señora mía? 267 

La preñadilla de Antón 268 



350 ÍNDICE 

Píg. 



Don Repollo y doña Berza (de don Francisco de Que- 

vedo) 268 

Riéndose está el ratón (de don Francisco de Quevedo). 270 
A buen puerto habéis llegado (de don Francisco de 

Quevedo) 271 

Una bella casadilla 272 

La buena ventura (de Miguel de Cervantes) . 273 

El español gallardo (de Miguel de Cervantes) 274 

Una cortesana vieja 275 

El huerto de la viuda 276 

Pobre barquilla mía (de Lope de Vega Carpió) 277 

Bella zagaleja (de Cristóbal Suárez de Figueroa) ... 279 

La más bella niña (de don Luis de Góngora) ' 279 

Jueves era, jueves (de don Luis de Góngora) 280 

La moza gallega (de Juan de Salinas) 281 

El pastor más triste (de Baltasar de Alcázar) 282 

Madre, un caballero 283 

A la chinigala (de Rodrigo de Reinosa) 284 

Angélica y Medoro (de don Luis de Góngora) 285 

Hermana Marica (de don Luis de Góngora) 287 

Hermano Perico 288 

Hermana Juliana • 289 

Don Sancho, en Zamora (de Nicolás Fernández de 

Moratín) 290 

Rosana en los fuegos (de Juan Meléndez Valdés) ... 292 

La fuente encantada (de Manuel José Quintana) 294 

Un castellano leal (de don Ángel Saavedra, duque de 

Rivas) 295 

A buen juez, mejor testigo (de don José Zorrilla) ... 299 

A la orilla de un arroyo (de don Antonio de Trueba). 310 
Romance de la mano muerta (de Gustavo Adolfo Béc- 

quer) 311 

Romance del tango (de Salvador Rueda) 312 

La flor del espino (de José María Gabriel y Galán) ... 315 

La presea (de José María Gabriel y Galán) 316 

Hasta más allá de la muerte (de Marcos Rafael Blan- 
co Belmonte) 321 

La sombra de las manos (de Francisco Villaespesa). 323 




ÍNDICE 



351 
Pág. 



Romance morisco (de Francisco Vülaespesa) 324 

Campos de Medinaceli... (de Enrique de Mesa) 324 

Diligencia de Carmona (de Fernando Villalón) 325 

Romance del marquesito burlador (de Emilio Carrere). 326 

Pastoral (de Juan Ramón Jiménez) 327 

Los ojos del huerfanito (de Marciano Zurita) 327 

Romance del Duero (de Gerardo Diego) 328 

Hoy es domingo de Pascua (de Huberto Pérez de la 

Osa) 328 

Romances del hijo (de José María Pemán) 329 

Alfonso XII (de Agustín de Foxá) 330 

Latitudes (de Agustín de Foxá) 330 

La casada infiel (de Federico García Lorca) 331 

Romance de la luna, luna (de Federico García Lorca). 332 

Alba (de Federico García Lorca) 332 

Romance de la reyerta (de Federico García Lorca) ... 333 

Romance del Comunero (de Federico de Mendizábal). 333 

Romance de los contrabandistas (de Luis Guarner). 335 
Por los campos de Montiel (de Torcuato Luca de 

Tena y Brunet) 336 

Madejas de aire (de Torcuato Luca de Tena y Brunet). 337 



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